domingo, 23 de mayo de 2010

La casa de don Luis de Castilla (Argentina 15 esquina con Justo Sierra)


La arquitectura que vemos de esta casona hoy en día data del siglo XVIII, pero la construcción original fue edificada a mediados del siglo XVI. La historia de este lugar comienza con su primer propietario que fue don Luis de Castilla, quien era pariente cercano de la segunda esposa de Hernán Cortés, Juana de Zúñiga. Después de contraer nupcias en España, la pareja acompañada de don Luis se trasladó a Nueva España;

Al acompañante le fue asignada una encomienda en Tututepec en Oaxaca; después se convertiría en el primer propietario de la mina de Taxco, que siglos más tarde pasaría a manos de don José de Borda.

Don Luis de Castilla nació en la provincia de Valladolid, España en 1502 y murió en la ciudad de México en 1580. Fue una de las personalidades más importantes de la época en el siglo XVI, un ejemplo es este: en 1534 el emperador Carlos V lo nombró regidor. Tuvo cuatro hijos varones, quienes fueran los primeros estudiantes que se inscribieron cuando fue fundada la Universidad; también tuvo una hija llamada Francisca Osorio de Castilla, que se casó en 1568 con Hernán Gutiérrez Altamirano, quien era sobrino de Hernán Cortés.De este matrimonio descendieron los condes de Santiago de Calimaya.

Retomando lo de un principio, la mayoría de los encomenderos como don Luis usaban su cargo para cometer terribles abusos con los indios, que lo llevara tener problemas con la justicia.

Tres siglos después a finales del siglo XIX desde Asturias llegarían José Indalecio y Francisco Porrúa, ¿Quiénes era estos personajes? La historia comienza en el años de 1900 cuando Indalecio abre un negocio de compraventa de libros de ocasión en la calle de Carmen, entre Justo Sierra y Guatemala; se asoció con sus hermanos y en poco tiempo adquirieron importantes bibliotecas particulares. Ya para 1910 este negocio ya tenía un buen prestigio, y fue entonces cuando fue abierta la famosa librería Porrúa Hermanos, donde fuera la casa de don Luis de Castila en la esquina que en aquel entonces formaban las calles del Relox y Donceles (hoy Argentina y Justo Sierra).

Al mismo tiempo iniciaron la publicación de la Guía de la Ciudad de México de José Romero. El símbolo de la editorial, que es la cabeza de un caballero águila, fue creado en 1915 por Saturnino Herrán, uno de los pintores más notados de México.

En la casona se han hecho infinidad de modificaciones y de la estructura original queda poco; también se han hecho trabajos de restauración, en los cuáles fueron encontrados a poca profundidad restos de estructuras prehispánicas que forman parte del conjunto del Templo Mayor. Actualmente es la casa matriz de la librería Porrúa, cuya silueta sirve de fondo al Templo Mayor.

domingo, 16 de mayo de 2010

El Palacio de Chavarría (Justo Sierra 55)


Construida en tezontle y marcos de cantera, de dos pisos, estilo sobrio y elegante. La fachada posee un nicho que alberga en vez de albergar un santo hay una mano que sostiene una custodia. En esta casona vivió alguna el capitán don Juan de Chavarría y Valero, nacido en la Nueva España y bautizado en el Sagrario Metropolitano en 1618.

Pasó en tiempo y contrajo nupcias con doña María Luisa Lorenza de Vivero Ircio de Mendoza, con la cuál tuvieron tres hijos: Juan, Luis y José de Chavarría y Vivero. La pareja de esposos fue patrona de las monjas agustinas del convento de San Lorenzo, a quienes ayudaron a construir el convento y el templo; fue tanta la dedicación y el amor que Juan le profesara a esta obra, que hizo su propio sepulcro en el interior del templo.

No paso mucho tiempo cuando ocurriría aquel acontecimiento que dio origen al escudo que se puede apreciar en su casa: la noche del 11 de diciembre de 1676 un ladrón llamado Eufrasio Pedontero, violentó algunas puertas del templo de San Agustín para hurtar las potencias de oro del Santo Cristo de la Caña.

