domingo, 17 de junio de 2012

La calle de los malditos



El demonio tenía un trato muy frecuente con los habitantes de la capital de la Nueva España, y en esta ocasión, es el personaje principal de nuestra leyenda aterradora.
Retrocedamos con la imaginación a la época de la colonia, y lleguemos hasta la calla de la Santa Cruz, hoy Segunda de Mina; en esta calle y en regia mansión, habitaba don Rodrigo de la Torre, caballero de Calatraba. ¡Amigos míos!, ¡No se despeguen de su pantalla! Poned toda su atención, pues aquí comienza nuestra escalofriante leyenda.
Don Rodrigo era muy rico y poderoso, pero se sentía un ser desgraciado porque le hacía falta un hijo; ya había consultado a todos los doctores más prominentes de la época, pero ninguno le había ayudado a convertir en realidad su más caro anhelo, incluso se le había ofrecido la opción de adoptar a un niño, pero se negó. Le preocupaba quien se iba a quedar con sus bienes, porque al morir el, su esposa contraería nupcias nuevamente y otro sería el que disfrutaría la fortuna que con tanto esfuerzo había amasado durante toda su vida.
Don Rodrigo platicaba este asunto con su abogado, el señor Samaniego de la Rosa, quien le daba consejos, pero nada lo convencía. Al salir Samaniego, el caballero se encaminó hacía la habitación de su esposa, en el interior se encuentra doña Susana, víctima de larga y penosa enfermedad; pero su esposo en vez de darle palabras reconfortantes, recibe a cambio una serie de maldiciones porque no le puede dar un hijo, pues recordemos que antes a la mujer se le echaba la culpa de todo. Sin agregar más, don Rodrigo sale de la alcoba mascullando una maldición, y doña Susana queda sola llorando la humillación.
En ese momento llega a la lujosa mansión un sacerdote humilde, quien le pide un poco de su generosa cooperación, ya que el orfelinato vivía una situación deplorable de pobreza, a lo que el caballero corrió de muy mala gana al religioso echando maldiciones, diciéndole que él no ayudaría a ningún niño, hasta que no tuviera el suyo propio. Al cerrar la puerta, se volvió don Rodrigo al sentir un escalofrío, y ante sus ojos se encontraba un siniestro personaje que le ofrecía la oportunidad de convertir sus sueños en realidad, pero no era de a gratis: sacó un  papel de uno de sus bolsillos, donde le especificaba todas las condiciones que exigía, entre las que se encontraba, que al morir su alma cedería su alma al Diablo. Don Rodrigo escéptico por lo que pedía el personaje a cambio, firmó el documento… pero no con cualquier tinta, debía ser con su propia sangre. Pinchándose en el acto, el caballero hizo brotar la sangre para sellar aquel maldito pacto; acto seguido le entregó el papel al personaje y así como vino, desapareció sin dejar rastro.
El tiempo transcurrió… pasaron algunos meses, y de aquel infernal suceso ya se había olvidado don Rodrigo, más una noche en que caía una lluvia torrencial, dentro de su casa todo era agitación, pues un hijo del rico hidalgo estaba próximo a nacer, pero al suceder esto la mujer murió, cosa que al caballero le importó un reverendo cacahuate. Cuando se encontraba solo en su habitación, el siniestro personaje vino de visita para felicitar al recién estrenado papá, también para ordenarle que no bautizara a su hijo en una iglesia, y que llegado el momento vendría por él y su hijo. Esa aparición era nada menos que: ¡El Diablo! Cuando la espantosa figura desapareció, don Rodrigo sintió al punto el cuerpo desvanecido.
Los años pasaron, el hijo del caballero fue creciendo, consentido por su padre; de un carácter duro  y cruel se había venido haciendo. El rico hidalgo había puesto institutrices que vigilaban al niño y trataban de educarlo, pero el resultado era infructuoso; el chico era un desalmado, y en un momento dado aprovechando un descubrimiento de su nana, con lujo de crueldad el pequeño malvado estranguló a una inocente ave. En ese momento llega su nana, estremeciéndose de dolor y repugnancia ante lo hecho por el pequeño canalla; dominado por su diabólico instinto, y actuando a toda prisa, el muchacho le arrebata a la mujer el pequeño libro de misa para hacerlo pedacitos, y acto seguido obrando mañosamente, se suelta a gritar llorando abundantemente como si la nana le pegara. A los gritos del joven, don Rodrigo acude presto para escuchar las calumnias que salían de su boca: la mujer había matado al ave y lo había agarrado a golpes; fuera de sí, sin importarle nada, el caballero le pega a la mujer con el canto de la espada, y mientras la pobre se debatía de dolor, el ruin muchacho reía gozando infinitamente.
Cuando el bárbaro castigo terminó, la inocente mujer se revolcaba sangrante; y cumpliendo las órdenes de su patrón, los criados arrojaron a la calle a la infeliz y casi moribunda institutriz. Arrastrándose y sangrando, la nana llegó hasta la iglesia más cercana, ante los ojos aterrorizados de la gente que no acierta a comprender lo que le había sucedido; entre sollozos y llanto la mujer cuenta al buen cura el espantoso suceso, más la pobre sin fuerzas para seguir viviendo, muere en brazos de sacerdote. Sin esperar más, el religioso va en el acto a denunciar tan horrible delito ante las autoridades, pero al no tener pruebas que sustentaran lo que decía, decide ir con el jefe de ronda  casa de don Rodrigo. El caballero dice que él es inocente, pues estuvo fuera varios días, y para que su versión tuviera sustento, hizo llamar a sus criados para que declararan; atemorizados y visiblemente nerviosos, dan el falso testimonio de que su amo no estuvo en la ciudad, acto seguido el caballero se hace el ofendido y corre a todos de su casa.
Y así la vida siguió implacable de los sucesos narrados, ha pasado ya varios años. Antonio, el hijo de don Pedro se convierte en un hombre cruel y déspota; de muy mala fama, se entregó con desenfreno a los placeres, de la noche a la mañana. Consentido por su padre, en gustos y caprichos, no tenían reparo alguno en destruir vidas y almas; siempre iba a pedirle oro, oro y más oro a su alcahuete progenitor, que si intentaba negarse, el muchacho lo cogía a la mala.
Un día al salir Antonio, don Rodrigo se sentía agobiado y compungido, entonces se volvió al lugar de donde provenía una voz, y para su asombro era el Demonio que le sonreía con burla: solo le quedaban tres horas de vida, su momento había llegado. El personaje desapareció, quedando don Rodrigo completamente solo, y pensando que era su imaginación, decidió relajarse con una buena copa de vino.
En tanto, Antonio ha perdido en el juego todo el oro que le diera su padre, y con el rabo entre la patas regresa a su casa. Don Rodrigo se encontraba aún pensativo y preocupado, cuando ve entrar a su hijo en un deplorable estado, con la intensión de llevarse más dinero, a lo que su progenitor se opone rotundamente. Trata de oponerse a los deseos del malvado, pero este de un fuerte golpe lo hace a un lado, y a consecuencia  del tremendo impacto, don Rodrigo se golpea contra un mueble, quedando muerto en el acto; ni siquiera ver a su padre muerto le dio el menor remordimiento.
Lo primero que hace Antonio, es apoderarse de los bienes y el oro de su padre, a continuación procede a prenderle fuego a los muebles y huye cuando la casa es pasto en llamas. En tanto, el Diablo ha llegado presto a cobrar lo pactado, pero antes de ir a morar a los infiernos, debe de buscar a su hijo para hacerlo pagar por sus maldades.
Desde esa noche, cuando la casa del rico hidalgo dejó de arder, el fantasma del quemado empezó a dejarse ver; se escuchaban doce campanadas aquella  noche de noviembre, por la calle obscura y solitaria una sobra de adelanta, se trataba de algún transeúnte que al agradarle la noche, camina apresuradamente, más de pronto aparece una figura encapuchada que le pregunta si no ha visto al monstruo que tiene por hijo. Al dejar caer su capa con un gesto desganado, el fantasma dejó ver su horrible rostro descarnado, dejando al  pobre infeliz muerto al instante del miedo, se alejó dejando escapar un grito que era como un reguero de fuego entre la noche silente: ¡Hijo!... ¡Hijo! ¡Acompáñame al infierno!
Corrióse la voz de que don Rodrigo era el horrendo fantasma que en la vecindad penaba y denuncia hubo, a lo que la autoridad actuó ni tarda ni perezosa para buscar al mal hijo, y cuando lo encontró a juicio lo sometió por la muerte de su padre. Los testigos desfilaron y las palabras de ese hombre avalaron, pues igual de ruines y canallas eran, así que fue dejado en libertad.
El tiempo pasaba y el fantasmón penaba, en tanto el hijo a los placeres seguía rindiendo culto. Se le ocurrió apenas callera el sol a visitar la alcoba de una dama; ahora si el malvado asesino y burlador tenía esa noche una cita con el destino, pues quiso la suerte que el marido ofendido lo sorprendiera en la recámara de la infiel, y acto seguido saca su espada para lavar tal ofensa con sangre. Ahí quedaron los dos amantes tendidos en la amplia cama, manchando con su sangre ropa y tapetes.
Esa misma mañana una mano amiga sufraga los gastos del sepelio de Antonio, quien es sepultado en el panteón del rumbo de lo que hoy es San Fernando, cuenta la leyenda que esa noche tenebrosa, en que los búhos chillaban y los ramajes crujían sobre los sepulcros húmedos, de debajo de la losa… el fantasmón del quemado sacó de tétrica caja, el cadáver del mal hijo de que mañana enterraran. Y que en la calle de Mina, que era de la Santa Cruz, pasó el fantasma arrastrando el cadáver del canalla ¡para darlo a Satanás!, y que entre llanto y carcajadas se perdió para no aparecer más.
Ya les contaré más adelante una historia tan terrible y sobrehumana, que dormirán muchas noches con la cara entre las sábanas. Entonces ¿nos vemos la próxima semana? 

