jueves, 29 de mayo de 2014

Palacio de los Condes de Valle de Orizaba o Casa de los Azulejos

Uno de los Palacios más emblemáticos y bellos de nuestro Centro Histórico es la famosa Casa de los Azulejos  o el Palacio de los Condes de Valle de Orizaba. ¿Quién no ha escuchado la leyenda donde el conde le dice a su hijo calavera?: “Tu nunca harás casa de azulejos”.  ¿Quién no ha llegado a ver al conde bajar las escaleras?



domingo, 25 de mayo de 2014

La Tétrica cárcel de la Acordada

La cárcel de la Acordada y el Tribunal de la Acordada, nombre derivado del calificativo que cedió a la primera resolución de la Audiencia, fueron una misma cosa, y obedecieron a un mismo hecho: durante el siglo XVIII, el país estaba infestado de salteadores y ladrones de caminos en los pueblos, por lo que sea "acordó" por el virrey Duque de Linares y por la Audiencia de México, reducir el crimen por medios enérgicos y adecuados, declarándose una tenaz persecución contra los malhechores, distribuyéndose para guardar el orden hasta 2000 hombres por poblados y campos.
La cárcel de la Acordada en un edificio tétrico y sombrío, lleno de recuerdos de castigos de criminales, que estuvo situado en la antigua calle de el Calvario, que hoy forma parte de la avenida Juárez, con su fachada hacia el norte de la manzana, limitada al oriente por la calle de la Acordada, hoy Balderas, y al occidente por un terreno en que se formó la primera calle de Humbolt. Las primeras cárceles de este Tribunal fueron unos galerones ubicados en Chapultepec, hasta que fue levantado un edificio más apropiado, el cual se derrumbó con el temblor de 1788, siendo reconstruida en un solar cercano que medía 66 varas de frente y 70 de fondo, inaugurándose en febrero de 1781. En el extenso terreno conocido con el nombre de Ejido de la Concha", en recuerdo de uno de los más famosos perseguidores de bandidos, se alzaba la horca sobre un gran tablado forrado de plomo, y las crónicas de aquella época arrojan un saldo terrible de castigos: 1729 reos azotados, 19.410 remitidos a presidio, 888 asaetados, 263 destinados a oficios y obrajes, 777 desterrados a los pueblos, 68 entregados a la Inquisición, 1280 muertos en la prisión, 249 trasladados a hospitales y 35.058 dejados en libertad.
Con la Constitución Española de 1812, elaborada por la Corte de Cádiz, quedó abolida la institución de la Acordada, demoliéndose definitivamente de aquella siniestra horca, con gran alegría para el pueblo; cabe destacar que ahí fue ejecutado el insurgente don Ignacio Bravo en septiembre de 1812. Con el paso del tiempo aquella cárcel quedó destinada a prisión ordinaria, hasta que los reos fueron trasladados a la Cárcel de Belem, y cuando ésta fue demolida, los presos pasaron a la penitenciaría.
Como se mencionó en párrafos anteriores, el Tribunal de la Acordada estuvo primero en Chapultepec; después se trasladó al lugar en que se fundó en Colegio y Convento de San Fernando; luego paso a un antiguo obraje, lugar ocupado más tarde por el Hospicio de los Pobres; y en 1757 quedó establecido en su lugar definitivo frente al Calvario.
El edificio arruinado por el temblor, fue reconstruido.
Aquel lugar estaba construido de piedra roja basáltica, con molduras, pilastras y cornisas de recinto y cantería; sobre su portada se ostenta un escudo de algún tiempo con las armas de España, y en épocas posteriores con las del México independiente, también contaba con balcones para las habitaciones de empleados, entre las que destacaban las del Alcalde, los Juzgados, el cuartel de Policía y la sal en que se exponían los cadáveres. Algunos escritores atribuyeron al Padre Licenciado don José Rincón, las siguientes palabras que se veían en el edificio, sobre la puerta principal, y dos en cada extremo de la fachada:

La primera decía:
Yace aquí la maldad aprisionada,
Mientras la humanidad es atendida,
Una por la justicia castigada
Y otra por la piedad es socorrida.
Pasajero que vez esta morada,
Endereza los pasos de tu vida,
Pues la piedad que adentro hace favores
No pide a la justicia sus rigores.

Sobre el primer extremo decía:
Aquí en duras prisiones yace el vicio,
Victima a los suplicios destinada,
Ya que a pesar del fraude y artificio,
Resulta la verdad averiguara,
¡Pasajero!... respeta este edificio
Y procure evitar su triste entrada;
Por cerrada una vez su dura puerta,
Sólo para el suplicio se halla abierta.

