La vida religiosa de un convento monjil comenzaba a las seis de la mañana en los Coros. En el alto comenzaba el Oficio Divino. A esa hora se rezaba la “prima”, después seguí la misa conventual oída en el Coro Bajo, a la cual “ninguna monja, prelada ó súbdita, estando sana, puede faltar, y si un día quedara sin oír misa sin causa legítima, coma en el suelo pan y agua y diga su culpa en el refectorio”, según dicta la Regal Jerónima. Después seguía el desayuno y a las nueve se regresaba al Coro para rezar la “tercia”. Luego seguían las ocupaciones en la sala de labor, y a las doce volvían al Coro para entonar la “sexta”. Luego llegaba la hora de la comida y después la siesta. A las tres regresaba al Coro para la “novena”; a las siete, las “vísperas completas” y, después de la cena, los “matines y laudes”, saliendo por fin del Coro, al toque de la campana gorda del claustro, a sus celdas correspondientes a dormir. En cuanto a las Capuchinas y Carmelitas, variaban un poco su horario. A las cuatro de la mañana, al “son de las matracas”, empezaban su día y “cada una quisiera ser la primera y que otra no le ganara la primicia en acudir al Coro”, como decía fray Ignacio de la Peña, y recibida la bendición de la prelada, daban gracias. A las cuatro treinta decían entonaban la “prima” y la “tercia” con “devoto tono y solemne pausa”, de lo cuál el poeta Juan Valle escribió: “Vibra en el templo el órgano sonoro pero doliente, misterioso y lento, mientras las monjas en pausado acento, responden, cual un eco, desde el Coro”. Después se recitaba la letanía con preces y descendía al Coro Bajo a hacer meditación de un “punto” que era propuesto, el cuál era impreso en unas lindas cartelas. Ahí permanecían durante la misa y, acabando ésta, seguían con la “sexta” y la “nona” y después salían a tomar su colación y la sala de labor. La “vísperas” eran rezadas las dos, y las “completas” a las cinco, estando en oración hasta las seis. Regresaban a comer y luego volvían al Coro, hasta las ocho, en que se iban a dormir, para regresar a las once, también con matracas, a rezar los “matines y laudes”.
El arzobispo don Pedro Moya de Contreras el 26 de septiembre de 1585, dio la licencia para la construcción de este monasterio, con la advocación de Señor San Jerónimo. Para que se cumpliera el objetivo se mandó “…sacar y traer el convento de la Limpia Concepción de Nuestra Señora, monjas profesas de antigüedad, aprobación y santa vida…” para que iniciar en la vida conventual a sus aspirantes. Los patronos fueron Doña Isabel de Barrios y su esposo Don Diego de Guzmán, quienes acondicionaron en su totalidad el lugar. Las monjas concepcionistas salieron de su casa veladas y en solemne procesión caminaron a su nueva morada, acompañadas de funcionarios eclesiásticos y civiles y del pueblo, que siempre se encontraba presente en estos eventos. La patrona y fundadora las recibió en la entrada del templo y automáticamente pidió un hábito, convirtiéndose en la primera novicia. El templo fue donado por don Luis Maldonado y fue consagrado en 1626 bajo la advocación de San Jerónimo y Santa Paula. Estos conventos, que eran muy grandes tenían otras “sucursales” de índole monjil: cocinas, huerta y refectorios; entre los corredores y claustros, los baños, celdas, salas de labor y salas de penitencia; enfermería, lavaderos, adoratorios y los lugares más concurridos: la portería y los locutorios ó rejas, donde las monjas podían recibir a sus visitas en presencia de una religiosa escucha y del otro lado de la reja sus visitantes. El convento hasta llegó a tener una cárcel para “la que no cumpliera lo que debe por amor, sea obligada a cumplirlo por temor”. Las monjas se dedicaban exclusivamente a los rezos, elaboración de dulces, las ocupaciones en la sala de labor y la educación de las niñas puestas a su cargo y en cuanto a las labores domésticas, sus criadas eran las encargadas. Un dato importante es que Juana de Asbaje, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz ingresó a los diez años de edad, escribió acerca de la clausura:
“Para el alma no hay encierro ni prisiones que la impidan, porque solo la aprisionan las que se forja ella misma”
Después de la exclaustración el convento tuvo múltiples usos, incluyendo un popular cabaret llamado “El Esmirna”. Afortunadamente fue restaurado y actualmente funciona como universidad de estudios humanísticos. Se pueden visitar pequeñas salas acondicionadas como museo, donde se exhiben restos de los baños y cerámica, los patios y el templo, por supuesto con sus coros y en donde se encontraron, parece ser, los restos de sor Juana Inés de la Cruz.
