domingo, 16 de junio de 2013

Capilla de la Concepción o Capilla de la Conchita (Belisario Domínguez 5, esquina Callejón del 57)


Durante el México Colonial, era un barrio de indígenas, conocido como Cuepopan, que en náhuatl quiere decir “donde abren sus corolas las flores”. Hoy en día lo conocemos como el  barrio de la Concepción, que tomó el nombre por el convento, no estaba muy poblado por el año de 1830, ya que todavía no se habían construido las casas ubicadas en el lado norte de la plazuela, que hasta nuestros días conocemos como plaza de la Concepción, y en la antigüedad no tenía salida hacia el poniente. Durante aquella época la calle era llamada de la "rejas" de la Concepción.
 Esta calle corre de sur a norte después de la del Puente de la Mariscal, siendo ahí su comienzo, y sufrir en la esquina de la plazuela de la Concepción. Cabe destacar, que llevó el nombre de "calle de la Rejas de la Concepción" porque el lado del convento que daba esa calle, las monjas mandaron hacer sus locutorios, denominados "rejas", para así comunicarse con las personas que las visitaban.
El estado tan primitivo de la calle provoco que se hicieran varios cambios en ella; en el año de 1793, por disposición del Virrey Conde de Revillagigedo, la zanja que servía de cauce a las aguas del canal que abastecía a las acequias del Carmen y de Santa Ana, fue convertida en atarjea, trayendo para los habitantes consecuencias beneficiosas para la higiene, evitando así la fetidez y las inmundicias, pero a pesar de todo el aspecto seguía siendo muy triste porque no había casas, y en los altos muros del convento lo único que se veían eran las puertas cerradas y polvorientas de los locutorios, que se abrían los jueves y domingos por las tardes en los tiempos que no eran de Cuaresma ni de Adviento.
Con la exclaustración de las religiosas, las cosas vendrían a cambiar; en el año de 1861 fue abierta la calle del Progreso (hoy Primera de República de Cuba), que partía desde el convento en su lado occidental, quedando la larga calle de las Rejas dividida en dos partes: la primera, de la esquina de la calle de la Espalda de San Andrés, hasta la nueva del Progreso; la segunda, desde esta última, hasta la esquina de la plazuela de la Concepción. Entre los siglos XVIII y XIX se empezaron a construir muchas casas con sus respectivos comercios, dándole vida a aquellos antes solitarios rumbos.
El callejón de la Concepción es una calle transversal, situada de sur a norte, a través de la Iglesia de San Lorenzo, seguida de la calle del Cincuenta y Siete. Antes de ser abierta a esta última y la del Progreso, dicho callejón se hallaba cerrado por el poniente y sur, y dichas calles fueron abiertas hasta el año de 1861, decisión muy acertada que mejoró mucho su aspecto.
Ahora vamos a ir a una de las partes más interesantes de la plaza de la Concepción, en donde podremos encontrar en su centro una capillita en forma octagonal,  que fue levantada sólidamente durante el primer tercio del siglo XVII por los franciscanos, dedicada a Santa Lucía. 
Su hermosa portada barroca es custodiada por dos óculos laterales que iluminan el interior, su redonda bóveda representa a San Francisco y a los dos símbolos marianos que se encuentran en los extremos del friso. 
El pequeño nicho está constituido por una concha con pilastras estradas de capitel  toscano; en la parte superior está representada la Virgen María y en su  interior se encuentra una escultura de cantera de Jesús Nazareno cargando la Cruz,
Se dice que en esa capilla se celebró la primera misa en el México católico, y se supone que para conmemorar aquel acto religioso, fue levantada dicha capilla. Muchos autores reconocidos dicen que esta versión es pura mentira, siendo el verdadero origen de la capilla la construcción de su iglesia, y que en la de la Concepción pertenecía a la parroquia de Santa María la redonda. La historia nos cuenta el cura que cuidaba era franciscano, y al igual que todos los demás templos, tenía su mayordomo y su sacristán que atendían a su aseo y a abrirla los días en que se rezaba en ella, o se celebraba misa, porque era de las que disfrutaban de este privilegio y también de tener campana.
Muchas iglesias por desgracia no se salvaron de la destrucción, pero ésta sobrevivió gracias a que la de Santa Lucía no se encontraba en ninguna vía que estorbase, ni servía de depósito de inmundicias porque un hermano tercero que vivía frente a la capilla, cuidaba de ella todo el tiempo, la abría con frecuencia y no faltaban las almas piadosas que fueran a depositar en su altar velas encendidas y tiestos con flores.
Muerto aquél buen hombre, la capillita quedó sin que nadie la cuidara, no faltando quien solicitara se le vendiera la plazuela y con ella se incluía el pequeño templo; pero el mayordomo del Convento de la Concepción, don Jorge Madrigal, se opuso a esta medida, presentando una serie de documentos ante el Cabildo, que acreditaban la propiedad del Convento sobre aquella Plazuela. Las leyes de Reforma concluyeron con esa propiedad, vendiéndose en tre mil pesos a una sociedad compuesta de dos personas, quienes a su vez la vendieron a don Ignacio Unzain, pasando después a don Ignacio Alas, y de éste a don Silvestre Olguín. La plazuela se hallaba en su poder cuando la ciudad planeó poner el depósito de cadáveres de los pobres, y para tal fin en la compró en seis mil pesos. A finales del siglo XIX se le conoció como la Capilla de los Muertos, porque ahí eran depositados los cuerpos de los pordioseros; algunos aseguran que esta historia es un engaño y que dicho depósito nunca existió.
Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles fue instalada en la capilla una biblioteca, resultó ser un rotundo fracaso. De sus elementos originales que tenía en el interior, no queda rastro alguno de su existencia. Fue declarada monumento histórico el 9 de abril de 1931.