Sobre el segundo extremo decía:
Aquesta excelsa fábrica suntuosa,
Defensa es de las vidas y caudales;
Y su muralla fuerte y espaciosa,
Al público le impide muchos males.
¡Oh, tú que miras su fachada hermosa,
Cuidado como pisas los umbrales!...
Aquí vive severa la justicia
Y aquí muere oprimida la malicia.

Las cuadrillas eran muy comunes durante aquella época,  y fueron atacadas por él célebre personaje llamado don Miguel de Velázquez, que por sus servicios en contra del bandidaje se hizo merecedor de muchos honores. Existió una cuadrilla en Morelia que radicaba en una hacienda junto al lugar de Taretan, en donde salían a saltear y robar; enterado el virrey mandó a Velázquez para que los persiguiera, pero este último lo haría con la condición de que se le dieran amplias facultades y los tribunales se inhibían en lo que fuera juzgarlos o castigarlos. Concedido cuanto deseaba, se dirigió hacia donde radicaban los criminales, los hizo prisioneros y en la horca pagaron con su vida todas sus fechorías, con lo que su Excelencia quedó más que contento.
Tiempo después, arribó al puerto de Acapulco en 1720 el Príncipe de Santobono que había sido virrey en Lima; Velázquez le dio seguridad hasta que llegó a México sano y salvo, quedando el ilustre personaje muy agradecido. El Príncipe no paró de hablar maravillas en la Corte de Madrid sobre lo ocurrido con Velázquez, y esto unido a los informes enviados por el virrey arzobispo don Juan José de Veyta, motivó la real cédula honorífica en la que se daba acción de gracias a don Miguel por su celo e integridad en perseguir y exterminar a los facinerosos, y en otras cédula se le nombraba capitán de estos ejércitos, y mandando también que viviera en el alcázar de Chapultepec, donde continuó ejerciendo su cargo y enviando a la horca a multitud de criminales. Velásquez continuó cumpliendo misiones encargadas por el virrey, todas de manera exitosa, lo que le hizo merecedor de nuevas cédulas, con la que se le concebían más facultades.
Junto al Tribunal de la Acordada, fue construido en 1764 el Hospicio de Pobres, fundado por el doctor Fernando Ortiz; el lugar fue dedicado el 19 marzo 1774, y después comenzaron a entrar pobres y mendigos de los que iban por las calles implorando la caridad pública. El Hospicio fue bendecido por el Arzobispo doctor Núñez de Haro y Peralta. La casa de pobres fue ampliada con la herencia del capitán don Francisco de Zúñiga; también fue inaugurada la capilla, y después se introdujeron a sus amplias salas a los niños que se habrían de educar bajo la dirección de la Junta de Caridad, formada por los señores principales de México.

domingo, 18 de mayo de 2014

Protección abnegada (Sucedió en la calle de las Escalerillas, hoy República de Guatemala)

