domingo, 18 de octubre de 2015

Las calaveras literarias

Las calaveras literarias tienen su origen durante el siglo XIX, pocos años después de consumada la Independencia. Surge cuando artistas y literatos del grabado se burlaban de los versos funerarios heredados del virreinato, pues esto se enaltecía nada los muertos con pocas o falsas virtudes; aquellos versos de banal ilustración llegaban en el ridículo.
Aquellos hechos y anécdotas fueron las bases para que surgieran las calaveras literarias como versos lacerantes en la pluma de los nuevos escritores mexicanos, quienes utilizaban su creatividad como un arma para cuestionar los excesos del poder y la lambisconería aristocrática. Las calaveras literarias nos hablan de la descomposición de los grupos en el poder, siendo el descaro de los políticos es tan sucio y bajo, que es mejor plasmarlo en una divertida calavera literaria. Se podría decir que la calavera es una venganza del pueblo, encabezada por los ilustradores y literatos, contra aquellos que dicen servir a la nación y forman parte de la mafia política.
Sin embargo, también existen aquellas calaveras dirigidas cariñosamente a personalidades del mundo artístico y de la farándula. Los versos dedicados a estas personas se basan en la vida privada y en su trayectoria; dedicar calaveras a un artista es un motivo de festejo.
En lo que se refiere a la iconografía de la Muerte que vemos junto al texto, viene acompañada de un pensamiento moral en Europa llamado la Danza Macabra, allá por el siglo XIV. En dicha danza, la Muerte con su guadaña en mano, se presenta ante los mortales para anunciarles que muy pronto morirán y que deben arrepentirse de todos sus pecados y tienen que dejar arreglado sus asuntos pendientes; al más allá se va ligero, sin bultos y sin carne que aquí se queda para corromperse. Esta es la imagen de la muerte que le damos de Europa, a la cual le agregamos el rostro de mi Mictlantecuhtli, Señor del Mictlán y el tzompantli; dichas imágenes son muy parecidas a las de un ábaco, con la diferencia de que las cuentas eran cráneos de los guerreros vencidos.
Pero será durante el siglo XIX, en la corriente literaria del romanticismo cuando las calaveras literarias comienzan a emerger. Uno de sus mayores representantes fue José Guadalupe Posada (1852-1913), quien creó la mayor cantidad y variedad de calaveras, como la famosa Catarina. Gracias a su fértil imaginación consolidó la tradición de las calaveras. Las impresiones se vendían muy bien en la Ciudad de México, en especial en el Día de Muertos.
José Guadalupe Posada cambió la imagen de la muerte, dejando a un lado su aire misterioso y macabro, para convertirla en personajes variados. La disfrazó de humor, a los personajes cotidianos les quitó la piel para dejar al descubierto todos sus vicios y miserias, dejándolos sólo con su osamenta.

Desde entonces el mexicano hace actos de reverencia e irreverencia hacia la Muerte que nos acompaña desde el momento en que nacemos. Y no nos queda más que saborear las deliciosas calavera y tras de azúcar, amaranto o chocolate; y también reírnos un buen rato a expensas de los políticos y sus visajes.

domingo, 11 de octubre de 2015

Una capilla en el mar (Leyenda de Nayarit)

Hace muchísimo, pero muchísimo tiempo atrás, los habitantes del ejido de Jarretaderas trabajaban en los chilares, a escasos metros de la orilla del río Ameca. Todos los días, hombres, mujeres y niños se dirigían a esas tierras; y cuenta la leyenda que por las tardes, cuando el sol se comenzaba ocultar, se pueden escuchar unas campanitas por toda la orilla del río.
En cierta ocasión, una persona se encontraba guardando su herramienta de trabajo cuando de repente escuchó aquel sonido, y en el preciso momencargar energía to en que se disponía retirarse a su hogar, aprecia a lo lejos una persona envuelta en una sábana blanca que se deslizaba por la orilla del río sin tocar siquiera la tierra. Aquel hombre salió despavorido, con el miedo reflejado en su rostro.
Movidos por la curiosidad, tres aldeanos, que eran considerados de los más valientes del pueblo, decidieron ir a investigar qué era aquello que se escuchaba y de dónde provenía. En un día habitual, asistieron a trabajar como siempre solían hacerlo, habiendo acordado con anterioridad quedarse hasta la noche para poder darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Apenas dieron las seis de la tarde empezaron escuchar las campanitas misteriosas, pero en esta ocasión acompañadas de unos cánticos parecidos al de una estudiantina de niños que cantaran coros eclesiásticos.
Asesorados, buscaron el lugar de donde provenían aquellos cánticos, cuando de repente observaron a lo lejos varios hombres, todos cubiertos con un manto blanco que los tapaba de los pies a la cabeza, portando una enorme cruz de madera en el pecho. Uno de los aliados comenzó a temblar de miedo, acto seguido dio marcha atrás y se retiró a sus tardísimo a su casa; en cambio, los otros dos señores se fueron tras los espectros por la orilla del río. Éstos se internaron en el mar, pues no eran muchos metros los que distaban de lugar en donde desemboca el río.
Al día siguiente, cuando los familiares de los dos aldeanos se dieron cuenta que en toda la noche no habían regresado, puede madrugada fueron a buscarlos, encontrando los muertos en la playa con expresión de terror dibujada en sus rostros. Así pasaron los años hasta que en cierta ocasión, alguien comento que hacía mucho tiempo había existido ahí una capilla de frailes, que fue arrastrada hacia el mar por un maremoto, destruyendo todo y llevándose consigo a los ocupantes de dicho templo. Esa era la razón por la que se podía ver a los frailes internándose en el mar.
Se pidió por el eterno descanso de esas almas que murieron tratando de rescatar su capilla, cerro se agua bendita por toda la orilla del río y de la playa, y se rezaron algunas oraciones en el lugar. De esta manera se terminó con las apariciones y con el terror que está leyenda había causado a los moradores del ejido de  Jarretaderas.

