domingo, 19 de octubre de 2014

Representaciones de la muerte

Aunque la Santa Muerte parezca una novedosa veneración popular mexicana y no católica, se sabe que desde fines del siglo antepasado se comparte su culto con otros países latinoamericanos de tradición cristiana. Aunque se presentan algunas variantes y diferentes nombres, su origen y su esencia son los mismos. Para conocer estos orígenes, tenemos que remontarnos hacia el medioevo, cuando la Iglesia Católica predicó la Buena Muerte, cuyos creyentes conformaron cofradías y congregaciones para evitar tener una Mala Muerte.
Por tales motivos y otros de índole histórica-epidemiológica, como la peste, la muerte tuvo una larga gesta católica que se remonta en Europa hasta el siglo XIII y se insertó en el Nuevo Mundo después de la conquista en sus distintas versiones en todos los virreinatos.
Su representación iconográfica fue manejada en cinco versiones: el cráneo con los fémures cruzados, el cráneo simple, el cuerpo humano casi etéreo, el semidescarnado y el esqueleto seco.
Sin embargo, entre los siglos XVII y XVIII, en algunos lugares de Nueva España y Guatemala la muerte ya había sido bautizada por algunos grupos, como San Pascual Rey, Justo Juez o Presagiadora; en tanto que hoy en día se le llama San la Muerte, la Santa Muerte, la Santísima, San Bernardo, San Pascualito Bailón, la Blanca, Niña o Hermana Blanca.

La Buena Muerte

La Iglesia Católica sembró en las mentes a todos sus devotos desde el medioevo estar preparados cada día en espera de la ineludible muerte, habiendo cumplido con todo un ritual: tener una vida de sacrificios, respetar los diez mandamientos, hacer testamento o profesión de fe contando con buena salud, confesarse, comulgar y recibir los santos óleos en las vísperas finales para obtener el perdón de sus pecados. Así también, el cuerpo en descomposición debía ser enterrado según el ritual judaico, anhelando la resurrección y la vida eterna, promesas básicas que dicho credo ejemplifico con la crucifixión de Cristo y la muerte de algunos santos. Por otro lado, el alma acompañada por San Miguel, aguardará el juicio final en el cielo, en el purgatorio o en el infierno.
El temor por la vida eterna en el averno representó una de las preocupaciones más grandes de los católicos. El mundo creyente vivió angustiado por tener una Buena Muerte y se organizaron en  cofradías, las cuales garantizaron a sus miembros el cumplimiento de todos esos servicios antes y después de expirar, recibir el hábito escogido para que el Santo en devoción lo sacara del purgatorio, y cumplir con la obligación de orar hasta el fin de sus días para salvar el alma de sus iguales, así como darle a su cuerpo un sitio cercano al altar. En el fondo, todas las cofradías tuvieron como objetivo proporcionar a sus miembros un seguro de Buena Muerte. La efigie utilizada por la Cofradía de la Buena Muerte fue el Calvario con la Virgen, María Magdalena y Señor San José, y este último fue conocido como su protector.
Cuando los fieles ricos no tuvieron descendientes o herederos, su alma se convirtió en la única beneficiaria sus bienes se dedicaron a misas, rosarios, oraciones, obras pías, etcétera, para su rescate. Se cuenta el caso excepcional del poblano Andrés de Carvajal, quien dejó pagadas 600,000 misas.
Éstas disposiciones fueron para aquellos que tuvieron algo que testar, ya que la mayoría no gozo de ellas por no contar con los recursos económicos, a decir de las actas de defunción; sus almas esperaron la compasión de sus familiares y de los demás cuando se rezó por el ánima sola. Aunque la muerte fue democrática, la Iglesia no, así que los pobres fueron enterrados en los atrios o fueron a la fosa común, ayudados por alguna Cofradía penitencial.
Entonces, la Mala Muerte, como contraparte de la Buena Muerte, significó no tener al alcance dicho sacramentos, morir súbitamente o por accidente, ser enterrado fuera de sagrado o no haber dejado en orden sus últimos deseos, lo que garantizó al creyente terminar eternamente ardiendo en las llamas del infierno, para su gran horror.