Después de haber cometido tal crimen, aquel hombre se sintió lleno de culpa y congoja y no sabía que hacer; fuera de sus cabales, se resbaló entre los barrotes arrastrando consigo velas y ceras, provocando un descomunal incendio que alertó a toda la población. Las crónicas de la época dicen los siguiente: “…Noche desgraciada para la Nueva España, ésta del 11 de diciembre. Se celebra el aniversario de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la Parroquia de San Agustín, cuando un caballero, vistiendo su traje de capitán, fuerte y robusto, como de 58 años de edad, se abrió paso entre la multitud y penetró en la iglesia, cuyo interior era un horno. Y exponiendo su vida, avanzó más, hasta el altar mayor, y con fuerte mano tomó la custodia del Divinísimo. Y rápido y decidido como entró, abandonó el templo, casi ahogado y con las ropas ardiendo. Ese hombre, don Juan de Chavarría y Valero, piadoso y rico, fue el valeroso militar quien destacó la divina forma…”.

Debido a esta hazaña, el rey le permitió utilizar la mano con la custodia como escudo de su casa. En el interior de la casona actualmente no queda nada del señorío que tuvo en su tiempo, pero todavía lo podemos apreciar en su exterior.

El lugar fue remodelado para servir de alojo de oficinas de todo tipo, es propiedad particular y no se permite la entrada al público.

domingo, 25 de abril de 2010

La incestuosa casa de los Ruvalcaba(Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

Horrendo en el relato de lo ocurrido en una casona que aún hoy levanta sus viejos muros en la que conocemos por la calle de Uruguay número 92. Se tratan de hechos monstruosos que dieron fama siniestra a la casa de los Ruvalcaba, allá en el primer cuarto del siglo XVII.

Allá por el año de 1628, es decir durante la primea cuarta parte del siglo XVII, piratas holandeses habían desembarcado en el puerto de Acapulco, muchas familias hispanas huyeron a las selvas escondiendo sus tesoros e hijas; si embargo, los piratas al mando del audaz capitán Spilberg se marcharon sin causar daño, tomaron víveres, vinos, frutas e hicieron agua dulce y se marcharon en paz. Por esos mismos días, por el canal de las Bahamas, merodeaba otro pirata sanguinario llamado Pedro Hein, este andaba en pos de naves españolas y portuguesas para arrebatarles sus tesoros; el pirata llevaba diestros artilleros y pesados cañones en ambas bandas así, el 19 de septiembre los piratas se apoderaron de una nave española que llevaba doce millones de pesos fuertes.

Por ese tiempo era virrey en Nueva España don Rodrigo Pacheco y Osorio, Marqués de Cerralvo, y todos los habitantes estaban preocupados por la presencia y hazañas de los piratas. En aquellos días vivía en la calle que se llamó de Ortega, de Tiburcio, San Agustín, de don Juan Manuel, Balvanera, San Román, Puerta Falsa de la Merced, Santiaguito y que hoy conocemos por Uruguay, un riquísimo anciano llamado don Servando de Sáenz y Ruvalcaba, quien era dueño de dos minas de oro y una de plata, cuyas vetas producían más cada día, y cuanto más tenía más avaro se hacía y su sed de atesoramiento también, evitaba el pago de diezmos y eludía llevar su metal a la Casa del Apartado. El anciano era viudo y tenía dos hijos: Manuel de 26 años y Paz de 19, pero a pesar de su abundante riqueza no les compraba nada de ropa, la poca que tenían eran casi harapos, apenas les daba de comer y no tenían criados.

Don Servando, teniendo conocimiento de los piratas que acechaban los océanos y el solo hecho de pensar en que su fortuna fuera robada, se dio a la tarea de una intensa actividad; preparó una mezcla y había comprado varios cientos de ladrillos de barro cocido, piedra y tezontle, llevó argamasa, materiales y herramientas hasta el interior de su recámara y pese a su avanzada edad y a su escaso conocimiento de albañilería, comenzó a levantar un muro.

Varias semanas después, una carreta entraba a la capital de Nueva España, al peso de la madrugada nadie osaba curiosear; el vehículo de tracción animal se detuvo ante la casa de don Servando y el caballero llamó a la puerta dando tres golpes como señal; el anciano salió a indagar quien llamaba, después con gran sigilo empezaron a descargar la preciada carga de la carreta, que eran nada menos que lingotes de oro y plata, que iba anotando meticulosamente en una libreta. Después de algunas horas de trabajo lograron descargar todos los lingotes del carromato y al poco tiempo fueron obligados a salir de la casa.

Casi al alba, don Servando había logrado meter a su recámara todos los lingotes del metal recibidos la noche anterior y después abría un cuarto secreto, el mismo que construyera en el fondo de su alcoba y en una tercera maniobra los guardaba en un cuarto secreto junto con el resto de lo que ya tenía. Concluido su trabajo, se retiró a dormir vigilando su valioso tesoro.

