martes, 6 de diciembre de 2011
La Virgen de Guaudalupe
domingo, 4 de diciembre de 2011
Los milagros de la Virgen de Guadalupe
La cantidad de
milagros que ha hecho la morenita del Tepeyac a sus fieles devotos durante
tantos siglos, son innumerables. En esta ocasión mencionaremos algunos de
estos, que sin duda alguna fueron de los que más dejaron huella en nuestra
historia. ¿Quiere saber de qué se trata?, entonces sigue leyendo.
El segundo milagro
En una ocasión
había una fiesta llena de alegría durante la procesión por la calzada del Tepeyácac
para acompañar a la Virgen, pero también hubo aun herido de muerte: en la
ocasión en que se trasladaba la sagrada imagen al primer templo que se erigió
su honor, en medio del sol en hicimos ceremonial, procesión nutrida seguida de
gran número de indios que daban muestras de inusitado regocijo con alegres
danzas y mitotes, simulaciones de combates y otras cosas por el estilo, en esos
actos a uno de ellos se le disparó una flecha por accidente, que fuera clavarse
en el cuello de otro indio, produciéndole la muerte instantánea; llevado fue
hasta los pies de la imagen, acto seguido se le extrajo la flecha y
milagrosamente volvían la vida, los ahí presentes quedaron estupefactos y
después llenos de beneplácito del regio y nutrido concurso.
A este hecho se le
puede considerar el segundo milagro Guadalupano, recordemos que la Virgen se
aparece a los pies de un moribundo Juan Bernardino, tío de Juan Diego, para
hablarle y salvar así su vida.
Las mandas y los milagros
La manda es una
promesa que tenemos que cumplir como un pago por un favor celestial concedido;
miles de personas llegan de rodillas durante el año, por la calzada de los
Misterios hasta los pies de la imagen; exhaustos, heridos, la miran, levanta
los brazos con su adolorido cuerpo, derraman lágrimas en compañía de su familia
más cercana, de los amigos, y los más valientes van solos. Antes de ponerse en pie hablan con la
Morenita, le piden, les suplican o le da las gracias a gritos. Esta es la
imagen que podemos ver de manera cotidiana en la basílica de Guadalupe.
La lámpara de aceite
Otro milagro, fue
cuando un hombre que rezaba frente a la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe
le cayó sobre la cabeza una lámpara de aceite caliente que pendía del techo; no
la pasó absolutamente nada a pesar del tremendo golpe, y lo curioso es que
también la lámpara y el fuego salieron ilesos. ¡Asombroso! ¿No crees?
¡Este dolor me está matando!
Se cuenta también, que
un hombre vivía atormentado por un terrible dolor de cabeza llovidos, pidió
encarecidamente que lo llevaron al templo del Tepeyac, en donde se puso rogarle
con toda la fuerza de su corazón para que lo aliviara. Al regreso del santuario
ya no sentía dolor.
La Virgen quería luz
El licenciado Acuña
se preparaba para iniciar su misa, en ese momento dos relámpagos salieron de la
sagrada imagen, y acto seguido se encendieron las aceras del altar mayor de la
ermita.
La terrible epidemia de Matlazáhuatl
Corría el año de
1737, cuando tuvo lugar la decimoséptima (peste) en la serie de epidemias que
azotaron a la población de la Nueva España desde la Conquista española, siendo
ésta una de las peores de que se tenga registro. La capital agonizaba, las
crónicas nos relatan que una pira funeraria ardió por más de tres meses con los
cadáveres de aquellos que murieron aniquilados por la fiebre, dejando la ciudad
impregnada de un hedor insoportable. Los muertos finalmente llegaron a la
cantidad de 40.000 en total.
Como lo largo de la
historia siempre ha sucedido, los indios y los pobres llevaron la peor parte, y
las autoridades eclesiásticas argumentaban que estaban pagando por sus antiguos
pecados y su idolatría; pero la epidemia no sólo fue la capital de Nueva
España, pues también se extendió a los estados de Puebla y Oaxaca, cobrando
también miles de vidas.
Viéndose presas de
la desesperación, decidieron recurrir a la ayuda del Cielo, inicialmente se
pensó traer a la Virgen de Guadalupe a la Catedral, pero esto nunca se llevó a
cabo. Fue cuando el ayuntamiento, entonces solicitó la intervención divina de
la Niñita Celeste, solicitando al arzobispo que se reconociera a Nuestra Señora
de Guadalupe como la patrona principal de la capital. Después de miles de
peticiones, la peste finalmente cedió, y la Morenita del Tepeyac fue declarado
oficialmente por las autoridades como la gran patrona.
