sábado, 31 de octubre de 2009

La muerte en la sociedad prehispánica

Desde el principio de los tiempo los humanos hemos tratado de encontrar explicaciones lógicas de lo que ocurre entre la vida y la muerte, sobre todo en esta última, que se siente la necesidad de trascender de diferentes formas. El culto a la muerte se ha manifestado en todas las religiones a lo largo de la historia de la humanidad.
En el pueblo mexicano el culto a los muertos alimenta nuestra vida ritual. Entender el porqué festejar a la muerte es algo que define nuestra identidad como cultura y sociedad. En la cultura mexica a la muerte no se la daba el significado que le daba la Santa madre Iglesia, la cual dice que el cielo ó paraíso es un premio y el infierno un castigo. Las culturas antiguas creían que las almas tomaban distintos caminos, según la causa por la que hubieran muerto.

Lugares de reposo en el México Antiguo


Tlalocan: Uno de los caminos que tomaban las almas era el Tlalocan ó paraíso del Dios de la Lluvia (Tláloc); aquí lleganan las personas que habían muerto de causas relacionadas con el agua (ahogados, muertos por un rayo, gota, sarna, hidropesía, bubas, sacrificios en honor de este dios). Tlalocan era un lugar con abundancia, tranquilo, fresco y ameno. Los cuerpos enterrados como las semillas, para que luego germinaran.
Omeyocan: Este lugar era gobernado por Huitzilopochtili, dios de la guerra. Aquí llegaban aquellos que habían muerto en combate, en sacrificios y mujeres que morían al dar a luz. Estas últimas eran llamadas mocihuaquetzque (mujer valiente), pues también eran consideradas unas guerreras al librar una batalla a la hora de parir, ya que se debatían entre la vida y la muerte.
Podemos ver que la mujer era muy tomada en cuenta en esta sociedad, tanto así, que eran enterradas en el patio de palacio a la hora en que el sol se ponía, ya que lo acompañaría desde el cenit hasta su ocultamiento. La muerte de estas mujeres causaba alegría y tristeza a la vez, porque se pensaba que gracias a su valentía el sol las llevaba consigo. Por eso las parteras les dedicaban las siguientes palabras:

“ Habeís ganado con vuestra muerte la vida eterna, gozosa y deleitosa con las diosas que se llaman Cihuapipiltin, diosas celestiales. Pues idos ahora, hija mía muy amada nuestra, poco a poco para ellas y sed una de ellas”.

Mictlán: Este lugar era gobernado por Mictlantecuhtli, dios de la muerte. Aquí llegaban las personas que morían de causas naturales. Este lugar era oscuro, sin iluminación y de aquí las almas nunca podrían salir.
Para llegar al Mictlán el camino a seguir era muy complejo, pues por cuatro años debían transitar por distintos lugares antes poder llegar al Chignahuamitlán, lugar donde las almas de los muertos descansaban ó desaparecían. Para comenzar este largo y sinuoso camino, el difunto era enterrado con un perrito que le ayudaría a cruzar un río para poder llegar a Mictlántecuhtli, a quien ofrendaba manojos de teas y cañas de perfume, algodón, hilos colorados y mantas y los muertos del Mictlán recibían de ofrenda cuatro flechas y cuatro teas atadas a un hilo de algodón.
Los niños fallecidos tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, en donde había un árbol de cuyas ramas brotaba leche, de la cuál se alimentaban. Los niños volvían a la Tierra hasta que se destruyese la raza que la habitaba, así la muerte generaba vida.

