domingo, 4 de diciembre de 2011

Los milagros de la Virgen de Guadalupe


La cantidad de milagros que ha hecho la morenita del Tepeyac a sus fieles devotos durante tantos siglos, son innumerables. En esta ocasión mencionaremos algunos de estos, que sin duda alguna fueron de los que más dejaron huella en nuestra historia. ¿Quiere saber de qué se trata?, entonces sigue leyendo.

El segundo milagro
En una ocasión había una fiesta llena de alegría durante la procesión por la calzada del Tepeyácac para acompañar a la Virgen, pero también hubo aun herido de muerte: en la ocasión en que se trasladaba la sagrada imagen al primer templo que se erigió su honor, en medio del sol en hicimos ceremonial, procesión nutrida seguida de gran número de indios que daban muestras de inusitado regocijo con alegres danzas y mitotes, simulaciones de combates y otras cosas por el estilo, en esos actos a uno de ellos se le disparó una flecha por accidente, que fuera clavarse en el cuello de otro indio, produciéndole la muerte instantánea; llevado fue hasta los pies de la imagen, acto seguido se le extrajo la flecha y milagrosamente volvían la vida, los ahí presentes quedaron estupefactos y después llenos de beneplácito del regio y nutrido concurso.
A este hecho se le puede considerar el segundo milagro Guadalupano, recordemos que la Virgen se aparece a los pies de un moribundo Juan Bernardino, tío de Juan Diego, para hablarle y salvar así su vida.

Las mandas y los milagros
La manda es una promesa que tenemos que cumplir como un pago por un favor celestial concedido; miles de personas llegan de rodillas durante el año, por la calzada de los Misterios hasta los pies de la imagen; exhaustos, heridos, la miran, levanta los brazos con su adolorido cuerpo, derraman lágrimas en compañía de su familia más cercana, de los amigos, y los más valientes van  solos. Antes de ponerse en pie hablan con la Morenita, le piden, les suplican o le da las gracias a gritos. Esta es la imagen que podemos ver de manera cotidiana en la basílica de Guadalupe.


La lámpara de aceite
Otro milagro, fue cuando un hombre que rezaba frente a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe le cayó sobre la cabeza una lámpara de aceite caliente que pendía del techo; no la pasó absolutamente nada a pesar del tremendo golpe, y lo curioso es que también la lámpara y el fuego salieron ilesos. ¡Asombroso! ¿No crees?

¡Este dolor me está matando!
Se cuenta también, que un hombre vivía atormentado por un terrible dolor de cabeza llovidos, pidió encarecidamente que lo llevaron al templo del Tepeyac, en donde se puso rogarle con toda la fuerza de su corazón para que lo aliviara. Al regreso del santuario ya no sentía dolor.

La Virgen quería luz
El licenciado Acuña se preparaba para iniciar su misa, en ese momento dos relámpagos salieron de la sagrada imagen, y acto seguido se encendieron las aceras del altar mayor de la ermita.

La terrible epidemia de Matlazáhuatl
Corría el año de 1737, cuando tuvo lugar la decimoséptima (peste) en la serie de epidemias que azotaron a la población de la Nueva España desde la Conquista española, siendo ésta una de las peores de que se tenga registro. La capital agonizaba, las crónicas nos relatan que una pira funeraria ardió por más de tres meses con los cadáveres de aquellos que murieron aniquilados por la fiebre, dejando la ciudad impregnada de un hedor insoportable. Los muertos finalmente llegaron a la cantidad de 40.000 en total.
Como lo largo de la historia siempre ha sucedido, los indios y los pobres llevaron la peor parte, y las autoridades eclesiásticas argumentaban que estaban pagando por sus antiguos pecados y su idolatría; pero la epidemia no sólo fue la capital de Nueva España, pues también se extendió a los estados de Puebla y Oaxaca, cobrando también miles de vidas.
Viéndose presas de la desesperación, decidieron recurrir a la ayuda del Cielo, inicialmente se pensó traer a la Virgen de Guadalupe a la Catedral, pero esto nunca se llevó a cabo. Fue cuando el ayuntamiento, entonces solicitó la intervención divina de la Niñita Celeste, solicitando al arzobispo que se reconociera a Nuestra Señora de Guadalupe como la patrona principal de la capital. Después de miles de peticiones, la peste finalmente cedió, y la Morenita del Tepeyac fue declarado oficialmente por las autoridades como la gran patrona.