Sólo cinco años
Juan B. Galindo se
encaminaba a la villa de Guadalupe, como cada 12 septiembre con su padre y su
hermano, desde el Río Grande, Texas. Siempre con una manda por delante
siguieron por 30 años esta tradición, hasta que murió su padre a los 55 años,
después su hermano también a los 55 años. Juan siguió cumpliendo con sus mandas
cada 12 septiembre en nombre de los tres, pero cuando su cumpleaños número 55
se acercaban, temió por su vida; entonces le pidió a la Morenita le concediera
cinco años más de vida para terminar de educar a sus hijos.
El 12 septiembre
1996, al subir el último escalón de la Basílica, desde donde ya podía ver la
imagen de la Virgen, Juan sintió un golpe en el pecho, su sobrino lo ayuda a recostarse y antes de morir alcanzó a meter
la mano en el bolsillo de su pantalón para coger la medalla de oro de Guadalupe
que pertenecía su padre. En la fecha antes mencionada, se cumplían los cinco
años de la promesa, ni un día más, ni un día menos.
Éstos sólo son
algunos de los milagros más importantes que se han registrado en torno a la
Virgen de Guadalupe, pues si intentáramos contabilizarlos y mencionarlos todos,
simplemente nunca terminaríamos, podríamos pasarnos una vida entera hablando de
ellos, y aún así siempre tendríamos mucho que contar.
Etiquetas:
Festividades,
Virgen de Guadalupe
domingo, 27 de noviembre de 2011
Los Santos Arrodillados
Una de las leyendas coloniales de más fuerza y
belleza conceptiva de los santos arrodillados; la dosis que tiene de
sobrenatural, es en verdad escalofriante, y puede compararse en su estructura a
la mejor relación de la mitología griega. Según se relata en los documentos
antiguos, los extraños hechos sucedieron en la vieja iglesia de Santa Catarina
Mártir, que hoy existe a un lado de Santo Domingo, sobre la calle de Brasil.
Los devotos acudían diariamente a ese santuario, donde oficiaba el cura don
Gabriel Denia, entre los asistentes se encontraba la familia del regidor de la
ciudad, don Félix Salcedo de Villalba, acompañado por el Licenciado don Martín
Zimbrón.
Aunque se rumoraban muchas cosas sobre el
sacerdote, ya que era un hombre muy misterioso en las cosas que hacía, era muy
querido por toda la comunidad por su implacable fe y devoción.
El templo de Santa Catarina estaba lleno de fieles,
como era costumbre, oficiando la misa el padre Denia, muy querido por todos por
su gran devoción y tenía la gran cualidad de que sus palabras dulces llegaran a
lo más profundo de los corazones; al terminar las misas aquel día, el sacerdote
se dispuso a irse a su casa con paso lento, y en cualquier sitio los devotos le
demostraba su cariño. Horas después las tinieblas envolvieron la ciudad, eran
las 12 de la noche, la hora en que se dice de los muertos suelen abandonar sus
tumbas, y una sombría silueta se desliza lentamente, en dirección al templo de
Santa Catarina; de pronto, ruido de voces y carreras hicieron que el misterioso
personaje se replegara contra la pared, quien resultó ser nada menos que el
padre Denia, ¡qué sorpresa se llevaron los de la ronda!, pues ellos creían que
ya habían atrapado al criminal que andaban buscando, el jefe de ronda al darse
cuenta de la distracción de ver al santo varón, montó en cólera al ver que sus
hombres olvidaban al prófugo.
El padre se dispuso a entrar al templo rezar,
cerrando tras de sí la puerta con un lóbrego chirrido, y se dedicó a quién sabe
qué extrañas prácticas dentro del templo; mientras tanto don Fernando de Rojas,
alcalde de la cárcel fue informado de la fuga del criminal que andaban
persiguiendo, y también del encuentro con el cura de Santa Catarina a tan
avanzadas horas de la noche.
Lleno de curiosidad, el alcalde ordenó que Denia
fuera vigilado, y cuenta la conseja, que las incursiones nocturnas del padre se
hicieron cada vez más frecuentes; en las horchaterías, que eran el centro de
reunión en aquella época, no se hablaba de otra cosa: unos decían que el buen
hombre hacía ritos espantosos, otros más que se flagelaba ante el altar mayor,
y muchas otras cosas más.
Las suposiciones de lo que hacía el cura de Santa Catarina
en el desolado templo, se volvían cada vez más escalofriantes, lo cierto era
que estaba cada día más pálido, y sus carnes apenas alcanzaban para cubrir sus
huesos, lo curioso del caso era que casi no dormía y su comida era muy austera,
pues decía que su alimento era el espíritu del señor; la gente al verlo con tal
vigor en su Santo Oficio ser que aquel hombrecillo enclenque, hubiera pasado
toda la noche en vela.
Entretanto en la residencia del regidor don Félix,
se hacían preparativos para una fiesta, a la cual asistirían las personas más
importantes de la sociedad, y se llevaría a cabo esa misma noche. Llegó la hora
del evento, y don Félix con sus amigos platicaban en un rincón, mientras los
invitados comenzaron a bailar; entre las múltiples cosas de las que hablaron
fue el padre Denia y sus costumbres. Para desentrañar aquel misterio de una vez
por todas, los caballeros planeaban esconderse en algún sitio del templo y aguardar
hasta que llegan a las 12 de la noche; en tanto, la fiesta continuaba de lo más
amena, prolongándose hasta las primeras horas de la madrugada.