Perteneció a la Orden de la Compañía de María, creada por María Ignacia Azlor, nacida en la Hacienda de Patos e hija del Conde de Guara y de la marquesa de San Miguel de Aguayo y Santa Olaya. Al haber quedado huérfana partió a España para dedicarse a ser una cierva de Dios; años más tarde regresó a Nueva España con 15 religiosas que la acompañaban, para fundar un convento dedicado a la enseñanza de las niñas de la capital. Contando con su cuantiosa herencia compró los terrenos para comenzar la materialización de su sueño. La obra fue bendecida por el arzobispo don Manuel Rubio y Salinas el 23 de junio de 1754 y cuatro años después fue inaugurado por el siguiente arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta, bajo la advocación de la Virgen del Pilar. Oficialmente fue nombrado como convento de Nuestra Señora del Pilar de Religiosas de la Enseñanza y popularmente se le conoció como La Enseñanza. El convento era de proporciones considerables, pues contaba con 50 celdas, capilla, enfermería, salones de clases y de labor y abarcaba desde las actuales calles de Donceles hasta la de Luis González Obregón al norte. Parte de esas dependencias son hoy ocupadas por el Colegio Nacional. Las niñas que recibían su formación eran tanto internas como externas, las cuotas que se cobraban eran bajas y muchas veces era gratuito. Este templo cuenta con disposiciones arquitectónicas diferentes a las de otros conventos. El eje de la nave es perpendicular a la calle y posee una hermosa fachada, donde destaca San José, patrono de Nueva España. Ocupando el lugar principal está la Virgen del Pilar y arriba una representación de la Santísima Trinidad. El interior del templo sin duda es uno de los más hermosos del Centro; tiene una sola nave con ábside poligonal que alberga un imponente retablo, que fue uno de los más extraordinarios ejemplos del barroco del siglo XVlll. Las rejas que daban a la clausura de las monjas se encuentran a los lados del retablo principal. La nave está cubierta de pequeños retablos, barrocos de excelente calidad y cuenta con series de pinturas sobre la vida de José y de María. También hay que destacar el púlpito y la tribuna.
Desde el principio de los tiempo los humanos hemos tratado de encontrar explicaciones lógicas de lo que ocurre entre la vida y la muerte, sobre todo en esta última, que se siente la necesidad de trascender de diferentes formas. El culto a la muerte se ha manifestado en todas las religiones a lo largo de la historia de la humanidad. En el pueblo mexicano el culto a los muertos alimenta nuestra vida ritual. Entender el porqué festejar a la muerte es algo que define nuestra identidad como cultura y sociedad. En la cultura mexica a la muerte no se la daba el significado que le daba la Santa madre Iglesia, la cual dice que el cielo ó paraíso es un premio y el infierno un castigo. Las culturas antiguas creían que las almas tomaban distintos caminos, según la causa por la que hubieran muerto.