Sólo cinco años
Juan B. Galindo se encaminaba a la villa de Guadalupe, como cada 12 septiembre con su padre y su hermano, desde el Río Grande, Texas. Siempre con una manda por delante siguieron por 30 años esta tradición, hasta que murió su padre a los 55 años, después su hermano también a los 55 años. Juan siguió cumpliendo con sus mandas cada 12 septiembre en nombre de los tres, pero cuando su cumpleaños número 55 se acercaban, temió por su vida; entonces le pidió a la Morenita le concediera cinco años más de vida para terminar de educar a sus hijos.
El 12 septiembre 1996, al subir el último escalón de la Basílica, desde donde ya podía ver la imagen de la Virgen, Juan sintió un golpe en el pecho, su sobrino lo ayuda  a recostarse y antes de morir alcanzó a meter la mano en el bolsillo de su pantalón para coger la medalla de oro de Guadalupe que pertenecía su padre. En la fecha antes mencionada, se cumplían los cinco años de la promesa, ni un día más, ni un día menos.
Éstos sólo son algunos de los milagros más importantes que se han registrado en torno a la Virgen de Guadalupe, pues si intentáramos contabilizarlos y mencionarlos todos, simplemente nunca terminaríamos, podríamos pasarnos una vida entera hablando de ellos, y aún así siempre tendríamos mucho que contar.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Los Santos Arrodillados


Una de las leyendas coloniales de más fuerza y belleza conceptiva de los santos arrodillados; la dosis que tiene de sobrenatural, es en verdad escalofriante, y puede compararse en su estructura a la mejor relación de la mitología griega. Según se relata en los documentos antiguos, los extraños hechos sucedieron en la vieja iglesia de Santa Catarina Mártir, que hoy existe a un lado de Santo Domingo, sobre la calle de Brasil. Los devotos acudían diariamente a ese santuario, donde oficiaba el cura don Gabriel Denia, entre los asistentes se encontraba la familia del regidor de la ciudad, don Félix Salcedo de Villalba, acompañado por el Licenciado don Martín Zimbrón.
Aunque se rumoraban muchas cosas sobre el sacerdote, ya que era un hombre muy misterioso en las cosas que hacía, era muy querido por toda la comunidad por su implacable fe y devoción.
El templo de Santa Catarina estaba lleno de fieles, como era costumbre, oficiando la misa el padre Denia, muy querido por todos por su gran devoción y tenía la gran cualidad de que sus palabras dulces llegaran a lo más profundo de los corazones; al terminar las misas aquel día, el sacerdote se dispuso a irse a su casa con paso lento, y en cualquier sitio los devotos le demostraba su cariño. Horas después las tinieblas envolvieron la ciudad, eran las 12 de la noche, la hora en que se dice de los muertos suelen abandonar sus tumbas, y una sombría silueta se desliza lentamente, en dirección al templo de Santa Catarina; de pronto, ruido de voces y carreras hicieron que el misterioso personaje se replegara contra la pared, quien resultó ser nada menos que el padre Denia, ¡qué sorpresa se llevaron los de la ronda!, pues ellos creían que ya habían atrapado al criminal que andaban buscando, el jefe de ronda al darse cuenta de la distracción de ver al santo varón, montó en cólera al ver que sus hombres olvidaban al prófugo.
El padre se dispuso a entrar al templo rezar, cerrando tras de sí la puerta con un lóbrego chirrido, y se dedicó a quién sabe qué extrañas prácticas dentro del templo; mientras tanto don Fernando de Rojas, alcalde de la cárcel fue informado de la fuga del criminal que andaban persiguiendo, y también del encuentro con el cura de Santa Catarina a tan avanzadas horas de la noche.
Lleno de curiosidad, el alcalde ordenó que Denia fuera vigilado, y cuenta la conseja, que las incursiones nocturnas del padre se hicieron cada vez más frecuentes; en las horchaterías, que eran el centro de reunión en aquella época, no se hablaba de otra cosa: unos decían que el buen hombre hacía ritos espantosos, otros más que se flagelaba ante el altar mayor, y muchas otras cosas más.