En esta calle vivía una esclava negra, experta cocinera que servía en una casa principal, la cual se desconoce su exacta ubicación. Siempre se le ocurrían nuevas formas de aderezar los alimentos, porque era experta en esos menesteres y por extremo limpia; en todo ponía el cuidado más meticuloso, y con sus guisos y dulces dejaba satisfecho al paladar más exigente. No había nadie como ella para dejar el exquisito guiso en el punto exacto de sazón que era debido, y con sus especiales condimentos, matices y sabores, las convertiría en imponderable delicia del paladar. Sus confituras, mermeladas, conservas y demás postores, eran un regalo mandado del cielo, pues tenía gran talento para lo dulce, que nadie se podía negar a deleitarse con su sabor; todo aquel que probaba lo que salía de sus prodigiosas manos, automáticamente se convertía en un seguidor suyo.
No sólo sabía darle gusto al paladar, sino que cuando hablaba de ellos poseía la virtud de que le escucharon atentamente sus descriptivas palabras; así también era dueña de muchas perfecciones, con las que ponía suavidad y cariño en todos los seres que la rodeaban. Esta mujer era silenciosa, apacible cordial, al más simple y fiel de la que emanaban delicadezas insospechadas; manso el ademán, ternura en la voz, y la voluntad obediente y sumisa; era ingenua, su perenne sonrisa mostraba la blancura de sus dientes y lo blanco de su espíritu; tenían su alma profunda alegría y constante sensación de placidez.
Esta buena mujer a todas horas andaba afanosa por toda la casa, de un lado para otro, limpiando, atendiendo con alegría a los menesteres domésticos; todo lo observaba, las cosas de la cocina, la ropa blanca de los arcones y armarios, los muebles de todas las estancias y el piso de todos los rincones de la casa; mientras hacia su labor cantaba unas tonadillas de ritmo lento, llenas de apacible tristeza. Tenía ella un hijo, que trabajaba de cargador en un obraje, se ganaba los corazones consumida, contaba con alrededor 25 años de edad, y por su gallarda apostura, por sus dichos alegres y por sus canciones, era muy querido de mujeres; pero su alma se le quedaba quieta, sólo su mirada se iluminaba cuando el apuesto mancebo tenían enfrente a una mozuela de Tacuba. Pero además de poseer el amor de esta alegre doncella, también como es natural lo tenía hacia su madre.
Una mañana, la esclava preparaba los deliciosos guisos que acostumbraba, porque en la bien aparejada mesa de sus señores amos iban a sentarse el exigente y gentilhombre don Eulogio Gerónimo Saavedra del Vado, y otras personas como él, de un exigente paladar, cuando de repente entró en la cocina un hombre descolorido y anhelante. Venía bañado de palidez, teñido como de horror; era flaco y acobardado; con voz suplicante y apresurada pidió a la esclava que le escondiera pronto porque gente indignada lo seguía muy de cerca para matarlo, pues acababa de quitar la vida un negro. La negra lo envolvió, afable, en una amplia mirada de ternura, dolida por la desgracia de verlo indefenso y perseguido, a pesar de que había dado muerte a un ser de su misma raza; le dio leves golpecitos en el hombro, para infundirle confianza y quitarle temor. Con suavidad maternal lo tomó de una mano y lo metió, en una alacena; después continuó muy tranquila en el complicado aderezó desaguisado, para el que se puso a picar cilantro, tomillo y hojas de laurel que van a poner expresivos matices de sabor en ese plato.
Se escucho entonces en el patio un tupido vociferó entremezclado con un largo rastrear de pasos, que llenó todo el vasto silencio de la casa; pero la negra continuaba en su tranquilo disimulo, entregada por entero a su sabrosa actividad, cuando por encima de ese alboroto pasó la voz severa de su amo, después la de la señora. En ese momento la esclava escuchó que la llamaban y pensó que sería sin duda, para qué satisficiera su curiosidad, pero como no la tenía, ni tampoco le interesaba la causa de aquel bullicio, continuó con su trabajo.
Hasta muy cerca de la cocina llegaron los pasos y el murmullo; entonces oyó el llanto, seguido de largo alarido de dolor de otra escalaba, y presintiendo lo peor salió la puerta y se quedó en el quicio clavada por la terrible impresión de ver a su hijo muerto y ensangrentado. Se encontraba cruelmente bañado en su sangre, desparramada hacia todos lados; tenía una feroz puñalada en el corazón, y por la roja abertura se le fue la vida entre espesas oleadas de sangre. La angustia penetró el alma de la mujer, que la dejó en estado de shock, con la boca en los ojos abiertos, de sus ojos brotaron fuentes de lágrimas, y llamó desconsolada a la Virgen. Pero no hubo en ella ni una palabra, ni el más leve indicio que delatara al criminal que tenía oculto, sabiendo ahora que él era el autor de la muerte de su hijo.
Entre sollozos pidió que lo llevaran a su habitación, y cuando se fueron con el ensangrentado cadáver, se marchó hacia la cocina arrastrando lentamente sus pasos por el peso de su angustia, abrió el escondite del asesino, y viéndolo a través de sus lágrimas con ojos cargados de tristeza, y sin decirle palabra alguna, con un ademán le indicó que se fuera; el asesino arranco a correr a toda furia, desapareciendo de la calle. La generosa mujer puso a salvo su vida sin hacerle un solo reproche, ni dar un lamento, ni decir una querella. En una figura lastimera aquel humilde ser desamparado y noble, que sufría sin quejarse; insensible sería el que no tuviera pesar y dolor viendo así a la pobre esclava. Cayó al fin de rodillas y dio más libertad al sentimiento, lloraba con un llanto manso y callado, copioso toda doblada sobre sí misma.