domingo, 9 de junio de 2013

La novia del usurero (Sucedió en el ex convento de la Merced)

Las tradiciones y leyendas mexicanas registran hechos insólitos, sucedidos escalofriantes y aterradores que aún nos llenan de espanto. A la fecha, el convento de la Merced está limpio y restaurado; y a veces cuando el silencio se anida entre sus muros, suelen escucharse y verse cosas espantosas. Por aquellos carcomidos y ruinosos pasillos, se han visto figuras de ultratumba que vagan quejumbrosas.
Retrocedamos ahora al año de 1673, cuando era virrey don Pedro Nuño de Colón, duque de Veraguas;  tiempo en el que también llega nuestro personaje principal a la Nueva España, don Cosme Zepeda y Villagómez, y había sido adelantado en el Perú. Trajo grandes fortunas y beneficios. Se instaló en la casa 8 de la calle de Balvanera (hoy Jesús María).
Pronto se dedicó a la usura, prestando con grandes ventajas a la clase media de la capital de la Nueva España; nadie más se dedicaba a este tipo de negocios, por lo que la casa de don Cosme era visitada con frecuencia. Estando cerca el mercado de indios, “El Volador” y el parián, algunos naturales acudían al usurero cuando necesitaban dinero para sembrar, comprar animales y hacer frente a enfermedades o casamientos, pero en ocasiones hacía los préstamos a cambio de tener a las indias un tiempo en su casa; algunos naturales comprendían el fondo inmoral de los tratos y no aceptaba, pero otros, si las vendían por miserables reales. Aquella conducta tan licenciosa del usurero, alarmó a los decentes moradores de la colonia, hasta que los principales caballero de la capital que decidieron dar parte al virrey, comisionando a don Manuel Zaínos para tal empresa; sin embargo, aquella denuncia no resultó porque aquel hombre era un pariente muy cercano del virrey.
Con Cosme continuó comprando indias impúberes y prestando oro con elevados intereses, entonces, cierto día, se presentó en su casa un caballero llamado don Juan Galván Mercadante, primer importador de Nueva España, quien necesitaba dinero para construir unos navíos, y le ofreció como garantía del préstamo su hermosa casa. Esa misma tarde se presentó el usurero en casa de don Juan, ubicada en la calle de la Amargura (hoy Honduras), fue el mismo dueño quien salió a recibirlo y los introdujo a la casona. Al ingresar recorrió con los ojos todo su lujoso interior, y a pesar de todo dijo que no podía garantizar del todo el oro que le prestara; mientras conversaban apareció Inés, la hermosa hija de don Juan, toda una joya de belleza, de gracia y juventud, y como era de esperarse,  los ojos del usurero se clavaron en ella, mientras la ansiedad y el deseo se apoderaban de él. Entonces el inmoral propuso algo insultante: le prestaría al caballero cuanto oro quisiera, si le daba  su hija en matrimonio. La reacción del ofendido padre no se hizo esperar y echó de su casa a don Cosme.
Transcurrieron varios días, durante los cuáles Inés vio como su padre se ponía cada vez más desesperado, y tratando de salvarlo de la ruina, una noche la joven escribió una esquela; tan pronto la recibiera el usurero, se apresuró a considerar la situación. Entonces, su mente perversa ideo un plan siniestro, que consistía en casarse con Inés y al mismo tiempo cobrar el oro, y para que todo le saliera a la perfección, redactaría un documento que hiciera alusión al préstamo y a la promesa matrimonial, más la fecha de vencimiento la fijaría él a última hora. Don Cosme a su vez, escribe una nota de contestación a la ingenua Inés, en donde le decía que fuera a su casa al día siguiente para firmar el documento y hacer el juramento.
Al día siguiente, pretextando ir al rosario, la joven fue a la casa del usurero acompañada de la fiel sirvienta y armada con un puñal, por si aquel hombre intentaba hacerle algo. Don Cosme ya la esperaba para que firmara el documento, lo leyó detenidamente y lo firmó, después el usurero la condujo ante un crucifijo para que jurara antes este, que se casaría con él si su padre no pagaba tiempo, y doña Inés hizo un juramento que nadie iba a poder romper ni eludir; pero a don Cosme no le pareció suficiente y exigió jurara también que pasara lo que pasara, ella se casaría. Después el jubiloso usurero entregó a la joven los dineros, acto seguido se subió en su carruaje, mientras don Cosme la fue a despedir a la calle con deseo. Al llegar a la casa de don Juan, la sirvienta cumplió las instrucciones de Inés, mintiéndole a don Juan, diciéndole que un enviado había traído mucho oro de parte del usurero, y que le pagaría a su debido tiempo.