domingo, 4 de octubre de 2015

Los libros prohibidos en el Colegio de Minería

La Inquisición condicionó y limitó la libertad académica y de investigación científica, provocando un retraso en el desarrollo en todos los campos del saber en cientos de años, al mismo tiempo que humilló la razón, la inteligencia, al someterlas al juicio criterio de la fe de frailes ignorantes y fanáticos religiosos, integrantes del Santo Oficio y carentes del derecho fiscalizador sobre otras ciencias que no fuera su teología y sus ciencias eclesiales.
Los intelectuales ingleses y holandeses se habían convertido en pioneros de la investigación científica y médica, pero como eran protestantes y sus obras caían automáticamente en la clasificación de “prohibidas”, no se encontraban al alcance de los intelectuales católicos europeos, que vieron el Santo Oficio como el gran obstáculo, al tener que usar la autocensura y así evitar penetrar en los terrenos minados de la Inquisición.
Estas censuras y prohibiciones también se dieron en tierras mexicanas. En el año de 1805 el Santo Oficio emitió requerimiento en el que pedía al Colegio de Minería retirar de sus estanterías el diccionario de Voltaire por ser prohibido, pudiendo ser nocivo y podía despertar en los jóvenes ideas inconvenientes. Durante el siglo XVIII y los años que le siguieron, se incrementó el hábito de la lectura en las personas, donde la Biblia deja de ser el libro de cabecera de la sociedad y se amplía el horizonte de temas por conocer. Diversos factores como la urbanización provocan que la gente comience interesarse por muchos temas. La lectura también se convirtió en un distintivo de la burguesía, pues sólo las personas que tenían los recursos para adquirir libros podrían formar parte de esta nueva tendencia.
En 1805, A España pasaba por una de sus peores crisis económicas con el decreto de Consolidación de Vales Reales, en donde el gobierno absorbió las propiedades de la Iglesia y la sociedad civil para poder sufragar el costo de las guerras que España sostenía. La Inquisición no padeció una crisis interna, pero si había cambiado la percepción que la gente tenía de ella, con una sociedad más desafiante. La siguiente lista refleja el grado ideológico que se desarrollaba en aquel entonces:

Política.
Tenemos el de Política de Bobadilla, la obra de Gabriel Pereyra Castro  De Manu Regia Tractatus, el Prontuario de Medallas, donde se narra la historia política del mundo del renacimiento de Jesús.
Las obras de Derecho, encontramos el derecho civil, canónico natural, etc. un ejemplo es la obra de Jacobo Pignatelli titulada Consultas canónicas; el Tractus  de testamentus comulgum, de Pekio; Elementos de derecho natural, de Burlamiageto; Derecho Natural y de gentes, de Vitriario; De Hispanorum primogeniis libro quator.

Filosofía.
Margarita Filosófica (Gregor Roch 1600); El dean de Killerin: Historia Moral; Epístolas familiares de Guevara (1539); Pláticas morales en mexicano; Diccionario filosófico portátil Volaire; Julio César: De plantis (1556).

Artes y técnicas.
En esta sección se abarcan las obras de poesía, teatro, oficios, arquitectura; destaca la importancia de los clásicos como P. Ovidio, Séneca, Higinio, Esopo y artistas más cercanos como Petrarca Luis de Camoens. La Inquisición cuidaba que las obras no fueran provocativas o deshonestas y tuvieran una fuerte carga de sensualidad.