domingo, 11 de mayo de 2014

La Casa de Maternidad

Pía y caritativa acción, es la de socorrer a toda mujer que va ser madre, brindándole un lugar en que pueda por algunos días, disminuir su miseria, ocultar sus pesares y  enjugar sus lágrimas. Prevenir por medio de la caridad el decaimiento de la moral y las funestas consecuencias de la desesperación, rodear de cuidado la cuna del pobre niño que tal vez no tenga después quien vele por él, tales ideas fueron las que presidieron el establecimiento de los asilos de maternidad, levantados en casi todos los pueblos ocultos. México podía presumir orgulloso, que contaba con una de estas casas a la altura de las de Europa.
En 1861, por acuerdo del Presidente Juárez, nombró el Ministro de Gobernación, Señor Zarco, una comisión que investigará acerca del establecimiento de una casa de maternidad y un hospital de niños, y en noviembre de ese mismo año el Congreso decretó la creación de dichas instituciones, dejando al Ejecutivo dispusiera el reglamento correspondiente y señaló para el plantel él Hospital de Terceros. El de maternidad se inauguró con un pequeño número de camas, pero por desgracia debido a circunstancias políticas lo hicieron desaparecer.
En el año de 1865 el hospital de maternidad fue restablecido, el cual estuvo bajo la protección de la esposa del archiduque Maximiliano; estuvo ubicado en el edificio que antes formaba parte del Hospital de Pobres. Al arquitecto Bustillos le fueron encargados los trabajos de modificar y reconstruir el edificio, quedando establecidas dos alas unidas en ángulo recto, una pieza que servía de comedor y sala de operaciones al mismo tiempo, después estas dos últimas fueron remodeladas. En las salas quedaron distribuidas un total de 24 camas separadas por tabiques de lienzo; en cada alcoba se colocaron y cubrieron con cortinas un lecho y un puro, dejando el paso del frente para el tránsito. Fueron construidas también varias habitaciones para enfermas reservadas, quedando aisladas de las otras salas; 2 cuartos para baños, el jardín, y las habitaciones del director independiente del hospital, estableciendo también lavandería, planchaduría y guardarropa. De Europa fue traída una caja de instrumentos y una colección de piezas anatómicas, para el estudio de la obstetricia. En la planta baja del edificio fue instalado un anfiteatro con una plancha de disección para la autopsia de los cadáveres; ésta se inauguró el 7 junio 1866.
El cuidado de la casa quedó a cargo de un director facultativo, una partera y la administradora encargada del servicio económico; un administrador encargado de los gastos y de la admisión de las enfermas que son recibidas solamente con una boleta queda la administración, que siempre concede abrigo al pobre y necesitado.
En el establecimiento había velos para las que no quisiera ser vistas por el director; los alimentos consistían en desayuno, comida y cena, el clóset estaba abundantemente surtido de ropa de cama, así como la que han de usar los niños, el servicio de comedor era bueno y la comida abundante y sana. Al salir de la Maternidad, la madre lleva siempre consigo al hijo.
Desde la restauración de la República la casa subsistió con fondos municipales; fue entonces cuando comenzaron a hacerse distintas reformas: la distribución de las camas se fue modificada para el desarrollo de la fiebre puerperal, y el local pudo ser ampliado con la donación de la casa llamada de San Carlos, contigua a la de maternidad; con esta mejora se logró casi terminar con aquella enfermedad. Para los alumbramientos se destinó una habitación aislada, lejos de las demás para que los gritos no fueran escuchados por las enfermas.
Un aspecto en el que destacaba esa institución, en el aseo, el orden del establecimiento y el que guardaban las enfermas, que resultaba muy notable y como en ningún otro hospital; las embarazadas que se encontraban en posibilidad, hacían costuras de la casa, sábanas y ropa de niños, todo con espontaneidad. La casa no solamente cobijaba a la clase pobre, todas las que quisieran solicitarlo a él lo encontraban. Contaban con las instalaciones necesarias y los niños que nacían en aquel lugar, eran vestidos con ropa que demostraba cierto lujo. El anfiteatro fue reubicado en el piso superior a partir del año de 1870, era el más elegante y el de mejores condiciones higiénicas que tenía la capital. En la calle de Revillagigedo, se encontraba situado el hospital de maternidad, en donde carecían de una atarjea, por lo que salió en algunos olores bastante desagradables y en consecuencia esto debilitaba a las enfermas y al fruto de sus entrañas. Por fortuna este defecto no duró mucho, ya que al poco tiempo la calle fue arreglada.
Los jóvenes estudiantes tenían allí un sitio donde tomar conocimientos prácticos de la obstetricia; la Escuela de Medicina solicitó y obtuvo del Ayuntamiento la licencia para que los pupilos adquirieran aquella instrucción. El municipio de 1868 tuvo la satisfacción de completar la educación médica de los alumnos, ya tan notable distinguida. A la casa de maternidad acudían los estudiantes del último año y bajo la vigilancia del director aprenden los detalles del embarazo, se ejercitan en atender los casos naturales y accidentales. En la misma casa había un departamento de alumbramiento secretos, fundado por el capitán Zúñiga; allí no podían ingresar los alumnos, ni el profesor, solamente alguna enfermera que lo solicitara.