Las suposiciones de lo que hacía el cura de Santa Catarina en el desolado templo, se volvían cada vez más escalofriantes, lo cierto era que estaba cada día más pálido, y sus carnes apenas alcanzaban para cubrir sus huesos, lo curioso del caso era que casi no dormía y su comida era muy austera, pues decía que su alimento era el espíritu del señor; la gente al verlo con tal vigor en su Santo Oficio ser que aquel hombrecillo enclenque, hubiera pasado toda la noche en vela.
Entretanto en la residencia del regidor don Félix, se hacían preparativos para una fiesta, a la cual asistirían las personas más importantes de la sociedad, y se llevaría a cabo esa misma noche. Llegó la hora del evento, y don Félix con sus amigos platicaban en un rincón, mientras los invitados comenzaron a bailar; entre las múltiples cosas de las que hablaron fue el padre Denia y sus costumbres. Para desentrañar aquel misterio de una vez por todas, los caballeros planeaban esconderse en algún sitio del templo y aguardar hasta que llegan a las 12 de la noche; en tanto, la fiesta continuaba de lo más amena, prolongándose hasta las primeras horas de la madrugada.
Serían las cinco de la tarde del día siguiente cuando  el  licenciado Zimbrón llegó en busca de don Félix, para llevar a cabo el plan que habían ideado la noche anterior; los dos amigos se dispusieron a ir a misa a las seis de la tarde, pero ya se encontraba la mitad cuando tomaron asiento cerca de los confesionarios; poco a poco la Iglesia se fue quedando desierta y a los pocos momentos escucharon que la puerta de la sacristía también era cerrada. Por fin los caballeros se encontraban solos en el templo, ahora sólo les quedaba esperar, ambos estaban sobrecogidos de expectación, de vez en cuando se sobresaltaban por el chisporroteo de alguna lámpara.
Por fin dieron las 12 de la noche, y casi simultáneamente las puertas crujieron en el interior de la iglesia, abriéndose de pronto la de la sacristía, el padre Denia se hincó fervorosamente ante el altar mayor, después silenciosamente prendió las velas del altar, luego arrodillosé nuevamente frente a éste, mirando con misericordia infinita a la virgen María y a Cristo sangrando en la cruz; entonces entonó con fervor el primer padre nuestro. Los dos caballeros miraban expectantes desde su escondite, y contemplaron a los santos inmóviles en sus altares; de pronto sintieron que la sangre se les helaba en las venas, porque sin que se diera alma viviente alguna, millares de voces contestaron al resto del padre Denia. Sobrecogidos de terror buscaron con la mirada la procedencia de aquellas voces, las preces fueron tornándose más y más claras; los susurros poblaron el templo, alternando con los restos del cura.
Conforme avanza el aterrador rosario, las ánimas del purgatorio que eran las que pronunciaban aquellas voces, tomaron forma impalpable y los santos y vírgenes empezaron a bajar de sus altares; acto seguido se arrodillaron detrás del padre Denia, uniendo sus oraciones a las de las ánimas del purgatorio. Los dos hombres no daban crédito a sus ojos ante semejante visión.
De las bocas de madera de los santos, brotaban los rezos, dibujando sus caras esculpidas, rictus de dolor y de piedad, el murmullo se hacía cada vez más imponente, las voces desgarradoras por maman un espectáculo único, escalofriante e increíble. Don Félix no pudo soportar más tiempo, y presa de espanto terror, rodó por el suelo sin sentido, su amigo no tardó mucho en hacerle compañía.
El mar de voces que llenaban el santuario cesó al escucharse en la nave el terrible grito del regidor, el padre fue a ver qué pasaba, y cuál no fue su sorpresa cuando al encontrar a los dos caballeros tirados en el suelo; el buen cura trató de reanimarlos con dulces palabras, pero fue vano, estaban como petrificados por efecto de la insólita visión del Rosario de las ánimas. El padre se asomó a la calle y para su buena suerte la ronda se acercaba la iglesia de Santa Catarina; acto seguido fue a solicitarles ayuda para que llevaran a los dos amigos a sus respectivos hogares, aquellos temerarios fueron cargados varias calles antes de recobrar la lucidez.