Diccionarios y enciclopedias.
Diccionario de las voces usadas en la Ilíada de Homero; Diccionario: Itrusque iures; Adagios latinos y castellanos.

Ciencia.
Tratado de la cenuta; Geografía (Daniel Bartolo, 1767; Astrología (Christophori Pecelli); Reipublicae Statu (Gregorio Coronel de Óptimo, 1597); Scrptures eri agrarie (Goecio); Cuatro libros de la Naturaleza, y virtudes de las plantas, y animales que están recluidos en el uso de Medicina en la Nueva España, y al método y corrección, y preparación, que para administrarla se requiere con el Doctor Francisco Hernández escribió en lengua latina (Jiménez de luna, fray Francisco, 1615).

Economía.
Temas como los tratados de las rentas reales y mayorazgos, fueron censurados por la Inquisición, pues criticaban la actitud que la Iglesia adoptaban cuanto sus políticas económicas con la sociedad.

Educación.
La instrucción de los alumnos giraba en torno a la Iglesia, como en el Colegio de las Vizcaínos para señoritas.
Historia.
Aquí la Inquisición centró más su atención, pues debían cuidar que lo descrito en los textos no rebasara la realidad y permitiera la mente de los hombres con falsos testimonios.

Religión.

Fue difundida por todo el reino a través de la lectura y supervisada por la Inquisición.

domingo, 27 de septiembre de 2015

El Callejón de don Bartolo (Leyenda de Querétaro)

De vez en cuando la Providencia hace un ejemplar y público castigo en algunos seres desgraciados, tanto para escarmiento de sus similares como para dar a la humanidad testimonio de uno de sus atributos: su justicia. Tal es el objeto que ocupar nuestra atención en la presente leyenda. La tradición oral ha perpetuado este suceso espeluznante y así ha llegado hasta nosotros.
Corría la mitad del siglo XVII, vivía en una de aquellas calles céntricas un individuo bastante rico, a quien llamaban el Segoviano, y cuyo nombre era Bartolo Sardanetta, que por su apellido más bien parece haber sido florentino que Segoviano, como se le apodaba. Siempre se le conoció solo, teniendo por ama de casa a una hermana. Vivía con holgura y desahogo debido a sus rapiñas, pues era prestamista. Mas como en aquel entonces estaba prohibido hacer estos negocios, recibía sus altos réditos en especie, razón por la que ganaba el doble, poseyendo además algunos terrenos y casas, muchas de ellas quitadas a los tontos necesitados por devengación de réditos. Así las cosas y llevando al parecer, una vida hasta edificante en materia religiosa, nadie se atrevía murmurar de él.
Sólo el día de su cumpleaños se daba entrada franca a su casa a varios reverendos que le dispensaban amistad, y esto por espacio de la comida nada más, pues concurría a los templos como todo buen cristiano. Refiere la tradición que cada año, a la hora de los brindis, decía esta relación: “Brindo por la señora mi hermana, por mi ánima y por el 20 de mayo de 1701”, fecha demasiado lejana, pero que para él tenía algún significado, aunque nadie se atrevía a preguntárselo debido a su carácter poco comunicativo. Esto pasaba por los años de 1651.
Así pasaron años y más años; pero como no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, llegó al fin la fecha tan fastosamente cacareada por el Segoviano, he aquí lo que aconteció:
Era la noche de la fatídica fecha del 20 de mayo de 1701, cuando al terminar de sonar la hora sacramental de medianoche, y se dejó escuchar una fuerte detonación, apareciendo sobre la ciudad un rojo fulgor momentáneo seguido de un profundo silencio. Y al acercarse la Santa Hermandad, retirábanse presurosos para no verse envueltos en un lío del que con trabajos saldrían. Nadie puede escuchar rumor alguno, quedando sin solución la multitud de hipótesis que fraguaba su calenturienta imaginación.
Al día siguiente, y siendo ya bastante tarde, los vecinos de la casa del Segoviano notaron con extrañeza que ninguno salía de ella, como de ordinario, por lo cual no faltó quien diese parte a la policía, la que enseguida ocurrió trayendo consigo al escribano real, y al abrir la puerta de su alcoba, se presentó un horroroso cuadro, que hizo se les parasen los pelos de punta, no sólo al alcalde del crimen, sino hasta el último esbirro. Al pie de una muy elegante cama, yacía el cadáver de la que en vida fuera hermana del Segoviano, estrangulada por el mismo. Pegado al techo estaba el Segoviano, como carbonizado, haciendo gestos horrorosos y pidiendo a Dios misericordia.
Se llamó sacerdote que según cuenta la leyenda, se apellidaba Marmolejo, quien declaró que aquel hombre estaba poseso, por lo que comenzó exorcizarlo, logrando que el demonio soltase a su presa y se alejara velozmente, cayendo enseguida don Bartolo ya sin vida. Al caer, ya venía carbonizado un rótulo, que él retenía y que decía: “Castigado así por hipócrita, asesino y ladrón”.
En su guardarropa se encontró una escritura de papel negro con caracteres blancos que no era otro sino el contrato celebrado con Satanás, por el cual, a cambio de riquezas, honores y placeres, le entregaría su alma a los 50 años de la fecha; y como el plazo había expirado, el contrato forzosamente tenía que ser cancelado.
Este hecho alejó de aquella calle a la gente de buen vivir, y por espacio de más de dos siglos se vio con horror; y todavía se puede alcanzar a ver como esa calle era habitada por gente de mal vivir, entregada la orgía y a los placeres, hasta que el gobernador Cosío, por los años de 1890, mandó desalojar, sustituyendo el vecindario con gente pobre, pero honrada.
Y desde aquella horrible fecha, el vulgo dio esa calle el nombre de Don Bartolo, título con el cual se le siguió conociendo.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Gertrudis Bocanegra