domingo, 10 de junio de 2012

Las Siete Profecías Mayas


En México existieron muchas civilizaciones que dejaron una huella imborrable en la historia, fueron muy prósperas y poderosas, poseían conocimientos de la naturaleza que los rodeaba para poder sanar, con grandes conocimientos astronómicos, entre muchas otras virtudes que no acabaríamos de mencionar. Pero así como logaron dejar huella de su paso por este mundo, así de manera misteriosa muchas desaparecieron para dejarnos la incógnita de que pudo haber pasado; también su legado que podemos ver en in situ, en libros de historia, o en los museos.
La civilización maya fue  una de las más poderosas del mundo antiguo, teniendo como territorio la zona sur de la república mexicana y otros países: Tabasco, Yucatán, Campeche, Quintana Roo, Chiapas, de ahí nos saltamos a Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador. La desaparición de sus habitantes todavía sigue siendo un misterio, pero existen varias teorías formuladas por los expertos; estas las trataremos a profundidad más adelante en las siguientes semanas.
El tiempo transcurrió y las ciudades mayas fueron devoradas por la selva, hasta que exploradores, algunos en busca de fortuna (saqueo), otros de aventura y otros más siguiendo los tumores que corrían entre la población, que hablaban sobre ciudades perdidas; hicieron los descubrimientos asombrosos de aquellas ciudades.
Empezaron a surgir expertos en todo lo que a mayas se refería, por lo que sus códices pudieron ser traducidos y descubiertas muchas cosas interesantes, entre ellas las Profecías  y su manera meticulosa de medir el tiempo, por lo que también son  conocidos como los “Señores del tiempo”, ya que su vida la regían en base a este, los ciclos naturales eran la piedra angular de sus calendarios.

PRIMER PROFECÍA
Esta nos dice que el mundo tal y como lo conocemos, entrará en un etapa en que sufrirá muchos y grandes cambios, marcando el año 2012 el término del Gran Ciclo de 5,125 años, que inició en el 3113 a. C. El sistema solar recibirá un rayo sincronizador en el centro de la galaxia, el cuál le pondrá fin al materialismo en el que vivimos hoy; pero antes de que llegue la fechas señalada, la humanidad tendrá que decidir si desaparecerá como especie depredadora del planeta, o evolucionar hacía una nueva era de integración con el universo.
La profecía también nos habla de que el miedo llegará a su fin, estableciendo que la etapa de grandes cambios será vivida por la humanidad para entender cómo funciona nuestro universo, y así poder evolucionar hacia un nivel superior.
El tiempo del no tiempo, es un lapso de tiempo que abarca un periodo de 20  años previos al 2012. Durante estos años, la raza humana entró en lo que se los mayas denominan “El Gran Salón de los Espejos”, ya que es cuando nos enfrentamos a nosotros mismos, analizándonos concienzudamente, teniendo una oportunidad de cambio al alcance de nuestra mano.