Iconografía católica de la muerte

La calavera cruzada por dos fémures
Según nos dice la Biblia, la muerte surgió cuando Dios castigo a los primeros hombres, Adán y Eva, entre otras cosas con la muerte y los expulsó del Paraíso en donde hubieran sido inmortales. Por lo tanto, para recrear dicho dogma junto al más importante de los misterios de la religión católica, la Pasión de Cristo por la redención de los pecadores y su resurrección al tercer día, los teólogos utilizaron el cráneo cruzado por dos fémures para simbolizar al padre Adán, y con él la mortalidad de todos los hombres y el memento mori; la calavera empezó a ser el icono en la base de todas las cruces y éstas representaron “el triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte”.
Por su parte, los piratas y corsarios tomaron el cráneo cruzado como metáfora de “peligro de muerte”, razonamiento que debían de hacer inmediatamente quienes enfrentaran con ellos; hoy en nuestra cultura alegórica continua teniendo el mismo significado.

La calavera simple
Por su parte, la calavera simple se utilizó como símbolo para promover entre los católicos la reflexión sobre la sabiduría de la muerte. Este emblema acompañó a los santos y ermitaños que se retiraron del mundo para filosofar sobre la proximidad de la otra vida y la vanidad de los bienes terrenales. El mismo Niño Dios como “Niño de la Pasión” o de “las Suertes” duerme sobre ella, figurando al recogimiento sobre su futuro sacrificio.


FUENTE: Revista Arqueología Mexicana

jueves, 16 de octubre de 2014

Condes de San Bartolomé de Xala

Hermosa casona que hoy funciona como Sanborns, en tiempos de la Colonia perteneció a uno de los condes más acaudalados, quien no escatimó recursos para construir su suntuoso palacio. Lo puedes visitar en el Centro Histórico del DF en la calle de Venustiano Carranza número 73.


domingo, 12 de octubre de 2014

La hermana de los Ávila

El convento de la Concepción fue de los primeros en ser levantados en la recién conquistada Nueva España, y por consiguiente, de los primeros en recibir como novicias a hijas, familiares y conocidas de los conquistadores españoles.
Durante aquella época vivían en la esquina de lo que hoy son las calles de Argentina y Guatemala, los hermanos Gil, Alfonso y doña María de Ávila; ella era una joven muy bonita y de gran elegancia, y esto sirvió para que tuviera pretendientes que no correspondían a su condición social. Entonces sucedió que la muchacha se enamoró de un mestizo de familia humilde, conocido como Arrutia, quien se aprovechó del amor que le tenía doña María para casarse, y así gozar de su fortuna y alcurnia.
Por obvias razones, los hermanos Ávila se opusieron rotundamente a que el mestizo cortejara a su hermana, en especial Alonso de Ávila, quien le prohibió buscar a su hermana; pero Arrutia con el mayor descaro le dijo que él nada podía hacer, si doña María lo amaba, y que poco importaba si se oponía, pues el corazón de la joven ya era suyo. Lleno de santa a ira, don Alonso fue en el acto a contarle lo sucedido a su hermano Gil, quien propuso que la mejor solución sería matar en duelo al oportunista, pero don Alonso pensó que no valdría la pena mancharse las manos de sangre porque solamente se trataba de un despreciable mestizo, y que lo mejor sería darle una pequeña lección. Después de meditar las cosas detenidamente, los hermanos decidieron ofrecerle una buena cantidad de dinero para que desapareciera de la capital de la Nueva España.
Al escuchar aquella jugosa propuesta, el mestizo aceptó sin pensarlo,  marchóse a Veracruz y de ahí a otros sitios; mientras tanto por dos años la desconsolada doña María sufría y lloraba sin consuelo.
Gil y Alonso, al ver sufrir y llorar a su querida hermana, la convencieron para que ingresara de novicia en un convento, pues tal vez en los rezos y la cercanía con Dios, la ayudarían a encontrar la paz espiritual. Finalmente eligieron el convento de la Concepción, y después de pagar como dote una fuerte cantidad de dinero; entonces la llevaron enclaustrar diciéndole que el mestizo, el amor de su vida y la razón de sus tristezas, jamás regresaría su lado, ya que sabían de muy buena fuente que había fallecido.
Sin mucho entusiasmo doña María ingresó como novicia al convento, en donde empezó a llevar una vida claustral, pero sin dejar de llorar su pena de amor, recordando al mestizo entre rezos, ángelus y maitines. Durante las noches, en la soledad de su celda olvidaba su amor a Dios, su fe y de todo lo religioso, para dedicar sus energías a pensar en su adorado Arrutia, el dueño de su corazón.
Pasó el tiempo, y mientras se encontraba recluida en el convento, se enteró de que su amado había vuelto, pues había regresado a pedir más dinero a los hermanos Ávila. Finalmente una noche, cuando ya no pudo resistir más aquella pasión que la quemaba por dentro, decidió quitarse la vida ante la ausencia de su amado. Sujetó una cuerda, se hincó ante Jesucristo para pedirle perdón, y acto seguido se dirigió hacia la fuente que había en la huerta del convento, amarró la cuerda una de las ramas del árbol de duraznos, volvió a rezar pidiendo perdón a Dios por lo que iba a hacer, y por último se lanzó para así dar fin a su vida.
A la mañana siguiente, la madre portera del convento la encontró muerta, balanceándose de un lado a otro con el viento. Los restos mortales de María fueron bajados y sepultados esa misma tarde en el cementerio interior del convento, y hasta aquí parecía que está triste historia de amor había terminado. Un mes después, una de las novicias vio una aparición reflejada en el agua de la fuente; pero esta no sería la única, pues dichas apariciones se volvieron cada vez más frecuentes, por lo que se llegó a prohibir a las monjas que salieran a la huerta después de que se metiera el sol.
Durante muchos años en el antiguo convento de la Concepción, que hoy se ubicaría en la esquina de Santa María la Redonda y Belisario Domínguez, las religiosas veían en la huerta aquella figura blanca y espantosa de doña María en su hábito, colgada del árbol de durazno. Así, durante mucho tiempo las monjas veían aquella figura espantable; de nada les sirvieron los rezos, las misas y duras penitencias, para que el alma en pena se alejara del convento.

