domingo, 18 de marzo de 2012

El alacrán de fray Anselmo


Durante la época de la colonia vivió un hombre llamado Lorenzo Baena, quien después de ser rico y acaudalado, pasó no tener centavo alguno, la miseria lo había atropellado con furia; el infortunado era una persona buena, sencilla, afectuosa y solicita, y a pesar de la situación tan terrible por la que atravesaba siempre se reflejaba en su rostro dulzura y suave bondad. Siempre tenía una sonrisa para regalar al prójimo, de manera humilde inclinaba la cabeza abriendo los brazos, y decía: “¡qué le vamos a hacer, qué le vamos a hacer!”. De sus labios nunca salía una palabra de amargura, todo era siempre perdón y misericordia, dedicaba su vida a Dios de manera apacible, tranquila y resignada. ¿Cómo la vida de don Lorenzo cambio de la noche a la mañana?
La historia comienza cuando Baena renta un barco, para cargarlo con abundante ropa de China para el Perú, pero por desgracia la mercancía fue robada por piratas y la embarcación fue a dar así a una borrasca; mandó una conducta cargada de plata hacia las Provincias Internas de Occidente, la cual fue asaltada por indios bárbaros. En dicha conducta iba su hijo Jorge rumbo a Querétaro, para entregar a los cofrades de Santa Rosa una opulenta reja de calaín y tumbago, que gracias a las influencias de don Lorenzo pudo ser mandado fundir a Macao de la China, como el retoño era rubio y esbelto, fue muerto por los indios.
La esposa de don Lorenzo se fue consumiendo en su tristeza lentamente, hasta que llegó el día en que tuvo que entregarle cuentas al Señor, los acontecimientos negativos iban uno tras otro, pero aun así no perdía aquella serenidad que le bañaba el alma, resignado aceptaba lo que el destino le ponía en su camino.
la mala suerte lo seguía como una nube negra en su vida, una fiel compañera que no se despegaba de él, pues poco tiempo después tuvo que vender sus muebles, todas sus pertenencias materiales y su casa, de donde sólo se llevó el retrato de su amada esposa; no paraba de llorar al contemplarlo. Don Lorenzo se fue a vivir entonces fuera de la traza de la ciudad en un cuartucho de dos por dos, teniendo a duras penas un bocado para llevarse a la boca. Viéndose en esta situación, el buen nombre fue con aquellos que creyó que eran sus amigos para pedirles ayuda, pero ellos al ver lo pobre y desventurado le dieron la espalda, embozándose altivos en su egoísmo; también fue a pedir trabajo a los que él hiciera ricos y se lo negaron con aspereza. Don Lorenzo cada vez se encontraba peor, su paso era arrastrado y titubeante, le costaba trabajo recordar y terminaba diciendo cosas incoherentes.
Un día por la mañana sin saber cómo, sus pies fueron a dar al convento de San Diego de la descalcez franciscana, mientras su mente ocupada pensando en que ese mismo día su esposa había cumplido dos años de muerta, e iría a implorar a un padre que por amor de Dios dijese una misa para ella. Fue a ver a fray Anselmo de Medina, quien en un religioso bondadoso y feliz, un alma llena de compasión y suave ternura; el religioso ponía matiz tan especial en sus palabras, tan fraternal, que sonaba como una extraña dulzura que anegaba de bien los corazones.  ¿Qué dolor, que preocupación, no podía haber para qué fray Anselmo no acudiera apresurado?
Al religioso se le tenía por santo y como Santo se le veneraba; se le veía hacer largas caminatas, con lluvia, con calor o con frío, para pedir limosnas que serían derramadas hacia los pobres. Regresaba al convento con los pies llenos de llagas, con su hábito hecho jirones, escurriendo sangre por muchas partes de su cuerpo, y con extrema delgadez debido a los constantes ayunos y rigores; a este hombre también se le considera un serafín humano, una celeste criatura de Dios, con un amor y caridad tan grandes que no le cabían en el pecho.
La celda de fray Anselmo era blanca, humilde y pulcra como su espíritu, con una mesa tosca y renegrida, un sillón viejo, unas tablas que servían a modo de cama y una piedra por cabezal, y por último un Cristo agonizante lleno de sangre y de angustia, en una cruz sobre la blanca pared.
Don Lorenzo entró a la celda del fraile, y con desesperante angustia le pidió que le ayudara en su difícil situación prestándole quinientos para adquirir mercancía que pidiera a su vez vender, el religioso tenía toda la voluntad del mundo para ayudarlo, pero no tenía centavo alguno, entonces pidió suplicante al Cristo le permitiera socorrer a esta alma tan buena; entonces en ese momento fray Anselmo vio que empezó a bajar por la pared un alacrán largo y rubio, cuando lo tuvo a su alcance lo cogió con suavidad y lo envolvió en un papel, acto seguido se la entregó a don Lorenzo y le dijo que lo llevara al Monte de Piedad de Ánimas para que le dieran unas monedas por él.
El hombre dirigió sus pasos hacia la calle del Colegio de San Pedro y San Pablo, durante el camino iba temblando. ¿Cómo iba a empeñar aquello?, le van a tomar como un loco o que iba a burlarse, tal vez hasta lo enviarían a la cárcel. ¡Pero el fraile le dijo que empeñara el alacrán! Bueno, pues entregaría el pequeño envoltorio, no tenía nada que perder; al dárselo al empleado, el pobre hombre se sintió el ser más insignificante de este mundo, sus ojos reflejaban una muda imploración de piedad.
El dependiente tomó el paquete y al abrirlos se llenó de azoro, con asombro veía don Lorenzo de arriba abajo. El hombre pensaba que mínimo le iban a dar una paliza por haberse atrevido a traer semejante bicho, cerró los ojos y empezó esperar el golpe rezando un avemaría, pero los abrió cuando escucho lo que le dijeron:

