domingo, 24 de marzo de 2013

El convento de San Agustín


La construcción de la iglesia de San Agustín comenzó el 28 de agosto de 1541, por el virrey Antonio de Mendoza. Tanto el convento, como la iglesia fueron muy suntuosos; el arquitecto de éstos templos fue Claudio de Arciniega, por ahí de 1579, quien describe la fachada de la iglesia como “una historia grande del señor San Agustín”.
La obra fue concluida en 1579, su retablo mayor fue hecho por Andrés de Concha; las puertas que daban a la calle fueron labradas en 1591 por Pedro López de Pinto y Hernán Sánchez.
Pasaron los años y el día de viernes 11 de diciembre de 1676, a las siete de la noche, la iglesia y una parte del convento ardieron en llamas por tres días. Pudieron ser rescatadas algunos colaterales y pinturas (entre ellas Santa Cecilia).
Al reconstrucción de la iglesia comenzó pronto; aquí participaron Fray Diego de Valverde, Tomás Juárez, Simón de Espinosa y Salvador de Ocampo.
A fines del siglo XVII el arquitecto Diego Rodríguez realizó varias obras en el convento, después José Antonio de la Cruz construyó la barda en 1708 (actualmente la barda ya no existe); Blas de los Ángeles, Miguel José de Rivera, Juan de Rojas y José Joaquín de Sáyago, pondrían los retablos y el colaterial mayor de la Capilla del Tercer Orden en 1752.
Después San Agustín fue convertido en Biblioteca Nacional y el convento en muladar, hasta su total deterioro, el claustro fue mutilado pero todavía se conserva una parte; esto fue de puro milagro; pues el área que ocupaba y convento y sus dependencias los sustituye un estacionamiento.