domingo, 4 de mayo de 2014

El Altar de los Reyes o Capilla Real

Este hermoso retablo es una de las joyas de la Catedral más representativas del barroco estípite latinoamericano y una obra de arte universal. Su propósito era servir como Capilla Real, como era costumbre en las catedrales españolas, para cuando los Reyes de España visitaran sus colonias en América.  El retablo fue decorado con reyes y reinas del cielo y de la tierra para dar alabanza a Dios.
El altar ocupa todo el ábside y conserva su misma forma, está dedicado en primer lugar a la realeza del cielo. En el centro del retablo está el cuadro de “La Adoración de los Reyes”, que representa a los primeros reyes que adoraron al Rey de Reyes, que es nuestro señor Jesucristo; arriba de éste podemos ver el cuadro de “La Asunción de la Virgen de los Cielos”, que conmemora a la Virgen como patrona de la Catedral, primera y única Reina Universal. Alrededor del retablo se colocaron las esculturas de reinas y reyes santos, que gobernaron a la Luz del Evangelio.
El autor de este portento de retablo fue don Jerónimo de Balbás, quien utilizó por vez primera la pilastra estípite, colocó ángeles balbacianos y terminó al remate con un casquete que unificó todo el conjunto, presidido por el Padre Eterno.
Si nos vamos a la parte superior, arriba de cada pilastra, podemos observar cuatro esculturas de ángeles que portan atributos de la Virgen, predichos en el Antiguo Testamento, entre los que destacan: Ángel con Pozo de terna sabiduría ó de Agua Viva, Ángel con Casa de Oro, Ángel con Torre de David y Ángel con Fuente Sellada.
Trabajo de esta capilla se construyeron las Criptas Arzobispales, como las viejas catedrales españolas. Detrás del retablo, en el año de 1836 fueron depositados los restos del presidente interino don Miguel Barragán, siendo el único que ocupó este lugar, ya que en aquella época, les corresponde a la cripta a los presidentes de la República Independiente.

Algunos datos para ser tomados en cuenta:
-El retablo mide 25 m de alto, 13.75 m de ancho y 7.5 m de profundidad.
-En 1635 se concluyó ábside.
-En 1718 se inició la obra del retablo.
-En 1722 fueron colocadas las esculturas de madera, talladas, doradas y policromadas, midiendo 2.20 m de altura.
-En 1725 se concluyó la obra.
-En 1726 Juan Rodríguez Juárez pintó los cuadros del retablo.
-En 1736 el retablo fue dorado con lámina de oro de 23.5 quilates, por Francisco Martínez.
-En 1737 se realizó la solemne dedicación.
-En 1775 se concluyeron los dos retablos laterales.

Retablos colaterales de la Capilla Real

Fueron concluidos en el año de 1775, miden 11 × 5 m cada uno, en ocho lienzos del pintor Juan Rodríguez Juárez, realizados en 1726; las pinturas tuvieron que ser recortadas para adecuarlas al tamaño de los retablos. Los lienzos del retablo poniente tienen escenas de la vida de la Virgen y las pinturas del retablo oriente, llevan escenas de la vida de la Virgen y el Niño Jesús. El costo de las obras fue pagado por los Arcedianos de la Catedral, Luis y Cayetano Torres.

Altar de la Capilla Real 

Fue realizado por el escultor Miguel ángel Soto Rodríguez en 1965. Estado adornado con cuatro relieves con las figuras de los tetramorfos, las cuales representan a los cuatro evangelistas, son de madera tallada recubiertos con lámina de plata.
En la puerta del Sagrario está realizada la figura de un pelícano, que sangra al arrancar las plumas de su pecho para cobijar a sus polluelos y salvarlos de la muerte; este símbolo representa a Jesucristo, que dio su sangre para la salvación de la humanidad.
En la parte trasera del altar se encuentra una custodia monumental, hecha de plata labrada de dorada, pesa 387 kilos y mide 2.10 m de altura. Fue realizada en 1924 para conmemorar el Primer Congreso Eucarístico, y se utilizó nuevamente hasta mayo del año 2000. La Custodia salió de la Catedral en una gran procesión que recorrió el Centro Histórico de la Ciudad de México, fue recibida en el Templo Expiatorio de San Felipe, donde quedó expuesta a la adoración popular por un tiempo.