Serían las cinco de la tarde del día siguiente
cuando el licenciado Zimbrón llegó en busca de don
Félix, para llevar a cabo el plan que habían ideado la noche anterior; los dos
amigos se dispusieron a ir a misa a las seis de la tarde, pero ya se encontraba
la mitad cuando tomaron asiento cerca de los confesionarios; poco a poco la
Iglesia se fue quedando desierta y a los pocos momentos escucharon que la
puerta de la sacristía también era cerrada. Por fin los caballeros se
encontraban solos en el templo, ahora sólo les quedaba esperar, ambos estaban
sobrecogidos de expectación, de vez en cuando se sobresaltaban por el
chisporroteo de alguna lámpara.
Por fin dieron las 12 de la noche, y casi
simultáneamente las puertas crujieron en el interior de la iglesia, abriéndose
de pronto la de la sacristía, el padre Denia se hincó fervorosamente ante el
altar mayor, después silenciosamente prendió las velas del altar, luego
arrodillosé nuevamente frente a éste, mirando con misericordia infinita a la
virgen María y a Cristo sangrando en la cruz; entonces entonó con fervor el
primer padre nuestro. Los dos caballeros miraban expectantes desde su
escondite, y contemplaron a los santos inmóviles en sus altares; de pronto
sintieron que la sangre se les helaba en las venas, porque sin que se diera
alma viviente alguna, millares de voces contestaron al resto del padre Denia.
Sobrecogidos de terror buscaron con la mirada la procedencia de aquellas voces,
las preces fueron tornándose más y más claras; los susurros poblaron el templo,
alternando con los restos del cura.
Conforme avanza el aterrador rosario, las ánimas
del purgatorio que eran las que pronunciaban aquellas voces, tomaron forma
impalpable y los santos y vírgenes empezaron a bajar de sus altares; acto
seguido se arrodillaron detrás del padre Denia, uniendo sus oraciones a las de
las ánimas del purgatorio. Los dos hombres no daban crédito a sus ojos ante
semejante visión.
De las bocas de madera de los santos, brotaban los
rezos, dibujando sus caras esculpidas, rictus de dolor y de piedad, el murmullo
se hacía cada vez más imponente, las voces desgarradoras por maman un espectáculo
único, escalofriante e increíble. Don Félix no pudo soportar más tiempo, y
presa de espanto terror, rodó por el suelo sin sentido, su amigo no tardó mucho
en hacerle compañía.
El mar de voces que llenaban el santuario cesó al
escucharse en la nave el terrible grito del regidor, el padre fue a ver qué
pasaba, y cuál no fue su sorpresa cuando al encontrar a los dos caballeros
tirados en el suelo; el buen cura trató de reanimarlos con dulces palabras,
pero fue vano, estaban como petrificados por efecto de la insólita visión del
Rosario de las ánimas. El padre se asomó a la calle y para su buena suerte la
ronda se acercaba la iglesia de Santa Catarina; acto seguido fue a solicitarles
ayuda para que llevaran a los dos amigos a sus respectivos hogares, aquellos
temerarios fueron cargados varias calles antes de recobrar la lucidez.
Pasaron varios días a partir de aquella tremenda
aventura, y el regidor se puso cada vez más enfermo, el médico no se equivocó
con su diagnóstico, porque aquel pobre hombre era presa de la locura, hasta que
la muerte piadosa terminó con las alucinaciones que sufría. Su esposa doña
Teresa y su hija permanecieron muchas horas rezando ante su tumba.
En cuanto a la suerte del licenciado Zimbrón,
cuenta la leyenda que tomó los hábitos en el convento de San Francisco, pero su
salud fue decayendo poco a poco, y por las noches, casi siempre al sonar las 12
de la noche escuchaba las voces de las ánimas, nunca lo dejaban en paz;
entonces solía levantarse para hacer un extraño suplicar al Cristo de su
cabecera: que le concediera la gracia de morir para acabar con su sufrimiento,
tiempo después sus ruegos fueron escuchados por el cielo.
Aquellos sucesos hiciéronse famosos en todo México,
y el padre Denia siguió oficiando en Santa Catarina por muchos años.