domingo, 10 de marzo de 2013

El alux de Valladolid


Uno de los testimonios más importantes que se han dado a conocer en América y España sobre la presencia de un duende o Alux, fue la versión recogida de la ciudad de Valladolid en el año de 1613 por el capellán de su majestad y Deán de la Iglesia y Catedral de Yucatán, Dr. Pedro Sánchez de Aguilar, quien la describe fielmente en su obra “Informe Contra Idolorum Cultores”, que traducido al español quiere decir “Informe contra los idólatras”, haciendo referencia a los indígenas mayas que adoraban y rendían culto a sus dioses; dicha obra fue escrita en latín y castellano, dándole a conocer en Madrid, España en el año de 1639.
Cabe destacar, que el Dr. Pedro fue alumno destacado de Gaspar Antonio Chi Xiu, príncipe de la antigua casa real de los Tutul Xiu de Maní, de quien aprende la gramática española cuando fue su maestro en la capilla de Tizimín, lugar donde se dirigió Gaspar Antonio, después de que fray Diego de Landa realizara su condenable auto de fe un doce de julio de 1562. En este acto se destruyeron tesoros de valor incalculable, códices, vasijas, ídolos y pergaminos prehispánicos, arrebatados a los ahaucanes, chilames del antiguo reino de los mayas, cuya histórica tradición de milenios fue borrada del obrero inquisidora.
Volviendo a las memorias del Dr. Pedro Sánchez de Aguilar, nos narra sobre el alboroto y escándalo que vivió la villa de Valladolid: “por los años de 1560, hizo su aparición un demonio o duende (caso estupendo e inaudito), que hablaba y tenía plática de conversación con quienes querían hablarle pero a las ocho o diez de la noche, cuando ya los candiles de las calles de aquella ciudad estuviesen apagadas. Desde luego, este duende que hablaba era un Alux y se supone, que su presencia e inconformidad, se debía a que su vieja morada había sido destruida y quemada, para construir sobre sus escombros casas señoriales de los conquistadores españoles llamados Juan López de Meza y Martín Ruíz de Arce. Esta criatura hablaba con voz chillona y tocaba un bandolón con gran habilidad, así como hacía sonar castañuelas y se oía que bailaba alegremente sobre el techo de las casas aunque no se dejaba ver. Al principio, según el señor Sánchez, el duende no hacía daño alguno ni perjudicaba en estas dos casas donde habita o se aparecía, pero en otras sí, ya que les tiraba piedras y hacía ruido en las azoteas, asustando a los que por esos rumbos pasaban por las noches. Como sus actos cada día se van incrementando en agresividad, pues ya hasta tiraba huevos a cuanta mujer veía a esas horas, el Alux fue acusado con el cura de la villa de Valladolid, Tomás de Lersundí, quien decidió conjurarlo para que cesaran en sus ruidos y maldades, mediante su ritual católico. Procedió a mojar un hisopo con agua bendita y lo espero; pero las horas pasaban y la criatura no se aparecía ni hablaba.
Cuando el cura se hubo retirado, el duende volvió a hacer su acostumbrado ruido, brincando, gritando y riéndose a más no poder. Cuando el religioso llegó a su casa en donde había dejado la mesa puesta para cenar, encontró sus buñuelos y vinos tirados en los pasillos, la fuente de agua llena de estiércol de su mula y su mesa mojada con orines.
A la mañana siguiente el cura dijo en su sermón de misa, lo que le había sucedido con el Alux, y advirtió sus fieles que se cuidarán por las noches de ese pequeño engendro diabólico. Las maldades, travesuras y hazañas del duende llegaron a oídos del señor Arzobispo de la Ciudad de Mérida, quien ordenó que nadie le hablara y respondiera al supuesto Alux, el cual ya tenía a toda la villa aterrada. Los pobladores cumplieron al pie de la letra las órdenes del religioso. La criatura se dio por despreciada y empezó a llorar por las noches de manera muy lastimera y a quejarse del Obispo; comenzó a hacer ruidos de mayor intensidad en las azoteas y le dio entonces por quemar las casas. Los vecinos desesperados, se juntaron en la iglesia y pidieron al cura que les escogiera por medio de azar a un Santo como abogado, prometiéndole celebrar su fiesta en procesión al nuevo convento de San Francisco, y quiso la suerte que les tocara San Clemente; se le festejaba el 23 noviembre, día en que fue trasladado en la prometida procesión. Le efigie de este Santo, se encontraba en uno los retablos de la iglesia de Valladolid con un demonio atado. El señor Sánchez aseguró que esta criatura fue vista desde el año de 1562 en Zací, pero desapareció por 34 años después de la procesión.
Siendo párroco de la villa, Pedro Sánchez se tuvo que enfrentar al Alux que después de tantos años sin dar señales de vida, nuevamente estaba de regreso. La traviesa criatura vuelve aterrorizar al pueblo, quemando las casas de los indios que se unieron a los españoles, y luego se trasladó a Yalcobá, llendo tras sus pasos Pedro Sánchez para conjurar lo que desterrarlo de aquel pueblo, donde se aparecía puntualmente al medio día para provocar un enorme remolino de viento que levantaba una gran polvareda, haciendo ruidos como de huracán, aventando piedras y cuanta cosa encontrara por todo el pueblo. Como todas las casas de los indios quedaron consumidas por el fuego, no les quedaba otra opción más que dormir bajo los árboles.
Al llegar Sánchez de Aguilar ha dicho pueblo, les instrucciones a los indios de que habría que realizar una misa cantada y solemne para ahuyentar al duende; y para despedirse, el malévolo Alux quemó con gran esmero una de las casas más grandes de dicho lugar. En otra ocasión el cura regresó a este pueblo y realizó otra misa cantada, en donde le pedía San Miguel Arcángel, que se llevará a la criatura muy lejos de los indios; al parecer la petición fue escuchada, el duende se retiró de Yalcobá, pero ¡o sorpresa!: regreso a Valladolid con nuevos incendios. Los habitantes hicieron cuanto conjuro celestial se les ocurrió para alejar al pequeño malévolo ser, y milagrosamente cesaron sus fechorías; y para tener la completa seguridad de que el Alux jamás los volviera molestar, mandaron llamar a los H'menes o hechiceros mayas, para conjurarlo en una ceremonia que realizaron en la plaza principal de Valladolid, con ritos y danzas de su antigua religión. Se mataron aves silvestres, prepararon vinos de blaché  con miel de Xunan cab y bebida del zacá para ofrendarlas al Alux. Ante estos conjuros surgidos del alma y voz de los cantores y sacerdotes mayas, la criatura desapareció por completo y jamás, hasta la fecha se ha vuelto a saber de él.