Al medio día llegó Pelayo, que era su administrador para recibir órdenes de trabajo; después de haber terminado sus labores, por órdenes de su patrón le comentó que muchos mancebos deseaban pedirle en matrimonio a su hija, al escucha tal cosa, el anciano se levantó furioso, como si lo hubieran movido al impulso de un resorte alegando que jamás daría en matrimonio a su hija. Esa noche don Servando tuvo horribles sueños de que sanguinarios piratas lo atacaban para despojarlo de su incalculable tesoro y que uno de esos feroces piratas se robaba a su hija Paz; el anciano despertó de tan tremendo sueño gritando desesperado y tardó tiempo para volver a la realidad y comprobar que todo había sido un mal sueño. El resto de la noche ya no pudo dormir pensando en su hija, en su tesoro y en todo; ya para el amanecer su mente enferma había ideado un plan incestuoso y perverso, en cuanto se levantó mando llamar a sus dos hijos y dijo que para que un aventurero no se hiciera de su fortuna debían casarse entre ambos. Los hermanos quedaron mudos unos momentos, estupefactos, incrédulos ante aquella orden y esta vez Paz rompió el silencio diciendo que eso que planeaba era horrible, después la secundó su hermano tachando de monstruoso ese casamiento.

Don Servando al ver que los muchachos se negaban les dio tres días para “recapacitar”, mientras se cumplía el plazo a cada uno los encerró en su alcoba teniéndolos a pan y agua; si pasado ese tiempo se seguían negando los dejaría morir de hambre.

Estaban por completarse los tres días de castigo a pan y agua de los muchachos, cuando recibió la visita urgente de don Pelayo , su administrador para darle la terrible noticia de que una de las minas se había derrumbado debido a las torrenciales lluvias y amenazaba con inundarse; muchos hombres habían muerto (claro, eso no le importaba a don Servando). Una hora después el viejo cerraba precipitadamente su casa con las más fuertes cerraduras y cadenas que había y sin preocuparle nada más que su querida mina ordenó a su administrador partir en el acto.

El anciano se dedicó en cuerpo y alma a la titánica tarea de despejar la mina de derrumbes y cadáveres sin importarle la lluvia dirigía los trabajos de desagüe del mineral, el cuál duró varios días con la consecuencia de que don Servando cayera gravemente enfermo y ante la imposibilidad de trasladarlo a la capital don Pelayo lo atendió en su casa.

Tres meses después ya aliviado completamente, el anciano regresó a la capital y lo primero que hizo fue corroborar que las cerraduras estuvieran intactas, después fue al cuarto secreto donde guardaba sus lingotes de oro y plata y por último fue a abrir la puerta de cada cuarto de sus hijos; encontró a ambos muertos, descarnados, en una posición de angustia sobre el suelo, los pobres desdichados habían muerto de sed y hambre y las larvas se los habían comido, quedando solo horripilantes despojos y evidencia de una terrible agonía. El cruel avaro, lejos de condolerse por la muerte de sus hijos estalló en risotadas pues así ya no iba a tener que gastar en ellos un centavo; nada había más importante para el viejo que su tesoro, casi perdiendo el juicio colocó los esqueletos de sus hijos a la mesa y fingía hablar con ellos, convivir. Don Servando era tan miserable que cocía un caldo a base de hueso de jamón que le duraba ¡meses! y lo acompañaba con vino.

Una de las minas aumentaba su producción, así del mismo modo la codicia del anciano y su locura; una noche en vez de recibir ochenta quintales recibió la nada despreciable cantidad de doscientos once, mucho más oro que nunca la pila del preciado metal iba en aumento.

Un día de pronto la casa quedó en silencio, pasaron los meses y don Pelayo temiendo una desgracia fue a buscar la ayuda de la justicia; llegaron al lugar llamando a la puerta sin obtener respuesta, entonces todos entraron respirando una aire tétrico a humedad y abandono y de pronto los soldados hicieron el macabro descubrimiento de los muchachos muertos sentados a la mesa. A los despojos se les dio sepultura, pero de don Servando nunca se supo nada, pasaron los años y la casa se convirtió en ruinas.