- ¿Cuánto quiere, señor, por esta maravilla?

Don Lorenzo se quedó atónito, tembloroso lanzó un barco grito de estupor al ver que el empleado tenía entre sus manos un hermoso alacrán de filigrana de oro, rutilante de pedrería, esmeraldas, rubíes, topacios, amatistas, e infinidad de diamantes esplendorosos.

- Le daré tres mil pesos, ¿quiere?

El hombre lleno de regocijo como el dinero, salió esa misma tarde para San Diego de Acapulco. La nave acababa de llegar, compró tafetantes, anafallas, sirgos, noblezas, pitiflores, lampotes, zarazas, damascos, pequines, chitas, cambayas, deslumbrantes camocanes, hermosas telas provenientes de la China, entre varias cosas más. regresó a México, y ante los ojos de damas y caballeros abrió los baúles de cuero rojo con bella ornamentación de clavos dorados, vendiendo toda su mercancía al doble y al triple de su costo original.
a partir de aquel día, la situación de don Lorenzo iba mejorando rápidamente; después adquirió churlas de canela, barricas de vino, bocoyes de tabaco, cacao, índigo y grana, y lo llevó a la feria de San Juan de los Lagos, donde su venta fue todo un éxito. Después adquirió paños de raja, picotes, angaripolas, creas, limistes y bellorines, condobanes y cobre chileno, para llevarlos a la feria que se hacía Jalapa, metiendo con las ventas abundante dinero a sus arcas. Luego con poro o trigo, y antes de la cosecha sembró maíz, y para su buena suerte vino una gran escasez, aumentado de sobremanera sus ganancias.
Don Lorenzo volvió a ser rico, y a tener amigos que le decían bonitas palabras y dulces halagos; cualquier cosa que se le ocurriera hacer se le regresaba de manera positiva con creces, todas sus desgracias pasadas se le hicieron flores.
Gracias a fray Anselmo de Medina él había logrado salir de aquella terrible miseria,  tenía que recompensar ampliamente al religioso, entonces fue al Monte de Piedad para sacar el alacrán de oro, lo envolvió cuidadosamente y se lo llevó como regalo al fraile.
El religioso se encontraba en su celda junto a la ventana, tenía en su mano un pajarito que cantaba hermosamente, veía al fraile con sus ojitos negros e inquietos; al entrar don Lorenzo el ave voló y se fue a lo alto de una rama a entonar sus cánticos. El recién llegado le dijo efusivas palabras de agradecimiento a fray Anselmo, le besaba las manos y lo veía con gran ternura; entonces le entrego la preciada joya, la desenvolvió y tomándola con suavidad, se acercó a la pared y puso el alacrán en el mismo sitio de donde lo había tomado antes, y acariciándolo, le dijo:

- Anda, sigue tu camino, criaturita de Dios. Y el alacrán, largo y rubio, empezó a caminar lento, ondulante, por la blanca pared. El pájaro vino al alféizar de la ventana y empezó a cantar con alegría.