Gertrudis Bocanegra era hija de un acaudalado español, instalado en Pátzcuaro. Se encontraba ya en la pubertad cuando fue solicitada en matrimonio por un joven de apellido Vega, que era alférez en los ejércitos del rey. Para corresponderle, Gertrudis le exigió abandonar a todo servicio del Gobierno Virreinal, pues ya desde su juventud germinaban en su corazón los sentimientos patrios, que habían de llevarla más tarde hasta el sacrificio. El pretendiente estuvo de acuerdo, y se dirigió al padre de la joven, a fin de que diera su consentimiento para el enlace.
Le costó bastante trabajo que lo otorgara, debido a la manera de pensar del señor y a que el pretendiente era de color moreno, pues creía que era de casta inferior a la suya y a la de su hija. Fue preciso que emplear algunas influencias no sólo de otros españoles, sino del mismo obispo de Michoacán y aún del arzobispo de México. Vencida al fin la resistencia del padre de Gertrudis, el enlace matrimonial se llevó a cabo, después de renunciar Vega ha supuesto de alférez real, en cumplimiento de la palabra que había dado su prometida.
Como regalo de boda, la bella Gertrudis recibió del autor de sus días una casa para habitación, y en ella se estableció con su marido. Vivió muy feliz en su nuevo hogar; tuvo tres hijas y un hijo, y gracias al trabajo del esposo y a la buena economía, orden y buen gobierno doméstico de la esposa, aquel feliz matrimonio pudo reunir un regular capital, que le conquista magnífica posición en el hogar.
La guerra de insurrección estalló, proclamada por Hidalgo en Dolores. De un extremo a otro de la antigua Nave España, se trabajaba por el triunfo de los patriotas. El anhelo de la independencia era general, y lo mismo palpitaba en el corazón de los campesinos, que en el de los ricos, en el de las damas que en el de los niños. ¡Todos querían que México fuera libre!
Mientras tanto, en el seno de la familia de Gertrudis Bocanegra, aquel sentimiento había despertado a un grado increíble, pues la animosa matrona llena de entusiasmo, había comprometido a su esposo y a su hijo, quien contaba con tan sólo 17 años; para que abrazaran la causa de la independencia, tomando las armas y marchando a pelear a las órdenes de algún caudillo insurgente. En la casa de la valiente mujer se reunían casi todas las noches personas de las que simpatizaban con la idea de emancipación; ya sea para comentar las noticias que se recibían, o idear la manera de mandar algunos recursos de gentes, dinero y víveres a los jefes que combatían en los campos de batalla, y para que no se diera cuenta nadie del objetivo de aquellas reuniones, fingían que jugaban al tresillo.
Se sentaban todos alrededor de una mesa; pero la señora de la casa tomaba asiento en un canapé de los que entonces se usaban, y desde ahí estaba pendiente de lo que pudiera suceder. Así se fraguaban combinaciones, se tomaban acuerdos y se resolvía lo que debería hacerse para ayudar a la revolución. Con la ayuda de unos cigarrillos especiales que se eran torcidos por la propia Gertrudis en aquellas fingidas tertulias, se comunicaba a lo que allí se acordaba a los que en lugares próximos o lejanos luchaban por la patria. En cierta ocasión, un criado de la señora Bocanegra, que trabajaba de mensajero para llevar a su destino aquellos cigarrillos, fue aprehendido por sospechoso; y aunque nada se le pudo comprobar, y se mantuvo en una negativa absoluta, fue al fin fusilado sólo por sospechas. Esto causó profundo impacto a la citada dama y sus compañeros, pero no por eso desistieron de su trabajo, sino que los prosiguieron con el empeño y diligencia acostumbrados. Sucedió también por aquellos días que un tal Coronel Gaona, que militaba en las filas insurgentes, se enamoró de la hija mayor de la señora Bocanegra, quien llena de entusiasmo consintió aquella relación, pues así contaba con un hijo más en el ejército acaudillado de Hidalgo. Gaona se distinguía de tal manera en la guerra, y fueron tantos los encuentros en que salió victorioso, que llegó al grado de general.
Entre tanto, la revolución insurgente había tomado distintos caminos; por todas partes se levantaban guerrillas, en donde quiera se libraban combates. El hijo de la señora Bocanegra había muerto en uno de ellos, y su esposo gravemente herido, había llevado para su curación al beaterio de Morelia, en donde estaba para su seguridad, la hija casada con Gaona. Allí murió Vega a consecuencia de su herida. Aquellas dos terribles pérdidas lejos de abatir a la señora Bocanegra, la llevó a tomar una resolución inaudita, sobre todo tratándose de una dama acostumbrada a las mayores comodidades. Decidió entonces lanzarse a los campos donde peleaban los independientes, no sólo para compartir con ellos sus trabajos, sino para exhortarlos a que no desistieran, así como también para buscar los recursos y elementos, yendo a los pueblos, haciendas y ranchos en busca de gentes que se agregarán a las filas y tomarán parte activa en los combates. Sin embargo, había veces que su presencia en el campamento era embarazosa, especialmente para su hijo político Gaona y sus compañeros, quienes forzosamente tenían que estar pendientes de ella para cuidarla, evitarle molestias y peligros, y poner la ha cubierto de las emboscadas y asechanzas del enemigo. Algunas veces, teniendo que avanzar o retroceder, según los movimientos de los realistas, no podían hacerlo sino con grandes dificultades, por la señora se empeñaba en afrontar las más tremendas situaciones. En vano se le suplicaba que se retirara su casa de Pátzcuaro, a todo argumento para convencerla siempre se negaba.