Al día siguiente, muy de madrugada salió don Juan llevando el oro hasta el puerto de Veracruz, ya que era urgente hacer zarpar los barcos hacia España, para que pronto estuviesen de regreso. Al volver, se le veía feliz, iba a ir con don Cosme esa misma noche para firmar el documento del préstamo; al ver que no podía callar más, triste y angustiada Inés cayó de rodillas llorando ante su padre para confesarle el juramento de matrimonio y le plazo que tenía de tres meses. Transcurrieron días de angustia y desesperación para don Juan, ¡sus naves no arribarían en tres meses! Entonces, para salvar a su hija de aquella boda afrentosa, decidió enviarla a Puebla hasta que se deshiciera el compromiso; pero a pesar de todo, sentía aquella angustia mordiéndole el alma a medida que las semanas pasaban. Entonces un aciago día se presentó ante don Juan un trágico emisario, para comunicarle que al salir sus barcos de la Habana, habían sido arrastrados por un furioso temporal a la Florida, fueron arrojados contra los cayos, resultando destruidos y muerta toda la tripulación. Desesperado, bebió  vino con exceso, y entonces se le ocurrió la siniestra idea de suicidarse para evitarle el matrimonio a  su hija.
Esa misma noche llevó a efecto su plan, el día lo ocupó arreglando todos sus asuntos, más cuando ya colocaba la soga al cuello, escuchó la voz dulce y amorosa de su hija Inés, quien venía a impedir que si padre cometiera tal locura, y también a decirle que ella sería el instrumento de Dios para castigar las infamias cometidas por don Cosme; la joven entonces le pidió a don Juan  le informara al usurero que la boda iba a celebrarse en la fecha fijada, a las doce de la noche en la capilla del convento de la Merced. Después de dar su mensaje, Inés pareció desaparecer entre las sombras de la puerta y en vano su padre le gritó y siguió, pero ya no escuchó nada, solo el lejano toque del convento de la Concepción llamando a maitines. El infeliz terminó por creer que su hija había dejado Puebla, y que habíase ido a la iglesia, en vano esperó que la joven bajara de sus habitaciones, ya que en esos momentos entro de manera abrupta una sirvienta a la habitación  para informarle que Inés había muerto en la noche a la hora de maitines.
Don Juan lloró su desgracia varios días, y después consultó al santo fraile don Sebastiano Hurtado, el convento de la Merced, quien le aconsejo debía de dejar que  el espíritu de su hija viniera a cumplir su última voluntad.  Finalmente se venció la fecha de la boda y don Cosme, que aceptó las condiciones llegó a las doce de la noche; poco después arribó don Juan, quién descubrió con terror que en el pequeño atrio esperaba un bulto vestido de novia, no acertó a decir nada, aquella figura que sabía era su hija vuelta del más allá, como flotando, al templo entró. El fraile con  tono sombrío, dijo las palabras rituales, él y el padre de la muerta, ni palabra cruzaron, pues en la capilla flotaba un olor ultraterreno. El lujurioso y pecador agiotista salió de la casa de Dios, nervioso, junto a la novia; pero aún dijo al tribulado don Juan que ahora solo le faltaba pagar el oro que le había prestado, pero el pobre hombre nada contestó, solo se limitaba a ver como el fantasma de Inés se alejaba con el miserable aquel.
En esos momentos, don Cosme al tocar a la novia, sintió que un viento helado bañaba su cuerpo; y cuenta  la leyenda, que la recién casada se levantó el velo, dejando ver un rostro horrible y descarnado, aquella aparición hizo que el viejo usurero lanzara un espantos grito. Impulsado por el terror que dio alas a su ancianidad, corrió hacia don Juan y el fraile gritando que se había casado con una muerta. Fray Hurtado y don Juan fueron a inspeccionar el carruaje, donde hallaron solo el vacío vestido nupcial… y un olor a ultratumba, a misterio; a algo que nos impone pavura, porque no había explicación alguna para ello.
Don Cosme cayó gravemente enfermo y dejó de dedicarse a la usura, decidió perdonar a sus deudores y llamó a los frailes mercedarios para que se hicieran cargo de su fortuna, y la repartieran entre los pobres. Un mes después murió arrepentido de sus culpas.
Y así llega a su fin esta escalofriante leyenda, que lleno de pavura los corazones de toda Nueva España; pero si alguna duda les queda o desena saber alago más, vengan una des tas noches al convento de la Merced, tal vez, cuando el silencio se unte en sus muros carcomidos, ustedes puedan oír otros detalles de las bocas de los muertos. ¿Quién es  el valiente?