domingo, 4 de marzo de 2012

El Palacio de Chavarría


Si caminamos hacia el número cincuenta y cinco por la calle que hoy conocemos como Maestro Justo Sierra, que antiguamente se le conocería en su primer tramo como Monte Alegre, y en el segundo se le denominaba de Chavarría, podremos encontrar la casa que se dice perteneció al Capitán don Juan de Chavarría y Valero. La amplia casona construida en tezontle consta de dos pisos,  marcos de cantera, hermosas sobrias ventanas de un muy acoplado estilo; el nicho que adorna la fachada tiene una mano que sostiene una custodia, aunque en aquella época será más común poner un santo.
Don Juan nació en la ciudad de México, y fue bautizado en el Sagrario Metropolitano el 4 de junio de 1618. Dos lugares de la República llevan su apellido patronímico por haberlos explorado el de Chavarría: la Sierra de Durango – Sinaloa inclinada hacia el Río Presidio y cercana hacia el Espinazo del Diablo, y la Roca de Barra en Tamaulipas, que comunica la Laguna de San Andrés con el Golfo de México.
Algunos hechos que coincidieron con el capitán Valero son:
A fines del siglo XVI llegó a tierras mexicanas don Rodrigo de Vivero y Velazco, y poco tiempo después contrajo matrimonio con Melchora Aberrucia, después tuvieron un hijo que llevó el mismo nombre del padre; el primogénito don Rodrigo de Viviero y Aberrucia fue el primer Conde del Valle de Orizaba y primer Vizconde de San Miguel Tecamachalco. Años más tarde se desposó con doña Leonor Ircio de Medoza, con quien procreara un niño y una niña.
Este niño se convertiría en el segundo Conde de Orizaba, don Luis de Vivero Ircio de Mendoza, fue el que aupó la famosa Casa de los Azulejos; pasan los años y contrae nupcias con doña María Hurtado de Mendoza, naciendo de esta unión el tercer Conde Orizaba don José Vivero Hurtado de Mendoza, edificador de la residencia campestre de Mascarones.
El capitán don Juan de Chavarría y Valero emparentó con los condes de Orizaba, casándose con la hermana del segundo Conde, doña María Luisa Lorenza de Vivero Ircio de Mendoza, tuvieron tres hijos: Juan, Luis y José de Chavarría y de Vivero.
Corría el año de1582, cuando doña María Saldívar y Mendoza y su esposo don Santiago del Riego, decidieron ser patronos para la fundación del Convento de San Lorenzo, recibieron ayuda económica de don Juan Fernández Riofrío y su esposa doña María Gallardo de Riofrío; sin embargo ninguna de las parejas llegó a ver terminado dicho trabajo, a cargo del arquitecto don Pedro Briseño. Después la responsabilidad recayó en don Juan de Chavarría, siendo quien llevara el proyecto a feliz término, recibió también  la bula de Clemente VIII y la cédula aprobatoria del Rey Felipe II de España.
Por esta labor, Valero fue premiado con la orden de Caballero de Santiago, la cual rivalizaba con  las de Espuela de Oro, la de San Gregorio, la de San Silvestre y la del Santo Sepulcro; Chavarría llegó a sentir un amor tal por aquella iglesia, que mandó labrar su sepulcro con su estatua orante, y que todavía podemos ver en su interior.
Se cuenta que por aquellos años, vivió un sacrílego ladrón llamado Eufrasio Pedontero, que tenía fama de ser toda una joyita en las artes del robo. El 11 de diciembre de 1676 decidió urtar las tres potencias de oro del Santo Cristo de la Caña, en el Templo de San Agustín, pero al llevar a cabo este acto, el miedo y espanto invadieron su alma, acto seguido resbaló entre los barrotes arrastrando velas y cirios. Con miedo, ansias y agonías, el caído no sobrevivió, desencadenando el accidente un terrible incendio en todos los rincones de la iglesia. Las crónicas de la época nos cuentan lo sucedido aquel trágico día: “… Noche desgraciada para la Nueva España, esta del 11 de diciembre. Se celebraba el aniversario de la aparición de la aparición de la Virgen de Guadalupe en la parroquia de San Agustín, cuando un caballero, vistiendo un traje de capitán, fuerte y robusto, como de 58 años de edad, sea abrió paso entre la multitud y penetró en la iglesia, cuyo interior era un horno. Y exponiendo su vida avanzó más, hasta el altar mayor, y con fuerte mano tomó  la custodia del Divinísimo. Y rápido y decidido como entró, abandonó el templo, casi ahogado y con las copas ardiendo. Ese hombre, don Juan de Chavarría y Valero, piadoso y rico, fue el valeroso militar quien rescató la divina forma…” 
El templo fue reedificado más tarde, y por haber  puesto en peligro su existencia, en ese tan noble acto heroico, el Rey le concedió permiso para honrar su casa con el símbolo que vemos actualmente en la hornacina que se mencionó al principio.    