domingo, 3 de marzo de 2013

Los aluxes


Alux (singular) o aluxes (plural), son duendecillos traviesos que gustan de hacer bromas y jugar con los niños; se caracterizan por ser de estatura baja y gastarle a la gente bromas tan pesadas que a veces los llegan a llamar diablillos. Algunos creen que hacen estas travesuras para captar la atención y recibir algo de comer.
Estas criaturas viven en los bosques y montes; por los general se les representa en pequeñas figuras de barro que las podemos encontrar en algunos sitios arqueológicos, y como su aparición es bastante frecuente, los nativos suelen destruirlas hasta convertirlas en pequeños pedacitos, pues creen que esas representaciones son los mismísimos Aluxes que cobran vida  para hacer de las suyas.
Al parecer no son solo supersticiones, ya que hay varios testimonios de arqueólogos y gente dedicada a trabaja en excavaciones, que aseguran que si no pedían permiso a los Aluxes haciéndoles sus respectivas ofrendas explicándoles el motivo de su presencia, les era imposible poder avanzar en su trabajo, pues todo lo que avanzaban durante el día, en la noche los traviesos duendecillos se los desbarataban; pero un vez solicitando el permiso podían hacer su trabajo sin dificultad alguna.
Otras versiones aseguran que en la antigüedad eran los hombres los que daba vida a las figurillas de barro quemándoles copal, durante nueve días y nueve noches ininterrumpidas; como muestra de su agradecimiento,  los duendecillos ayudan los humanos en los que les pidan.
Cuando el sol se oculta es cuando los Aluxes salen de sus escondites, ubicados en el bosque, la selva o los plantíos y se introducen a las casas. Las personas que los han llegado  a ver, los describen como niños pequeños de máximo cuatro años, de un palmo de alto aproximadamente; en cuanto a su vestimenta, portan un gran sombrero y huaraches, ya que según dicen los que los han visto, andan desnudos. Algunos Aluxes que gustan de la cacería, traen colgada en el hombro una escopeta y se hacen acompañar de un diminuto perro, aunque su presa sea tan efímera como ellos, como dijeran los abuelos mayas.
De entre las muchas travesuras que hace estos pequeños seres, está el hecho de les gusta rozar con su mano la cara de sus víctimas mientras duermen, o incluso solo con su paso provocan un viento, que viene acompañado de enfermedades como la fiebre y el vómito; esto ocurre cuando no pueden controlar su curiosidad y hacen notar a toda costa su presencia, por lo que deciden visitar aquellas casas en donde no se les ofrenda algo. Para ahorrarse un mal rato, muchas familias precavidas destinan un lugar especial en su casa para dejarles comida y bebida solamente para ellos, por si acaso se decidieran a visitarlos, ganándose así su simpatía y amistad. En muchas ocasiones les fascina divertirse molestado a los habitantes de la casa a la que ingresan, zarandeándoles las hamacas para frustrarles su sueño.
Después hacer un profundo análisis del comportamiento de los Aluxes, es entendible porque los habitantes del Mayab prefieren llevar una buena relación con ellos. Las familias que les hacen sus respectivas ofrendas, son muy recompensadas por estos pequeños seres, dándoles buenas y abundantes cosechas, pues estos se encargan de cuidarlas, alejando a los ladrones y al mal clima, pues cuando adoptan una familia son capaces de capturar a uno de los Chaacoob para asegurar la lluvia sobre las tierras y así la buena cosecha.
Cuentan que cuando descubren a alguien hurtando los frutos de los huertos que celosamente resguardan, a la persona en cuestión la agarran a golpes, quedándose sin ganar devolverlo a hacer. Otro "pasatiempo" de los Aluxes es el de molestar a los animales, como a los perros, que les lanzan pequeñas piedras y se esconden, hasta que logran hacerlo desesperar con ladridos y aullidos.
También existen los Aluxes femeninos conocidos como X'Bolon Thoroch, que quiere decir "la que amplifica el sonido de la rueca", hacen acto de presencia en los relatos mayas, cometiendo las mismas maldades que tanto les divierten; se dice que ellas entran a las casas durante la noche causando gran alboroto haciendo ruidos relacionados con las labores del hogar, se les puede escuchar barriendo, lavando trastes, preparando comida, etc.
Otras criaturas traviesas que también les divierte sobremanera hacer maldades, son los Bokol h'otoch, que traducido quiere decir "el que revuelve casas"; a ellos les encanta moverse bajo el piso de las viviendas haciendo ruido de un bastidor. Las leyendas del sureste también nos hablan de otros duendecillos que gustan de hacer travesuras, sólo por mencionar algunos:
- Yancopek: Les gusta alojarse en los cántaros, jarros y demás utensilios de barro, desde donde realiza sus maldades.
- Uay-Cot: Se esconden en las paredes, en donde adquieren la forma de un pájaro-hechicero, les divierte mucho aventar pequeños guijarros a todo aquel que pase cerca. 

miércoles, 27 de febrero de 2013

Real Monasterio de Jesús María (Parte 1)