domingo, 2 de junio de 2013

La capillita de Manzanares

Si nos tomamos el tiempo de recorrer el antiguo barrio de la Merced, encontraremos un pequeño templo levantado a fines del siglo XVIII, el cual se distingue de los demás porque se parece una iglesia de juguete, y por ser uno de los mejor conservados del Centro Histórico. Siempre que visites el recinto, lo podrás encontrar muy limpio, con flores frescas y en general muy bien cuidado.
Cuando Hernán Cortés llegó a Tenochtitlán, mandó construir siete ermitas en diversos puntos del valle de México, siendo la capilla de Manzanares la única sobreviviente en  la actualidad; pero la arquitectura que vemos actualmente no es la de la construcción original, sino de una remodelación hecha durante el siglo XVIII.
La historia del recinto se encuentra estrechamente relacionada con el suburbio del mismo nombre, el cual durante el siglo XVI era un barrio netamente indígena, ubicado en las salientes del lago de Texcoco; justamente detrás de la capillita pasaba uno de los dos brazos de la Acequia Principal, que venía desde Xochimilco y desembocaba en el lago. La corriente de agua existió hasta el siglo XVIII, cuando a pesar de la oposición de los vecinos, fue cegada.
La Iglesia tuvo siempre sus puertas abiertas para recibir a los indígenas de los barrios circundantes, hasta que le tocó enfrentarse con las Leyes de Reforma, de las que se salvó milagrosamente gracias al arduo cuidado de los vecinos.
Al ver su portada, podremos apreciar que es de estilo barroco churrigueresco, con sus columnas estípites y sus correspondientes campanas, la puerta bellamente tallada, su construcción en cantera muy característica de aquella época y que en cada uno de sus lados tiene una torre; también cuenta con una casa de curas.
Al ingresar al templo, veremos un minúsculo coro iluminado por las ventanas de la cúpula  que abre a la fachada y sus figuras estofadas de excelente factura, pero lo que más salta a la vista en su hermoso retablo barroco con la imagen del Señor de la Humildad en su nicho central. La fiesta de Santo se lleva a cabo el seis agosto, donde todo se convierte en una fiesta y algarabía, con mariachis, bandas, danzantes, juegos mecánicos, la imagen colocada al frente de la Iglesia para recibir las muestras de agradecimiento de los habitantes.
Debido a su pequeño tamaño, se podría estimar que caben cerca de veinte personas. A pesar de la belleza del lugar, durante el siglo XIX adquirió fama de ser el recinto sagrado de malvivientes, ladrones y mujeres de la vida galante.