domingo, 26 de febrero de 2012

El nahual


A fines del siglo XVI, el terror invadía los asentamientos de indios que se hallaba fuera de la traza de la entonces capital de Nueva España; los gritos atronaban la noche llena de aullar de perros y el llanto de los niños, un ser monstruoso mitrado hombre mitad animal causaba el pánico y el desconcierto entre las gentes timoratas. Aquel ser que corría, que desaparecía entre las sombras y parecía asaltar y volar, se robaba a los recién nacidos, entonces algunos hombres osados en defensa de sus hijos, de sus vidas y propiedades, le lanzaban flechas, piedras y lanzas, todo esfuerzo que hacían era inútil. Los habitantes consternados fueron al día siguiente a ver al cura de su parroquia para contarle lo sucedido, quien se molestó porque todavía los naturales creían en esas cosas y les dijo que se encomendaran a Dios. Los indios alejaban cabizbajos, sin encontrar el apoyo en quien pensaban podía ayudarles, porque no creía en lo que estaba ocurriendo.
Entre tanto el nahual continuaba merodeando cerca de la capital, saltando por los puentes y los ríos y provocando el miedo, muchos arrieros y viajeros vieron al monstruoso ser mitad hombre mitad coyote o fiera, con unas garras afiladas y unos ojos de felino, pero ninguno de los españoles aceptaba la existencia de esta criatura, hasta que una noche el nahual se metió a la casa de don Alvar de Ordóñez. Emitiendo un gruñido infernal, sacaba con sus garras lo que encontraba en un arcón, dentro de la alcoba de doña Mariana, hasta que gruñido de la bestia y la ausencia del marido, hizo que la dama se despertaré lanzar un grito de terror; los creados a lo oír los gritos de su ama, corrieron presurosos a auxiliarla. Al llegar hallaron a la mujer gritando en la ventana abierta, y al asomarse a la ventana pudieron ver a la criatura que corría por los tejados, llevándose cuanto había podido hurtar del arcón de su alcoba.
Don Alvar fue a ver a los auditores de la Santa inquisición para informarles de tan terrible suceso, pero si los curas se negaban a creer lo que decían era patraña, los del Santo Oficio no podían hacer nada, entonces el caballero decide ir al Palacio Virreinal, en donde entonces funcionaba el tribunal de la Acordada; allí fue recibido por el entonces famoso capitán Zendejas, espadachín valiente y héroe de las batallas de Flandes, quien escuchó con calma al angustiado hombre, pero una vez terminada la conversación el capitán le pidió pruebas de lo que estaba diciendo, ¿de dónde las iría sacar?
La suerte acompañó días después a don Alvar, pues caminando por la calle que se conocía como del Muerto (hoy Republica Dominicana), vio que venía en sentido contrario una india que vestía las ropas que le fueron robadas a su esposa, y ni tardo ni perezoso detuvo a la mujer mientras gritaba a todo pulmón, y no tardó en ser arrestada. El capitán Zendejas encontró pruebas suficientes, y la india que dijo no hablar español ni dio su nombre, fue encerrada en la celda, pasando gran parte de la noche lanzado al aire una chocante cantinela; y hastiado, cansado de escucharla, el guardia se acercó para gritarle que se callara, la india fijos sus ojos negros odiosos en el guardia y le aseguró que esa misma noche saldría de ese lugar, parte de las celdas daban hacia la calle que hoy es Corregidora y otra a Correo Mayor. Se cree que por una de estas calles se entró el nahual para liberar a la india, bajo el peso de la noche o de la madrugada, el capitán Zendejas vio incrédulo la forma en que había sido doblada la reja de hierro de la celda, pues tal parecía que fuera el mismísimo diablo quien entró una noche a casa de don Alvar Ordoñez, situada en la entonces calle de Cruz Verde, hoy Quinta de Regina; y todo lo destrozo,  así muebles como cortinajes de seda, brocatel, muebles y tibores de la China, y lo que fue peor, es que diera muerte a doña Mariana sobre su mismo lecho, en donde fue hallada degollada, con la garganta destrozada, tenía zanjadas horribles como de garras de una fiera pero el cuello era el destrozado por el que había escapado usual.