Ubicado en la calle de Jesús María esquina con Soledad en pleno Centro Histórico, podremos encontar uno de los templos mejor conservados que podremos visitar en esta ciudad, cosa que no podemos decir de lo que queda del convento, que está ya en la ruina total. Sus origenes se remontan hasta finales del siglo XVI, cuando las monjas concepcionistas deciden trasladarse de los rumbos de la Santa Veracruz, hasta su ubicación actual, lugar que era ya mucho más espacioso y confortable.
Hoy en día esta calle está llena del bullicio comercial, característico del Centro Histórico, en donde podrás contrar toda clase de artículos.


domingo, 24 de febrero de 2013

La dama ensangrentada (Sucedió en la calle 5 de febrero)

Mucho se ha hablado de la percepción extrasensorial, mientras unos la niegan, otros la aceptan sin recelos. La presente leyenda que data del siglo XVII nos revela que puede haber comunicación entre los vivos y los muertos; ahora veamos este escalofriante suceso ocurrido en la calle que hoy conocemos como cinco de febrero, para ser exactos, nos iremos a la casona marcada con el número 157.
Cuanta la leyenda que, en el mes de febrero de dicho año, llegó a esa casona ocupada por los condes de Ferráldez, el joven caballero Miguel de Ubeda y Carmona, que iba como huésped de los condes, quienes lo recibieron con muestras de gran afecto, y éste su vez fue recíproco. Aquel joven iba a pasar larga temporada en Nueva España, al menos esas eran sus intenciones; pero el duende del amor hizo su presencia dos noches después, al descubrir él, en el jardín  de la casa contigua a la de los condes a una bellísima muchacha. Noche a noche Miguel admiró la belleza de la joven y empezó a cortejarla, hasta que entre susurros acordaron reunirse en el jardín la noche siguiente a la misma hora; pero él tenía que ver el modo de bajar de su ventana para reunirse con su amada.
Al día siguiente el joven enamorado se entregó febrilmente  a la fabricación de una escala, y esa misma noche escaló el grueso muro, mientras Margarita ya lo aguardaba ansiosa.
Durante varias noches, los enamorados pasearon por el jardín iluminado por la luna, escondiéndose de miradas indiscretas. Así el tiempo pasó, hasta que llegó el momento de las confidencias de enamorados, en donde la muchacha le confiesa a su amado que pronto lo iba a dejar de ver porque sus padres la iban meter de novicia a un convento; el joven le dice que irá a hablar con ellos para que se desposaran en sagrado matrimonio, pero la muchacha le asegura que eso jamás lo permitirían. Margarita llorosa y desesperada, corrió hacia el interior de su casa; y momentos después Miguel, en su cama se revolvía presa de los más diversos pensamientos.
Al día siguiente, el joven miró a todas horas el jardín de la casa de su amada, sin notar signo alguno de vida. Cerca de las once de las once de la noche, cuando Miguel bajó, quien iba a decirle que por última vez utilizaría aquella escalera; una en tierra Margarita pálida y acongojada le dice que al día siguiente la mandarían sus padres al convento, y por más que intentó convencerlos de lo contrario, todos sus esfuerzos fueron en vano. Entonces  la joven le dice a su amado que el único camino que hay es que huyan juntos y se casen, mientras ella fingiría estar enferma para retardar su destino. Se reunirían la noche siguiente a la hora acostumbrada.
El día siguiente, Miguel lo pasó arreglando sus cosas personales y reuniendo su capital, aunque pidió algún dinero al conde, calló el motivo de su urgencia de oro. Esa noche el joven aguardó ansioso la hora en que iría a l encuentro de su amada, más pronto dícese que hizo inoportuna aparición el conde de Ferráldez, quién le pidió de favor que le ayudara a hacer unas cuentas. No pudo negarse a ayudar al conde y menos decirle que le hacía tarde para raptar a Margarita; y mientras ayudaba a hacer las cuentas, no cesó de mirar aquel reloj de arena que marcaba  la hora en que debería estar aguardando su amada. Continuaron atareados en el libro, el conde y el ansioso Miguel, cuando se dejaron escuchar fuertes y extraños ruidos en la casa vecina, a lo que el joven pide permiso para salir a tomar un poco de aire fresco.