Los entierros

Los entierros el cultura azteca variaban según fuera la persona que falleciera; si era un mercader, era sepultado con ropa y envuelto en mantas y plumas, con piedras preciosas, pieles de tigre, joyas de oro, y comida, porque correspondía a las mercancías que comerciaba.
Al ciudadano común se le sepultaba en mantas de plumas y papel, con jícaras, carne guisada, maíz y frijoles, para que tuviera alimento para el camino.
La sepultura de los guerreros era diferente; para ellos era llevada a cabo una solemne ceremonia en la plaza. Los ancianos, portando sus escudos y bastones entonaban cantos fúnebres acompañados del teponaztli. La ceremonio era dedicada al Sol, pues los guerreros muertos eran sus hijos. Estos funerales eran tan importantes, que cuatro días después se confeccionaban figuras semejantes a los difuntos, les hacían los ojos y la boca con papel y les colocaban plumas, bezotes y orejeras. Las figuras eran colocadas en un lugar especial para que las viudas les ofrecieran comida y tortillas, cubrían el suelo con pétalos de flores y encendían copal; y para concluir la ceremonia quemaban las figuras en una enorme hoguera, las viudas lloraban mientras los ancianos les daban palabras de consuelo.
Cuando un tlatoani ó gobernante fallecía, el funeral era de lo más suntuoso. En este caso los sacerdotes entonaban cantos fúnebres ó miccuícatl, había banquetes, los esclavos del difunto eran sacrificados para que lo acompañasen y sirviesen en el otro mundo, y una era construida una tumba muy alta. Para que el noble personaje no pasara pobreza era enterrado con abundantes riquezas, como joyas, mantas y plumas. Después había una procesión en la que iban los familiares, viudas y amigos. El cadáver era quemado, aromatizando la hoguera con copal, y se realizaban ceremonias por ocho días consecutivos.

Las ofrendas

Los entierros eran acompañados ofrendas con objetos que el difunto hubiera usado en vida u objetos que podía requerir para su tránsito al inframundo, como vasos, ollas, adornos, narigueras, concha nácar, caracoles, floreros y vasijas con forma de animales. La elaboración de objetos prehispánicos para las ofrendas era muy popular y no podían faltar; tenemos como ejemplos los vasos policromados mayas de Chamá, donde aparece animales subterráneos y nocturnos; también había instrumentos musicales de barro como timbales y sonajas con forma de calavera. Además se realizaban imágenes de dioses relacionados con la muerte, de cráneos en materiales como la piedra, cristal de roca y jade, braseros, urnas e incensarios con motivos mortuorios.
En estos ritos era muy común ofrendar los Tzompantli, que eran unas hileras de cráneos (con perforaciones a los lados eran ensartados), de los que habían sido sacrificados en honor a los dioses; simbolizaban la conclusión de un ciclo de 52 años y marcaba el inicio de otro, los Tzompantli se colocaban como representaciones escultóricas en sitios prominentes, cerca de los templo principales.

sábado, 24 de octubre de 2009

Santa Brígida



La construcción de éste convento fue iniciada en 1670 y concluida en 1774; y 77 años transcurrieron en trámites para que se lograra éste proyecto iniciado por don Francisco de Córdoba y Villafranca y su esposa; quienes no tuvieron hijos y decidieron invertir sus bienes en el mantenimiento de las monjas de la orden del Salvador. Estas religiosas fueron dotadas de una iglesia obra de Luis de Diez Navarro, única en Nueva España por su planta elíptica. El edificio fue demolido para ampliar San Juan de Letrán, una idea por demás pésima. Al principio logró aliviar algunos problemas de tránsito, pero después dejó de ser así. A cambio de esto nos quedamos sin ésta maravilla.
Desgraciadamente el automóvil ha sido una de las principales causas de la destrucción de antiguas ciudades. Tal vez en un futuro muy lejano éstas prácticas ya no sean necesarias, pues muchos consideran que la demolición de estos edificios es sinónimo de progreso como civilización.