SEGUNDA PROFECÍA
Nos señala sobre el eclipse ocurrido de Sol ocurrido el 11de agosto de 1999, momento crucial, en que la alineación de cruz cósmica con su centro en la Tierra, acelera los procesos de transformación de nuestro mundo.
Nos dice que estamos en una etapa de transición para una nueva forma de percibir el universo, y que a partir de esta fecha, el poder de la naturaleza actuaría como catalizador en una serie de cambios acelerados de gran magnitud; habrá cambios físicos en el la Tierra y el Sol, lo que tendrá como consecuencia el cambio psicológico de la gente. Pero señala que si la mayoría de nosotros se logra sincronizar con la naturaleza, se podrán neutralizar los cambios que se describen en las siguientes predicciones.

TERCERA PROFECÍA
Nos dice que habrá una ola de calor que provocará un aumento en la temperatura del planeta, lo que tendrá como consecuencia las alteraciones climáticas y sociales de gran trascendencia. Los mayas nos explican que es estos factores se deben a las actividades realizadas por el hombre, las cuáles no tienen sincronía alguna con la naturaleza y manejo ecológico; y otros se deben al Sol, pues el incremento de su actividad hace que su radiación sea más agresiva.

CUARTA PROFECÍA
El aumento de la temperatura en nuestro planeta, provocará el derretimiento de los polos. Como hemos podido ver en distintos medios de comunicación, la protección de la Tierra, conocida como capa de ozono, se ha ido adelgazando, teniendo como consecuencia el paso de las agresivas radiaciones solares; esto también ha producido las alteraciones en el clima, el aumento de temperatura en el mar y como se mencionó anteriormente, el derretimiento de los polos.

QUINTA PROFECÍA
Los sistemas encargados de organizar la sociedad, tendrán serios problemas a nivel económico, y el trueque será un recurso que pasará a desplazar el dinero como medio de intercambio. Según los mayas, la economía del hombre moderno está basada en principios de agresión, que resultan incompatibles con los tiempos que están por venir. Los sistemas de comunicación tan novedosos con los que cuenta la humanidad, colapsarán con el aumento de la actividad solar, al igual que los satélites.
Los cimientos de miedo sobre los que ha sido levantada nuestra sociedad, sufrirán una transformación junto con el planeta, para así dar paso a una nueva armonía. La mente evolucionada se convertirá en una herramienta importantísima para la  comunicación. Los sistemas religiosos tampoco se salvarán, ya que estos también entrarán en crisis, surgiendo de aquí un solo camino espiritual para la humanidad, dejando a un lado a todos los dioses que infunden temor.

SEXTA PROFECÍA
Nos advierte sobre la visita de un comenta que pondrá en peligro la existencia de la humanidad, situación que también fue vaticinada por otras culturas y religiones. Para los mayas los comentas eran representantes de grandes cambios; los consideraban unos poderosos generadores de transformación, permitiendo la evolución de la conciencia.
Según las profecías, las probabilidades de que el cometa impacte contra la Tierra son muy altas; pero podría ocurrir el caso contrario, si una acción psíquica conjunta de las mentes humanas logre desviar si trayectoria.
Los mayas dicen que debemos de comprender los ritmos de la naturaleza, para así podernos sincronizar con el universo. Si la conciencia humana se une rebasando toda frontera, cooperando profundamente, los procesos no serán tan traumáticos.

SÉPTIMA PROFECÍA
Nos dice sobre el posible nacimiento de una nueva conciencia. En los trece años que han transcurrido desde 1999 hasta 2012, todos los seres humanos tendrán la oportunidad de romper todas sus limitaciones, con la posibilidad de acceder a una armónica forma de ver la vida en sociedad y entendiendo la realidad más allá de sus sentidos.
La luz que se emitirá desde el centro de la galaxia sincronizará a todos los seres vivos, brindando una nueva realidad; el sistema solar saldrá de la noche para entrar al amanecer de la galaxia.
La mente del hombre evolucionará; esto quiere decir que  quienes eleven su energía vital  vibrarán más alto, por lo que tendrán la posibilidad de comunicarse a través del pensamiento. Habrá un gobierno mundial en armonía con los seres más sabios y evolucionados del planeta: es muy alta la probabilidad de que se diluya en concepto de nacionalidad.