Aún sin que don Alvar se repusiera un poco de su dolor,  el capitán Zendejas le propuso un plan para dar caza al terrible nahual, pues éste no tardaría mucho en darle muerte a al afligido marido, y esa misma tarde decidieron ir con fray Baltasar Quintero para que les diera las armas que acabarían con la bestia; cuando el capitán llegó a ver al dominico, le entregó unas balas de plata benditas de arcabuz,  flechas para ballestas y de preferencia debían darle muerte en la mitad del pecho.
Esa misma noche, con el alma en un hilo, el capitán se apostó cerca de la cama de don Alvar, los otros soldados estaban distribuidos en ventanas y azoteas vigilando la posible llegada del feroz nahual, la noche estaba tensa en los monasterios y conventos  porque la hora del maitines estaba cerca; de pronto se recortó sobre el cielo de la entonces capital de Nueva España, aquella figura horrible espantosa, acto seguido el capitán da la voz de alarma y dispara el arcabuz, otro soldado disparó con la ballesta consagrada, y a pesar de la oscuridad de la noche, los españoles se dieron cuenta de que aquel ser monstruoso había sido herido, entonces aquel maligno ser rodó o se dejó caer siguiendo la inclinación del tejado, lanzando gruñidos pavorosos. Todos lo vieron rodar y caer hacia el patio de la casona del viudo, sin embargo nadie escuchó el ruido de caída alguna, los soldados corrieron lo más pronto que pudieron hacia el patio, pero la bestia había desaparecido, entonces en ese momento uno de los hombres descubrió un charco de sangre y un hilillo que iba hacia la puerta,  continuando sobre el empedrado de la calle. Como había dicho el capitán, aquel ser espantoso, endemoniado, corría a gran velocidad y parecía volar, y sin dejar de observar el rastro de sangre continuaron al galope y casi al amanecer estaban cerca de las cuevas de San Agustín (hoy Tlalpan), entonces uno de los soldados observó que la sangre llegaba hasta una cueva cercana, y dando ejemplo de su valor y su coraje, el capital se colocó las reliquias sagradas junto con sus soldados y lo dirigió hacia la cueva; a llegar a la entrada fueron recibidos por gruñidos espantosos de bestia salvaje, de demonio, y a la luz de una tea que habían llevado por precaución, vieron por primera vez frente a frente al monstruoso y horrible ser, acto seguido el capitán ordenó dispararle. Eso fue suficiente, no pudieron errar de tan cerca y la bestia entró de inmediato en agonía, tenía dentro de su cuerpo balas de plata consagrada y flechas impregnadas de agua bendita y tierra Santa, mas lo terrible e increíble del caso  fue que a medida que el bestial ser agonizaba, ocurría una transformación extraordinaria, y poco a poco el nahual iba perdiendo su horrible aspecto, para convertirse en uno de tantos indígenas que vagaban por las calles vendiendo patos cocidos y carbón de encino, verduras y juncos para adornos.
 Los soldados decidieron inspeccionar los alrededores, ya que sospechaban ese lugar podía ser morada de otros nahuales, subieron de prisa y pronto llegaron a la entrada de dos de esas cuevas, en cuyas cercanías se percibía un nauseabundo olor, el interior de la cueva les causó repugnancia y horror, pues había un altar maligno; se dieron cuenta que allí celebraban los nahuales sus ritos demoniacos, para después transformarse en esos horribles animales que causaban el pavor en la Colonia, también encontraron los huesos de los niños que habían desaparecido.
Con motivo  de la denuncia del capitán Zendejas, el virrey ordenó la detención de todos los indios que se dedicaban a ese culto diabólico,  no se sabe si éste logró abolirse pero aún a principios del siglo pasado, todavía se aparecían nahuales que robaban manteca, alimentos y ropa de los humildes moradores. ¿Ustedes cómo ven? 