domingo, 5 de octubre de 2014

Etapas constructivas del Templo Mayor


Últimas etapas

Lo primero que podemos ver es el empedrado de la gran plaza  o espacio sagrado, que tenía alrededor de 450 m por lado y contaba con 78 edificios en su interior. El empedrado al sur del Templo Mayor corresponde a la penúltima etapa constructiva (alrededor 1500 d. C.). Seguimos avanzando y llegamos a un descanso en donde hay una lápida colonial empotrada en el muro, y muestra la siguiente inscripción: “Estas casas eran de A1° de Ávila Alvarado, vecino de esta ciudad de México, el cual fue condenado a muerte por traidor; fue ejecutada en su persona la sentencia en la plaza pública de esta ciudad; le mandaron derribar estas casas, que fueron las principales de su morada. Año de 15…” Esto hace referencia a la conspiración que protagonizaron algunos hijos de conquistadores para liberarse de España y entronizar como gobernante a Martín Cortés, hijo del conquistador; pero los descubrieron y después de un juicio sumario se les condenó por traidores a la corona. El hijo de Cortés se salvó, pero los demás no tuvieron tanta suerte. Los hermanos Ávila-cuyas casas se ubicaban sobre el Templo Mayor-fueron decapitados en lo que hoy es el Zócalo. Quienes habían sido los autores de la destrucción del templo indígena que se levantaba en aquel sitio, ahora se les daba muerte sus casas eran destruidas; curiosamente, debajo de ella se encontraría en 1978, a la diosa Coyolxauhqui, también decapitada y desmembrada.
Si levantamos la vista, tenemos la plataforma que sostenía el templo, correspondiente a la etapa constructiva IVb, hacia 1470 d. C., es decir, bajo el gobierno del Axayácatl, quien en Tenochtitlán entre 1469 y 1481 d. C. Del empedrado de la plaza se subía a la plataforma por cuatro escalones en cuyos extremos hay serpientes con el cuerpo ondulante. Escalera se ve interrumpida por un pequeño altar llamado de las Ranas, por tener dos de estos anfibios, que son asociados al dios de la lluvia. Sobre la plataforma hay restos de las dos escalinatas que conducían a la parte alta del templo, en donde se ubicaban los adoratorios de Tláloc y Huitzilopochtli; los cuales están separados por alfardas que rematan en cabezas de serpiente, que por fortuna todavía conservan sus colores originales. Se puede apreciar también una copia de la diosa Coyolxauqui, pues la original fue removida y se puede admirar en el museo de sitio.
Debajo del piso de la plataforma fueron encontradas una cantidad considerable de ofrendas; las cuales consisten en un objeto o varios de ellos (algunas tenían más de 300) dedicados en honor del templo y de los dioses en el presentes. Se pueden hallar directamente colocados en el relleno de piedra y lodo que cubría el edificio para construir una nueva etapa, o en cajas de piedra con su tapa o inclusive dentro de cámaras. Los objetos eran colocados de tal manera, tanto en posición horizontal como vertical, pues su carga simbólica era muy específica; dichas ofrendas fueron colocadas en ejes importantes, como la unión de los edificios de Tláloc y Huitzilopochtli, a la mitad de las escaleras, en las esquinas del templo y en las partes medias de éste.