Fue necesario entonces inventar un plan para obligarla a regresar a la ciudad, donde tenía su familia. Le dijeron que convenía a los intereses de la revolución que fuera ella persona preparar un movimiento que debería estallar en Pátzcuaro, el cual consistía en que, al acercarse las partidas insurgentes a que pertenecía Gaona, se lanzará un nuevo grito de independencia por la guarnición de la plaza, que al efecto sería sobornada. Ese grito sería secundado por aquellas partidas, y así quedaría la ciudad toda a favor en poder de los insurrectos.
Partió la señora Bocanegra para Pátzcuaro, siendo recibida por sus hijas con extraordinaria alegría apenas pasados los primeros momentos de expansión, se dedicó a cumplir con el encargo que había recibido. Todo estaba preparado, pero cometió un error que causó su desgracia.
Cuando aún residían Pátzcuaro, años o meses atrás había salvado del patíbulo a un sargento de las tropas insurgentes, el cual fingiendo profundo agradecimiento pide a la señora Bocanegra que lo recibiera en su casa en calidad de criado, para pagarle su acción noble y generosa; la señora aceptó y el criado permaneció a su lado durante algún tiempo. Ella lo juzgó digno de toda su confianza y desde luego comenzó utilizarlo en el desarrollo del plan que se proponía realizar; pero sucedió que por aquellos días se perdieron unos cubiertos de plata, recayendo sospechas en el antiguo sargento; siendo esta la causa que por despecho con el deseo de vengarse, denunciará a su ama como conspiradora, ante el comandante de las fuerzas de Pátzcuaro.
Esta infame acción dio el resultado que se propone el ingrato malvado delator. Aquel jefe montó en cólera, y llenó de temor de que la conspiración se realizará, inmediatamente mandó aprehender a la señora Bocanegra, quien se hallaba sentada a la mesa comiendo tranquilamente con sus hijas, y al ser intimada para que se diera presa, contestó con toda calma que estaba a disposición de la autoridad. Fue conducida a la cárcel interrogada sobre la conspiración que se le atribuía y que revelara los nombres de sus cómplices, pero ella contestó con toda entereza que no los tenía, y aunque lo supiera jamás los denunciaría. El comandante le insistió repetidas veces, varios días, ofreciéndole la libertad a ella y sus hijas que también habían sido detenidas; además le ofreció la devolución del dinero y alhajas, siendo todo inútil. La señora Bocanegra sostuvo su argumento hasta el final.
Despechado el comandante, leyó la prisionera el bando del virrey, en virtud del cual deberían ser fusilados y colgados los que tomarán parte en la insurrección, o de cualquier manera la ayudaran y favorecieran, o bien conspiraban para procurar su triunfo, advirtiéndole que es apenas se le aplicaría ella, se continuaba negando los hechos que se le imputaban. El jefe realista ante una respuesta tan terminante, pues él quería averiguar a toda costa quiénes serán los comprometidos con aquella heroica mujer, para sublevar las tropas de su mando. Mas la señora Bocanegra, firme como en el primer momento, vuelve a repetir que no tenía cómplices y que aunque los tuviera jamás diría sus nombres. Con esta última contestación, el comandante no tuvo otra salida que condenar a muerte a la heroína para ser fusilada al día siguiente.
Fue nombrado para auxiliar en sus últimos momentos a la señora Bocanegra a un sacerdote franciscano, el cual, lo mismo que toda la comunidad le tenía gran afecto, por haber recibido de ella incontables beneficios. Recibió todos los auxilios de la religión con ánimo entero y abnegación sublime, y así marcho al cadalso, con toda la energía de su gran carácter se arrancó la venda que cubría sus ojos, y arengo al pueblo para que no desmayar en la lucha y siguiera trabajando para conseguir su independencia. La señora Bocanegra siguió con paso firme por su triste y doloroso camino. De trecho en trecho deteníase para exhortar a la multitud a que no se desanimara y a que trabajara por su independencia, anunciándole que Dios lo premiaría, concediéndole su libertad. Llegó por fin a lugar del suplicio. Allí la señora se quitó una peineta de oro que sujetaba sus cabellos y le entregó al sacerdote, suplicándole la llevase a su hija mayor, como recuerdo maternal. Su reloj lo destinó a otra de sus hijas, y por ultimo recomendó al sacerdote que el chal de seda que la cubría, le fuese entregado a su hija menor. Todos lloraban conmovidos.
Pocos momentos antes de la descarga que había de acabar con aquella preciosa existencia, la señora Bocanegra volvió a arengar al pueblo, tratando de quitarse la venda por última vez. No pudo conseguir la causa de tenerla atada con mucha fuerza, y resignada al fin, se preparó para recibir las balas que habían de taladrar su cuerpo. Éstas no tardaron en ser disparadas por los fusiles realistas, cortando en un instante la vida de aquella admirable mujer, que supo sacrificarse por la patria.