¿Espantable? Ciertamente, y triste fin de los dos
osados caballeros. ¿Qué no es posible? ¿Y por qué no? Y si alguna vez llegas a
pasar cerca de la iglesia de Santa Catarina y escuchas a un grupo de personas
rezando, ¡no se te ocurre entrar!, si no quieres tener el mismo destino que don
Félix y su amigo. Recuerden amigos lectores que la próxima semana tenemos una
cita en este mismo lugar y a esta misma ahora.
domingo, 20 de noviembre de 2011
El pasado azteca bajo la ciudad colonial
Los descubrimientos arqueológicos cobraron tal
importancia, que han dado interpretaciones más firmes sobre la monumentalidad de los recintos sagrados de
Tenochtitlán, la variedad de materiales utilizados por los antiguos mexicanos,
la organización del trabajo para las obras públicas, su creatividad
técnica y artística en el área urbana de
la arquitectura y escultura.
A lo largo del tiempo, en el Centro Histórico se
han hecho muchos trabajos, ya sea de mantenimiento o remodelación, en donde se
han encontrado importantes lugares
simbólicos, religiosos y domésticos, y que nos han abierto una puerta
hacia cosas que nunca hubiéramos
imaginado; algunos delos lugares que han sido excavados son: Palacio Nacional,
Palacio del Arzobispado, Colegio de Cristo, Casa del Apartado, la Catedral, ex
Convento de Betlemitas, entre otros más.
Casa del
Marques del Apartado
Durante la época prehispánica, este sitio formó
parte del recinto ceremonial de México –
Tenochtitlán, y según las crónicas, pertenece al templo de Coateocalli
(“diversos dioses”), o el de Cihuacóatl.
Para la segunda mitad del siglo XVIII, don José Francisco de Fagoaga
y Arozqueta, vizconde de San José, entonces Apartador de oro y plata de la Nueva España, compró una parte del
solar de los Acevedo y encargó al
arquitecto valenciano Manuel Tolsá el proyecto de construcción de la casa. En
1881 era propiedad de Cayetano Rubio; 1883 la compró la familia Mier, y en 1886
fue vendida a Manuel Moncada, quien un año más tarde separó una parte de la
construcción que registró con el número 9 ½ (Registro Público de Propiedad). A
su fallecimiento en 1900, fue adquirida por el gobierno en 220 mil pesos, se
llevaron a cabo trabajos de restauración a cargo de capitán de ingenieros
Porfirio Díaz hijo.
Durante esa época se encontraron dos piezas
arqueológicas de gran importancia en el patio
central: un ocelote y una serpiente, así como las escalinatas de un
basamento prehispánico, excavación que
fue encomendada al arqueólogo Leopoldo Batres. Para 1985 fue encontrada otra
escultura de mayor tamaño, sin duda una
de las piezas más importantes del arte mexica, que confirma la utilización de
aquel sitio como templo sagrado de
Tenochtitlán.
Betlemitas
Fue una orden religiosa americana, creada en la
Cuidad de Santiago de los Caballeros, hoy Antigua Guatemala; en 1653, a
instancias del lego franciscano Pedro Joseph
de Betancurt, para alivio de los enfermos convalecientes, asistencia a
menesterosos y primera letras a infantes; aprobada por Clemente XI el 3 de
abril de 1710. Fundaron una gran cantidad de conventos y hospitales femeninos y
masculinos en muchos países americanos, así como también en ciudades coloniales
de México.
El proyecto de excavación que se llevó a cabo en el Centro Histórico, tenía por
objetivo llegar hasta el suelo del siglo XVIII, que era el nivel requerido para
la restauración, pero durante los trabajos, se pudo apreciar los usos que tuvo
el predio a lo largo de todo este tiempo, en donde alguna vez albergó el ex
Convento Hospitalario de Betlemitas de la Ciudad de México, desde el siglo XX
hasta su última ocupación azteca hacia 1520.
Los hallazgos más importantes que surgieron fue el hallazgo de una deidad azteca, el Dios
del Fuego Xiuhtecuhtli, y otros elementos asociados, como figurillas y varias
copas pulqueras con huesos cremados en
el interior; lo más posible es que fuera el área ceremonial de un barrio
mexica.
Las investigaciones hechas en el Centro Histórico,
además de enriquecer y nutrir de evidencias
a la obra de restauración, es un importante aporte para la arqueología
histórica y urbana. La ciudad de México cuenta con muchos ejemplos
arquitectónicos relevantes que por la gran cantidad que son, tardarán mucho
tiempo en ser investigados a profundidad.
El rescate de información histórica nos permite
conocer como era el funcionamiento de la cuidad, cuando existían canales y
embarcaciones, las actividades cotidianas; hasta descubrir que siempre entre
los habitantes la higiene brillaba por su ausencia, a lo que las autoridades de
la época, decidieron cerrar los canales
de navegación y comercio que por muchos siglos dieron vida a la fisonomía de esta antigua ciudad
azteca y capital virreinal.
Etiquetas:
Historia prehispánica
domingo, 13 de noviembre de 2011
Los penitentes de San Hipólito (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo y Alameda Central)
Real verídico e histórico, es este relato que los siglos han convertido en una
escabrosa y espantable leyenda; los hechos abarcan los siglos XVI y XVII, sus
datos fueron extraídos de libracos y antiguos documentos coloniales.