Desesperado y nervioso, se situó frente al zaguán de la casa contigua. De pronto, dice la leyenda, se abrió quedamente zaguán y apareció la dulce figura de la amada, pero al observarla de cerca se dio cuenta, horrorizado que mientras la mantenía en sus brazos, llevaba un puñal clavado al pecho. Ella le dice que pensó que no llegaría a la cita o que la había engañado y por eso decide suicidarse. Cargó a la sangrante Margarita, pero se encontró con la puerta de la casa cerrada, y con que ni sus padres ni criados habían salido tras ella; entonces va a toda prisa la casa de los condes y la sube a sus habitaciones, después la acostó sobre la cama, asegúrase que ella se quejaba débilmente y él, no había tenido valor para arrancarle el puñal del pecho.
Miguel no comunicó cuanto sucedió al conde Ferráldez, pero cuando regresó acompañado del doctor, los condes lo recibieron al pie de la escalera  y finalmente les contó todo lo que había pasado; los otros desconcertados le dijeron al joven que no tenían ninguna Margarita por vecina.
El joven insistió en que la vieran, pero cuando ingresaron a la alcoba no había rastro alguno de la muchacha, la única evidencia de su presencia era la sábana ensangrentada y un prendedor que portaba en el pecho. Intrigados por los argumentos de Miguel y lo que encontraron, se dirigieron a la casa de sus vecinos, y al llegar fue el conde quien hablo primero, pero se vio interrumpido por la esposa del otro caballero, al decir que el joven era el asesino de su hija: la pareja aseguró que él le había dado muerte a muchacha diez años atrás.
Miguel le aseguró al ofendido padre que había salido hace escasos momentos con un puñal clavado en el pecho, pero la pareja aseguraba que él era el asesino;  entonces se aclaró el asunto de que al joven que tenían por huésped se llamaba  Miguel de Ubeda y Carmona, y el otro era Miguel  Moreda, y solo tenía escasos dos meses de haber llegado a la Nueva España. Sin embargo al joven no le creían, hasta que les mostró el prendedor con el que aseguraron sus padres, la habían enterrado. ¿Qué explicación había ante este fenómeno?
Ya en su aposento, Miguel desesperado cae ante el Cristo, pidiendo le ayudara a resolver este misterio. A partir de aquel día, lo empezó a invadir una gran melancolía, de una tristeza infinita, la cual se iba incrementando al paso de los días; entonces los condes viendo esta situación deciden enviarlo de regreso a España para que con el tiempo y la distancia lograra olvidar su macabra aventura. La marcha de Miguel ocasionó otro fenómeno, pues a partir de la noche del día en que partió, se dejaban escuchar los gemidos agonizantes de una mujer, que después de dirigía a la calle. Fueron varios los vecinos de la capital de la Nueva España, que vieron aparecer a tal fantasma al que dióse  el nombre de: “La dama ensangrentada”. Y así se conoció por el vulgo la calle que como sabemos se llamaba también calle de la Joya.
Cuentan las versiones sobre esta leyenda que los ancianos padres de la muerta Margarita, la vieron también varias noches, pero no todos los seres de este mundo tienen facultad para hablar con los de ultratumba, entonces llamaron a los frailes exorcizadores; aseguran que gracias a estas prácticas, Margarita desapareció de la casa y de la calle, que con un grito espantoso se alejó para perderse en las sombras de esa región, de la dimensión desconocida e inexplicable de los muertos.
En aquel siglo no se encontró explicación a tal fenómeno, pero ahora podemos explicarlo gracias a que sabemos de la existencia de la percepción extrasensorial; esta no solo permite ver y hablar con los seres de otro mundo, sino hasta llegar a tocarlos, como aconteció con Miguel de Ubeda y Carmona en el siglo XVII.