Escrito por Victoriano Agüeros

domingo, 13 de septiembre de 2015

Las fiestas patrias en México


El sentimiento de amor hacia la Patria que todos llevamos dentro, se revela con más energía y fuerza cuando hay momentos críticos en que ésta se ve en peligro con una invasión extranjera. Este sentimiento tan a flor de piel es el que impera durante los días que dedica la nación a conmemorar un glorioso aniversario; los corazones de la gente se llenan de entusiasmo al escuchar el repique de las campanas de la Catedral, como si de música celestial se tratase, así de la misma manera que los conmueven los lejanos estampido del cañón como si aquellos fuesen misteriosos retumbos del mar con los que éste revela su grandeza, el sol se presenta más radiante y esplendoroso de lo habitual, iluminando a la hermosa ciudad con flores, cortinajes y banderas, ¿quién no se siente conmovido al presenciar el hermoso espectáculo que ofrece la ciudad en las primeras horas de la noche del 15 septiembre? ¿Quién no participa de esa alegría revelada por el inmenso gentío que invade todas las calles, en las que se agita y corre como impetuoso río para desbordarse en la gran Plaza de la Constitución? Al caer la noche todo el cielo se ilumina de los brillantes colores de las luces de bengala, mientras que la inmensa cantidad de gente que no deja más espacio libre para presenciar aquel espectáculo. El murmullo de la multitud es confundido con las alegres sonatas de una banda de músicos instalados en un gran quiosco, que se levanta en medio del jardín iluminado por millares de farolillos venecianos; confusión extraña que de vez en cuando es interrumpida por el estampido de un petardo que lanza al aire sus grandes cohetes chisperos y tronadores, que al reventar en las alturas inundan el cielo de lluvias de múltiples colores. Toda la gente hay presente se encuentra pendiente del reloj de la Catedral, todos ansiosos y expectantes de que llegue el momento en que el Presidente de la República, desde el balcón principal de Palacio, ha de lanzar ella tan famoso grito: ¡VIVA LA INDEPENDENCIA! Solemne momento en que el entusiasmo se convierte en frenesí.
Los alegres repiques de las campanas de Catedral y los clamores de la multitud contestan al patriótico grito del Presidente; los músicos se desperdician por toda la ciudad tocando alegres canciones, con tambores y cornetas, algunas personas se retiran a sus hogares y otros más se quedan a continuar la fiesta.
Al día siguiente las campanas de todos los templos y los estampidos del cañón saludan la llegada del amanecer; esta mañana tan especial se distingue de las demás porque el sol brilla más de lo habitual, como si él también conociera aquella alegría y se hiciera partícipe de ella. A los vecinos se les puede ver muy afanosos decorando sus viviendas con cortinajes y festones, muy conveniente para los vendedores de flores porque en estos días hacen su agosto en pleno septiembre, nada más se les ve yendo para un lado y yendo para el otro muy movidos. Más tarde se puede ver el desfile de las tropas, y la presencia de las bellas mexicanas en las calles y balcones, listas para presenciar el imperdible desfile.
Retrocediendo un poco en el tiempo, la noche de ese día se celebraba en el Gran Teatro Nacional, cuya compostura y arreglo estaban a cargo de la antigua Junta Patriótica; el pórtico y el salón del Teatro eran adornados con banderolas y festones; hermosas arañas de cristal pendían del techo y el foro se convertía en otro salón de menores dimensiones, cerrado por grandes cortinajes, lienzos decorativos y espejos, donde se podían ver reflejadas las plantas y los ramos de flores que constituían el más precioso adorno. En la parte frontal se colocaban, bajo un dosel