Pasaron varios días a partir de aquella tremenda aventura, y el regidor se puso cada vez más enfermo, el médico no se equivocó con su diagnóstico, porque aquel pobre hombre era presa de la locura, hasta que la muerte piadosa terminó con las alucinaciones que sufría. Su esposa doña Teresa y su hija permanecieron muchas horas rezando ante su tumba.
En cuanto a la suerte del licenciado Zimbrón, cuenta la leyenda que tomó los hábitos en el convento de San Francisco, pero su salud fue decayendo poco a poco, y por las noches, casi siempre al sonar las 12 de la noche escuchaba las voces de las ánimas, nunca lo dejaban en paz; entonces solía levantarse para hacer un extraño suplicar al Cristo de su cabecera: que le concediera la gracia de morir para acabar con su sufrimiento, tiempo después sus ruegos fueron escuchados por el cielo.
Aquellos sucesos hiciéronse famosos en todo México, y el padre Denia siguió oficiando en Santa Catarina por muchos años.
¿Espantable? Ciertamente, y triste fin de los dos osados caballeros. ¿Qué no es posible? ¿Y por qué no? Y si alguna vez llegas a pasar cerca de la iglesia de Santa Catarina y escuchas a un grupo de personas rezando, ¡no se te ocurre entrar!, si no quieres tener el mismo destino que don Félix y su amigo. Recuerden amigos lectores que la próxima semana tenemos una cita en este mismo lugar y a esta misma ahora.