domingo, 3 de junio de 2012

El origen de la celebración de Corpus Christi



Esta festividad es de las que más importancia y esplendor tienen en la liturgia católica. Este día conmemoramos el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la Santa Eucaristía, celebrado en el Jueves Santo, víspera de la Pasión.  Para introducirnos mejor al tema, nos vamos consultar la Santa Biblia, en donde nos cuenta que después de la tan famosa última cena con sus apóstoles, Jesús les lavo los pies a cada uno, y acto seguido tomó un pedazo de pan, elevó oraciones, lo bendijo, entregó a los presentes un trozo y les dijo: “Tomad y comer que este es mi cuerpo”. En seguida tomó un cáliz con vino, elevó oraciones, lo bendijo, y de sus labios salieron las siguientes palabras: “Bebed todos de él, que esta es mi sangre. Haced esto en memoria mía”.
Ya bien entrados en el tema, les cuento que el origen de las fiestas de Corpus de remonta hasta el siglo V, que en aquella época se le conocía como Natalis Calicis y se llevaba a cabo el 24 de marzo; pero debido a la coincidencia que había con la Pasión, la fecha fue cambiada hasta el 8 de septiembre por la Bula Transitururs, promulgada por el papa Urbano IV en 1262.
Entre 1240 y 1246, se tienen registros de que por aquellos años ya se celebraba en la ciudad de Lieja, Bélgica, esto gracias a una beata de nombre Juliana de Lieja; pero cuando el papa Urbano falleció, dicha celebración fue decayendo; esto hubiera ocurrido, si Clemente V no hubiera intervenido en el año de 1311 para que la festividad fuera restituida. Desde entonces la celebración llegó para quedarse, ya que fue muy bien aceptada por la comunidad cristiana, y con el paso del tiempo se fue extendiendo a otros países como Alemania, Italia, Francia, Inglaterra y España. Se dispuso que el día del festejo fuera el jueves siguiente a la Octava de Pentecostés, que es la fiesta de la Trinidad o cincuenta días después de la Pascua del Cordero.
El primer lugar donde se celebró el Corpus, fue en la península Ibérica en Barcelona, entre los años 1319 y 1320, esto mucho tiempo antes de que fuera aceptado en las dos Castillas, la Vieja y al Nueva. Tiempo más tarde, cuando corría la segunda mitad del siglo XVI, estas fiestas pasaron a ser el símbolo predilecto del catolicismo, a raíz del Concilio de Trento.
Los festejos de Corpus tuvieron como objetivo en España, reafirmar la religión cristiana al inculcar todos los elementos sagrados y la vez divertir a la gente. Durante aquella época, la celebración iniciaba con una misa en la iglesia o catedral que hubiera en la población; luego iniciaba la procesión enarbolando la hostia sagrada, que venía resguardada en una custodia de oro con piedras preciosas. Atrás de la custodia se podían ver a los eclesiásticos de todas las jerarquías que había, desde los legos, hasta los obispos; también no podían faltar los artesanos, estudiantes de seminarios, miembros de la realeza naturalmente, embajadores, la creme de la creme de la sociedad. En pocas palabras: nadie faltaba a evento tan importante y suntuoso.
Después de todo este grupo de personas, hacían su aparición las plataformas que montaban los religiosos con escenas de algunos pasajes bíblicos, para lo cual usaban figuras esculpidas o de carne y hueso; esto daba por resultado a personajes con disfraces de todas las formas que pudiéramos imaginar, como máscaras, héroes mitológicos, dragones, águilas, enanos y gigantes.
En frente de las iglesias y las plazas, se llevaba  a cabo autos sacramentales, aunque algunas veces se hacían representaciones privadas para el rey y su corte; entre algunos entremeses más populares durante los festejos podemos mencionar: La Creación del Mundo, El Infierno, El Jardín del Edén, El Arca de Noé, Las Doce Tribus de Israel y Jacob y el Ángel.
Como podemos apreciar, las procesiones en Barcelona era de las más suntuosas que podía haber, llegando a alcanzar su clímax en el siglo XV, pero las demás provincias tampoco se querían quedar atrás, así que también llegaron a destacar las organizadas en Valencia, Sevilla, Toledo, Gerona y Madrid; en esta última es importante mencionar que hizo su aparición la tarasca, el mojigón y las tarasquillas, que bailaban y gesticulaban al ritmo de un flauta y un tambor; estas figuras tenían la función de ir señalando el curso que seguiría la procesión al día siguiente.
En Toledo, la tarasca aparecía montada en un personaje que llevaba el nombre de Ana Bolena, al que acompañaban cuatro gigantes que cerraba la marcha de la procesión; estos últimos representaban un continente que se hubiera beneficiado con la religión católica, que los españoles hubiera llevado a otras tierras, como Asia, África, Europa y América.
En Valleruela de Pedraza Segovia, las procesiones eran acompañadas por danzas religiosas. Entre los más destacados eran los danzantes de la espada, que bailaban en frente de la Virgen, al tiempo que tocaban sus castañuelas; iban ataviados con faldas blancas con adornos  rojos  y albas blusas, en la cabeza portaban mitras emplumadas, en los hombros y mangas llevaban colgando cintas de colores. En la catedral de Sevilla se presentaban los chicos de coro, a los que se les conocía como seises, quienes bailaban y cantaban frente a la custodia ataviados como ángeles y tocados con guirnaldas de flores.

domingo, 27 de mayo de 2012

El Cristo del Veneno (Sucedió en la calle de Porta Coeli, hoy Venustiano Carranza)