de terciopelo los asientos de honor destinados al Presidente y a sus Ministros, a la izquierda se encontraba la orquesta, así como para algunos poetas y cantantes; el alegre entonar del Himno Nacional saludaban la llegada del Presidente, que se dirigía a su asiento atravesando el salón por en medio de la concurrencia puesta en pie, y la función ya podía comenzar, la cual consistía en la lectura del discurso oficial y del Acta de Independencia, el recital de composiciones poéticas que alternaban con hermosas piezas musicales ejecutadas por la gran orquesta y artistas de la Opera; en esta clase de fiestas sólo podían asistir ciertas familias del agrado del Ayuntamiento y de la Junta Patriótica, donde los discursos por lo general resultaban ser de lo más aburridos y los asistentes preferían escuchar a los cantantes para que los deleitarán con sus hermosas voces, y las poesía es medio las toleraban, pero sólo si eran cortas y bien recitadas, situaciones que en muy escasas veces llegaban a suceder.

El Himno Nacional Mexicano
Desde que la independencia se consumó, no faltaron voluntarios que intentarán darle a México un canto nacional, pero todos fueron infructuosos. En 1859 arribó al país el notable pianista Enrique Herz, quien agradecido por el buen recibimiento que se le hizo en la capital, compuso la marcha dedicada a los mexicanos, ejecutada la noche de su beneficio en el gran teatro de la calle de Vergara por la orquesta y 16 pianistas en ocho pianos ante un público muy numeroso; aquella marcha que se caracterizaba por tener un ritmo lento, a pesar de la difusión que se le dio no alcanzo a tener la popularidad deseada.
A finales de 1853 la Secretaría de Fomento expidió una convocatoria invitando a poetas y compositores para la creación del himno nacional, nombrándose al efecto los jurados calificadores. Los seleccionados de esta convocatoria quedaron de la siguiente forma: en las poesías quedaron a cargo los señores Cuoto, Caripo y Pesado; para la versificación don Francisco González Bocanegra, y las piezas musicales José Antonio Gómez, Agustín Balderas y Tomás León, y la composición se decidió por don Jaime Nunó. El 16 septiembre 1854, fue interpretado por vez primera en el Teatro el himno que logró alcanzar la gloria de llamarse nacional.
Así nacería nuestro himno nacional, del cual todo mexicano que se precie debería estar orgulloso, pues es considerado el segundo más hermoso del mundo, siendo el primero la Marsellesa. La próxima que cualquiera de nosotros escuche o entone el Himno Nacional Mexicano, nunca debemos olvidar a aquellos magníficos poetas y músicos que hicieron posible la existencia de esta obra maestra.
Las fiestas patrias actuales han cambiado mucho con las de hace un siglo, pues antes los desfiles de la armada podrían durar casi toda la mañana completa, y para un evento tan importante los ciudadanos ponen un cuidado especial en su arreglo, especialmente las damas que iban con sus mejores galas y joyas, adornando también con su presencia estos eventos; también en aquella época la salida del Presidente al balcón de Palacio para que diera el grito, en un acontecimiento muy esperado con emoción y expectación por todo el pueblo, sintiendo respeto hacia su gobernante. No cabe duda que las costumbres, los tiempos y la forma de ver la vida han cambiado, y que muchos valores ya se han perdido, pero lo que podemos hacer para ser buenos mexicanos que es amar, querer y respetar nuestro país tan rico en costumbres y cultura, pero sobre todo hay que sentirnos orgullosos de todo el gran patrimonio que tenemos y pensar que otros países quisieran aunque fuera un poquito de todo lo que tenemos.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El Charro Mexicano