sábado, 17 de octubre de 2009

Santa Teresa la Antigua y Santa Teresa la Nueva


Doña Manuela Molina, quien profesó bajo el nombre de sor Teresa de Jesús en el convento carmelita de San José, mejor conocido como Santa Teresa la Antigua; a la religiosa le fue heredada una cuantiosa fortuna por parte de su padre. Sor Teresa siempre tuvo la ilusión de construir un convento carmelita en el que pudieran ingresar doncellas de escasos recursos, que no pudieran pagar la dote. La novicia se puso como meta comprar el terreno, para en el mismo edificar el convento y el recinto y dar cuatrocientos pesos anules para su manutención. Los trabajos de construcción comenzaron en 1701 y en 1704, en una ceremonia precedida por el duque de Alburqueque, cuatro religiosas ocuparon la nueva fundación. El templo fue dedicado el 27 de enero de 1915 y fue conocido como Santa Teresa la Nueva, para así poder diferenciarlo del convento de San José.
El visitador español fray Vicente de Santo Tomás, se había apuesto rotundamente a la fundación del convento, argumentando que las monjas criollas abusaban del chocolate; esto propició que las monjas que hacían sus votos de castidad, obediencia, pobreza y clausura perpetua, añadieran uno más: “no beber chocolate, ni ser causa de que otra lo beba”.
El reglamento del convento decía que no debía haber más de 22 monjas recluidas y la vida que llevaban era la más dura de todas órdenes que existían en la época. Las religiosas se dedicaban a elaborar y vender escapularios de la Virgen del Carmen y panes de rosas, muy aceptados en la sociedad virreinal.
Este convento fue muy importante; pero a finales del siglo XIX, el arquitecto Manuel Francisco Álvarez lo transformó en Escuela Normal, demolió muros, arcadas y otras dependencias.
La iglesia fue construida en el siglo XVII, gracias a su patrono, capitán Esteban de Molina Mosquera, que en 1978 hizo la escritura correspondiente, encargándole la obra a Cristóbal de Medina Vargas Machuca, maestro de arquitectura.
Junto a la iglesia se construyó una capilla dedicada al Señor de Santa Teresa, de estilo neoclásico, en la cual intervinieron Patiño Ixtolinque y Ximeno y Planes. La cúpula y las pinturas, fue obra de los maestros de la primera generación de la Academia, pero desapareció con el terremoto de 1845. Tiempo después fue reconstruida por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga y en los años treinta fue convertido en archivo y bodega. Más adelante fue rescatada y restaurada. Actualmente es la Escuela Nacional de Ciegos.

martes, 13 de octubre de 2009

Santa Catalina de Siena

Fue fundada en el siglo XVI, gracias a tres mujeres llamadas las Felipas, que recibieron el apoyo de los domínicos de Oaxaca, para poder establecer un convento de monjas de esa orden en la Cuidad de México. Dicho y hecho, pues al poco tiempo mandaron de Antequera, Oaxaca a dos monjas a la capital. Finalmente, en 1683 las monjas se mudaron a su nuevo monasterio; y a partir de ese momento convento e iglesia fueron dañados. Al convento se le demolió una parte y la que se mantuvo en pie fue convertida en cuartel y después en escuela de jurisprudencia.

La iglesia fue construida entre 1619 y 1623 y renovada en el siglo XVIII. Fueron construidas portadas y una torre, se le cubrió de bóvedas, a excepción del coro y se labraron retablos de estípites; el principal de éstos pudo rescatarse y fue colocado en el testero de la capilla de Balvanera, junto al templo de San Francisco; su hermosa tribuna, la reja del Coro alto y la viguería con emblemas domínicos tallados en sus zapatas, es lo único que conserva de su antiguo esplendor. Actualmente es la Iglesia Presbiteriana del Divino Salvador.

La fachada parece pertenecer a la época en que fue construido el templo; en cambio la norte es de una época más tardía, que se atribuye al arquitecto Lorenzo Rodríguez. Una vez consumada la exclaustración, fue hecha una excepción con las monjas, pero en 1863 tuvieron que acatar la orden y lo abandonaron. El convento pasó a ser propiedad del gobierno, que los usó como cuartel, pero al acondicionarlo para este fin, se inició su destrucción parcial y demolición.

En 1908, totalmente transformado, el presidente Porfirio Díaz lo convirtió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que estuvo ahí hasta 1954 y fue traslada a Cuidad Universitaria.

A la iglesia se le demolió primero la torre y en su interior “hubo varios retablos de primer orden, conservados hasta 1932”, según lo refiere Francisco de la Maza, quien añade, respecto de la muy lamentable e inútil desaparición de dichos retablos:


…en esos años fue Ministro de Educación Pública un ilustre protestante cuyo odio al catolicismo era exacerbado. No soportando que frente a su despacho hubiera culto romano, decidió entregar el templo a sus cófrades. Se le explicó que no era el cambio adecuado, precisamente por los retablos, dada la iconoclastía luterana. El respondió que serían respetados salvo en las esculturas, en cuyo lugar se pusieron letreros con inscripciones bíblicas. Para 1936 no había ya ni un solo retablo. Clandestina y lentamente fueron desensamblados y tirados a una bodega.”