domingo, 19 de febrero de 2012

Los nahuales


Todos alguna vez hemos escuchado hablar de estas criaturas, pero seguramente nunca nos hemos preguntado ¿cuál fue su origen? ¿Desde qué época existieron?
Nahuatl y el plural antiguo de Nanahuatl, son palabras con las que fueron conocidas todas las tribus que hablaban el idioma mexicano, originándose de estas el nombre de las siete naciones Nahuatlacas, que podemos encontrar mencionadas en varias historias y relaciones de México.
Durante la época de la conquista el vocablo “Náhuatl” nos hablaba sobre un hombre ladino, que habla bien su lengua; dicha palabra se deriva de Nahualli, que quiere decir, secreto, misterioso, oculto. Durante su origen es aplicado a las tribus del idioma mexicano, porque fueron sus sacerdotes y señores quienes introdujeron en Temoauchan o Chiapas los misterios en los cuales había derramamiento de sangre humana, los cuales venían acompañados de una multitud de supersticiones, todos estos ritos tomarían después del nombre de Nahualismo. Los Nahualtacas ayudados por la superstición, conspiraron durante más de un siglo para la destrucción de la religión y de la dinastía de los Chanes, y el traslado del imperio de Nahuan o Palenque a Tuhla.
Con el paso del tiempo, la expresión Nahualli fue adoptada como sinónimo de brujo, mago, hombre hábil en las ciencias y en las artes, siendo origen del nombre”Nahualista”. Los pueblos entonces derivaron de estar la palabra “Náhuatl”, para nombrar a los hombres del mismo origen y lenguaje que los mexicanos, así también se les asociaba con la magia y hechicería. El vocablo “Náhuatl” todavía es sinónimo de genio o demonio familiar, y el Nahualismo es el tipo de magia que podemos encontrar más comúnmente en la mayor parte de las provincias mexicanas, llegando hasta la República de Guatemala.
Los primeros nahuales fueron antiguos sacerdotes, que oponiéndose a la nueva religión, trataron de conservar las creencias que habían heredado de sus antepasados, ya que ellos las consideraban como una verdad absoluta; bajo este aspecto fueron muy venerados y se atrajeron multitud de creyentes. Estos personajes vivían en lugares apartados y muy lejanos, y se decía que acostumbraban cortarse el pelo como los monjes, con una corona de cabello y el resto se lo quitaban; pero debido a la constancia inquebrantable de los predicadores cristianos, poco a poco fueron desapareciendo hasta tomar otras formas, transformándose en curanderos.
Estas criaturas son animales que viven dentro de un brujo, y se cuenta que cuando cae la noche sale a alimentarse con el alma de alguien, al que la va consumiendo si energía por medio de una enfermedad. También se dice que los nahuales están hechos de aire, y que para materializarse pueden tomar la forma de diversos animales, como tigres, zorros, gatos, perros, entre otros más; además pueden  adoptar la forma de un fenómeno de un fenómeno natural, como el trueno, el viento o bolas de fuego. En muy raras ocasiones pueden llegar a convertirse en seres pequeños de forma humana, se les puede distinguir porque siempre están aviados de negro y ésta característica los hace más fuertes y peligrosos.
Una vez que las criaturas adoptan su forma, comienzan a rondar la morada de su víctima, ya sea escondiéndose o rondando el lugar aparentando ser un animal inofensivo; además se cuenta que los nahuales hace sus reuniones por la noche para acordar quien será el pobre desdichado al que le robarán  su alma.
Siguiendo las instrucciones de un brujo en quien habita ni a quién sirven, salen todas las noches a cumplir su trabajo; deben escuchar todo lo que está a su alrededor ya sea para proteger o castigar, pero sobre todo para comerse el alma de aquel que haya cometido un grave pecado. Cuando es de día, el nahual al permanecer en reposo en el corazón de su dueño.
Este espíritu es adquirido por algunos brujos, ancianos o personas importantes de un poblado; en algunos lugares de Chiapas de repente comenzaron a haber muertes de niños y mujeres, por lo que fue necesario decapitar a los hombres que rebasan los 50 años de edad, ya que los consideraban posibles poseedores de un nahual, y al morir el hombre también lo hacía aquel espíritu.



domingo, 12 de febrero de 2012

La calle de la venenosa (hoy calle de la Santa Veracruz)