Etapa II

El recorrido conduce a una etapa anterior, de la que se conserva la parte alta del templo con los dos adoratorios. A nuestro lado derecho se puede observar el templo de Huitzilopochtli, y en la entrada del adoratorio la piedra de sacrificios. Algunas urnas fúnebres, encontradas debajo del piso, constituyen las piezas más antiguas halladas en el Templo Mayor.
En nuestro lado izquierdo está el adoratorio de Tláloc, frente a cuyo acceso se localiza la figura de un Chac Mool; los pilares que conforman la entrada se conservan en buenas condiciones y todavía se pueden apreciar los colores originales. Esta etapa se ubica en el año 1390 d. C. por el glifo 2 conejo que se ven el último escalón del lado de Huitzilopochtli, en eje con la piedra de sacrificios antes mencionada.

domingo, 28 de septiembre de 2014

México en el siglo XIX

Debido a la situación de la época, los criollos encontraron la gran oportunidad de concretar el sueño que tanto anhelaban: la independencia, que empezó desconociendo a Bonaparte como monarca español, y que se hizo más evidente en el altiplano con el grito de Hidalgo en 1810; el ensayo de libertad después de 12 años de lucha con un fallido emperador mexicano en el 21, y finalmente una auténtica República en el 23, con el primer presidente que adoptó un nombre falso, un seudónimo adecuado para semejante ocasión: Guadalupe Victoria.
En la historia de México, el siglo XIX fue el más intenso, después del de la conquista. Todo lo que no sucedió en trescientos años, ocurrió de golpe en cien. Un largo siglo que terminaría con lo que dejó a medias: una verdadera transformación social, la de 1910.
Comienza el siglo con la visita del barón alemán Alexander von Humboldt en 1803, aquel increíble intérprete de la naturaleza que en un año ya había inventariado cuatro millones de kilómetros cuadrados con sus riquezas, sus carencias y sus grandes desigualdades; indicándonos el desperdicio y el desaprovechamiento de nuestra enorme cantidad de recursos, y describiendo en su soberbio: ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Gracias a él, se supo por primera vez lo que éramos y tenemos al alcance de la mano. Cuenta Madame Calderón de la Barca, esposa del primer embajador español después de la Independencia, que a su paso por México, aquel Humboldt de 34 años se enamoró de la Güera Rodríguez, “más cautivado por su ingenio que por su hermosura”.
El siglo XIX se caracterizó por ser de los viajeros, de los descubridores y cronistas, y después de los fotógrafos. Todos descubrían maravillados nuestra nación, excepto nosotros, mexicanos independientes, liberales o conservadores, desgastándonos en cuartelazos y en profundizar en esa extraña novedad de una identidad independiente, de un carácter que tenía que ser propio. Para ello volvimos a fijarnos en lo extranjero, que al final no era más familiar. Ahora ya no teníamos que ser españoles de segundo tercera, parecía más fácil imitar a los estadounidenses o franceses, a quienes parecía irles tan bien en todo lo que hacían. Hasta nuestros días la identidad mexicana sigue siendo el acertijo predilecto de la sobremesa de sabios e intelectuales.
El siglo XIX fue el de la luz eléctrica, el fonógrafo, los primeros coches, el telégrafo, el teléfono, el ferrocarril, los tranvías eléctricos que atropellaban gente y caballos a montón; pero también fue el siglo de terribles epidemias de tifo, cólera, influenza; de algunos fuertes temblores, inundaciones catastróficas y el característico grito que se escuchaba cuando por las calles se iba: “agua va”, y de las ventanas salían volando hacia la calle los restos de las bacinicas con orines y excremento, debido a las malas cañerías de la ciudad.
En el siglo XIX uno podía observar la ciudad entera desde el Castillo de Chapultepec, esa ciudad que en 1880 llegó a tener 100,000 habitantes con sus pueblos, rancherías y haciendas todavía en las afueras de la ciudad: Tacubaya, Coyoacán, San ángel, la Hacienda de los Morales, etcétera. Se veía el paseo de la Reforma con la estatua de Carlos IV, mejor conocida como el “Caballito”. Se pueden observar también los volcanes y el valle, todavía se podía ver el único canal que sobrevió a la colonia: la Viga, desde Xochimilco hasta la Merced, al igual que lo que quedaba de lago de Texcoco.
Dicho siglo fue el de dos intervenciones devastadoras: la estadounidense en 1847, en donde Santa Anna perdió más de la mitad del territorio y la vida de los niños héroes. Y la francesa de 1862, con el triunfo de la batalla del 5 de mayo que cada año recordamos y que tiene una calle que pasa por detrás de la Casa de los Azulejos. Fue siglo de Maximiliano y Carlota, que nos dejaron su triste historia y la Calzada del Emperador, o llamado Paseo de la Reforma y unos músicos que juntos se hicieron llamar “mariachis”, del francés marriage.
En este siglo estuvieron presentes don Lucas Alamán, Manuel Ignacio Altamirano, Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera, Urbina, Tablada, Díaz Dufoo, entre tantos otros.
El siglo XIX también fue el de dos oaxaqueños impresionantes, uno más indio que el otro, soberbios, contradictorios y geniales cada uno a su modo, que nos marcaron para siempre: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Dicen que Juárez nunca aprendió a sonreír, y un Díaz que se desinfló con tanta medalla y pompa y protocolo para olvidar su origen zapoteca tratando de ser un francés absolutista y conservador. Con Juárez aprendimos que el vicio español de arrasar lo pasado para instaurar el presente había llegado para quedarse en nuestra conciencia nacional: con las leyes de Reforma se tiraron iglesias y conventos, entre ellos el primero de América y uno de los más soberbios de México: el convento de San Francisco, frente a la Casa de los Azulejos. Y Porfirio Díaz hizo lo propio con su moda francesa que “por ley” mandó deshacer fachadas barrocas y neoclásicas, y también tira de edificios enteros, mientras Carmen Romero Rubio de Díaz servía a sus invitados en el Castillo de Chapultepec menos rotulados en francés: huachinango á la voulavaise. La Casa de los Azulejos sufrió al decidirse abrir el segundo tramo de la calle de 5 de mayo en 1881, cuando se tiró una buena parte trasera de la casa para abrirle paso.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Fantasmas en la Casa de los Azulejos