En la segunda mitad del siglo XVII se funda el mayorazgo de los Cortina y esta familia compra la casona; en 1725 doña María Ana de Gómez de la Cortina hereda el condado de su apellido y casa con primo Vicente y aunque son dueños de inmensa fortuna y el mayorazgo, un golpe de suerte los hace todavía todavía más ricos, pues al derribar la puerta secreta hallan la fabulosa fortuna y el esqueleto de don Servando, que murió sepultado por su querido oro.

Esto es lo que sucedió en esta casa, que hoy podemos ver con el número 92 de las calles de Uruguay y hasta la fecha se le conoce como Palacio de los Condes de la Cortina y de la macabra leyenda no queda sino el terror y un amargo recuerdo.

domingo, 18 de abril de 2010

El Casino Español


En este lugar se encontraba el Hospital de Espíritu Santo, a cargo de los Hermanos de la Caridad ó hipólitos, que atendía solamente a españoles.

En 1806 el templo y el hospital fueron demolidos; y le encargada a al arquitecto Emilio González del Campo la construcción de un centro social entre 1901 y 1903. Su arquitectura es muy afrancesada, la puerta principal posee hermosos tallados, que le dan un toque elegante; el interior del lugar se encuentra ricamente ornamentado. Consta de un patio cubierto de dos nieves: sobre los arcos de medio punto podemos apreciar los escudos de las provincias españolas; su escalera de mármol blanco de Carrera es imponente; se pueden encontrar también dos esculturas de bronce que representan a unos vikingos, que fueron obsequiadas por Porfirio Díaz durante la cena que conmemoró la Independencia en 1910. En la parte frontal se encuentra un escudo de Carlos V y sus pies, una escultura que representa la agonía de Cristóbal Colón.

En el segundo piso se encuentra el Salón de los Reyes, de estilo isabelino con columnas de mármol y techo de estuco dorado con tres hermosos candiles de cristal; y aquí mismo podemos encontrar un restaurante llamado El Casino Español.

domingo, 11 de abril de 2010

Las dos casas del Mayorazgo de Guerrero(Moneda esquina con Correo Mayor)

En estas dos calles se encuentran dos casonas conocidas como del “Sol y de la Luna”, que además de caracterizarse por ser de arquitectura muy señorial, tiene tras de sus antiguos muros una historia de amor que contarnos.

Cuenta la historia que un día llegó el trigésimo virrey de Nueva España, don Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendoza, Conde de Galve, quien viniera acompañado de su amigo Enrique Luna y su esposa Sol de Olmedo; pero había un pequeño detalle: el virrey amaba secretamente a doña Sol y desde que llegara a la Cuidad le encomendaba a don Enrique encomiendas a cada rato (visitador, oidor, concesionario de las minas de San Luis Potosí llamadas “Milagros” y “Descubridora” para mantenerlo lejos y muy ocupado.

Pero lo único que consiguió el virrey fue enriquecerlo, y al regresar a Nueva España mandó construir en este solar y como homenaje a la fidelidad mandó colocar un gran sol revestido con placas de oro en la fachada que da a la calle de Moneda y una luna forrada en plata en el muro que da hacia Correo Mayor (por obvias razones los metales no sobrevivieron muchos tiempo).

Aunque los edificios que vemos hoy en día originalmente fueron erigidos por los descendientes de Francisco Guerrero Dávila, quien fuera regidor del cabildo dela cuidad en 1582. Era hijo de Juan Guerrero de Luna, mejor conocido como Juan Martínez Guerrero, que llegó a México en 1535; fue alcalde en 1559 y 1568. Contrajo nupcias con la hija del conquistador Rodrigo Gómez Dávila, llamada Beatriz y fundó el mayorazgo de Guerrero en 1573, que abarcaba varias casonas, comercios y terrenos; todo esto fue heredado por el otro hijo del matrimonio, Antonio.

Con el paso de los años las casonas se integraron al Mayorazgo de Guerrero, que se dedicaba a dar limosnas y donativos a los hospicios, hospitales e iglesias, como Regina Coelli, Santo Domingo y Santa Inés.

Las casonas fueron construidas en el siglo XVII y remodelado en el siglo XVIII, tiene torreones en las esquinas, que se conserva a modo de casas gemelas. Cuenta con fachada de tezontle y cantera, y se dice que fue construido por el arquitecto Francisco Guerrero y Torres, en los arcos del patio se puede ver inscrito “1713”. Ambas construcciones tienen la misma arquitectura churrigueresca e incrustaciones de azulejos.