Allá por el primer cuarto del siglo XVI o sea en
1524, llegó a la capital de Nueva España un joven aventurero llamado Bernardino
Álvarez, hijo de cuna humilde no traía bienes ni fortuna, sino un deseo de
vivir y de aventura; era natural de Utrera España y tenía la edad de 20 años,
de regular apostura y agradable talante, súpose que allá en su tierra y en
Sevilla había dejado deudas de amores, dinero y otras cosillas con la justicia.
Así es que huido propiamente de España, venía a la capital en busca de amores,
aventuras y fortuna, Bernardino Álvarez parecía oler la aventura
y los fáciles amores, así es que entró confiado a una hostería de “El
oso y el cisne” en busca de placer algo nuevo; se le acercó una tabernera para
tomar su orden, después ésta se alejó
moviendo las caderas y con otros movimientos igualmente provocativos, el
joven consideró que aquella era su hembra, así que a su regreso con el vino comenzó
la faena que había premeditado con pedir hospedaje, la hostelera que era
conocida como la Bernarda, instaló al joven Bernardino en la mejor habitación
de la hostería.
El vivaz Bernardino no tardó en llamar a la fogosa
tabernera, el joven le ofrecía caricias mientras ella pagaba con besos, también con vinos y
alimentos; todo iba bien hasta que una noche el marido de la Bernarda los
sorprendió en el lecho, dejando embarcada con el problema a la hostelera, el
hombre huyó del “Oso y el cisne” para siempre. Poco después, huyendo de otros
amores y varias deudas que tenía, decidió conseguir plaza de soldado, y quiso
la suerte que fuera enviado lejos de la
capital a la región de Zacatecas, donde era necesaria la milicia, no apenaba
Bernardino la jornada, antes bien,
apresuraba el paso para alejarse lo más pronto de la capital. ¿Pero, que iba a
hacer de soldado en Zacatecas un joven loco, aventurero y desleal como él?
Afecto al juego de azar, Bernardino inducía a otros
soldados a jugar a los naipes y no
gustaba de perder, sino de ganar y para eso hacía trampa y pedía prestado, desencadenando las
pendencias y reyertas que a veces resultaban
trágicas, dolorosas y sangrientas. El castigo de Bernardino por todos sus problemas legales, amoríos,
riñas y deudas, era pasar largos periodos
en el calabozo. Pero si sus malos modos y trampas hicieron víctimas entre la milicia, lo mismo
o peor ocurrió entre los civiles, dejando a muchos heridos en alcobas conyugales y oscuros callejones.
Habían transcurrido varios meses y el
joven creyó que sus hazañas y engañifas estaban olvidadas, desertó del ejército
español y regresó a la capital, pero más tardó en arribar que en volver a las
andadas, aunque ahora con menos suerte, pues se le alcanzó a capturar por el
robo de joyas a una dama, al que Bernardino
dio su declaración de la manera más cínica y elocuente, argumentando que
el pago era justo ya que las caricias que le había dado eran jóvenes y fuertes,
considerando justo el pago.
Y ocurrió que la anciana madre de Bernardino, que
acababa de llegar de España siguiendo al hijo, lo encontró en prisión, él le
prometió a la pobre mujer que saliendo de su encierro se volvería un hombre de
bien y de trabajo, pero pese a los ruegos y lágrimas de su madre, el joven no
entendió y continuó en las andadas, sobre todo en aventuras de adulterio, pero
así como en sus fechorías otras no tuvo suerte, en el terreno amatorio tampoco,
pues cuando fue descubierto por el esposo junto con la mujer en el lecho, el
primero venía dispuesto a limpiar su honra, pero al fin tenso, joven y vigoroso
Bernardino logró desarmar al ofendido marido y herirlo con el puñal. Escapaba el
joven a toda velocidad, cuando a los gritos del amo acudieron los criados y
detuvieron al burlador y heridor, fue arrestado no solo bajo el cargo de lesiones, sino por el adulterio de que lo
acusó el marido ofendido; y Bernardino fue a dar de nueva cuenta a la cárcel,
esta vez según se pensó que por un largo tiempo, pero la prisión no contuvo por
muchos días al joven, pues inesperadamente fue puesto en libertad.
Y la mujer, su amante orgullosa de que el disputara
con el puñal su amor, le ayudó a salir de la prisión pagando la fianza y
gracias a las influencias que tenía en la corte, la mujer además de su libertad
le entregó dos talegos llenos de monedas de oro, para que su amado pudiera un
negocio o una hacienda para marcharse y vivir a
su lado, cosa que Bernardino estaba muy lejos de hacer.