domingo, 26 de mayo de 2013

Antiguo Panteón de Santa Paula

ESTA HISTORIA ES COLABORACIÓN DE GUILLERMO FÉLIX, UN APASIONADO DE LAS HISTORIAS Y LEYENDAS DE NUESTRO MÉXICO


En los escritos de los antiguos cronistas con frecuencia lee uno sobre el panteón de Santa Paula, muchas veces acompañado de una foto que muestra una elegante y lujosa tumba rodeada de árboles. Estuvo situado en el rumbo de Santa María la Redonda, a la altura de la Plaza de Garibaldi. En lo que es hoy Paseo de la Reforma Norte y las calles que allí convergen Moctezuma, Mosqueta, Camelia y otras más estuvo el cementerio de Santa Paula que perteneció al Templo de Santa María la Redonda.
Las crónicas cuentan que fue establecido formalmente hacia 1784, aunque operaba desde 1779, año en el que la viruela volvió a diezmar ferozmente a la población, particularmente a la de bajos recursos. El hospital de San Andrés, dueño del cementerio, dispuso un espacio especial en la orilla para los que morían de la epidemia y evitar en lo posible el contagio a través del aire, que pensaban que esparcía la enfermedad.
El sitio contaba con una bella capilla, consagrada al Salvador, y 35 sepulcros para personas pudientes que, por humildad, quisieran ser enterradas ahí. No era un cementerio público: durante muchos años sólo fueron sepultados los pacientes del hospital de San Andrés. Uno de los benefactores más importantes del nosocomio, don Manuel Romero de Terreros, pidió ser sepultado en el lugar, rodeado de la gente a quién siempre buscó socorrer; entre otras obras pías, fue benefactor del Monte de Piedad, fundado en 1775 por su abuelo, don Pedro Romero de Terreros.
En 1836, ya en el México Independiente, fue declarado cementerio general y todas las personas que morían en la Ciudad de México tenían que ser enterradas en él. Unos años más tarde surgieron otros panteones, pero Santa Paula se volvió el de moda. Entre quienes buscaron ocupar un sitio en ese lugar, aun adelantándose a su momento final, estuvo Antonio López de Santa Anna, quien dispuso que la pierna que había perdido en combate, en 1838, fuese sepultada en Santa Paula, en solemne ceremonia, a la que acudió numeroso público; dos años más tarde el mismo pueblo profanó la tumba y arrastró la pata por toda la ciudad.
Esta fue la última morada de doña Leona Vicario (1789-1842) quién, por cierto, vivía en una bella casona que todavía existe, en la Plaza de Santo Domingo. Otros huéspedes distinguidos fueron varios combatientes de la defensa del Molino del Rey y del Castillo de Chapultepec, durante la invasión estadounidense de 1847; entre otros, Lucas Balderas y Felipe Santiago Xicoténcatl.
En ese lugar eran sepultadas personas de escasos recursos. Por humildad, ahí se hizo enterrar el primer Conde de Regia. También fue última morada del Gral. Melchor Múzquiz, presidente interino de la República (del 14/08 al 25/12 de 1832), y de la última virreina de México, María Josefa Sánchez Barriga y Blanco de O´Donojú, quien nunca pisó salones del palacio virreinal ya que su esposo, antes de llegar a la Ciudad de México, suscribía los Tratados de Córdoba en los que se reconocía la Independencia de la Nueva España, dejando así de regir sus destinos.
 A mediados del siglo XIX, el cementerio fue decayendo y en 1869 el gobierno capitalino ordenó su clausura. El crecimiento de la ciudad fue devorándolo, subsistiendo milagrosamente la linda capilla y su plazuela El último vestigio de Santa Paula, la capilla de San Ignacio de Loyola, que servía como frontispicio, sobrevivió hasta 1963, cuando fue demolido para ampliar Paseo de la Reforma hacia el norte.  