Dicen que el amor es más fuerte que la muerte, clara evidencia de tal aseveración la podemos encontrar en esta leyenda aterradora, ocurrida en el siglo XVII, donde se unen ambas características, para tener como resultado este verídico relato.
Durante aquella época vivió en la calle que era a espaldas de la Santa Veracruz y después callejón  de los Gallos, el violento capitán Juan de Ortega y Padilla, quien fijara aquí su domicilio para estar cerca de los cuarteles; se decía allá por 1667, siendo virrey don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, que era un guerrero muy temido y sanguinario. Estaba casado con Juana de Pedroza, cuyo carácter se había endurecido con el trato del férreo militar, ambos solían tener constantes y fuertes disputas, pues cualquier incidente, cualquier cosa pie a que se siguieran como punto de media, llegando a subir tanto de tono, que la mayor parte de los casos terminaba en golpes, pero la mujer también le sabía devolver los maltratos a su fiero marido, quien después salía hecho una fiera de su casa para refugiarse en una taberna o en su cuartel, en donde decía estar mucho mejor que en su casa; y no bien salía su esposo, entraba Gonzalo de Padilla, apuesto y joven hombre sobrino del capitán, parecía que aquel caballero, que vivía cerca, en la calle de San Diego, escuchaba los gritos de la tía política, pues siempre tenía el tino de hacer su aparición después de una felpa. Al momento que llegaba Gonzalo, las facciones de doña Juana se suavizaban, y se acercaba más al sobrino buscando su calor y apoyo.
Los extremos a que iba a llegar el capitán se manifestaron a la semana siguiente, cuando en el cuartel le hicieron entrega de un instrumento para “domar” a su esposa: una correa de vaqueta. Dispuesto a estrenarla en doña Juana, apenas llegó a su casa comenzó a buscar una disputa, y agarrado del pretexto le metió una buena zurra a la pobre mujer, ya que según el cómo animal que era, así la debía de tratar, le dio y le dio, hasta que la dejó tirada en el piso. Cuando Gonzalo acudió ésta vez, la encontró llorando, descompuesta y adolorida por los golpes que le propinara su esposo, y con gran amor, con sumo cuidado, el joven sobrino comenzó a curar con vinagre la blanca espalda de doña Juana.
Las frecuentes visitas y consuelos que hacía el mancebo a su tía pronto dieron lugar a habladurías, las que decían que ambos sostenían ilícitos amores a espaldas del temible tío, el cuál no tardó mucho en enterarse de un modo vergonzoso cuando se encontró con dos tipos en calle, que le decían comentarios cargados de veneno. Con la cabeza bien caliente, entró a su casa como una tromba, encontrando a su esposa y su sobrino en actitud más que comprometedora, entonces como si de una fiera herida profundamente se tratase, el capitán se echó sobre doña Juana y comenzó a golpearla despiadadamente; al principio Gonzalo no supo qué hacer ante tamaña felpa, permaneciendo indeciso y petrificado, después lo único que pudo hacer es gritar para que dejara de golpear a su amada, entonces el capitán sacó su espada y estuvo a punto de matar a su sobrino, pero algo lo detuvo. Furioso el capitán llenó de baquetazos la anatomía del infeliz Gonzalo, que nada hizo por defenderse, ahora fue doña Juana quien le vio inmóvil. Golpe tras golpe caía sobre el pellejo del joven, que al fin vencido se desplomo en el piso bajo el furor del engañado.
Durante toda una semana no se escucharon las disputas entre doña Juana y don Juan, pues la mujer se encontraba postrada en cama, varios días permaneció inmóvil a causa de la golpiza que le propinara su violento marido. Al fin un día el capitán halló a su mujer vestida, levantada y repuesta, acto seguido le pide que le traiga una botella de vino, a lo que Juana ceremoniosa y atenta, sirve la bebida en el vaso de su marido, quién ansiosamente toma tres rondas, hasta casi vaciar el contenido de la botella, su esposa lo ve con profundo odio.
No había transcurrido un par de horas, cuando el capitán comenzó a experimentar agudos dolores de estómago, se revolcó y gritó como un condenado, mientras su frente se bañaba en sudor no dejaba de echarle maldiciones a su esposa por haberlo envenenado. Al amanecer del siguiente día, el marido había fallecido finalmente, y el médico que lo revisó dijo que había muerto del corazón.
Después del entierro del difuntito, el joven Gonzalo llegaba a la casa con toda confianza para consolar a su amada, y a partir de entonces vivieron tía y sobrino una borrascosa pasión que alarmó a toda la Colonia, pues su idilio trascendió a toda Nueva España, asunto que llegó a conocimiento de los padres del joven, quienes trataron llamarlo al orden y a la razón inútilmente, pues él estaba decido a casarse con doña Juana; los progenitores pegaron el grito en el cielo y decidieron mandarlo recluir en el convento franciscano.
Por varias horas Gonzalo estuvo pensando en su situación, pero sujeto al mandato y obediencia de todo buen hijo, aceptó marcharse de religioso, pero antes quería ir a ver a su amada; al saber la decisión de su señor padre, doña Juana creyó enloquecer de angustia y pasión, quien después le dio a beber una copa de vino, mientras contemplaba al joven con los ojos anegados de lágrimas.