Lugares de reposo en el México Antiguo
Tlalocan: Uno de los caminos que tomaban las almas era el Tlalocan ó paraíso del Dios de la Lluvia (Tláloc); aquí lleganan las personas que habían muerto de causas relacionadas con el agua (ahogados, muertos por un rayo, gota, sarna, hidropesía, bubas, sacrificios en honor de este dios). Tlalocan era un lugar con abundancia, tranquilo, fresco y ameno. Los cuerpos enterrados como las semillas, para que luego germinaran. Omeyocan: Este lugar era gobernado por Huitzilopochtili, dios de la guerra. Aquí llegaban aquellos que habían muerto en combate, en sacrificios y mujeres que morían al dar a luz. Estas últimas eran llamadas mocihuaquetzque (mujer valiente), pues también eran consideradas unas guerreras al librar una batalla a la hora de parir, ya que se debatían entre la vida y la muerte. Podemos ver que la mujer era muy tomada en cuenta en esta sociedad, tanto así, que eran enterradas en el patio de palacio a la hora en que el sol se ponía, ya que lo acompañaría desde el cenit hasta su ocultamiento. La muerte de estas mujeres causaba alegría y tristeza a la vez, porque se pensaba que gracias a su valentía el sol las llevaba consigo. Por eso las parteras les dedicaban las siguientes palabras:
“ Habeís ganado con vuestra muerte la vida eterna, gozosa y deleitosa con las diosas que se llaman Cihuapipiltin, diosas celestiales. Pues idos ahora, hija mía muy amada nuestra, poco a poco para ellas y sed una de ellas”.
Mictlán: Este lugar era gobernado por Mictlantecuhtli, dios de la muerte. Aquí llegaban las personas que morían de causas naturales. Este lugar era oscuro, sin iluminación y de aquí las almas nunca podrían salir. Para llegar al Mictlán el camino a seguir era muy complejo, pues por cuatro años debían transitar por distintos lugares antes poder llegar al Chignahuamitlán, lugar donde las almas de los muertos descansaban ó desaparecían. Para comenzar este largo y sinuoso camino, el difunto era enterrado con un perrito que le ayudaría a cruzar un río para poder llegar a Mictlántecuhtli, a quien ofrendaba manojos de teas y cañas de perfume, algodón, hilos colorados y mantas y los muertos del Mictlán recibían de ofrenda cuatro flechas y cuatro teas atadas a un hilo de algodón. Los niños fallecidos tenían un lugar especial llamado Chichihuacuauhco, en donde había un árbol de cuyas ramas brotaba leche, de la cuál se alimentaban. Los niños volvían a la Tierra hasta que se destruyese la raza que la habitaba, así la muerte generaba vida.
Los entierros
Los entierros el cultura azteca variaban según fuera la persona que falleciera; si era un mercader, era sepultado con ropa y envuelto en mantas y plumas, con piedras preciosas, pieles de tigre, joyas de oro, y comida, porque correspondía a las mercancías que comerciaba. Al ciudadano común se le sepultaba en mantas de plumas y papel, con jícaras, carne guisada, maíz y frijoles, para que tuviera alimento para el camino. La sepultura de los guerreros era diferente; para ellos era llevada a cabo una solemne ceremonia en la plaza. Los ancianos, portando sus escudos y bastones entonaban cantos fúnebres acompañados del teponaztli. La ceremonio era dedicada al Sol, pues los guerreros muertos eran sus hijos. Estos funerales eran tan importantes, que cuatro días después se confeccionaban figuras semejantes a los difuntos, les hacían los ojos y la boca con papel y les colocaban plumas, bezotes y orejeras. Las figuras eran colocadas en un lugar especial para que las viudas les ofrecieran comida y tortillas, cubrían el suelo con pétalos de flores y encendían copal; y para concluir la ceremonia quemaban las figuras en una enorme hoguera, las viudas lloraban mientras los ancianos les daban palabras de consuelo. Cuando un tlatoani ó gobernante fallecía, el funeral era de lo más suntuoso. En este caso los sacerdotes entonaban cantos fúnebres ó miccuícatl, había banquetes, los esclavos del difunto eran sacrificados para que lo acompañasen y sirviesen en el otro mundo, y una era construida una tumba muy alta. Para que el noble personaje no pasara pobreza era enterrado con abundantes riquezas, como joyas, mantas y plumas. Después había una procesión en la que iban los familiares, viudas y amigos. El cadáver era quemado, aromatizando la hoguera con copal, y se realizaban ceremonias por ocho días consecutivos.