domingo, 20 de noviembre de 2011

El pasado azteca bajo la ciudad colonial


Los descubrimientos arqueológicos cobraron tal importancia, que han dado interpretaciones más firmes sobre  la monumentalidad de los recintos sagrados de Tenochtitlán, la variedad de materiales utilizados por los antiguos mexicanos, la organización  del trabajo  para las obras públicas, su creatividad técnica  y artística en el área urbana de la arquitectura y escultura.
A lo largo del tiempo, en el Centro Histórico se han hecho muchos trabajos, ya sea de mantenimiento o remodelación, en donde se han encontrado importantes lugares  simbólicos, religiosos y domésticos, y que nos han abierto una puerta hacia  cosas que nunca hubiéramos imaginado; algunos delos lugares que han sido excavados son: Palacio Nacional, Palacio del Arzobispado, Colegio de Cristo, Casa del Apartado, la Catedral, ex Convento de Betlemitas, entre otros más.

Casa del Marques del Apartado
Durante la época prehispánica, este sitio formó parte del recinto ceremonial  de México – Tenochtitlán, y según las crónicas, pertenece al templo de Coateocalli (“diversos dioses”), o el  de Cihuacóatl.
Para la segunda mitad del siglo  XVIII, don José Francisco  de Fagoaga  y Arozqueta, vizconde de San José, entonces Apartador de oro y plata  de la Nueva España, compró una parte del solar de los Acevedo  y encargó al arquitecto valenciano Manuel Tolsá el proyecto de construcción de la casa. En 1881 era propiedad de Cayetano Rubio; 1883 la compró la familia Mier, y en 1886 fue vendida a Manuel Moncada, quien un año más tarde separó una parte de la construcción que registró con el número 9 ½ (Registro Público de Propiedad). A su fallecimiento en 1900, fue adquirida por el gobierno en 220 mil pesos, se llevaron a cabo trabajos de restauración a cargo de capitán de ingenieros Porfirio Díaz hijo.
Durante esa época se encontraron dos piezas arqueológicas de gran importancia en el patio  central: un ocelote y una serpiente, así como las escalinatas de un basamento  prehispánico, excavación que fue encomendada al arqueólogo Leopoldo Batres. Para 1985 fue encontrada otra escultura  de mayor tamaño, sin duda una de las piezas más importantes del arte mexica, que confirma la utilización de aquel sitio como  templo sagrado de Tenochtitlán. 

Betlemitas
Fue una orden religiosa americana, creada en la Cuidad de Santiago de los Caballeros, hoy Antigua Guatemala; en 1653, a instancias del lego franciscano Pedro Joseph  de Betancurt, para alivio de los enfermos convalecientes, asistencia a menesterosos y primera letras a infantes; aprobada por Clemente XI el 3 de abril de 1710. Fundaron una gran cantidad de conventos y hospitales femeninos y masculinos en muchos países americanos, así como también en ciudades coloniales de México.
El proyecto de excavación que se llevó  a cabo en el Centro Histórico, tenía por objetivo llegar hasta el suelo del siglo XVIII, que era el nivel requerido para la restauración, pero durante los trabajos, se pudo apreciar los usos que tuvo el predio a lo largo de todo este tiempo, en donde alguna vez albergó el ex Convento Hospitalario de Betlemitas de la Ciudad de México, desde el siglo XX hasta su última ocupación azteca hacia 1520.
Los hallazgos más importantes que surgieron  fue el hallazgo de una deidad azteca, el Dios del Fuego Xiuhtecuhtli, y otros elementos asociados, como figurillas y varias copas  pulqueras con huesos cremados en el interior; lo más posible es que fuera el área ceremonial de un barrio mexica.

Las investigaciones hechas en el Centro Histórico, además de enriquecer y nutrir de evidencias  a la obra de restauración, es un importante aporte para la arqueología histórica y urbana. La ciudad de México cuenta con muchos ejemplos arquitectónicos relevantes que por la gran cantidad que son, tardarán mucho tiempo en ser investigados a profundidad.
El rescate de información histórica nos permite conocer como era el funcionamiento de la cuidad, cuando existían canales y embarcaciones, las actividades cotidianas; hasta descubrir que siempre entre los habitantes la higiene brillaba por su ausencia, a lo que las autoridades de la época, decidieron  cerrar los canales de navegación  y comercio  que por muchos siglos dieron  vida a la fisonomía de esta antigua ciudad azteca y capital virreinal.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Los penitentes de San Hipólito (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo y Alameda Central)