domingo, 19 de mayo de 2013

Lo que contó la difunta


Cuidad de México, antes capital de la Nueva España, cuidad prodigiosa en leyendas y sucedidos espantosos como este que vamos a relatar. Este sucedido puso los pelos de punta a los habitantes de la colonial cuidad, y aún hoy sobrecoge el ánimo.
La leyenda se inicia en un lúgubre convento, el de las Capuchinas; en el siglo XVII, cuando aquella casona sombría estaba rodeada de un alto muro, ¡cuántas cosas misteriosas sucedieron en aquellos recios conventos; hechos que quedaron encerrados tras sus altos muros!
El convento estaba precisamente en la calle llamada de Capuchinas, hoy Venustiano Carranza; durante la época de la Colonia, esta calle era triste, estrecha, ensombrecida por altos edificios conventuales… ¡y el silencio!. Ahora que ya conocemos el convento, quiero hablarles de una colección de los terribles instrumentos que utilizaban las monjas en sus disciplinas conventuales, ¿piensan que hay hoy una mujercita, capaz de resistir un cinturón de garfios acerados, torturando sus carnes? o ¿podría asegurarme una chica de hoy, poder recibir veinte latigazos?, claro que no, y menos podrían aceptar que había tremendos castigos, como ¡cortarle la lengua a una monja! ¿lo creen?
Escuchad pues la leyenda que con gran verdad y sentimiento, escribió la vieja monja Salustina; se refiere a lo que ocurrió en el convento, de las dulces madres capuchinas.
Se trata de un suceso envuelto en el misterio, que con notas de terror y de salterio nos ha dejado la colonia. En fila procesional iban las monjas; la luz de sus velas las bañaba en oro; los claustros ha tiempo estaban en las sombras; y ellas, calladas y tenues, iban hacia el coro… descalzas, sin choclos ni escarpines; con la vista al suelo misteriosas; por los muros, en que había pintados querubines, se iban untando aquellas religiosas, ¿qué ceremonia ritual se celebraría a esas horas?, ¿por qué las mandaban formar las superioras?; en medio del recinto abovedado, próxima a ser escarnecida y flagelada, yacía dulce y demudada novicia al frente del Cristo Ajusticiado…
La Madre Superiora se adelanta, y leyendo un viejo papel garrapateado, grita en una voz que insulta y canta, que van a castigar a Sor Mirtel por un pecado; en los ojos de las novicias hay miedo y azoro, y al sentarse en la alfombra sillería, que es como de un teatro de elevada galería, ven que no solo para cantar sirve el coro y acto seguido, sobre esa carne virginal y pura, caen azotes, que causan dolor y amargura; así se azotaba solo a los galeotes; la monja resiste los tormentos más cuando los golpes se tornan más impíos, salen tristes lamentos de sus labios fríos; se azotan con temor escapularios, la monja vieja azota con inquina y la luz de inquietos tenebrarios, cae una y otra vez la disciplina; y al fin todo termina, yace la novicia sobre el suelo y sin que nadie se apiade de ella, muestra como Jesús, una llaga en el costado.
Se tornan a bajar esos espíritus cristianos; y en la fría y silenciosa lobreguez, solo se acierta a ver temblor de manos y en los rostros mortecina palidez; saben que antes de maitines como sucede miércoles y lunes, las monjas solían rodarse en unas plantas espinosas que eran puestas en el piso; y una a una, las monjas que violan las duras leyes conventuales sufren dolores sin recato, mientras piensan en cosas celestiales; más amanece y termina aquel calvario, felices las monjas capuchinas van cada mañana al confesario como parvadas de alegres golondrinas; después llega la tarde, brilla el oro tras las montañas, ya no arde el sol, por lo que las monjas van al coro musitando triste letanía se acomodan, y hay en su rostro, y en sus manos luz de luna cuando llenan aquella sillería, suenan entonces voces de oro, junto al cascado canto de las viejas y de esos cantos, hay uno muy sonoro, que tiene mucho de dolor y quejas, pero a pesar de todo era una voz muy hermosa, pero por más que las monjas buscaban la voz angelical, jamás descubrieron a su dueña; y después de tanto investigar, un día, la madre juró que contaría a las monjas al bajar y que sorpresa se llevaría que cuando terminó eran 67 novicias, siendo que deberían ser 66; acto seguido corre a avisarle del recuento a la vieja abadesa del convento, sorprendida, pensó que era un error de la hermana y le pidió las contara otra vez al otro día.