Interesante y pavorosa leyenda del México Colonia, pero más interesante y atractiva debido a que aún se conserva como irrebatible testimonio el objeto en torno al cual giran estos hechos: ¡El mismo Cristo del Veneno! Todo aquel que quiera comprobar la veracidad de esta leyenda, puede ver tocar y quizás invocar al Cristo del Veneno, que se encuentra en el museo de la Catedral Metropolitana.
Hace algunos años esta negra escultura estuvo expuesta en la iglesia de Porta Coeli, en la hoy sexta calle de Venustiano Carranza, muchos pudimos ver qué cantidad de milagros y ex – votos tenía este cristo. ¿Pruebas éstas de que había causado bien o causado mal? ¿Por qué? Antes veamos un poco de la historia  de donde parte la leyenda, para formar estos hechos extraordinarios, así que subámonos a la máquina del tiempo para ubicarnos en el año de  1603, cuando fueron comprados los terrenos para el convento de los dominicos; en aquellos lotes que formaban parte de las casas de la antigua calzada de Iztapalapa fue concluida la obra en el siglo XVII. El 22 de mayo de 1711 fue dedicada la iglesia, y desde ese día la calle tomó el nombre de Porta Coeli; de entre las imágenes que se colocarían en los altares del templo, estaba un Cristo crucificado de hermosa talla traído de España.
Ahora veamos al personaje que los insólitos acontecimientos iban a ligar con el Cristo: era nada menos que el obispo Gaytán. Pese a su investidura,  se caracterizaba por ser un hombre humilde, vivía en una celda donde se recogía después de rezar ante el Cristo, y todos los días al salir besaba los pies de la escultura, lo cual ya era una invariable costumbre. El obispo era un denodado defensor de la justicias, y sostuvo batallas tremendas contra los múltiples atropellos de la Inquisición; estos hechos nos los cuentan los antiguos documentos en donde describen todo lo que hizo ante los tribunales de la fe. En aquella época nadie tenía derecho a la defensa, cuando el Santo Oficio atrapaba a alguien, muy pocos salían vivos de aquellas infernales mazmorras, a donde el obispo iba a ver a las víctimas para auxiliarlas hasta el final; y respetado por su rango y por su personalidad, entraba a veces hasta las cámaras de tortura para impedir los tormentos.
Pero un día sucedió, que la codicia tomó la forma de hombre y este a su vez, la del Diablo, y fue a tentar a dos oidores, este individuo llevaba por nombre el de Ignacio Alonso de Miranda, quien les relató su historia de cómo hacerse rico en tiempo record: A él y a su compañero don Gaspar de Nuño les informaron de yacimientos de oro en el noroeste del país, pero ya cuando estaban más cerca del tesoro, don Alonso decidió quedarse a divertirse con mujeres; en tanto don Gaspar y dos indios que le condujeron al sitio, marcharon en busca de las minas de oro sorteando peligros, padeciendo mil penalidades, pero dos años más tarde regresó a la ciudad cargado del preciado metal y a la sazón, uno de los hombre ricos de la Nueva España. Una vez concluido su relato,  el codicioso caballero les pidió su ayuda a los oidores para quitarle sus minas y riquezas acusándolo de herejía, ya que el pretexto perfecto eran los indios con sus ídolos.
Ajeno a cuanto se tramaba en su contra, en su lujosa casona don Nuño se preocupaba por catequizar a los indios, enseñándoles la religión cristiana, pero esta calma duraría poco tiempo, pues dos días más tarde se escucharon fuertes golpes a la puerta, seguidos de una siniestra voz que hacía temblar hasta a los más osados: “¡Abrid en nombre de Santo Oficio!”. Tan pronto abre la puerta, oidores y criados se precipitaron al interior de la casa para notificarle que se le acusa de herejía; acto seguido los dos indios tlaxcaltecas, fieles sirvientes y amigos de don Nuño, atacan a los soldados, sucumbiendo ante sus armas. El dueño de la casa aprovecha la confusión y sale huyendo con la agilidad milagrosa que proporciona el miedo, y sobre todo ese miedo al Santo Oficio,  logrando llegar a la calle y de ahí hasta la celda en que vivía el bueno y santo obispo Gaytán.
Le contó todo lo sucedido al religioso, y este decide esconderlo en Porta Coeli mientras cae la noche para mandarlo rumbo Texcoco con unos amigo. Y como en  todos los casos, el obispo recurre a la escultura del crucifijo para implorarle ayuda en su lucha por la justicia, y como fuera siempre su costumbre, besa con profunda unción los pies del Cristo.
Mientras tanto, en la lujosa casa de don Nuño en la calle de Balvanera, el Santo Oficio incitado por la codicia y la maldad, destruía todo por medio del fuego; por supuesto que iban a buscar al caballero por cielo mar y tierra para apresarlo. Esa misma noche el obispo envía con un cochero de confianza al perseguido hasta un sitio en que encontraría seguridad.
Al día siguiente se indica la causa en ausencia en contra de don Gaspar de Nuño, acusándole de diabólicos procedimientos y actos de hechicería; mientras se llevaba a cabo la lectura del veredicto entra el obispo Gaytán gritando que tal acusación era una vil mentira, en la sala se produce conmoción, pues hasta entonces nadie había osado llamar mentiroso  a ninguno de los crueles fiscales y oidores, pero el religioso junto con el auxilio del Cristo de Porta Coeli avanzó sin inmutarse. Entonces se inició un juicio que duró días, tantos documentos, tantos testimonios de las obras de caridad  cristiana y de socorros que hacía a la iglesia don Gaspar de Nuño, que logr´po que fallaran que era inocente; por primera vez en la Nueva España, un pregonero del Santo Oficio hizo público su fallo.
Ni tardos ni perezosos, los oidores falaces y ambiciosos fueron a intrigar ante el arzobispado, buscando la venganza contra quien les había evitado hacerse ricos, y nadie sabe cómo y porque, pero prosperó cizaña contra el bondadoso obispo. Días más tarde un fraile le entregaría una carta, en la que decía que debía permanecer en el convento de Porta Coeli en quieto retiro hasta que se le ordenara lo contrario; el religioso solo se arrodilló a orar, de sus labios no salió una frase contra sus enemigos, y después de ese día observó con resignación y disciplina la orden que se le había dado.
A fin de evitar la venganza del Santo Oficio, don Nuño desapareció de la Nueva España, y entonces don Ignacio centró su odio en el obispo y sin mucha demora entró en acción esa misma tarde,  cuando  vio salir al sacristán de Porta Coeli y decide valerse de el para obtener informes del religioso, claro que mediante módica suma de oro soltó la lengua sobre su rutina diaria, pero sin obtener mucha información decide citarlo en un lugar más privado para que le cuente todo con lujo de detalle.  Días más tarde se reúnen en una taberna, el sacristán le relata al don Ignacio el día a día del obispo hasta el más mínimo detalle, entre ellos la costumbre que tenía de besar los pies del Cristo después de la oración; esto haría que el codicioso caballero formularía un plan para acabar con su enemigo.
Noches después don Ignacio le hace entrega al sacristán, de un pomo conteniendo activísimo veneno para que lo depositara en los  pies del Cristo; entonces el sobornado obedece y vierte, ocultándose de la gente, el líquido en los pies de la imagen. Al día siguiente el sacristán vigila al obispo Gaytán que reza ante el Cristo; pero después de concluidas sus oraciones, se inclina para besar los pies del redentor, entonces ante el asombro y el espanto del sacristán, la imagen empieza a encoger las piernas, y a medida que las iba encogiendo para evitar que el religioso bese sus pies, el Cristo se va poniendo negro.  El obispo sorprendido alza los ojos y ve que se ha puesto totalmente negro, entonces el sacristán cae de rodillas pidiendo perdón y poco después confiesa que don Ignacio le dio una botella con un líquido para que lo vaciara en los pies del Cristo.
Ante suceso tan insólito, se mandaron hacer investigaciones y descubrieron que el líquido misterioso era un muy potente veneno que el Cristo había absorbido. Pero lo que no sabía ni el obispo ni el sacerdote investigador,  es que las tantas veces pecador Ignacio Alonso de Miranda, por designios del señor, recibiría en esos momentos  terrible castigo: sus amigos asustados retroceden, don Ignacio lanza un grito de terror y cae de la silla, y vieron con espanto como las piernas se le encogían como al Cristo de Porta Coeli; y así por muchos años vivió, si así puede llamársele a lo que pasó en la tierra al terrible pecador.
Al conocerse los pormenores del  increíble suceso, cientos de fieles y curiosos acudieron a la iglesia de Porta Coeli para admirar al Cristo Negro, y pronto la imagen se le conoció como “El Cristo del Veneno”, pues era ya mucha la fama de que curaba toda clase de envenenamientos. Según nos dice la leyenda, la milagrosa imagen evitaba envenenamientos, pero las hechiceras buscaron la forma maléfica de que obrase en sentido inverso, y se cuenta también que una dama fue a  la iglesia para rezar al revés las oraciones que le diera una bruja, y el vulgo sostuvo que allá en casa de la amante del esposo, este había muerto envenenado.
Muy pronto en toda la Colonia se dijo que el Cristo de Porta Coeli, así como aliviaba a los envenenados, causaba también la muerte por veneno. Y se asienta en documentos, que doña Herlinda Astudillo de Guevara, bella y joven mujer fue víctima de una cruel venganza de su despechado enamorado con el piquete de una serpiente, y mientras un criado mataba al reptil, los ancianos padres encomendaban la vida de su hija  al Santo Cristo del Veneno, prometiéndole que la muchacha ingresaría a un convento; Doña Herlinda se salvó de la muerte, profesó y con los años fue superiora del convento de las Capuchinas.
Mucho luchó la iglesia por terminar con la malvada e insana leyenda en torno del Cristo. Transcurrieron los años, vino la Independencia junto con las leyes de Reforma, en donde el colegio y convento de Porta Coeli, fue intervenido por orden del presidente Juárez. En el convento se instalaron comercios, entre ellos la famosa tienda de don Blas Sanromán, conocida como “Las Siete Puertas”; con el tiempo el templo fue abierto para el culto, pero lo que siempre continuó sin interrupción  en esa iglesia fue el culto al Cristo del Veneno. ¿Tantos milagros y exvotos que se retiraban  periódicamente patentaron los milagros obrados por el Cristo?
Luego vinieron otra vez tiempos difíciles para el clero y los templos católicos fueron cerrados, y ya nadie tuvo acceso a la iglesia de Porta Coeli, pero cuando se reabrieron templos se notó que el Cristo del veneno había desaparecido. Pero las lenguas se soltaron y hubo quien dijo que la iglesia para evitar culto tan tremendo, cuando por maldad se hacía, se decidió  incinerar el Cristo; y por esa época se dijo también que el Cristo fue escondido en una casa en Tacubaya. Lo cierto es que la imagen rodó de aquí para allá con peligro de perderse, de que llegara a destruirse tan maravillosa y antigua obra del arte colonial, pero hace años unas damas religiosas llevaron a la Catedral Metropolitana la maravillosa y legendaria escultura.
Después de mucho pensarlo, un religioso decidió no colocarla en altar alguno para evitar los milagros y contra – milagros, hasta que un día el encargado del museo religioso de México descubrió la escultura. ¡Y ahí la tienen! La pueden visitar todavía y podrán ver que está negro con las piernas encogidas, tal como nos cuenta la leyenda. Quizás alguno de ustedes vuelva a invocarla… si, para bien o para mal. ¿Creen que existe tal cosa? ¡Prueben!  
No, sería peligroso, recuerden el desagradable fin de don Ignacio.