domingo, 10 de febrero de 2013

Leyenda del edificio de la Aduana


Corría el año de 1740, cuando era virrey de la Nueva España don Juan de Acuña y Bejarano, marqués de Casafuerte y caballero de la Orden de Santiago, y asunto extraño: era oriundo de Perú.
En aquel año en particular, trascurría un frío y cruel invierno que calaba hasta los huesos, haciendo que la ciudad se volviera más lenta; sucedió que por estos días el coronel prior del Consulado don Juan Gutiérrez Rubín de Celis cayó profundamente enamorado de la hermosa y joven sobrina del virrey, doña Sara de García Somera y Acuña. La hermosa dama contaba con solamente dieciocho años de edad, en plena flor de la vida; con estos atributos no era de asombrarse que todo el tiempo se pudieran ver pretendientes rondando por su casa, ubicada en la segunda calle del Relox (hoy república de Argentina). Decían los caballeros más atrevidos que su hermoso y bien formado cuerpo iluminaba cualquier alcoba.
¿Dónde conoció don Juan a la bella dama? Fue en una fiesta en el palacio virreinal en que la vio por primera vez, y desde ese día comenzó a cortejarla; desde luego Sara se dejaba querer, pero se negaba a darle en tan anhelado “si”.
¿Quién era aquel caballero enamorado como jovencito? Era un buen hombre de noble alcurnia, que llegara a la Nueva España con una gran fortuna, la cual acrecentó al igual que su fama de potentado; por si esto fuera poco, tenía un importante cargo en la Aduana al servicio del rey. Todas estas cualidades le habían otorgado una muy buena reputación, a la que su dinero había contribuido en gran medida. Se le podía ver en cuanto sarao había, pues su estatus de caballero de la Orden Militar de Santiago le daba todo el derecho del mundo.
El amor de don Juan hubiera sido perfecto, si no hubiera tenido una gran desventaja en su contra, que ni todo su dinero podía cambiar: su edad, pues tenía ya casi los sesenta años. Para el eso no importaba, dicen que el amor no tiene edad y mientras haya ganas de vivir y mucho entusiasmo, hasta se puede rejuvenecer un poco; esto precisamente le sucedió al caballero enamorado, a quien se le podía ver caminando más erguido, con más energía y vitalidad, por dentro se sentía más joven.
Como todo hombre rico que se precie, don Juan llevaba la ostentación al extremo. Toda su vida se le había visto trasladarse en su litera o en una carroza jalada por los más finos caballos; ambos medios de transporte estaban recubiertos de seda, decoradas con cortinillas de terciopelo rojo y bordadas con hilos de oro y plata. Ya desde 1716 tenía fama de ostentoso, y más cuando asistió a los festejos de la toma de posesión del virrey don Baltasar de Zúñiga Guzmán Sotomayor y Mendoza, marqués de Valero y duque de Arión, perteneciente a la cámara de Su Majestad. Cabe destacar que el nuevo virrey fue el primer gobernante en llegar soltero a la Nueva España, ya que era muy joven y por desgracia también  murió joven, después de dejar durante cinco años el gobierno virreinal. Hay documentación que corrobora su prematuro deceso, en donde dice que en el año de 1722 enviaron a Madrid su corazón para que fuera guardado en el convento de las monjas capuchinas. Aquel gobernante siempre se caracterizó por lucir siempre de lo más elegante, y en ocasiones especiales le gustaba lucir una gran peluca blanca al estilo Luis XV.
En una de aquellas fiestas, en especial la celebrada en el año de 1716, asistió el infaltable don Juan Gutiérrez Rubín con 14 años menos en su haber; en aquella ocasión el caballero se fue al extremo en lujo y ostentación: llegó con su traje tapizado de joyas, con hermosos bordados de perlas e incrustaciones de pedrería, cadenas, anillos, alfileres de oro prendidos sobre la seda blanca con encajes en cuellos y pecho, broches de oro y plata en su sombrero de ala ancha, hebillas de oro en su calzado y las incrustaciones de rubíes en las empuñaduras de su espada y daga ambas de lo mejor de Toledo. El acaudalado caballero no perdía la oportunidad de exhibir su riqueza en el palacio virreinal, ya que las joyas con ese brillo espectacular que tienen, es imposible que pasen inadvertidas bajo las luces de las lámparas de aceite.
El tiempo pasó y a don Juan le dio por enamorarse ya hasta los sesenta años, cuando conoció a la bella jovencita sobrina del virrey marqués de Casafuerte; sin embargo, doña Sara dudaba en aceptar la propuesta de matrimonio del viejo rejuvenecido, pero fue tanta su insistencia, que finalmente le puso una condición aconsejada por su tío: le daba un plazo de seis meses para que terminara de construir el edificio de la Aduana que se encontraba en muy malas condiciones. ¡Eso era imposible! ¿Cómo construir un edificio en tan poco tiempo? El viejo salió de la casa de su amada con el ánimo en el suelo, pero su ánimo se vio otra vez arriba cuando leyó un verso del “Libro del buen amor”, del Arcipreste de Hita: 
Esta dueña me hirió con saeta envenenada,
Me atravesó el corazón y la traigo en él clavada;
No la puedo arrancar por más fuerza que haga,
La llaga va en aumento y el dolor no aminora nada.