Las ofrendas
Los entierros eran acompañados ofrendas con objetos que el difunto hubiera usado en vida u objetos que podía requerir para su tránsito al inframundo, como vasos, ollas, adornos, narigueras, concha nácar, caracoles, floreros y vasijas con forma de animales. La elaboración de objetos prehispánicos para las ofrendas era muy popular y no podían faltar; tenemos como ejemplos los vasos policromados mayas de Chamá, donde aparece animales subterráneos y nocturnos; también había instrumentos musicales de barro como timbales y sonajas con forma de calavera. Además se realizaban imágenes de dioses relacionados con la muerte, de cráneos en materiales como la piedra, cristal de roca y jade, braseros, urnas e incensarios con motivos mortuorios. En estos ritos era muy común ofrendar los Tzompantli, que eran unas hileras de cráneos (con perforaciones a los lados eran ensartados), de los que habían sido sacrificados en honor a los dioses; simbolizaban la conclusión de un ciclo de 52 años y marcaba el inicio de otro, los Tzompantli se colocaban como representaciones escultóricas en sitios prominentes, cerca de los templo principales.
La construcción de éste convento fue iniciada en 1670 y concluida en 1774; y 77 años transcurrieron en trámites para que se lograra éste proyecto iniciado por don Francisco de Córdoba y Villafranca y su esposa; quienes no tuvieron hijos y decidieron invertir sus bienes en el mantenimiento de las monjas de la orden del Salvador. Estas religiosas fueron dotadas de una iglesia obra de Luis de Diez Navarro, única en Nueva España por su planta elíptica. El edificio fue demolido para ampliar San Juan de Letrán, una idea por demás pésima. Al principio logró aliviar algunos problemas de tránsito, pero después dejó de ser así. A cambio de esto nos quedamos sin ésta maravilla. Desgraciadamente el automóvil ha sido una de las principales causas de la destrucción de antiguas ciudades. Tal vez en un futuro muy lejano éstas prácticas ya no sean necesarias, pues muchos consideran que la demolición de estos edificios es sinónimo de progreso como civilización.
Doña Manuela Molina, quien profesó bajo el nombre de sor Teresa de Jesús en el convento carmelita de San José, mejor conocido como Santa Teresa la Antigua; a la religiosa le fue heredada una cuantiosa fortuna por parte de su padre. Sor Teresa siempre tuvo la ilusión de construir un convento carmelita en el que pudieran ingresar doncellas de escasos recursos, que no pudieran pagar la dote. La novicia se puso como meta comprar el terreno, para en el mismo edificar el convento y el recinto y dar cuatrocientos pesos anules para su manutención. Los trabajos de construcción comenzaron en 1701 y en 1704, en una ceremonia precedida por el duque de Alburqueque, cuatro religiosas ocuparon la nueva fundación. El templo fue dedicado el 27 de enero de 1915 y fue conocido como Santa Teresa la Nueva, para así poder diferenciarlo del convento de San José. El visitador español fray Vicente de Santo Tomás, se había apuesto rotundamente a la fundación del convento, argumentando que las monjas criollas abusaban del chocolate; esto propició que las monjas que hacían sus votos de castidad, obediencia, pobreza y clausura perpetua, añadieran uno más: “no beber chocolate, ni ser causa de que otra lo beba”. El reglamento del convento decía que no debía haber más de 22 monjas recluidas y la vida que llevaban era la más dura de todas órdenes que existían en la época. Las religiosas se dedicaban a elaborar y vender escapularios de la Virgen del Carmen y panes de rosas, muy aceptados en la sociedad virreinal. Este convento fue muy importante; pero a finales del siglo XIX, el arquitecto Manuel Francisco Álvarez lo transformó en Escuela Normal, demolió muros, arcadas y otras dependencias. La iglesia fue construida en el siglo XVII, gracias a su patrono, capitán Esteban de Molina Mosquera, que en 1978 hizo la escritura correspondiente, encargándole la obra a Cristóbal de Medina Vargas Machuca, maestro de arquitectura. Junto a la iglesia se construyó una capilla dedicada al Señor de Santa Teresa, de estilo neoclásico, en la cual intervinieron Patiño Ixtolinque y Ximeno y Planes. La cúpula y las pinturas, fue obra de los maestros de la primera generación de la Academia, pero desapareció con el terremoto de 1845. Tiempo después fue reconstruida por el arquitecto español Lorenzo de la Hidalga y en los años treinta fue convertido en archivo y bodega. Más adelante fue rescatada y restaurada. Actualmente es la Escuela Nacional de Ciegos.