domingo, 20 de mayo de 2012

Iglesia del Colegio de Porta Coeli


Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.
Pasaron algunos años ya establecidos en la capital de Nueva España, cuando fundaron el colegio de Santo Domingo de Porta Coeli, a un costado de la Plaza del Volador, donde podemos visitar el templo hoy en día. Para llevar a cabo dicho proyecto compraron las casas de doña Isabel de Luján, nieta de Alonso de Estrada, la cual las vendió a la Provincia de Santiago de México por la suma de doce mil ochocientos dos pesos; los inmuebles fueron arreglados para el fin que se les pretendía dar, y la Provincia tomó posesión de estos el 18 de agosto del mismo año.
El colegio tuvo como primer rector al padre fray Cristóbal de Ortega,  lectores de teología a fray Antonio de Hinojosa y fray Diego Pacheco y como profesor a fray Damián Porras, en donde impartieron cursos de gramática, filosofía y teología. Porta Coeli fue aprobado en el capítulo provincial de 1604 y por el general de la orden fray Gerónimo Xavierre en el capítulo celebrado en Valladolid de Castilla, en siguiente año; con esta serie de trámites se le concedía a la recién fundada institución los privilegios que gozaban los demás colegios y universidades de la orden de predicadores, para lo cual fue ratificado por el siguiente general de la orden fray Agustín Galamino, en noviembre de 1609.
La iglesia fue terminada varios años después, ya que hasta 1711 fue dedicada. El colegio fue ampliado comprando casas contiguas, el pequeño templo conservó sus dimensiones originales y su aspecto no fue modificado en lo absoluto, así que podríamos decir que esta joyita quedó atrapada en un  túnel de tiempo. Pero no por ser una iglesia pequeña hay que menospreciarla, ya que es notable por sus altares y adornos; situado de sur a norte, teniendo en esta orientación su puerta principal y el fondo el altar mayor. Sus torrecillas apenas sobresalen de las azoteas contiguas, en tanto que en su fachada todavía podemos ver aquel aire de otra época en la leyenda en latín, que dice: “Terriblis est locus iste. Domus Dei est. Et Porta Coeli”, que traducido al español quiere decir, “Este es un lugar estremecedor. Es la Casa de Dios. Y la Puerta del Cielo.”
En frente del colegio fue colocado un tablado para que los jueces se sentaran para presenciar el auto de fe celebrado en la Plaza del Volador en 1649; dicho tablado se encontraba comunicado con el interior por medio de una abertura, dentro de la cual se levantó un  dosel negro con las armas reales bordadas en oro, una mesa revestida de terciopelo negro  con sus almohadas y sillas que hacían juego, y un hermoso tintero de plata para el tribunal; la fachada fue adornada con ocho columnas jaspeadas y el texto escrito del tema que debía tratarse durante el sermón; sobre el arco que sostenía la parte superior de la abertura se colocaron las armas del Pontífice reinante Inocencio X, y a sus lados las estatuas de la Fe y la Justicia .
Durante aquella época las órdenes religiosas buscaban en estos colegios la instrucción que les diera la fuerza necesaria para guiar y combatir, pues el ideal era aparecer anonadados ante la grandeza de Dios, pero a la vez proyectar la imagen de fuertes y poderosos ante la sociedad y la naturaleza, combinando estas actividades con la meditación. La orden de predicadores sujetaba a sus integrantes a tres votos: unión con la comunidad, libertad exterior y la ilustración que da el estudio; esta filosofía se extendió por todas partes y entre los miembros más destacados estuvieron fray Bartolomé de las Casas, defensor de los indígenas.
De la grandeza de Porta Coeli solo quedan las crónicas escritas en papel, que nos recuerda lo que tras sus muros vivieron sus integrantes para formar religiosos que pudieran enfrentarse a la época que les tocó vivir; apenas algunas personas recuerdan al pasar por aquella humilde iglesita, que allí se afanaron otros más en la expansión en la intelectualidad y el fomento de la sed del saber.
Con la entrada de las Leyes de Reformas, el convento pasó a ser de propiedad privada  y el templo fue cerrado, pero años después fue abierto nuevamente para el culto. Afortunadamente se libró de la destrucción que desencadenaron dichas leyes, y hoy en día podemos apreciar su belleza; no  debemos de perder la oportunidad de visitar la réplica del Señor del Veneno, protagonista de muchas leyendas. El templo de Porta Coeli hoy en día está dedicado al culto católico del rito greco malaquita o melkita.