¡Solo tenía seis meses! ¡Había que empezar lo antes posible! En el acto don Juan de Celis fue a buscar al arquitecto más reconocido de la época, don Pedro de Arrieta, quien le dijo que terminar un edificio así en tan poco tiempo era prácticamente imposible, apurándose le quedaría en dos años. Ante la respuesta negativa del constructor, el rejuvenecido caballero fue con todos los arquitectos que había, pero todos le salieron con lo mismo.
Desesperado por conseguir el amor de doña Sara, decide el mismo dirigir la obra. Contrató a negros, criollos, españoles, indios, mestizos y a cuanta gente estuviera dispuesta a trabajar, ahora si ¡manos a la obra! El trabajo comenzaba desde las seis de la mañana y concluía hasta las ocho de la noche. A don Juan incluso se le ocurrió que vinieran las esposas de los trabajadores para que ahí mismo les dieran de comer y beber; muchos indios y mulatos dormían en el lugar de la obra, son Juan  les había proporcionado los suficientes petates y cobijas para tenerlos cerca.
Los días iban pasando rápidamente, y con ellos el insomnio del caballero iba en aumento, debido a que la obra iba avanzando muy lentamente; ya iba para el cuarto mes y tuvo que contratar más gente. Los canteros, carpinteros y herreros comenzaron a trabajar de noche.
Cuando faltaba solamente un mes para que el plazo llegara a su fin, apenas empezaban a poner las vigas del techo de la segunda planta; todo era trabajo, trabajo y más trabajo, no había tiempo que perder, cada minuto y cada segundo eran valiosos. El tiempo pasó, y cuando ya faltaban escasos quinces días, don Juan regañó a los herreros porque la herrería de los balcones y de los pasillos estaba bastante mal hecha, pero no había tiempo para volverla a hacer, ya como cayera, el chiste era terminar la obra.
Por fin llegó el 28 de junio de 1741 día en que el plazo llegaba a su vencimiento; los habitantes hasta se levantaron temprano presas de la curiosidad y el morbo. Don Juan Gutiérrez, vestido con sus mejores galas, con una nerviosa sonrisa y su corazón aceleradas palpitaciones, subió a su carruaje y se dirigió a la casa de su amada; al llegar tembloroso le dijo que había cumplido con la condición que le había pedido y ahora era el turno de ella de cumplir su palabra. A la doncella le costaba trabajo creer tal cosa, hasta que el caballero le entregó sobre un cojín de terciopelo rojo, las llaves de la Aduana; halagada doña Sara tomó las llaves y esbozó una sonrisa.     
En agosto del mismo año la pareja contrajo nupcias en la Catedral: la bella jovencita de dieciocho primaveras y el hombre de sesenta con todo y su rejuvenecida de amor. Toda la gente más importante de la época fue invitada a la boda, y como siempre no faltan los colados que se metieron con un pequeño soborno a los guardias, que ya andaban bien borrachos.
Desde aquel día, don Juan vivió muy feliz el resto de sus días; en cuanto a doña Sara, nadie lo sabe. Pero los que si podemos saber, es que la Aduana está en frente de la Plaza de Santo Domingo, recordándonos que para el amor no hay obstáculos ni cosas imposibles de hacer, con tal de estar con la persona amada.