Real verídico e histórico, es este relato  que los siglos han convertido en una escabrosa y espantable leyenda; los hechos abarcan los siglos XVI y XVII, sus datos fueron extraídos de libracos y antiguos documentos coloniales.
Allá por el primer cuarto del siglo XVI o sea en 1524, llegó a la capital de Nueva España un joven aventurero llamado Bernardino Álvarez, hijo de cuna humilde no traía bienes ni fortuna, sino un deseo de vivir y de aventura; era natural de Utrera España y tenía la edad de 20 años, de regular apostura y agradable talante, súpose que allá en su tierra y en Sevilla había dejado deudas de amores, dinero y otras cosillas con la justicia. Así es que huido propiamente de España, venía a la capital en busca de amores, aventuras y fortuna, Bernardino Álvarez parecía oler  la aventura  y los fáciles amores, así es que entró confiado a una hostería de “El oso y el cisne” en busca de placer algo nuevo; se le acercó una tabernera para tomar su orden, después ésta se alejó  moviendo las caderas y con otros movimientos igualmente provocativos, el joven consideró que aquella era su hembra, así que a su regreso con el vino comenzó la faena que había premeditado con pedir hospedaje, la hostelera que era conocida como la Bernarda, instaló al joven Bernardino en la mejor habitación de la hostería.
El vivaz Bernardino no tardó en llamar a la fogosa tabernera, el  joven  le ofrecía caricias mientras ella  pagaba con besos, también con vinos y alimentos; todo iba bien hasta que una noche el marido de la Bernarda los sorprendió en el lecho, dejando embarcada con el problema a la hostelera, el hombre huyó del “Oso y el cisne” para siempre. Poco después, huyendo de otros amores y varias deudas que tenía, decidió conseguir plaza de soldado, y quiso la suerte que fuera enviado lejos  de la capital a la región de Zacatecas, donde era necesaria la milicia, no apenaba Bernardino  la jornada, antes bien, apresuraba el paso para alejarse lo más pronto de la capital. ¿Pero, que iba a hacer de soldado en Zacatecas un joven loco, aventurero y desleal como él? 
Afecto al juego de azar, Bernardino inducía a otros soldados  a jugar a los naipes y no gustaba de perder, sino de ganar y para eso hacía trampa  y pedía prestado, desencadenando las pendencias y reyertas que a veces resultaban  trágicas, dolorosas y sangrientas. El castigo de Bernardino  por todos sus problemas legales, amoríos, riñas y deudas, era pasar largos periodos  en el calabozo. Pero si sus malos modos y trampas  hicieron víctimas entre la milicia, lo mismo o peor ocurrió entre los civiles, dejando a muchos heridos  en alcobas conyugales y oscuros callejones. Habían transcurrido  varios meses y el joven creyó que sus hazañas y engañifas estaban olvidadas, desertó del ejército español y regresó a la capital, pero más tardó en arribar que en volver a las andadas, aunque ahora con menos suerte, pues se le alcanzó a capturar por el robo de joyas a una dama, al que Bernardino  dio su declaración de la manera más cínica y elocuente, argumentando que el pago era justo ya que las caricias que le había dado eran jóvenes y fuertes, considerando justo el pago.
Y ocurrió que la anciana madre de Bernardino, que acababa de llegar de España siguiendo al hijo, lo encontró en prisión, él le prometió a la pobre mujer que saliendo de su encierro se volvería un hombre de bien y de trabajo, pero pese a los ruegos y lágrimas de su madre, el joven no entendió y continuó en las andadas, sobre todo en aventuras de adulterio, pero así como en sus fechorías otras no tuvo suerte, en el terreno amatorio tampoco, pues cuando fue descubierto por el esposo junto con la mujer en el lecho, el primero venía dispuesto a limpiar su honra, pero al fin tenso, joven y vigoroso Bernardino logró desarmar al ofendido marido y herirlo con el puñal. Escapaba el joven a toda velocidad, cuando a los gritos del amo acudieron los criados y detuvieron al burlador y heridor, fue arrestado no solo bajo el cargo  de lesiones, sino por el adulterio de que lo acusó el marido ofendido; y Bernardino fue a dar de nueva cuenta a la cárcel, esta vez según se pensó que por un largo tiempo, pero la prisión no contuvo por muchos días al joven, pues inesperadamente fue puesto en libertad.
Y la mujer, su amante orgullosa de que el disputara con el puñal su amor, le ayudó a salir de la prisión pagando la fianza y gracias a las influencias que tenía en la corte, la mujer además de su libertad le entregó dos talegos llenos de monedas de oro, para que su amado pudiera un negocio o una hacienda para marcharse y vivir a  su lado, cosa que Bernardino estaba muy lejos de hacer.
Y así fue cuando por fin tuvo una fortuna en sus manos, creyó que no era tiempo de echarse compromisos, con el oro en sus manos, el joven hacía planes mientras se dirigía a la humilde casa de su madre. Una vez en su casa, le dijo a su progenitora de sus intenciones de ¡marcharse al Perú  en busca de la fortuna que no logró hacer en Nueva España!, la mujer conociendo las mañas de su hijito sabía que a donde quiera que fuera iba a hacer exactamente lo mismo, preocupada trató de persuadirlo para que se reformara y fuera hombre de bien, cosa que no pudo lograr; pero antes de partir su señora madre le hizo cumplir el siguiente juramento a su debido momento: el día que él hubiera cambiado, irían ambos  a una procesión a dar gracias a Dios, la cuál debería ser la más solemne, aquella en que se ofrece en sufragio de soldados y conquistadores muertos. Tal vez ese juramento fue dicho con sinceridad, o sin ganas de cumplirlo, nadie lo sabe, pero lo que si era un hecho es que debía de cumplir su promesa estuviera donde estuviera.
Bernardino Álvarez se instaló en el Perú a todo lujo, dándose una vida regalada y de gran señor; pronto vio que había oro en abundancia en esas tierras, comprándole y cambiándole a los indios peruanos muchos quintales de oro, de este modo enriquecido, comenzó a dilapidar en orgías y ruidosas francachelas. Tenía criados y sirvientas, solía pasear por Lima  dentro de una de las carrozas más lujosas del lugar, tuvo como amantes a las más bellas mujeres, a las que regalaba con largueza oro y joyas; larga y dispendiosa fue su vida de crápula y de vicios, hasta que un día le llegó una carta de su amada madre.