Para conocer más de la Catedral, puedes consultar: “Como vemos la Catedral Metropolitana de México y su Sagrario en el siglo XXI”. Escrito por: María del Socorro Sentiés Corona, Carlos Vega Sánchez, Marcelino Zamora Rivero, María Amada López Estala y Enriqueta Mercedes Chartt León.

domingo, 27 de abril de 2014

El niño artillero

A pesar de sus muchos años, el viejo soldado de Morelos seguía entusiasmándose con el relato de sus campañas, no careciendo de elocuencia sus conversaciones. Era un amable anciano con sus cabellos enteramente blancos, su rostro rugoso por el paso de los años y boca desdentada, pero en sus ojos seguía conservando toda la vida y juventud de la que su cuerpo carecía.
Se sentaba cómodamente acompañado de la montera en su venerable cabeza, de la que salían mechones de pelo rebelde y plateado; sus manos las apoyaba sobre un bastón, que de repente movía para accionar e indicar en el piso lo que describía, imaginándose que dibujaba planos de las batallas, de las fortalezas o de las ciudades que fueron escenario de sus propias hazañas o de las que le habían contado.
Las épicas narraciones de aquel simpático viejecito, fueron plasmadas en papel por el célebre cronista Luis González Obregón, en el libro de Croniquillas de la Nueva España, en donde con su hábil pluma trató de reproducir la sencillez encantadora de aquel soldado:

"Luego que supimos en Cuautla que el feroz Calleja venía a sitiarnos, nadie descansó un instante. Todos los habitantes se aprestaron a sostener el sitio. Se acopiaban víveres y municiones, se abrían fosos y se levantaban trincheras, principalmente en las boca-calles, por donde podía entrar el enemigo.
¡Hubiera usted visto, joven, me decía, como todos nos ayudaban, secundando las órdenes y los planes de nuestro gran Morelos!"

Aquí el anciano hacía ademán de levantarse de la montera, como homenaje póstumo a la memoria del que había sido su general. Debo advertir que siempre que pronunciaba su nombre, trataba de hacer lo mismo, y aún muchas veces le vi ponerse en pie y dejar rodar copiosas lágrimas, que se bebía, llorando de entusiasmo.

"Si joven, todos: los soldados de nuestras tropas y los vecinos de Cuautla; mujeres y hombres, ancianos y niños: todo se preparaban a la lucha.
En la mañana del día miércoles 19 febrero 1812, el realista Calleja, creyendo que iba a tomar luego la plaza, nos atacó por primera vez y con ímpetu.
El empuje de sus fuerzas fue tremendo y prolongado. Duró más de seis horas. Retumbaban los disparos de cañón: silbaban las balas de los fusiles y las piedras de las hondas; chocaban las espadas en los encuentros personales, pues hubo puntos que por breves momentos llegaron ocupar nuestros enemigos; y se hundían en las puntas de las lanzas en las carnes de los que atrevidos habían saltado las trincheras, o de los que acá adentro defendíamos, chorreando sangre, pero ebrios de obtener victoria.
De repente cundió la voz entre nosotros de que don Hermenegildo Galeana había perdido la plaza de San Diego con tanto esfuerzo y valor defendida por los soldados que estaban a su mando. Aquí fue el ver caras pálidas y rostros de mujeres desfigurados. No por el miedo ¡por qué en Cuautla ni los niños lo conocían! Sino por la consideración de que triunfasen los realistas.
Esa falsa alarma sembró confusión en los defensores de una de las calles orientadas en la plaza de San Diego que entonces llamaban Callejón del Encanto al que le hacían costado la casa de un tal Lazo, casa que después fue de mi comadre la Silva, y la cerca de la huerta que lindaba con el campo de cañas de San Martín.
Tras de la trinchera del callejón había quedado abandonada una pieza de artillería calibre de cuatro, ya cargada y próxima a disparar la metralla destructora. Entonces un niño de 12 a 13 años de edad, llamado Narciso García Mendoza, natural del pueblo, y que a la sazón se hallaba oculto entre las casuchas del lado Norte de la plaza de San Diego, vio venir la columna enemiga de dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y arrojado jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba aún alazán, hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos, ahogándose por la fatiga, el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron junto al parapeto, en donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y yacentes soldados nuestros, que habían caído allí mortalmente heridos, pero vitoreando a nuestra causa y a nuestro gran Morelos.
El niño García Mendoza no espero más. Salto sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y allá, y corre en dirección de la pieza. Uno de los jinetes, previendo lo que el niño iba a ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera e hirió a Narciso en el brazo derecho.
El niño, para no caer, se afianzó de una estaca, y rápido como el pensamiento que había concebido, tomó la mecha encendida que se hallaba enclavada y da fuego al cañón. Relampaguea la luz del fogonazo; el humo de la pólvora asciende por los aires: el disparo hace ensordecer los oídos y estremecer el piso, la trinchera y las casas de la calle...
El Conde de Casa Rul cae herido y es llevado por los suyos para morir después. Algunos dragones muertos quedaron al otro lado del parapeto; otros bien contusos, y todos acobardados, retroceden y huyen, dejando también el cadáver del que hirió al valiente, ¡al sublime niño! Galeana, que ha logrado restablecer el orden, aparece en esos instantes en aquel callejón, que por algo se llamo del Encanto, y tras de la trinchera abandonada, mira al niño herido pero orgulloso, satisfecho y sonriente. Lo toma en brazos, lo estrecha con efusión y lo lleva ante el gran Morelos, a quien relata su acción heroica.
Morelos sabía apreciar y premiar actos tan grandes como el de García Mendoza. También lo abraza y le señala un tostón diario como premio. Nosotros, los patriotas insurgentes, salvados aquel día por hecho tan memorable como el de aquel niño, lo paseamos triunfante por las principales calles de Cuautla; todavía manchadas sus ropas con la sangre de la herida que recibió en el brazo; gritándole entusiastas vivas y saludándole con atronadores aplausos, los habitantes del pueblo, a los niños, los jóvenes decentes, las mujeres de nuestros soldados, estos y nuestros jefes, incluso el gran Morelos...".