Las historias que a continuación se presentan tienen que ver con estos raros sucesos inesperados, las que conocemos como manifestaciones del más allá. Todo sucedió en uno de los edificios más emblemáticos que hay en el Centro Histórico. Debido a su carga histórica y a la gran cantidad de personajes que estuvieron involucrados con este edificio, lo colocan como una estructura arquitectónica llena de magia y misterio.
Allí se desarrollaron sucesos trascendentes y determinantes para quienes la habitaron y también para trabajadores, visitantes y comensales que por alguna razón han llegado hasta sus instalaciones, para ser testigos involuntarios de la presencia de raros acontecimientos, que al parecer han quedado atrapados en el tiempo.

Historias del más allá
Las personas que ahí laboran, afirman que deambulan seres que por distintas circunstancias quedaron atrapados en el espacio-tiempo, y son los que reporta esporádicamente la gente; algunos son:
Una señora que llevaba trabajando tres años, habló sobre un hecho que le ocurrió cierta noche hace como dos años. En una ocasión le tocó ser una de las últimas meseras en retirarse, cuando le tocaba servir en el comedor de la parte alta del restaurante. Recuerda que vio de reojo a una persona parada inmóvil en la parte de atrás ese piso, en la zona que sirve para reuniones y celebraciones, y en ese momento no le dio mucha importancia, pero se extrañó cuando notó que aquella persona no salía; llena de curiosidad va a buscarla y no le encontró, parecía que se lo había tragado la tierra. Pensó que tal vez, en un descuido, aquella persona había salido y ella no se había percatado, pero no quedó muy convencida. Más tarde se lo comento a uno de los cocineros, quien sin extrañarse, le dijo que no se espantara, pues en ocasiones él también había visto cosas. Entonces, le comentó acerca de otro compañero de ese mismo turno, que en cierta ocasión había escuchado que se caían muchos trastes, pero cuando fue investigar todo estaba en calma. De la misma forma comentó lo “natural” que es el hecho de que objetos como tenedores, cucharas o servilletas se muevan o caigan frente a ellos.
Cierta mesera habló sobre un personaje que llegó y se paró junto a una de las mesas del segundo piso, por el corredor, y aseguró que varios testigos involuntarios que han hecho referencia a esa situación, pues se lo han indicado preguntándole, a lo que extrañada las meseras no saben qué contestar. También varias trabajadoras del restaurante, dicen que en las escaleras que llevan al segundo piso, han visto un personaje que se dice murió ahí hace años, cerca de los escalones de los baños.
Un señor que trabaja en el turno nocturno en el área de baños de caballeros, en una ocasión cuando revisaba los sanitarios junto con sus compañeros, y sin haber nadie más, les abren alguna llave del agua, o escuchan como si le jalaran la palanca los baños, pero al revisar no encuentran a nadie. Como esto sucede frecuentemente, aprendieron a tomarlo con normalidad.
Otro acontecimiento del que habló un cocinero, es que hay ciertos lugares del restaurante en donde a nadie le gusta estar, hace frío, y cuando les toca laborar en esos sitios, tienen una sensación incómoda, hay una energía negativa que quedó atrapada a través de los años.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Chiles en nogada