Aunque el retablo mayor posteriormente fue rescatado, de los restantes se ignora su paradero y pudridero.

Las monjas domínicas acostumbraban rezar un rosario de quince misterios diariamente, aparte del Oficio Divino y entre los tesoros que poseía el templo, se encontraba una muela de Santa Catalina de Siena; también eran famosas las “Velas de San Dimas”, que elaboraban las religiosas y tenían una gran demanda entre la sociedad novohispana, pues eran usadas para la buena muerte y para asegurar un parto exitoso a las mujeres en cinta.

Entre las tradiciones que tenían era que presidía el Coro una imagen de Nuestra Señora de la Sala Dómina que es mejor conocida como la Virgen del Rosario, pues lleva en sus brazos al Niño Jesús y en sus manos un rosario, y la cuál le tenían gran estima y le rendían gran culto. Se cuenta que ésta virgen es muy milagrosa, y cuenta la leyenda que en 1629 hubo una terrible inundación en el convento y, milagrosamente el agua cedió antes de que los daños fueran irreparables y también en ese mismo momento de los sucesos una monja ciega recobró la vista.

Otro suceso curioso que se cuenta es que bajo el manto de la Virgen un día se cobijaron 24 palomas blancas, que llegaron volando sin que nadie hubiera interviniera y se fueron de un momento a otro también. Paso el tiempo y un buen día, ingresaron 24 jóvenes al convento.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Corpus Christi


Este convento fue construido para monjas franciscanas hijas de caciques indios; y esto se debió al celo del virrey duque de Arión y marques de Valero, quien puso la primera piedra del edificio en 1720 a pesar de oposición de los jesuitas, que alegaban que las indias… “por su poca capacidad mental no comprendían el estado religioso”. Cuatro religiosas fueron elegidas para dirigir el convento: una del Convento de Santa Isabel, otra del de Santa Clara y dos de San Juan de la Penitencia y de éste último sería la primera superiora, sor Petra de San Francisco, descendiente del conquistador Pedro de Alvarado.
Era tal el gusto que daba a los señores caciques de que sus hijas tomaran los hábitos, que realizaban grandes fiestas cuando la muchacha ingresaba al convento; se organizaba una verbena donde se echaban muchos cuetes y se les daba refrescos a los invitados; y si estos venían de lugares muy lejanos, venían acompañados por una gran comitiva formada por la familia y un numeroso contingente de indígenas armados con arcos y flechas. De Puebla, Guadalajara, Valladolid, Tlaxcala, Oaxaca llegaron indias nobles a poblar el reciente convento de Corpus Christi. Algunas religiosas notables encontramos a doña María Teresa de los Reyes Valeriano y Moctezuma, descendiente del emperador azteca, y a doña Felipa de Jesús, de la casa de aquellos caciques que ayudaron a los españoles en sometimiento de Tepeaca.
Al principio enfrentaron conflictos con sus educadoras criollas, debido a que querían hacerse del monasterio, pero con el tiempo se impuso la razón y el objetivo por el que fue guindado el convento prevaleció . Las monjas indias se distinguieron siempre por su piedad, devoción y la estricta observación de su Regla.
Gracias a las arduas investigaciones de Josefina Muriel, sabemos que Pedro de Arrieta, en 1724, fue el arquitecto y que el lugar fue reedificado en 1750 por fray Juan de Dios Rivera. Como todas las monjas, estuvieron exclaustradas en 1861, y regresaron a su convento durante el Imperio. Pero tuvieron que salir en 1867. El templo tuvo hermosos retablos, el principal tenía una pintura del Santísimo Sacramento todo rodeado de ángeles. Grandes pintores de la época como los hermanos Rodríguez Juárez dejaron su huella.
Después el edificio pasó a ser propiedad de José Ives Limantour, quien lo mando demoler para construir su casa. Se salvó un pequeño claustro, demolido en éste siglo.
Rivera Cambas nos narra que la iglesia se encontraba completa en 1880. En los años veinte, Calles se la entregó al patriarca cismático; pero fracasó y la iglesia fue convertida en bodega, templo protestante, después en tienda de “mexican curious”, Museo de Higiene y en 1951 Museo de Artes e Industrias Populares del Instituto Nacional Indigenista, también desaparecido. Actualmente funciona como el Archivo de Notarías. Sus puertas de madera, talladas en el siglo XVIII se salvaron. El Gobierno del DF está realizando programas de recuperación para éste lugar.
Resulta lamentable que la iglesia de ésta institución que representó “la capacidad del espíritu indígena para alcanzar las más altas cimas de la cultura occidental”, se hubiese convertido en una tienda de curiosidades mexicanas: aquello que alguna vez se utilizó en el siglo XVIII para enaltecer a los indios; en el siglo XIX se convirtió en un símbolo de lo que se hace para prostituirlos.