Bernardino creyendo que algo malo ocurría a su anciana madre, abrió la carta y la leyó con avidez, y a medida que avanzaba en su lectura, sus manos temblaban de emoción y sus ojos se llenaban de lágrimas, era una carta conmovedora  que lo hizo estremecerse hasta lo más profundo de su alma, el joven oprimió con amor, con dolo mezclados aquella carta conmovedora de su madre y sintió aborrecer a su amante que se encontraba con él en ese momento, y acto seguido la hecho de su alcoba de muy mal modo. Una vez que hubo salido la incrédula mujer, Bernardino hundió la cara entre la almohada y comenzó a gemir y a llorar dolientemente, arrepentido de la vida que había llevado, decidió por fin enderezar el camino y volverse un hombre de bien.
Nadie supo en realidad el contenido de la carta dela anciana, pero el hecho es que al día siguiente el joven era otra persona completamente diferente; comenzó repartiendo limosnas a los mendigantes, gran parte de su fortuna amasada con el robo y el engaño fue a dar a manos de frailes y seglares, no hubo mejor ni más generoso protector  de enfermos y hospitales para pobres.
Algunos meses debieron pasar antes de que Bernardino repartiera entre los pobres, enfermos y religiosos su fortuna, cuando terminó de hacerlo dejó Lima y se dirigió como humilde peregrino  hacia el puerto de Callao, allí aguardó  a que un navío español hiciera rumbo al puerto de Acapulco, embarcándose con destino a la Nueva España, dispuesto a demostrar a su anciana madre que había cambiado, que el milagro estaba hecho.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue ir a la casa en donde vivía su progenitora, pero se encontró con que estaba cerrada y sin la anciana, abandonada y sin nadie en la capital  de Nueva España, entonces unos vecinos le informaron que hacía  meses que su madre había muerto sola y abandonada, con el alma lacerada de dolor, Bernardino  se alejó por la calleja triste y sola.
Arrepentido de sus culpas  y de su vida disipada y de no haber visto morir a su madre, Bernardino se dedicó a curar enfermos ingresando como curandero voluntario en el entonces Hospital de la Purísima Concepción de Nuestra Señora (Hoy Hospital de Jesús); no hubo mano más cariñosa  y dispuesta a calmar  el dolor de los enfermos, que aquel ex pecador, y fue tanta caridad y amor al prójimo, que las órdenes religiosas se lo disputaron para que entrase a su convento.
Finalmente en 1566, cuando ya Bernardino tenía 62 años de edad, vio coronados anhelos con la protección de los linajudos don Miguel Dueñas y Doña Isabel de Ojeda, obtuvo en compra un solar cerca de la Ermita de Juan Garrido; esta ermita  fue levantada por Juan Garrido  con la ayuda de los conquistadores para honrar la muerte de los mártires hispanos, pues a los soldados caídos se les tuvo con este concepto, debido a la aciaga noche de derrota hispana conocida como “La Noche Triste”. Fundó allí Bernardino  lo que llamó asilo para dementes, los envidiosos los llamaron “El Hospital  de Locos de Bernardino”, porque este hombre  ya anciano daba albergue a los dementes en ese sitio; también admitía  en ese asilo a hombres humildes y aventureros  llegados de España y a quien llamaba “Polizontes”, paternalmente el anciano les buscaba trabajo o los convencía para que regresaran a España, pues Nueva España ya no era tierra de conquista.
Y un buen día el benefactor de locos, el aventurero, el cínico, el arrepentido Bernardino Álvarez falleció, su alma se elevó al cielo, perdonado por haberse hecho  bueno ya no alcanzó a ver su anciana madre; y cuenta la leyenda que entre sus labios ya difuntos, adivinábase un juramento, una frase que no escuchó a quien iba dirigida. Sin  lujos ni pompas, casi sin lloros fue sepultado aquel hombre fundador  y creador del hospital para  locos.
Los años pasaron, el hospital fue reedificado  y la ermita pasó a ser Templo de San Hipólito, que podemos ver hoy en día sobre la Avenida Hidalgo; entonces para celebrar la conquista  de la gran Tenochtitlán, cada 13 de agosto se llevaba a cabo una solemne procesión encabezada por el virrey, la cual partía desde las casas de Cabildo y concluía en  el Templo de San Hipólito donde se celebraban los oficios religiosos, tocaba  a un distinguido caballero portar el pendón  y aquel año de 1666 le tocó al corregidor, pero este año sería diferente a todos. ¿Por qué? Sigue leyendo.
Un alguacil mirando  que una pareja no alzaba la vista ni cantaba ni rezaba en voz alta, osó llamarles la atención, pero cuando estas personas levantaron el rostro, el terror del alguacil fue mayúsculo al ver que se trataba de nada menos que de ¡muertos!; aterrorizado huyó del grupo lanzando horribles gritos. El bullicio de rezos , gritos y rezos  opacaron los gritos del alguacil, y madre e hijo, que no eran nada menos que Bernardino  y su progenitora, se dispusieron a entrar a la templo.
Y  como había  jurado, la madre y el arrepentido transformado cumplieron su promesa. El anciano fray  Tomás de Orantes fue el que escuchó de las bocas descarnadas de los muertos su secreto, solo así  se supo más tarde que esos horribles penitentes de San Hipólito, habían sido Bernardino Álvarez y su madre. Muchos vieron salir a las pareja de cabizbajos  penitentes, que después de confesar al fraile abandonaron el templo y se perdieron en las sombras de la calle para siempre… su misión en este mundo estaba terminada.
La construcción que aún podemos ver y que tiene el número 107 de la hoy Avenida Hidalgo data del año 1739, con algunas reformas y ampliaciones fue estrenada  o inaugurada oficialmente en 20 de enero de 1777; el edificio que antes fuera asilo para locos, ha tenido muchos usos: fue alternativamente cuartel, se alquilaron accesorias, hospital militar, sanatorio municipal, escuela de medicina, tabacalera y actualmente existen locales comerciales.
Tal es la historia de un edificio hospitalario de un hombre que se redimió como otros santos varones, y de un juramento arrancado en un momento en que el lama de un pecador tal vez estaba dispuesto al arrepentimiento y al perdón de Dios. 