Así concluyó el viejo veterano la sencilla narración de aquel heroico episodio, al que nunca se le hizo un monumento o se le inmortalizó o de alguna manera.


domingo, 13 de abril de 2014

Viernes de Dolores

Se festeja de dos a tres semanas antes del sexto viernes de Cuaresma, para recordar el dolor que tuvo que padecer la Virgen al ver morir a su hijo Jesús. Durante la época de la Colonia se realizaban todos los preparativos necesarios para poner el altar; estos consistían en embadurnar de agua de chía, jarros, comales, cantaritos, ladrillos, pinos y objetos de barro muy porosos, cuidan do de echarles el agua diariamente. Sembraban en platos y en macetillas, trigo, lenteja, cebada, alegría y otras semillas, conservando algunas el contacto con el aire para obtener las plantas amarillas, y dejando las demás libres para que crecieran de color verde; por último, utilizaban cuantos muebles, trastes, lienzos y objetos de la casa, para que con mucha imaginación sirvieran de adornos para adornos de los altares.
Cuando al fin llegaba el tan esperado Viernes de Dolores, día grande de animación en la Capital de la Nueva España, ya sea por ser el onomástico de muchas personas, o por la conmemoración del sufrimiento de la Santísima Virgen. Para estos actos civiles y religiosos, la ciudad tenía más actividad que nunca, pues todos salían a comprar todo lo necesario para fiesta de la Lolita, o las flores y adornos para los altares, acto que iniciaba en el ya famoso paseo de las flores. Apenas sonaban las primeras campanadas matutinas y las bandas militares, las calles que conducían a la de Roldán se hallaban llenas de multitudes de gente. Dicha calle no se distinguía por ser agradable, tenía un aspecto desagradable que le daba, los vetustos y destartalados paredones del convento de la Merced, donde estaban abiertas puertas y ventanas sin que siguieran algún orden, y en la acera opuesta se levantaban casas particulares, ruines y desaseadas. La mitad de la calle era tierra, y la otra mitas era pura agua, que bañaba los conventuales muros, que las leyes de Reforma se encargaron de derribar.
El canal que por ahí pasaba, se encontraban lleno de canoas que había llegado para ofrecer a los ciudadanos la gran variedad de producción de las chinampas de Santa Anita, San Juanico e Ixtacalco, que eran hortalizas y flores. Para realizar las compras de aquellos productos, era toda una hazaña poder cruzar los mares de gente que se arremolinaban en el canal para hacer lo propio, pero después de haber adquirido todo lo necesario era muy común que muchos entablaran prolongadas conversaciones. Entre la multitud se colaban los muchachos y mozos de cordel que cargaban grandes cestos y ofrecían a todos sus servicios, y claro que no podían faltar las familias en los balcones de las casas del frente al canal, ni algún mercedario curioso con su hábito blanco asomado por un balcón de su vetusto convento.   
Entre las nueve y diez de la mañana todas las personas se retiraban ya fuera en carruajes a pie, para entregarse en cuerpo y alma a la larga faena de montar el altar de Dolores; se echaba mano de una mesa, algunos cajones de madera y a veces de cofres, después se colocaban de manera simétrica y luego se clavaba en la pared una cortina blanca o de color, de lino o seda; bajo esta se colgaba el cuadro de la Virgen y sobre el la imagen del Santo Cristo. El altar también era forrado con lienzos blancos adornados con moños  y listones de colores; ya por último se procedía a adornarlo. Algunos ayudaban a dorar las naranjas y en hacer