domingo, 20 de septiembre de 2009

San Felipe de Jesús ó Capuchinas



Estuvo sobre Palma entre Venustiano Carranza y 16 de septiembre, orden franciscana. Fue el convento más austero de la Nueva España; se levantó gracias a la generosidad de Doña Isabel Barrera, viuda de Don Simón de Haro; aquel famoso patrono del convento de la Concepción y otros. De Toledo España, llegaron 5 monjas y una lega para hacer su fundación. Tuvieron muchas dificultades para dejar su tierra y ya en el mar, el barco que las trasportaba enfrentó innumerables peligros. Pero llegaron con bien y en octubre de 1665 fueron recibidas por el virrey y su esposa en la capital de la Nueva España.
Las religiosas de ésta orden no poseían bien alguno y vivían de limosnas. Ayunaban todos los días de su vida, menos los domingos y el día de Navidad; su cama era una tabla y su almohada un leño; el hábito de buda lana y la comida escasa. Era una dura vida dedicada al trabajo y la oración.
Al tener voto de clausura, no podían salir a la calle a pedir limosna, por lo que nombraban a una persona que se encargara de tal menester y se llamaba “limosnero”.
Se daba el caso de que, llegada la hora de la comida, no había alimentos, entonces tocaban una campana que hacía saber a los vecinos su penosa situación, inmediatamente el convento se saturaba de la generosidad con que la gente respondía al llamado. En la tarde la comida sobrante se repartía entre los pobres, pues la Regla no les permitía guardar nada para el siguiente día. Éste convento y la iglesia fueron demolidos en 1861.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Santa Isabel



Las monjas decidieron fundar un convento en 1600; para ello solicitaron una bulla y realizaron los trámites correspondientes; consiguieron que Doña Catalina de Peralta les ofreciera las casas de su habitación para la construcción del convento y lograron su cometido, porque esta señora fue la primera novicia. Cuando se hicieron las excavaciones para la construcción del Palacio de Bellas Artes, fueron encontrados los restos de ésta señora que todavía tenía ropa; los operarios vieron que todavía portaba sus alhajas. Lo único que se pudo conservar fue una lápida de piedra, expuesta por la Dirección de Arquitectura del INBA.
En 1676 la iglesia fue reconstruida, dedicada en 1681, bajo el patronato de Diego de Castillo, persona muy conocida, pues también fue patrono del convento de Churubusco de dieguinos. En el museo que está actualmente en éste sitio, todavía se conservan las figuras de Don Diego y su mujer. Durante la existencia de ésta iglesia fueron hechos varios retablos; entre ellos Juan de Montero y Manuel de Velázco, el famoso carpintero José de Sáyago hizo un colateral, del cual no queda nada. En el siglo XVIII tuvo un retablo de Isidoro Vicente de Balbás y en 1852 se hicieron todos neoclásicos.
En 1861 fue exclaustrada la comunidad y la iglesia fue convertida en bodega y luego en fábrica; el convento fue fraccionado. A fines del siglo XIX fue demolido totalmente y en su lugar fue construido el Palacio de Bellas Artes que podemos apreciar hoy en día.