Y así fue cuando por fin tuvo una fortuna en sus
manos, creyó que no era tiempo de echarse compromisos, con el oro en sus manos,
el joven hacía planes mientras se dirigía a la humilde casa de su madre. Una
vez en su casa, le dijo a su progenitora de sus intenciones de ¡marcharse al
Perú en busca de la fortuna que no logró
hacer en Nueva España!, la mujer conociendo las mañas de su hijito sabía que a
donde quiera que fuera iba a hacer exactamente lo mismo, preocupada trató de
persuadirlo para que se reformara y fuera hombre de bien, cosa que no pudo
lograr; pero antes de partir su señora madre le hizo cumplir el siguiente
juramento a su debido momento: el día que él hubiera cambiado, irían ambos a una procesión a dar gracias a Dios, la cuál
debería ser la más solemne, aquella en que se ofrece en sufragio de soldados y
conquistadores muertos. Tal vez ese juramento fue dicho con sinceridad, o sin
ganas de cumplirlo, nadie lo sabe, pero lo que si era un hecho es que debía de
cumplir su promesa estuviera donde estuviera.
Bernardino Álvarez se instaló en el Perú a todo
lujo, dándose una vida regalada y de gran señor; pronto vio que había oro en
abundancia en esas tierras, comprándole y cambiándole a los indios peruanos
muchos quintales de oro, de este modo enriquecido, comenzó a dilapidar en
orgías y ruidosas francachelas. Tenía criados y sirvientas, solía pasear por
Lima dentro de una de las carrozas más
lujosas del lugar, tuvo como amantes a las más bellas mujeres, a las que
regalaba con largueza oro y joyas; larga y dispendiosa fue su vida de crápula y
de vicios, hasta que un día le llegó una carta de su amada madre.
Bernardino creyendo que algo malo ocurría a su
anciana madre, abrió la carta y la leyó con avidez, y a medida que avanzaba en
su lectura, sus manos temblaban de emoción y sus ojos se llenaban de lágrimas,
era una carta conmovedora que lo hizo
estremecerse hasta lo más profundo de su alma, el joven oprimió con amor, con
dolo mezclados aquella carta conmovedora de su madre y sintió aborrecer a su
amante que se encontraba con él en ese momento, y acto seguido la hecho de su
alcoba de muy mal modo. Una vez que hubo salido la incrédula mujer, Bernardino
hundió la cara entre la almohada y comenzó a gemir y a llorar dolientemente,
arrepentido de la vida que había llevado, decidió por fin enderezar el camino y
volverse un hombre de bien.
Nadie supo en realidad el contenido de la carta
dela anciana, pero el hecho es que al día siguiente el joven era otra persona
completamente diferente; comenzó repartiendo limosnas a los mendigantes, gran
parte de su fortuna amasada con el robo y el engaño fue a dar a manos de
frailes y seglares, no hubo mejor ni más generoso protector de enfermos y hospitales para pobres.
Algunos meses debieron pasar antes de que
Bernardino repartiera entre los pobres, enfermos y religiosos su fortuna,
cuando terminó de hacerlo dejó Lima y se dirigió como humilde peregrino hacia el puerto de Callao, allí aguardó a que un navío español hiciera rumbo al
puerto de Acapulco, embarcándose con destino a la Nueva España, dispuesto a
demostrar a su anciana madre que había cambiado, que el milagro estaba hecho.
Cuando llegó, lo primero que hizo fue ir a la casa
en donde vivía su progenitora, pero se encontró con que estaba cerrada y sin la
anciana, abandonada y sin nadie en la capital
de Nueva España, entonces unos vecinos le informaron que hacía meses que su madre había muerto sola y
abandonada, con el alma lacerada de dolor, Bernardino se alejó por la calleja triste y sola.
Arrepentido de sus culpas y de su vida disipada y de no haber visto
morir a su madre, Bernardino se dedicó a curar enfermos ingresando como
curandero voluntario en el entonces Hospital de la Purísima Concepción de
Nuestra Señora (Hoy Hospital de Jesús); no hubo mano más cariñosa y dispuesta a calmar el dolor de los enfermos, que aquel ex
pecador, y fue tanta caridad y amor al prójimo, que las órdenes religiosas se
lo disputaron para que entrase a su convento.
Finalmente en 1566, cuando ya Bernardino tenía 62
años de edad, vio coronados anhelos con la protección de los linajudos don
Miguel Dueñas y Doña Isabel de Ojeda, obtuvo en compra un solar cerca de la
Ermita de Juan Garrido; esta ermita fue
levantada por Juan Garrido con la ayuda de
los conquistadores para honrar la muerte de los mártires hispanos, pues a los
soldados caídos se les tuvo con este concepto, debido a la aciaga noche de
derrota hispana conocida como “La Noche Triste”. Fundó allí Bernardino lo que llamó asilo para dementes, los
envidiosos los llamaron “El Hospital de
Locos de Bernardino”, porque este hombre
ya anciano daba albergue a los dementes en ese sitio; también admitía en ese asilo a hombres humildes y
aventureros llegados de España y a quien
llamaba “Polizontes”, paternalmente el anciano les buscaba trabajo o los
convencía para que regresaran a España, pues Nueva España ya no era tierra de
conquista.