banderitas con popotes y hojillas de plata y oro volador, otros más se encargaban de preparar las aguas de colores con que habían de llenarse copas, botellones y todo recipiente de cristal disponible en la casa. Eran sacados de su entierro los sembrados amarillos, y los eran traídos de los corredores y azotehuelas los verdes, así como también las plantas con los mejores follajes y flores; mientras las sirvientas comenzaban a moler en sus metates grandes cantidades de pepitas de melón, echaban a remojar la chía, el tamarindo, el perifollo y la flor de Jamaica, exprimían limones y por último hacían polvo la canela. En una gran olla era agregada azúcar, azúcar y más azúcar al agua, probándola de vez en cuando para checar el punto de dulce adecuado. Los procedimientos e ingredientes para la elaboración de las aguas variaba según los recursos económicos dela familia, y no faltaba algún estudiante de química que aplicara sus conocimientos o alguien que era muy entendido en estos temas.
Los ingredientes utilizados para teñir las aguas eran:
  • Coloradas- pétalos de amapola
  • Tornasoladas- los mismos con una piedra de alumbre
  • Doradas- cochinilla y alumbres
  • Carmesíes- palo de Campeche
  • Purpúreas con vivos de fuego-> flor de Jamaica, o carmín púrpura disuelto en amoniaco
  • Azules- sulfato de cobre amoniacal
  • Verdes- el mismo sulfato de cobre con unas gotas de ácido clorhídrico
  • Amarillas- solución acidulada de cromato amarillo neutro, adicionado con carbonato de potasa en pequeña cantidad
Una vez que se reunía todo lo necesario, se procedía a colocar sobre el altar al menos doce velas adornadas con las banderitas doradas y plateadas colocadas en candeleros, las plantitas que habían sido sembradas con anticipación, las naranjas pintadas, etc.
Llegaba entonces la noche tan esperada, cuando las luces del altar proyectaban unos rayos luminosos de vivísimos colores. Después del rezo en algunas cosas, y de la ejecución de algunas piezas musicales, seguían amenas conversaciones sobre el buen gusto con que se había decorado el altar, sus variados y graciosos adornos, las pinturas de Jesucristo y los siete puñalitos clavados el seno de María para expresar los siente dolores. Las conversaciones eran acompañadas por algunas piezas musicales; mientras todos pasaban un buen rato las sirvientas entraban con enormes charolas sobre las que traían vasos de cristal abrillantado para ofrecer las  famosas aguas.
Lo que resultaba un auténtico milagro era la resistencia de aquellos estómagos, que soportaban de manera estoica los excesos en las comidas y las aguas coloreadas, pues era obligatorio que los invitados probaran todos los sabores disponibles.
Durante la conmemoración de los dolores de María, los principales templos de la Capital celebraban ceremonias a todas horas del día, a las que asistían un gran número de almas caritativas. Durante la mañana habían misas solemnes, en las cuáles se cumplía en el Sagrario el precepto anual de los alumnos del Colegio de Minería y los de San Juan de Letrán en la capilla de su Colegio; por la tarde la solemne procesión del Templo de la Santa Cruz, y por la noche el ejercicio de las tres horas en la Tercera Orden de Santo Domingo y en la Santa Escuela del Espíritu Santo. En algunos Colegios, como en el de San Gregorio, los grupos de estudiantes levantaban en sus respectivas aulas altares a la Virgen de Dolores, y los rectores acompañados de algunos catedráticos los visitaban, prestando atención especial a las imágenes que los alumnos habían hecho conducir a sus casas.