domingo, 6 de mayo de 2012

Leyenda de la fundación de Puebla


Durante  la de la Colonia, la población iba creciendo y progresando poco a poco, al igual que su población, ya que debido a las buenas condiciones de vida que existían durante aquella época, muchas familias españolas se venían a vivir a la Nueva España; la gran mayoría de los extranjeros hacían matrimonios de conveniencia con los nativos, así la población mestiza se integraba poco a poco con los descendientes de conquistadores.
El comercio muy activo, por lo que los viajes a Veracruz eran el pan nuestro de cada día, por lo que hizo falta un lugar que fuera como punto medio para descansar unos días durante la travesía.
Durante aquella época existía un lugar en donde eran depositados, quemados o destruidos los restos de los sacrificios  en honor a Huitzilopochtli, al igual que a los dioses tutelares de Tlaxcala y de Chalco, y todos aquellos que murieron durante las Guerras Floridas.  A pesar del oficio sagrado de aquel sitio, era inevitable que la gente viera en este un aire macabro; los aztecas le llamaban Cuetlaxtoapa. Los únicos habitantes que había en ese rumbo eran los encargados del depósito de materia humana, pero por el lado contrario, era uno de los sitios más atractivos como punto estratégico durante la Colonia, debido a la excelente ubicación intermedia que tenía, y esto daría el pretexto ideal para ocultar el pasado religioso adverso a la nueva religión. Una vez que dicho depósito fue abandonado y destruido, se planeó que fuera destinado para que las familias recién llegadas al nuevo continente se establecieran, así como también los indígenas que las zonas circundantes como Cholula y Tlaxcala, que podrían iniciar una vida diferente y agradable. Puebla iba a convertirse en la escala obligada, en un sitio de descanso entre la capital virreinal y la ruta de salida por Veracruz hacia el Golfo de México para la travesía atlántica.
Y aquí es donde se podría decir realmente que nace la leyenda de cómo surgió la Puebla que hoy conocemos, comienza con un religioso de nombre fray Julián de Garcés, quien una noche víspera del 29 de septiembre, día en que se celebra la fiesta de San Miguel, tuvo un sueño donde había un campo muy grande en donde había un río y varios manantiales a su alrededor; además tuvo la visón de unos ángeles que trazaban con unos cordeles estirados y unos compases, una ciudad orientada por cuadrantes, cuyas calles iban de norte a sur y de oriente a poniente.
Cuando el religioso despertó, pensó que  aquel sueño era nada menos que un mensaje divino, por lo que ni tardo ni perezoso después de la misa, se entrevistó con los franciscanos que radicaban al igual que el en Tlaxcala, entre ellos se encontraba Motolinía, quien recordemos que siempre ayudó a los indígenas. Cuando fray Julián les relató a todos su sueño, decidieron ir ante personas de confianza, al lugar previsto por las autoridades, ubicado a cinco leguas de Tlaxcala, y al llegar vieron lo que quedaba del antigua depósito cegado, un paisaje muy parecido a las visiones; entonces el fraile lleno de emoción señaló con el crucifijo que llevaba colgado al cuello diciendo: “Este es el lugar que me mostró el  Señor”.
Con la autorización de la reina de España, comenzaron los trabajos de hacer la traza por cuadrantes de lo que sería Puebla (Ciudad de los Ángeles), fundada en la provincia novohispana de Tlaxacala, fue desde sus comienzos capital de la Intendencia de Puebla, y durante el México Independiente, capital del estado del mismos nombre.
Tal vez se llamó la Ciudad de los Ángeles debido al sueño de fray Julián, donde los mismísimos seres celestiales hicieron la traza; y por si dicha visión no bastara, recordemos que el suceso fue para amanecer el día de San Miguel, y este arcángel es el jefe de las milicias celestiales integradas por ángeles.
 