Y un buen día el benefactor de locos, el
aventurero, el cínico, el arrepentido Bernardino Álvarez falleció, su alma se
elevó al cielo, perdonado por haberse hecho
bueno ya no alcanzó a ver su anciana madre; y cuenta la leyenda que
entre sus labios ya difuntos, adivinábase un juramento, una frase que no
escuchó a quien iba dirigida. Sin lujos
ni pompas, casi sin lloros fue sepultado aquel hombre fundador y creador del hospital para locos.
Los años pasaron, el hospital fue reedificado y la ermita pasó a ser Templo de San
Hipólito, que podemos ver hoy en día sobre la Avenida Hidalgo; entonces para
celebrar la conquista de la gran
Tenochtitlán, cada 13 de agosto se llevaba a cabo una solemne procesión
encabezada por el virrey, la cual partía desde las casas de Cabildo y concluía
en el Templo de San Hipólito donde se
celebraban los oficios religiosos, tocaba
a un distinguido caballero portar el pendón y aquel año de 1666 le tocó al corregidor,
pero este año sería diferente a todos. ¿Por qué? Sigue leyendo.
Un alguacil mirando
que una pareja no alzaba la vista ni cantaba ni rezaba en voz alta, osó
llamarles la atención, pero cuando estas personas levantaron el rostro, el
terror del alguacil fue mayúsculo al ver que se trataba de nada menos que de
¡muertos!; aterrorizado huyó del grupo lanzando horribles gritos. El bullicio
de rezos , gritos y rezos opacaron los gritos
del alguacil, y madre e hijo, que no eran nada menos que Bernardino y su progenitora, se dispusieron a entrar a
la templo.
Y como
había jurado, la madre y el arrepentido
transformado cumplieron su promesa. El anciano fray Tomás de Orantes fue el que escuchó de las
bocas descarnadas de los muertos su secreto, solo así se supo más tarde que esos horribles
penitentes de San Hipólito, habían sido Bernardino Álvarez y su madre. Muchos
vieron salir a las pareja de cabizbajos
penitentes, que después de confesar al fraile abandonaron el templo y se
perdieron en las sombras de la calle para siempre… su misión en este mundo
estaba terminada.
La construcción que aún podemos ver y que tiene el
número 107 de la hoy Avenida Hidalgo data del año 1739, con algunas reformas y
ampliaciones fue estrenada o inaugurada
oficialmente en 20 de enero de 1777; el edificio que antes fuera asilo para
locos, ha tenido muchos usos: fue alternativamente cuartel, se alquilaron
accesorias, hospital militar, sanatorio municipal, escuela de medicina,
tabacalera y actualmente existen locales comerciales.
Tal es la historia de un edificio hospitalario de
un hombre que se redimió como otros santos varones, y de un juramento arrancado
en un momento en que el lama de un pecador tal vez estaba dispuesto al
arrepentimiento y al perdón de Dios.
Etiquetas:
Leyendas de iglesias y catedrales
domingo, 6 de noviembre de 2011
La iglesia de San Hipólito
Fue fundada para recordar la
huida y derrota de los españoles en la
llamada Noche Triste, debido a que sufrieron pérdidas casi irreparables a manos
de los aztecas guerreros de la ciudad; se puede apreciar una placa alusiva
sobre estos trágicos hechos por parte de los conquistadores en la esquina del
atrio.
Las crónicas de Cervantes de
Salazar nos cuentan que allí estuvo la quinta cortadura o foso que existía para
la defensa de la Calzada de Tlacopan; y uno de los sobrevivientes de aquella
acción, llamado Juan Tirado, fundó una
capilla y después Hernán Cortés y sus compañeros mandaron hacer una iglesia
para conmemorar el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, fecha en que fue
tomada la ciudad de México – Tenochtitlán.
Podemos apreciar que la fachada
de esta iglesia está adornada con hermosos tapices de argamasa o mezcla calados
primorosamente, que también se le conocen como ajaracas de origen mudéjar. El
monumento de la cerca ejecutado en relieve, es obra del notable arquitecto
mexicano del siglo XVIII José Damián Ortiz de Castro, en donde presenta a un
indio con una vestimenta de plumas que es arrebatado por un águila y transportado por los aires; según nos
relata el cronista Durán, este simbolismo hace referencia a uno de los augurios
que dicen tuvo Moctezuma II, en donde se anunciaba la caída de Tenochtitlán.
El recinto de San Hipólito fue
muy amplio, ocupó gran parte de los campos baldíos que circundan la ermita de los Mártires, y con ese fin fue
cedido por el Ayuntamiento. El Hospital que ahí se construyó fue destinado
para enfermos, ancianos y locos, poco
después fue usado exclusivamente para atender a estos últimos. Fue el primer hospital para Dementes creado en
América, fundado en 1566 por Bernardino Álvarez, y en 1904 fue demolida la mayor parte para
abrir la primera calle de los Héroes, esto se hizo debido a las no muy largas
gestiones de Joaquín D. Casasús para
darle importancia a la casa en que vivía. ¿Qué fue de los pobres dementes? Fueron
trasladados primero a San Pedro y San Pablo,
al viejo Colegio de San Gregorio, después en 1910 al manicomio de la Castañeda.