Eran tres de doncellas hermosas, y también tres mozos igualmente galanes. Dichos Mancebo serán los afortunados novios de estas damiselas. Ellos con todo ánimo andaban bajo la obediencia de don Agustín de Iturbide. Este hombre vino a México para responder ante las acusaciones graves que le hacía la gente principal de Querétaro y después de haber salido bien librado de sus cargos y tras las juntas de la Profesa, partió hacia el sur del reino, con la firme decisión de hacer la independencia de México y también, bajo sus banderas, se pusieron los tres apuestos mozos novios de las tres doncellas.
Estas bellas jóvenes de señorial distinción, vivían felices y tranquilas en la callada Puebla de los Ángeles; poblanos también eran los apasionados hidalgos, sus novios. Una de ellas alababa a su amado tanto por su elegante gallardía como por ser muy valiente. La otra engrandecía a su galán por ser esforzado y constante amador y porque cantaba magistralmente lindas canciones en las que jugaba la voz armoniosamente, y la otra, decía más halagos, ponderando a la vez su arrojo en los peligros y ser un devoto cristiano y en el amor humilde.
Estos tres galanes de Puebla se hallaban de guarnición en México, con su regimiento, retenidos por los rigores de la disciplina que les multiplicaba inconvenientes para no dejarlos ir a su apacible ciudad y darse el gusto de estar con las gentes de su familia y con sus respectivas novias, que en las misivas que les escribían, les decían que los aguardaban con grandes ansias del corazón y que sembraban fatigas con la esperanza de verlos.
Al fin los apuestos mancebos salieron con sus deseos y llegaron felices a la Angelópolis, con los corazones dilatados de gozo. Ellas bebían el raudal del deleite y ellos se llenaban de gran gozo con la vista de lo que adoraban. La alegría les repicaba en sus corazones festivas campanitas de plata. Las palabras eran toda una miel. A las ventanas de las tres doncellas iban por las noches sus galanes repitiendo amores.
Después de rezar la novena que hacían a la Virgen del Rosario en la suntuosa capilla de la iglesia de Santo Domingo, se iban las tres damitas a casa de una de ellas para platicar largo y tendido de sus galanes y los hermosos regalos que recibían de ellos. Para agasajar a sus novios a una de ellas se le ocurrió prepararles exquisitos manjares. Después de mucho discutir, una de las jóvenes sugirió mandarles un guisado estupendo que contuviera bien definidos y claros los colores del distintivo que portaban, que son los tres bellos colores de su bandera trigarante: rojo, verde y blanco. Entonces decidieron echar a la suerte que color le tocaría a cada una para decorar el platillo; la lluvia de ideas comenzó con el chile, jitomate, el queso, entre otros ingredientes. Tenían que inventar una cosa nueva y exquisita, nada que se encontraran recetario alguno, algo de un positivo valor gastronómico, como si fuese sacado de la fértil fantasía monacal o del grandioso cerebro del cocinero de su majestad imperial Carlos V. Si lograr ponerse de acuerdo, cada una se retira a sus respectivas casas, para mañana verse otra vez con ideas nuevas. Pidieron con fervor aquella noche a la Virgen del Rosario que les iluminara el entendimiento; le rogaron también a San Pascual Bailón, patrón eficaz de las cocineras.
A la mañana siguiente, un 28 de agosto de 1822, fiesta titular del señor San Agustín, las tres doncellas acudieron con ánimo alegre; se regocijaban en su espíritu como si vieran el cielo abierto. Se cubrieron sus ampulosas faldas con unos grandes delantales blancos, se comunicaron sus pensamientos y el gusto se asomaba a sus semblantes, conforme iban hablando. Los santos les habían dado su preciosa ayuda en negocio tan importante y delicado. Y aquellas delicadas manos de doncellas ricas, se empezaron a mover con singular gracia en los distintos menesteres que se habían impuesto para realizar aquella obra que iba a llevar un nuevo contento a los hombres.