Gonzalo no bien hubo llegado a su casa, cayó frente a su padre quejándose de agudos dolores de vientre; después postrado en su cama y sintiéndose morir, le escribió a su amada una desesperada carta de amor y de promesas. Doña Juana leyó con avidez la carta del joven, y al terminar de leerla  la arrojó lejos  de si y pegó un grito de angustia, había envenenado a Gonzalo como lo hizo con su violento marido, pero también sabía preparar el antídoto.
En alas de la ansiedad corrió hasta la casa del amado, llevando en sus manos temblorosas la cura, al llegar llamó a la puerta  de la casa, pero no la dejaron entrar porque el joven ya había muerto.
Corrió de inmediato por toda la Colonia la versión de que doña Juana había envenenado a Gonzalo, así como también diera muerte al capitán y se ordena su captura, pero la mujer astuta obra con rapidez, toma joyas y dinero para ir a pedir asilo al convento de Jesús María; y al amparo del sitio religioso, sabe la mujer que no ha de alcanzarla la justicia, pidió entonces a la superiora que la  aceptara como religiosa, y finalmente después de una larga insistencia, logró quedarse solo como penitente.
Nueve días soportó Juana de Pedroza  en el oscuro recinto conventual, causándose dolores y ayunos agobiantes, hasta que un día dos religiosas la descubrieron muerta, ahorcada en su misma celda, y dejando una nota escrita diciendo que su amor no la dejaba en paz.
Transcurrieron varios meses y ya este drama de amor parecía irse olvidando, cuando una noche apareció aterrador espectro por las calles de la capital de la Nueva España, y se dedicó a detener a los hombres que caminaban por las oscuras calles de la ciudad, los pobres infelices presintiendo un aventurilla, se dejaban alcanzar por la mujer y entonces veían  aquella horrenda aparición a la que muchos sucumbieron. Muchos fueron los que se toparon con la espectral mujer frente a frente.
Ese mismo año de 1667, el virrey se dedicó por segunda vez a la Catedral dela capital, y de regreso a Palacio trató varios asuntos, entre ellos, lo relativo al espanto que causaba en la Colonia la aparición de una espectral mujer que había ya causado muertes y desmayos; entonces sin querer, el virrey dio la solución a este misterio: exhumar sus restos y llevarlos al mismo cementerio donde yacía su amado. El cuerpo de la mujer fue llevado en macabra procesión, conduciéndola al cementerio de la Santa Veracruz, en donde estaba enterrado Gonzalo de Padilla. No con toda la voluntad de clero quedaron enterrados los amantes muy cerca uno del otro. Y quien iba a creerlo, con la reinhumación de doña Juana, la capital vio transcurrir tranquilas sus noches, ya no se escuchaban los ayes lastimeros del fantasma, ni los hombres eran detenidos para llamarles Gonzalo y causarles espanto y muerte.   
Transcurrió casi medio siglo, ahora nos encontramos en 1711, que fue un año inolvidable en el que regía como virrey Fernando de Alencastre, duque de Linares; y el 6 de agosto se dejó sentir una fortísimo temblor de tierra, que causó pánico en la Colonia, algunas casas se cuartearon y otras se vinieron abajo, causando muerte y desolación entre los moradores. Fue tan intenso, que hasta las campanas se tocaban solas, aumentando todavía más el terror entre la gente.
En ese trágico año se continuó la construcción del acueducto y arquería, que hoy conocemos como Arcos de Belén, sobre ésta corrió el agua que trajo a la capital sedienta el remedio a su sed.
Aquel años sin duda alguna fue de desdichas, pues ocurrió un hecho insólito: cayó nieve abundante en toda la cuidad, y los españoles acostumbrados al invierno hispano nada se alarmaron, pero quienes nunca la habían visto, lo tomaron como castigo celestial. Fue en ese mismo mes y año, cuando por urgencias de ampliación de la ciudad, se ordenó exhumar todo resto sepultado en el cementerio de la Santa Veracruz, y llegó el turno de abrir la fosa de Gonzalo para extraer la vieja osamenta, pero menuda sorpresa se llevaron los trabajadores al encontrar vacío el ataúd; sin dar mucha importancia al descubrimiento continuaron con el trabajo, y finalmente llegaron a la tumba de doña Juana de Pedroza. Cayeron las azadas sobre el féretro apolillado y cedieron las maderas y el polvo de medio siglo, entonces quienes exhumaron los despojos se hallaron ante un segundo y más impenetrable misterio: ¡la fosa de Juana contenía dos esqueletos! Estos despojos mortales, horribles y macabros, estaban unidos en un estrecho abrazo, sus descarnadas bocas vacías, mirándose con sus ojos huecos.
Los trabajadores sacaron las osamentas, pero fue inútil tratar de separar aquellos esqueletos que parecían estar sólidamente unidos por algo que fuera más poderoso que muerte, entonces los encargados del proyecto, determinaron que debían devolver los dos cuerpos a donde los habían encontrado, y así los cubrieron con tierra y disimularon aquella fosa que contenía dos esqueletos, sin que nadie pudiera explicarse tal misterio.
Nadie recordó los extraños acontecimientos ocurridos casi medio siglo atrás, entre quienes yacían allí abrazados: Juana de Pedroza y Gonzalo de Padilla, pocos supieron también en que el origen del nombre que se le dio a la calleja: Calle de la Venenosa, debido a este drama hecho leyenda. Durante muchos años y siglos, eruditos investigadores e historiadores trataron de saber cómo fue posible esa unión  de los dos esqueletos. ¿Los enterraron juntos algunos amigos y familiares? ¿El clero, el Santo Oficio?