Debido a que frente a San
Hipólito había un gran espacio sin ocupar, se estableció un mercado, al que se
le conocía como tianguis de San Hipólito, se colocaba los jueves y viernes;
donde llegaban indios, mulatos, mestizos y negros de las poblaciones aledañas,
que llegaban acarreando animales o montados ellos para comprar o vender o
carros tirados por estos. Este mercado era competidor con el de la Plaza Mayor.
Al oeste del tianguis se instaló un pequeño quemadero, conocido como de San
Hipólito, se le dio este nombre para distinguirlo del de San Lázaro; el de San
Hipólito se encontraba rodeado por una barda, sobre el piso había sido bien
afianzados postes de madera con argollas de hierro, a las cuales eran atados
los pobres infelices que iban a ser condenados a la hoguera, acusados por la
Santa Inquisición.
La iglesia de San Hipólito
contaba con un hospital para dementes, que fue el primero que hubo en su tipo
en América, el cuál se encontraba en el edificio adjunto que, fue fundado por
Bernardino Álvarez. Actualmente en este lugar podemos encontrar pequeños
comercios, viviendas y bodegas, cuyo patio vale la pena ver, si es que te dejan
claro está pues yo solo logré verlo un poco cuando pasaba por casualidad y la
puerta se encontraba abierta.
Bernardino Alvarez tuvo una
apacible muerte el 12 de agosto de 1584, cuando las campanas repicaban con
alegría las celebraciones de San Hipólito; los fieles de seguidores y discípulos
de la obra de amor y piedad del fallecido, consiguieron en 1585 que su santidad
el papa Sixto V instituyera la orden hospitalaria de los Hermanos de la
Caridad, que después entre la gente eran mejor conocidos como Hipólitos. “El orden
de La Caridad de San Hipólito fue flor de efímera duración en el campo de la Iglesia.
Nació en la Nueva España, lozano y vigorozo, efecto, más que de su final
destino, de las circunstancias en que su pueblo se hallaba por aquellos días;
de donde resultó que se extendiera en este suelo, sin enraizar en los extraños,
y aquí mismo murió”.
El virrey don Antonio María de
Bucareli y Ursúa ayudó a mejorar las condiciones tan deplorables en que se
encontraba el Hospital de San Hipólito, pues debido a la pobreza en la que se
encontraban no les era posible que atendieran bien a sus enfermos. En 1821 el Ayuntamiento se hizo cargo de este lugar por desgracia, ya que los
bienes con los que contaba fueron a
parar a manos deshonestas, esto con el pretexto de que Antonio López de
Santa Anna hizo un decreto en que la oficina deTemporalidades podía intervenir
en los mismos. Con estos bienes salieron muy beneficiados los miembros de la
susodicha oficina.
En 1847 fue Hospital Militar,
Hospital Municipal en 1850 y la Escuela de Medicina también estuvo establecida
en San Hipólito entre 1850 y 1853.
La iglesia desempeñó un papel
muy importante hasta comienzos del siglo XIX, pues en la ceremonia pública se
celebraba el Paseo del Pendón, este pendón hacía referencia al de España y la ceremonia
estaba dedicada a conmemorar la caída de México – Tenochtilán; esta celebración
consistía en un lúcido desfile al que asistían las autoridades más prominentes,
militares, eclesiásticos y civiles de la cuidad
con el virrey al frente, las cuáles salían del Palacio Virreinal
(Palacio Nacional), por calles muy adornadas. Con el paso del tiempo este
desfile dejo de tener importancia, tal vez porque no fue popular ni bien visto
por indios y mestizos, las Cortes de Cádiz lo suprimieron en definitiva en 1812,
por considerar que hería el sentimiento nacional de los mexicanos.
Etiquetas:
Historias de iglesias y catedrales
sábado, 5 de noviembre de 2011
El Panteón de San Fernando
En esta ocasión traigo para ustedes un pequeño recorrido por el Panteón de San Fernando, que también se le conoce de como de los Hombres Ilustres.
Data desde el siglo XVIII, estuvo anexo al convento de este nombre, donde eran sepultados los benefactores de los fernandinos y a los miembros de las cofradías que estaban establecidas en su iglesia; pero en 1850 la ciudad fue azotada por una epidemia de cólera, por lo que panteón ya fue abiertos para todos.
Lo que podrás ver en el video es una probadita de este histórico lugar, que más adelante será tratado el tema más a profundidad. Espero lo disfrutes y te animes a visitarlo. La entrada es gratuita, no te arrepentirás.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