Compraron dos docenas y media de chile poblano, que crujían deliciosamente al frotar, y su verde de tan profundo que era llegaba casi a los confines del negro, y tenían un olor que atizaba delicadamente la gula, alborotando violentamente el apetito. Con sólo olerlos se llenaba la boca de agua y el corazón de gozo. Tostaron aquellos chiles, después los arroparon por buen rato entre una servilleta bien mojada, y enseguida los despojaron de su delgado pellejito con gran cuidado, les hicieron una rajadura en medio no muy larga, para despojarlos de sus venas y semillas. En tanto, prepararon un rico aderezo; un suculento picadillo de lomo de cerdo, aderezado con especia fina, la puntita de ajo y dos hojitas de laurel, le añadieron también trozos de durazno, piña manzana, pera, pasas y almendras y unos pedacitos de acitrón. Con todas estas maravillas rellenaron abundantemente los chiles; después batieron huevos con singular destreza y bañaron cada chile en las pumas a mezcla, y uno a uno, los echaban en una cazuela con manteca bien caliente. Enseguida trituraron en el metate una cantidad bastante generosa de nueces de Castilla, moliéndola finamente hasta formar una pasta a la que se le añadió canela y azúcar, un chorrito de jerez; queso fresco, y para aligerar la masa la agregaron un poco de leche.
Toda esta mezcla se le vertió encima a los chiles, formando filas en torno de una fuente de porcelana que era parte de una vajilla suntuosa que trajo el galeón de Manila. Con lo cual salió a las mil maravillas la damisela que tuvo a su cargo el difícil color blanco. La del rojo también se llevó la gala, quedando como las propias rosas, al echar sobre la blancura de la nuez, una buena porción de granos de granada. La ingeniosa doncella a quien le correspondió el color verde, todavía colocó unas ramitas de perejil para darle un toque extra. Aquello era una alegre fiesta para los ojos. Y así quedaron bien dispuestos, los magníficos colores de la bandera, gracias al sutil ingenio de estas damiselas poblanas.
Quedo un plato de artística presentación y seguro provecho. Superaba a todo sabor y nadie lo podía censurar por picante, quedando este guiso plasmado en los recetarios de cocina para la posteridad.
Cuando los tres gallardos militares, novios de las muchachas, comieron de aquel magnífico manjar, los celebraron de manera muy entusiasta. No abrían la boca sino con encarecidas palabras. También a los frailes de San Agustín, por ser día de su santo patrono, les fueron enviadas dos preciosas fuentes con la magnificencia de sus chiles soberanos. Después de probar los religiosos aquel manjar, resonó todo el lugar con gloriosas aclamaciones, celebrando ese bocado inapreciable. Lo hacían los buenos frailes sino engrandecer esos chiles por sus perfecciones y encarecían sobre el oro las manos primorosas de aquellas doncellas que parecía estuvo gran tocadas de la gracia divina de Dios. Estos santos varones ayudaron, alegres a la celebridad de las tres damiselas, no hacían sino coronarlas de gracias al publicar sus grandezas, y aún las dirigían mil bendiciones y muchos de ellos se ponían llenos de gozo.
Pronto por toda la Puebla de los Ángeles, se extendió la famosa receta, siendo un éxito rotundo. No había persona que se perdiera el gusto de probar aquella joya culinaria.
Se sabe con precisión hasta en que casa se inventó la inminente receta de los chiles enojada, que fue gesta del mayor aprecio para Puebla: la que forma esquina con las calles de Micieses y Victoria.