Fue fundada en el siglo XVI, gracias a tres mujeres llamadas las Felipas, que recibieron el apoyo de los domínicos de Oaxaca, para poder establecer un convento de monjas de esa orden en la Cuidad de México. Dicho y hecho, pues al poco tiempo mandaron de Antequera, Oaxaca a dos monjas a la capital. Finalmente, en 1683 las monjas se mudaron a su nuevo monasterio; y a partir de ese momento convento e iglesia fueron dañados. Al convento se le demolió una parte y la que se mantuvo en pie fue convertida en cuartel y después en escuela de jurisprudencia.
La iglesia fue construida entre 1619 y 1623 y renovada en el siglo XVIII. Fueron construidas portadas y una torre, se le cubrió de bóvedas, a excepción del coro y se labraron retablos de estípites; el principal de éstos pudo rescatarsey fue colocado en el testero de la capilla de Balvanera, junto al templo de San Francisco; su hermosa tribuna, la reja del Coro alto y la viguería con emblemasdomínicos tallados en sus zapatas, es lo único que conserva de su antiguo esplendor. Actualmente es la Iglesia Presbiteriana del Divino Salvador.
La fachada parece pertenecer a la época en que fue construido el templo; en cambio la norte es de una época más tardía, que se atribuye al arquitecto Lorenzo Rodríguez. Una vez consumada la exclaustración, fue hecha una excepción con las monjas, pero en 1863 tuvieron que acatar la orden y lo abandonaron. El convento pasó a ser propiedad del gobierno, que los usó como cuartel, pero al acondicionarlo para este fin, se inició su destrucción parcial y demolición.
En 1908, totalmente transformado, el presidente Porfirio Díazlo convirtió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, que estuvo ahí hasta 1954 y fue traslada a Cuidad Universitaria.
A la iglesia se le demolió primero la torre y en su interior “hubo varios retablos de primer orden, conservados hasta 1932”, según lo refiere Francisco de la Maza, quien añade, respecto de la muy lamentable e inútil desaparición de dichos retablos:
“…en esos años fue Ministro de Educación Pública un ilustre protestante cuyo odio al catolicismo era exacerbado. No soportando que frente a su despacho hubiera culto romano, decidió entregar el templo a sus cófrades. Se le explicó que no era el cambio adecuado, precisamente por los retablos, dada la iconoclastía luterana. El respondió que serían respetados salvo en las esculturas, en cuyo lugar se pusieron letreros con inscripciones bíblicas. Para 1936 no había ya ni un solo retablo. Clandestina y lentamente fueron desensamblados y tirados a una bodega.”
Aunque el retablo mayor posteriormente fue rescatado, de los restantes se ignora su paradero y pudridero.
Las monjas domínicas acostumbraban rezar un rosario de quince misterios diariamente, aparte del Oficio Divino y entre los tesoros que poseía el templo, se encontraba una muela de Santa Catalina de Siena; también eran famosas las “Velas de San Dimas”, que elaboraban las religiosas y tenían una gran demanda entre la sociedad novohispana, pues eran usadas para la buena muerte y para asegurar un parto exitoso a las mujeres en cinta.
Entre las tradiciones que tenían era que presidía el Coro una imagen de Nuestra Señora de la Sala Dómina que es mejor conocida como la Virgen del Rosario, pues lleva en sus brazos al Niño Jesús y en sus manos un rosario, y la cuál le tenían gran estima y le rendían gran culto. Se cuenta que ésta virgen es muy milagrosa, y cuenta la leyenda que en 1629 hubo una terrible inundación en el convento y, milagrosamente el agua cedió antes de que los daños fueran irreparables y también en ese mismo momento de los sucesos una monja ciega recobró la vista.
Otro suceso curioso que se cuenta es que bajo el manto de la Virgen un día se cobijaron 24 palomas blancas, que llegaron volando sin que nadie hubiera interviniera y se fueron de un momento a otro también. Paso el tiempo y un buen día, ingresaron 24 jóvenes al convento.