La construcción ubicada del lado de Moneda 16 es la sede de la Dirección General de Monumentos del Instituto Nacional de Antropología e Historia. En los comienzos del siglo XX ahí se encontraba el Conservatorio Nacional de Música y por tal razón Rufino Tamayo pintó un mural en el cubo de la escalera, llamado “La Música”. La otra casona es particular y alberga en su interior comercios y oficinas.

domingo, 28 de marzo de 2010

El Mayorazgo de Medina

Fue construida por el rico platero Pedro de Fuentes en el siglo XVI; sin embargo las cosas no se le dieron fácilmente porque tuvo muchas dificultades para legalizar su propiedad y como no lo logró, se la cedió a Diego de Pedraza, que fue el primer cirujano de la Nueva España. Este prominente médico partió al nuevo mundo cuanod recién había terminado la Conquista, por lo que era considerado antiguo poblador. Apenas llegó se puso a trabajar con informantes indios para que estos le brindaran la información de la medina prehispánica, enfermedades que les aquejaban y sus remedios. El doctor decía que los aztecas conocían sustancias de todo tipo (vegetales, animales y minerales) para sanar sus enfermedades, sabían los medios de higiene, como la purificación por medio del fuego, la aplicación del calor solar y la exudación; conocían las principales funciones del cuerpo humano y cirugía; para muestra un botón: hubo médicos mexicanos muy importantes, que al ser bautizados pasaron a llamarse Antonio Martínez, Juan Pérez, Miguel García, Baltasar Xuárez, entre otros.

Diego de Pedraza ayudó a la elaboración del Códice Badiano, que es un herbario escrito en latín y náhuatl, en el cuál están pintadas las plantas y hierbas medicinales, explicando sus propiedades, sus aplicaciones y las enfermedades que cura. Su autor original fue Martín de la Cruz, fue un médico indígena que estudió junto con los franciscanos en el Colegio de Santiago de Tlatelolco.

El Códice fue traducido al náhuatl y al latín por el indio xochimilca Juan Badiano, y por eso se le dio este nombre al documento. Es el catálogo de medicina más antiguo del Continente Americano. El Códice primero fue obsequiado al hijo del Primer Virrey, don Antonio de Mendoza en 1552; permaneció en la Biblioteca Vaticana y años atrás fue obsequiado al Papa Juan Pablo II y traído a nuestro país.

Don Diego se casó en Nueva España, poco tiempo después mandaría ensanchar su casa pavimentando el patio con grandes lozas cuadradas, la planta baja era usada de consultorio, botica, archivo, entre otras oficinas; y la planta alta, que contaba con un gran corredor, era usada por la familia.

Este hombre nunca se cansaba, su sed de aprender lo llevó a una expedición al Pánuco en 1531, se le otorgado por el Cabildo el título de “Fiscal Inspector de los Médicos Cirujanos Embalsamadores y de Todos los que Curan y Untan de Enfermedades” en la Nueva España.

La casona que podemos ver hoy en día fue edificada en el siglo XVIII y aunque no se conoce bien a ciencia cierta su origen, es atribuido al Mayorazgo de Medina, fundado en 1794 por don Alfonso Picaso y doña Isabel Picaso de Hinojosa después de obtener la licencia real.

domingo, 21 de marzo de 2010

Palacio de los condes de Miravalle

Es una de las casonas más antiguas del Centro Histórico. Fue construida en el siglo XVII,I y se dice que durante este proceso varias casas pequeñas más antiguas fueron unificadas para hacer la casona. A lo largo de 300 años ha sufrido tantas modificaciones que ya casi no quedan rastros de la construcción original. Aunque conserva arquitectura colonial con muros de tezontle y marcos de cantera, es muy recomendable visitar este lugar para apreciar tosa su belleza y esplendor. Ahí estuvo el Hotel Bazar y actualmente cuenta con varios comercios dedicados a la joyería.
En la escalera podemos encontrar un mural de Manuel Rodríguez Lozano (1877 – 1971) llamado “El Holocausto”, que desgraciadamente se encuentra ya muy deteriorada y también podemos encontrar un escultura titulada “Las Comadres” hecha por Mardonio Magaña.
La casona perteneció a don Alonso Dávalos Bracamontes de Ulibarri y de la Cueva, quién fuera canciller mayor del Tribunal de la Santa Cruzada del Reino de la Nueva España y además tenía los títulos de conde y vizconde de Miravalle; también fue patrono de las misiones de los jesuitas y franciscanos en Baja California, para lo cuál reunió la nada despreciable cantidad de 25 mil pesos, que en aquella época era una fortuna.