domingo, 6 de noviembre de 2011

La iglesia de San Hipólito


Fue fundada para recordar la huida y derrota de los españoles  en la llamada Noche Triste, debido a que sufrieron pérdidas casi irreparables a manos de los aztecas guerreros de la ciudad; se puede apreciar una placa alusiva sobre estos trágicos hechos por parte de los conquistadores en la esquina del atrio.
Las crónicas de Cervantes de Salazar nos cuentan que allí estuvo la quinta cortadura o foso que existía para la defensa de la Calzada de Tlacopan; y uno de los sobrevivientes de aquella acción, llamado Juan Tirado, fundó  una capilla y después Hernán Cortés y sus compañeros mandaron hacer una iglesia para conmemorar el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, fecha en que fue tomada la ciudad de México – Tenochtitlán.
Podemos apreciar que la fachada de esta iglesia está adornada con hermosos tapices de argamasa o mezcla calados primorosamente, que también se le conocen como ajaracas de origen mudéjar. El monumento de la cerca ejecutado en relieve, es obra del notable arquitecto mexicano del siglo XVIII José Damián Ortiz de Castro, en donde presenta a un indio con una vestimenta de plumas que es arrebatado por un águila  y transportado por los aires; según nos relata el cronista Durán, este simbolismo hace referencia a uno de los augurios que dicen tuvo Moctezuma II, en donde se anunciaba la caída  de Tenochtitlán.
El recinto de San Hipólito fue muy amplio, ocupó gran parte de los campos baldíos que circundan  la ermita de los Mártires, y con ese fin fue cedido por el Ayuntamiento. El Hospital que ahí se construyó fue destinado para  enfermos, ancianos y locos, poco después fue usado exclusivamente para atender a estos últimos. Fue el  primer hospital para Dementes creado en América, fundado en 1566 por Bernardino Álvarez,  y en 1904 fue demolida la mayor parte para abrir la primera calle de los Héroes, esto se hizo debido a las no muy largas gestiones  de Joaquín D. Casasús para darle importancia a la casa en que vivía. ¿Qué fue de los pobres dementes? Fueron trasladados  primero a San Pedro y San Pablo, al viejo Colegio de San Gregorio, después en 1910 al manicomio de la Castañeda.
Debido a que frente a San Hipólito había un gran espacio sin ocupar, se estableció un mercado, al que se le conocía como tianguis de San Hipólito, se colocaba los jueves y viernes; donde llegaban indios, mulatos, mestizos y negros de las poblaciones aledañas, que llegaban acarreando animales o montados ellos para comprar o vender o carros tirados por estos. Este mercado era competidor con el de la Plaza Mayor. Al oeste del tianguis se instaló un pequeño quemadero, conocido como de San Hipólito, se le dio este nombre para distinguirlo del de San Lázaro; el de San Hipólito se encontraba rodeado por una barda, sobre el piso había sido bien afianzados postes de madera con argollas de hierro, a las cuales eran atados los pobres infelices que iban a ser condenados a la hoguera, acusados por la Santa Inquisición.
La iglesia de San Hipólito contaba con un hospital para dementes, que fue el primero que hubo en su tipo en América, el cuál se encontraba en el edificio adjunto que, fue fundado por Bernardino Álvarez. Actualmente en este lugar podemos encontrar pequeños comercios, viviendas y bodegas, cuyo patio vale la pena ver, si es que te dejan claro está pues yo solo logré verlo un poco cuando pasaba por casualidad y la puerta se encontraba abierta.
Bernardino Alvarez tuvo una apacible muerte el 12 de agosto de 1584, cuando las campanas repicaban con alegría las celebraciones de San Hipólito; los fieles de seguidores y discípulos de la obra de amor y piedad del fallecido, consiguieron en 1585 que su santidad el papa Sixto V instituyera la orden hospitalaria de los Hermanos de la Caridad, que después entre la gente eran mejor conocidos como Hipólitos. “El orden de La Caridad de San Hipólito fue flor de efímera duración en el campo de la Iglesia. Nació en la Nueva España, lozano y vigorozo, efecto, más que de su final destino, de las circunstancias en que su pueblo se hallaba por aquellos días; de donde resultó que se extendiera en este suelo, sin enraizar en los extraños, y aquí mismo murió”.
El virrey don Antonio María de Bucareli y Ursúa ayudó a mejorar las condiciones tan deplorables en que se encontraba el Hospital de San Hipólito, pues debido a la pobreza en la que se encontraban no les era posible que atendieran bien a sus enfermos.  En 1821 el Ayuntamiento se hizo  cargo de este lugar por desgracia, ya que los bienes con los que contaba fueron a  parar a manos deshonestas, esto con el pretexto de que Antonio López de Santa Anna hizo un decreto en que la oficina deTemporalidades podía intervenir en los mismos. Con estos bienes salieron muy beneficiados los miembros de la susodicha oficina.
En 1847 fue Hospital Militar, Hospital Municipal en 1850 y la Escuela de Medicina también estuvo establecida en San Hipólito entre 1850 y 1853.
La iglesia desempeñó un papel muy importante hasta comienzos del siglo XIX, pues en la ceremonia pública se celebraba el Paseo del Pendón, este pendón hacía referencia al de España y la ceremonia estaba dedicada a conmemorar la caída de México – Tenochtilán; esta celebración consistía en un lúcido desfile al que asistían las autoridades más prominentes, militares, eclesiásticos y civiles de la cuidad  con el virrey al frente, las cuáles salían del Palacio Virreinal (Palacio Nacional), por calles muy adornadas. Con el paso del tiempo este desfile dejo de tener importancia, tal vez porque no fue popular ni bien visto por indios y mestizos, las Cortes de Cádiz lo suprimieron en definitiva en 1812, por considerar que hería el sentimiento nacional de los mexicanos.

sábado, 5 de noviembre de 2011

El Panteón de San Fernando


En esta ocasión traigo para ustedes un pequeño recorrido por el Panteón de San Fernando, que también se le conoce de como de los Hombres Ilustres.
Data desde el siglo XVIII, estuvo anexo al convento  de este nombre, donde eran sepultados los benefactores de los fernandinos y a los miembros de las cofradías que estaban establecidas en su iglesia; pero en 1850 la ciudad fue azotada por una epidemia de cólera, por lo que panteón ya fue abiertos para todos.
Lo que podrás ver en el video es una probadita de este histórico lugar, que más adelante será tratado el tema más  a profundidad. Espero lo disfrutes y te animes a visitarlo. La entrada es gratuita, no te arrepentirás.