La noche siguiente fue de azoro y de temor general, pues la dulce voz fantasmal, volvió a escucharse en el coro; con que emoción, con que ternura, ¡que tesitura tan bella!; terminada la hora del coro la vieja monja se situó en la puerta y con cuidado contó; trémula cual si hubiera visto llegar su hora, fue a la madre superiora, a repetir la noticia y la primera le juró a la segunda haber visto en la fila sor Luisa del Sacramento, la cuál había muerto años atrás; la superiora, pensando que la madre había alucinado la mandó a sus aposentos y rezara unas oraciones, quedándose la superiora nada serena.
A la mañana siguiente, la madre escuchó una voz que de murmullo y encanto tornábase en llanto y en queja a Dios, y cuando ya iban a bajar del coro se fue hasta la puerta y se dedicó a contar y para salir bien de dudas, la abadesa testaruda siguió a las novicias a sus celdas, hasta que vio a una que no entró a sus aposentos, sino que se siguió a lo largo de un pasillo largo y oscuro; resultó ser cierto que sobraba una monja, que toda unciosa y silente, se alejaba por la fuente, bañada de luz de luna; parece que no camina, como tenue lampadario, va la monja capuchina ¡se oye el rumor de un rosario!. Para aclarar el misterio la madre la sigue y ve que cruza la reja del panteón; es noche tranquila; y hay penumbra en el huerto y a lo lejos una esquila parece doblar a muerto, la novicia misteriosa llega al camposanto y entonces un llanto de dolor y de tristeza la abate, se detiene ante una cruz, y la abadesa decide, bajo la luna y su luz, preguntarle si era del mundo de los vivos ó los muertos.
La monja desconocida comenzó a hablar con su voz que sonaba a salterio, queda, dulce, argentada, más no se aclaraba el misterio ¿quién era esa novia con la cabeza inclinada? La abadesa decidida, sin ninguna dilación, decide tomar medidas para una declaración, entonces la monja comienza a relatar su triste historia: en vida, tan hermosa como huraña y llena de liviandades, a mil hombres de Nueva España, burló con frivolidades, no hubo mujer pizpireta y coqueta, ni con mayor desenfado, engañó a más hombres mujer alguna; les mostraba ternura y les fingía gran cariño, amándola con locura; heridos de amor y con celos y por ella llorando, despachó a muchos hombres, algunos no pudieron con la pena y se suicidaron, de repente su vida dio un repentino giro cuando un apuesto caballero, llamado Pedro Lastey que tenía bruscos modales con sus criados; la mujer loca de amor le envió una carta y al día siguiente unos regalos, pero a pesar de todo el la ignoraba, desesperada le enviaba cartas, cartas y más cartas; hasta que un día fue a buscarlo a su casa, la mujer nada consiguió más que rechazo y humillaciones. Con el corazón roto se fue a su casa, y por tres meses se la pasó encerrada sufriendo por aquel amor no correspondido. Un día fue a la iglesia a confesarse, viéndola todos por primera vez con los ojos anegados en lágrimas; y casualmente ese mismo día su amado se casaba en el templo de la Profesa, viendo que se festejaba con mucha pompa; triste se fue la muchacha a su casa, sabiendo que ya no tendría esperanza alguna, se fue a su casa llorando su desventura, a tal punto que un día para olvidar se sumió en el vicio y en los excesos, sin encontrar consuelo en brazos de otros hombres; decidió un día ir a tocar las puertas del convento, entregándose a la fe cristiana, pero aún así ella seguía pensando en aquel doncel y para expiar su culpa todas las noches se sometía a severos castigos en su celda, los cuales eran los latigazos y revolcarse en espinas e incluso quemarse las manos con una bujía. Un día le rogó a Dios se la llevara de éste mundo para no sufrir más y dicho y hecho, a los pocos días cayó víctima de una enfermedad y murió en diciembre de 1670; y así terminó su relato la monja pecadora de desacato.
La muerta en aquel momento deja de estar inclinada y al lanzarle una mirada, grita la abadesa al ver su rostro descarnado, le otorgó en perdón y rezó por el descanso de su alma, pensando que así obtendría su descanso eterno, pero dice la leyenda, que hasta el año 87, fueron las monjas del coro, 67. ¿Cuándo dejó de penar la fantasmal capuchina?, no lo llegó a comprobar la escribana Salustina, ni ella ni nosotros; aún en éste siglo, hay quienes juran que en la mitad de la calle de Venustiano Carranza, donde antes se levantó el coro…
Se aparece sor Luisa, la monja pecadora ¿Quieren comprobar esta leyenda?, entonces los invito a las doce de la noche, recuérdenlo, donde estuvo en convento de las Capuchinas.