domingo, 29 de abril de 2012

Panteón de San Isidro


Este cementerio es probablemente el único en su tipo en la ciudad de México, ya que en éste sólo son enterrados los niños, bebés y adolescentes, cuyas vidas terminaron sin siquiera haber empezado.
La leyenda que nos ocupa en esta ocasión tiene como protagonista a Pedro Hernández, quien había sido sepulturero de dicho lugar durante muchos años, y curiosamente es uno de los trabajos más tranquilos que puede haber, pero también a la vez es triste, en más de una ocasión este  hombre sintió un nudo en la garganta al ver a los padres destrozados de dolor enterrar a sus hijos.
Por el otro lado, resultaba ser un trabajo donde se tenían momentos para reflexionar, los altos árboles servían como una extensión del muro exterior del panteón, lo que permitía que quedará totalmente aislado del ruido, brindando una sensación agradable paz.
Aquella mañana Pedro se sentía cansado, ya que el día anterior había tenido que abrir una fosa porque su compañero había enfermado y no había podido asistir, así fue por algunos días. Tomó todo el material necesario para su trabajo y salió de oficina, se dedicó a hacer algunos arreglos, juntar basura y algunas flores marchitas; haciendo todas estas labores el tiempo se le fue como agua, y cuando  se dio cuenta ya eran las doce del día, hora en que estaba programado un servicio fúnebre, se apuró para llegar cuando el cortejo arribara al panteón, el cual estaba compuesto por una camioneta de servicios funerarios en donde llegaría el pequeño cuerpo.
Como en cada labor, Pedro fue por sus herramientas y les indicó el lugar, después se dispuso a esperar junto a la fosa a los asistentes, entre los cuáles se encontraba la inconsolable madre, mujer de baja estatura no mayor de treinta años, vestida de negro con el cabello recogido en un cola de caballo; el padre la llevaba del brazo, era un hombre joven, pero aquel dolor lo había avejentado de una manera increíble. No tardaron en llegar los arreglos florales, que siempre se caracterizaban por ser en grandes cantidades; después llegó el sacerdote para dar la bendición al féretro, lo roció con agua bendita al igual que a la sepultura y recitó el salmo23: "El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes campos me hace reposar", después acercó a los dolientes familiares y les dio algunas palabras de consuelo; el sepulturero pudo escuchar que el difunto era un niño llamado David Gómez de tan sólo ocho años de edad. Pronto llegó uno de los momentos más dolorosos para cualquier familia: el entierro, a veces es también sentía tristeza cuando comenzaba a echar la tierra sobre aquellos pequeños cajoncitos que contenían todas las ilusiones y alegría entera de los padres; era lógico que Pedro tuvieres tus sentimientos, pues tenía dos hijos ya jóvenes, así que siempre fue solidario con los padres que sufrían una pérdida de este tipo, pues el dolor era tan grande, que incluso el paso del tiempo no llegaba a sanar nunca está terrible herida. Cuando moría el esposo o la esposa, la persona en cuestión quedaba viuda; si los padres serán los que fallecían, la persona se quedaba huérfana; pero si moría un hijo ¿seguirían siendo padres? Estos y otros pensamientos más rondaban su cabeza cuando el sacerdote le indicó que era tiempo de bajar el cajón, así con ayuda de unas cuerdas se llevó a cabo su tarea; una vez que estuvo abajo, una lluvia de flores cayó sobre el ataúd del pequeño David, en ese momento la madre del pequeño se arrodilla envuelta en llanto ante la fosa de su adorado hijo.
Era de una escena desgarradora, capaz de conmover hasta el corazón más duro. Pedro poco a poco fue echando la tierra sobre el féretro, los padres permanecieron mucho tiempo después de que los asistentes les hubieran dado el pésame, colocando flores encima de la tierra recién removida. Aquel día en particular fue muy triste para el sepulturero, no podía sacar de su mente la imagen del entierro del pequeño niño, y mientras se dirigía camino a su casa en el metro elevó mentalmente una oración para él y sus padres.
Conforme pasaron los días, Pedro retomó su rutina y fue olvidando aquel incidente poco a poco, hubiera sido así, pero la madre de David todos los días asistía puntualmente antes del medio día y se iba hasta que el panteón cerraba; todo el santo día la destrozada madre, lo pasaba sentada ante la tumba llorando desconsoladamente, la mujer no comía ni bebía nada durante su estancia, durante tantos años el sepulturero nunca había visto nada igual.
Una tarde, cuando Pedro había cerrado las puertas del cementerio para dirigirse a su casa, sintió de pronto un extraño impulso de regresar para revisar que nadie se hubiera quedado en el interior, ya que en varias ocasiones había tenido que sacar a jovencitos, que muy escondidos planeaban pasar la noche en aquel lugar para hacerse los valientes y muy hombrecitos. Miró a su alrededor y no encontró nada, pero casilla para salir paso por la tumba de David, saltaba la vista su lápida blanca y la estatua de un hermoso ángel; de pronto al acercarse vio a un niño o no mayor de 10 años que jugaba con la tierra a sus pies, estaba vestido con un pantaloncito azul claro y una camisita blanca, zapatos blancos y una tierna carita que reflejaba inocencia.
Pedro pensó que tal vez haya perdido y decidió hacer algo al respecto, el niño dijo que estaba solo y le pedía su ayuda; pero en el momento que iba a tomar su pequeña mano, el niño ya no estaba, lo buscó por todos lados sin encontrar rastros de él, y pensando que tal vez podría ser un fantasma, sintió mucho miedo. El infante no podía haber salido del panteón, ya que las puertas estaban cerradas, así que la única explicación que pudo encontrar fue que era un ser de otra dimensión; en todos sus años de sepulturero jamás había vivido algo igual, si había escuchado muchas historias de este tipo, pero vivirlo en carne propia ¡nunca! Entonces salió del cementerio como alma que lleva el diablo.
Impresionado por la aparición de aquel día, el pobre hombre cayó en cama, todo le dolía: los huesos, los músculos, las articulaciones, la espalda, todo o se sentía cansado y con un miedo constante, llevó incluso a pedirle a su esposa que no lo dejará solo, pues en todo momento recordaba al niño del cementerio. Diez días después ya era necesario que se presentara a trabajar, visiblemente más delgado y todavía un poco demacrado llegó al panteón; trataba con todas sus fuerzas hacer de cuenta que no existía la tumba del pequeño David, y para su alivio no ocurrió nada durante dos días, pero el tercer día, cuando Pedro se hallaba en su oficina vio pasar a un niño corriendo. Por todo su cuerpo corre un escalofrío, quedó paralizado de miedo en su asiento, sin embargo la curiosidad por ver lo que pasaba fue mayor; lentamente se levantó y salió, camino por el pasillo central hasta que llegó a la tumba del pequeño, en donde nuevamente lo vio. David se acercó al hombre asustado y le pidió que le ayudara, necesitaba que le dijera a su mamá que lo dejara descansar, Pedro le contestó que no podía hacer eso, pero cuando volteó ya no había nadie. El sepulturero regresó a su casa apesadumbrado, ya que no sabía qué hacer; si le decía aquello a la madre del pequeño, pensaría que se había vuelto loco de remate o que la estaba engañando; por el otro lado, si no lo hacía, el espíritu del pequeño deba seguir rondando.
Al día siguiente, Pedro llegó muy temprano a trabajar como era su costumbre, esperaba ver llegar a la madre del pequeño en su hora habitual, pero esta vez no ocurrió; por lo que decidió aguardar al siguiente día, pasaron dos días más y ni señales de la mujer, esto lo preocupó, por lo que decidió ir esa misma tarde, pero antes de poder salir se encontró al pequeño, quien se acercó a su oído y le susurró su recado para su mamá, y acto seguido desapareció. El sepulturero abordó el metro y pronto llegó a su destino, se encontró frente a un condominio en cinco pisos, se acercó y tocó el timbre, una voz femenina le contestó y le comentó que vende un asunto urgente, después lo dejó pasar. Llegó al departamento indicado y espera que le abrieran la puerta, una mujer mayor lo invitó a pasar y se retira, Pedro dio un vistazo a la sala, en todas partes había fotos de la familia que antes había sido feliz, una en particular estaba cuidadosamente colocada en el muro y abajo de ella un pequeño nicho con una veladora, era la carita de David; en ese momento aparece la madre, que parece haber envejecido mucho en poco tiempo.
El sepulturero le dice a la mujer que trae un recado muy importante por parte de su hijo, muy serio le dice donde trabaja y de la aparición del pequeño fantasma que no puede descansar en paz, ya que cada vez que la mujer llora y quiere morir para reunirse con él, lo hace sufrir; le comenta que David dice que está bien, no le hace falta nada y lo único que quieren este mundo es descansar, también la libraba de toda culpa sobre su muerte porque sabe que ella hizo todo lo que estuvo en sus manos para salvarlo, ahora se encuentra en un lugar mejor en donde es muy feliz. No quería ver cómo su madre se destruía poco a poco sin comer y sin dormir, deseaba verla contenta cada vez que lo fuera visitar, y a su tiempo el vendería por ella.
La madre soltó el llanto, a Pedro le dolía ser el causante del sufrimiento de la pobre mujer, por lo que decidió retirarse, pero antes que marcharse le dio la señora tres canicas llenas de barro como prueba de que decía la verdad, y le dijo que a veces jugaba con ellas a los pies de su tumba. Días después, el sepulturero fue visitado por la madre de David, quien le agradeció profundamente cumplir el deseo de su hijo y hacerlo reflexionar sobre su conducta, ambos dieron un paseo por el panteón hasta llegar al sitio donde se encontraba el niño sepultado; ante su tumba se podía ver en la tierra que estaba escrito su nombre, y a los lados se veían las trayectorias trazadas por las canicas al ser lanzadas.
Como podemos ver, los panteones infantiles lejos de ser lugares tristes, pueden llegar a ser a menudo sitios alegres, llenos de globos, juguetes y flores, como si trataran de evocar la vida de risas y juegos que sus huéspedes llevaron durante su corta estancia en el mundo terrenal.