domingo, 27 de enero de 2013

Santo Niño Cautivo

Muchos templos hay en la vieja Europa, en donde se puede adorar al Niño Jesús y de él hablan con gran ternura.  En la Santa Iglesia Catedral no había una solo imagen a la cuál venerar, ¿Por qué no hacer el encargo de un Niño Jesús? En Sevilla vivían escultores de gran talento, que podrían convertir un simple pedazo de madera en una hermosa imagen del Señor en su infancia, en la suave primavera del vivir. Estas y otras cosas dijo en el cabildo el señor canónigo don Antonio Vallejo y Solórzano, hombre bien cultivado dentro de la doctrina evangélica, culto y de fino sentir; sabía predicar con mucha elegancia, por lo que sus sermones eran en todo México de mucha autoridad y opinión. Vestía las más finas telas y joyería, comía en las más finas porcelanas de la China y utilizaba cubiertos hechos de plata, los más finos encajes engalanaban la mesa durante la toma de sus alimentos; y no se diga las hermosas pinturas de buenos pinceles, imágenes estofadas, marfiles y damascos, fragantes maderas talladas.
Por todos estos factores, el pudiente personaje era muy tomado en cuenta para todas las situaciones en el cabildo de catedral. Todos se arrimaron con gusto a su parecer.
Al día siguiente fueron despachadas cartas a Sevilla para el deán de esa archidiócesis, con el fin de mandar labrar al mejor imaginero de la ciudad el tan anhelado Niño Jesús; magníficos dineros fueron enviados junto con la carta  para que el trabajo caminase de prisa, vaya que esto mueve las manos  y con elegante ritmo. El deán, don Gil Bermúdez de Castro mando en su mensaje de respuesta, que la obra estaba al cuidado de Mairena, escultora de renombre, quien pondría  toda su delicada ternura de mujer en el trabajo que se le había encomendado; también don Gil anunciaba que Su Majestad el rey había otorgado una prebenda al doctor don Francisco Sandoval Zapata, nombrándole canónigo racionero de la Catedral de México, y que él sería quien llevase la imagen en el cofre de su equipaje.
Una vez terminada la escultura, le fue entregada al doctor Sandoval, para que emprendiera el camino a Cádiz y ahí emprendiera el su viaje en una embarcación de alto porte. El Niño fue colocado en un improvisado altarcito, en donde los marineros le ofrecían flores de papel hechas con gran curiosidad, conchas,  caracoles y candelas; estas iban acompañadas de fervorosas peticiones para que llegaran con bien a su destino.
Sus planes cambiarían cuando cierta tarde divisaron velas en el horizonte, amarillas por el sol. Eran barcos piratas, que se acercaban a todo remo a la nave cristiana, en donde se pusieron inmediatamente a la defensiva, en espera del ataque. Entre sangre, gritos y pólvora, los turcos finalmente lograron apresar la nave, afianzaron cadenas en la borda y la arrastraron hasta sus tierras de Argel. Entre los presos, muy lleno de heridas mortales iba don Francisco Sandoval; el Niño Jesús que nunca apartó de sí era otro de los prisioneros.  
En México los señores del cabildo catedral se llenaron de gran congoja; entonces acordaron pagar un rescate para que el malvado turco les devolviese al doctor Sandoval junto con la imagen que portaba. Del negocio se encargaron los frailes redentores en Argel, ya que ellos eran los que arreglaban las libertades de los cautivos, objeto principal de su santo instituto. En el acto procedieron a hablar con el poderoso Muley Hazán, que comprara como esclavo al apacible Canónigo, tan fino y delicado de salud, a quien puso el rudo trabajo de dar vueltas sin descanso al palo de una noria para mover la pesada rueda que subía los arcabuces que vaciaban el agua en la atarjea para el riego de un huerto; el muy ladino comprendió que aquel hombre era valioso, al pedir en tan poco tiempo rescate por él, por lo que decidió elevar su precio. Aquel regateo se prolongó por mucho tiempo, tanto, que finalmente Sandoval fue llamado por el Creador.
Pasaron los meses, que después se convirtieron en años, y no se sabía en donde estaba la escultura del Niño. Los mercedarios hicieron arduas diligencias para dar con la preciada imagen, y Hazán no tardo en enterarse, así que ni tardo ni perezoso también se encargó de buscarla por cielo, mar y tierra, pues planeaba cobrar una buena cantidad por ella. Finalmente la encontró en la sucia celda de un cristiano, a quien le servía de un gran consuelo en el horrible cautiverio en que vivía; fue descubierto el pobre infeliz y en el acto le arrebatan al Niño, después le asestaron latigazos en su espalda y palos en su cabeza.
Dos mil pesos cobró el perro turco por entregar el Niño Jesús y los restos del canónigo para que después de tanto tiempo, llegaran a su destino final. La ciudad de México se engalanó para dar el recibimiento: se pusieron sus mejores ropas y joyas, las personas más importantes de la época estuvieron presentes, entre ellos el jubiloso canónigo Vallejo y Solórzano. Con bombo y platillo, en una suntuosa procesión acompañada de cánticos, llevaron la imagen hasta el altar mayor, y  de ahora en adelante sería conocido como el Niño Cautivo, el cuál dicen que su vestimenta es un réplica exacta del traje que usaban los cristianos cautivos por el turco infiel, solo que para el Niño le fueron añadidos algunos detalles para que le luciera mejor.
El canónigo doctor don Antonio Vallejo y Solórzano pidió que se mandaran hacer copias en plomo del Santo Niño Cautivo al más afanoso maestro de la Academia de San Carlos, para regalarlas a todas las catedrales de Nueva España. Los restos de Francisco Sandoval Zapata fueron sepultados un 14 de febrero en San Agustín.
Dio la casualidad que la imagen llegó a tierras mexicanas  en el día del Evangelio del Niño perdido de Jerusalén, es decir, un 24 de diciembre; por lo que se decretó que la celebración del Niño fuera este día, acompañado de cantos y una solemne procesión. Actualmente podremos encontrar al imagen en la capilla dedicada a Nuestra Señora la Antigua, que se abre frente a la del señor del Buen Despacho. A los descendientes de la familia Solórzano se les concedió el honor de guardar la ropita y vestirlo cada año para la solemne festividad.