jueves, 16 de mayo de 2013

El convento de las monjas Capuchinas



El convento estuvo en la calle de Venustiano Carranza, esquina con Palma. La orden religiosa fue fundada por Santa Clara; pero fue mucho tiempo después cuando las religiosas llegaron a México dedicaron su templo a San Felipe de Jesús. Por desgracia el templo fue demolido con las Leyes de Reforma, y de el no queda rastro alguno de sus existencia. Solo sabemos que estuvo en pie por las fotos y datos históricos.

domingo, 5 de mayo de 2013

El Tesoro de la Candelaria



ESTA LEYENDA ES COLABORACIÓN DE GUILLERMO FÉLIX, UN APASIONADO DE LAS HISTORIAS Y LEYENDAS DE NUESTRO MÉXICO



Esta leyenda ocurrió en lo que hoy se conoce como La Candelaria de los patos en el año1584 en el convento de la Merced, ahí vivían los monjes Mercedarios y entre ellos el fraile llamado Cipriano de Almaraz, que tenía fama de dormilón y astuto.
Un día, mientras los religiosos se reunieron para hacer su rezo vespertino,Cipriano se quedó dormido y encerrado en el coro de la iglesia, de pronto, cerca del lugar pasó un caballero, el fray le gritó desde una ventana para que lo ayudara a salir pero éste hizo caso omiso, segundos después el monje se sorprendió ya que aquel hombre entró flotando al templo.
El caballero era un fantasma y el viejo Fraile le pidió que no le hiciera nada, el espectro respondió que tendría que hacerle un favor y lo convenció al decirle que sabía dónde estaba escondido un tesoro, al oír esto Cipriano se desmayó; al día siguiente encontró a otros frailes y les contó lo que le había sucedido, no le creyeron, pensaban que había sido un sueño.
Tres noches después, mientras dormían, a Cipriano se le apareció el fantasma de aquél caballero y le dijo: “Fray ¡Vamos por ese tesoro del que te he hablado! Te llevaré cargando en mí espalda hasta el puente del rosario y ahí lo verás enterrado”, el viejo fraile accedió, pero al llegar al puente y ver la laguna, decidió que no lo desenterraría pues sus fuerzas ya no eran suficientes.
Durante tres días seguidos el fantasma llevó a Cipriano al puente, éste no quiso sacar el tesoro. Días después el fraile cayó enfermó y posteriormente murió, consta en algunos libros que falleció de espanto y que nunca quiso desenterrar el tesoro.
Días más tarde, en una noche fría mientras un indio cazaba patos en la laguna del puente Rosario, se le apareció el fantasma y le dijo; “Estoy aquí para ayudarte, yo te haré inmensamente rico”, le explicó cómo sería esto y lo llevó a donde estaba el tesoro enterrado. Le pidió que sacara el dinero puntualizándole que la mitad de lo que había ahí sería su recompensa, la otra mitad se la daría al clero para que hicieran misas en su nombre y así su alma pudiera encontrar el eterno descanso.
El fantasma desapareció y el indio, al encontrarse solo ignoró las instrucciones que el ente le había dado, sacó un poco de dinero y lo despilfarró. Las noches siguientes el hombre regresaba para sacar más dinero, gusto que le duró poco, porque un día, al dirigirse al cofre, escuchó una voz que le decía “¡No toques más ese cofre, no seguirás robando mí oro!” A lo que él respondió: “Ahora sí cumpliré la promesa”, el fantasma le dijo: “Antes de eso cárgame en tu espalda y llévame hasta una iglesia”.
En el lugar el indio escuchó nuevamente al fantasma: “No me bajaré de ti hasta que le entregues al padre del templo la mitad del dinero y le digas que haga las misas en mí nombre o de lo contrario te pesará”.
La mente del indio comenzó a trabajar y pensó que no cumpliría las indicaciones de esa alma maligna, sólo le pediría al padre que hiciera las misas y el dinero sería para él, el fantasma leyó su mente y le dijo; “¡No, ni lo pienses, debes cumplir con todo lo que prometiste! O jamás me bajaré de ti”. El indio corrió por las calles asustado y gritaba: “¡Quítenme este fantasma, por el amor de Dios!”, la gente pensaba que estaba loco, pero un día el indio no aguantó más, quedó inmóvil y murió.
El fantasma deambulaba cerca del puente, unos dicen que cuidando su tesoro y otros que en espera de que alguien desenterrara el cofre para ponerle fin a su eterno penar; por este motivo los Frailes decidieron construir una capilla frente al puente y así alejar al fantasma, los indios no dejaron de cazar patos en ese lugar, pero después los habitantes de la Candelaria fueron azotados por la mala época conocida como: el Matlazahuatl o viruela negra.
Según la historia esa zona quedó insalubre y deshabilitada. Fueron tantos los muertos que el clero decidió construir ahí un cementerio y en 1737 la Candelaria de los patos se convirtió en un campo santo, hoy conocido como San Lázaro. Siempre quedó la incógnita de que si quienes enterraban a los muertos habían encontrado el cofre, se dice que posiblemente nadie lo encontró o que quedó enterrado en alguna parte de la candelaria de los patos.