Orígenes del charro.
Pasado el asombro que los primeros caballos les causaran, los indígenas aprendieron rápidamente a montarlos, y con tanta destreza que, temiendo el conquistador Hernán Cortés que menoscabar a su poder y prestigio, les prohibió cabalgar bajo pena de muerte, lo que no fue obstáculo para que continuaran haciéndolo, ya que ni se podía prescindir de sus servicios ni tampoco evitar que, al prestarlos, utilizaron las cabalgaduras en las labores agrícolas y ganaderas que requerían las grandes extensiones que se iban colonizando. Dicha prohibición hizo aún más atractiva la equitación, por lo que el conquistador la puso como señuelo para atraer aliados entre los indígenas, a los que recompensaba autorizándolos a montar, siempre que lo hicieran, según el ordenamiento relativo, al estilo de la tierra; condición está que demuestra que ya desde entonces los arreos de montarse iban adaptando a nuestro medio y necesidades, iniciándose así una transformación que acabaría por diferenciar inconfundiblemente al jinete mexicano de cualquier otro.

El charro insurgente.
Al estallar la Guerra de Independencia en el campo predominaban los mestizos, discriminados descendientes de españoles e indígenas que se incorporaron a las filas insurrectas bien montados y luciendo su peculiar, pintoresco atuendo ranchero, pero exagerando su lujo en la forma más ostentosa en afirmación de independencia frente a los realistas. Y así, a falta de uniforme castrense, acabó por considerarse como propio de los insurgentes el de esos rancheros. De ahí que, como estos se les denominaban charros, a partir de entonces tal palabra empezó a convertirse en sinónimo de patriota y a la figura del charro en representativa del mexicano, en símbolo del México independiente.

El valiente chinaco.
Durante la intervención francesa los charros acrecentaron su fama de patriotas. Se dice que los imperialistas fueron los primeros en llamar chinacos a los que militaban con los liberales. La palabra es de origen nahoa y significaba algo así como desarrapado; pero, aunque en un principio les era aplicada como mote despectivo, los charros anti franceses gustosamente la adoptaron y dignificaron, ya que para ellos denotaba su calidad de defensores de la Independencia.

El charro contemporáneo.
En el transcurso de su ya larga historia, tanto el charro como sus arreos han sufrido la influencia de múltiples factores, sin que el paso del tiempo haya alterado el sello que los caracteriza, que los diferencia de los demás.
El atavío del charro contemporáneo consiste en chaquetilla corta y pantalón ajustado, que suele hacerse de gamuza y adornarse con botonadura de plata; el calzado es del que se llama de una pieza; y completa el atuendo un sombrero de ala ancha, corbata de moño y la pistola, símbolo tradicional, que lo acredita como soldado de la Patria. Las espuelas típicas son de hierro incrustado de plata: verdaderas obras de arte por la belleza y finura de la labor en ellas ejecutada.

La silla.
Dos son los tipos de silla de montar más usuales. Una es la llamada de esqueleto, en las que las piezas, de cuero, están reducidas a lo más esencial y necesario. La otra se llama de cantinas y es de mayores dimensiones; lleva a los lados en la parte posterior, bolsas de cuero muy peculiares. Las usa el charro para aportar utensilios indispensables en el trabajo del campo. Además, ningún charro bien puesto carece de reata y sarape, que debe llevar atados a la silla con correas llamadas tientos.

Trajes de faena, de lujo, de gala y de etiqueta.
Cuando el caballero se dedicaba a labores agrícolas o ganaderas, o se adiestra en los ejercicios propios de la charrería, lleva indumentaria de elegancia sobria, sin adornos vistosos: es el traje de faena.
Al tomar parte en una charreada ante el público, o concurrir una fiesta campera, debe lucir silla de cantinas, bordada de pita, cuanto más fina mejor. Lleva chaparra eras adornadas exactamente igual que la silla y de la misma manera pan engalanadas la funda de la pistola y todo aquello que complete el arnés de la cabalgadura. El sombrero a de concordar en color y riqueza con este traje de lujo.
Cuando la fiesta es grande y muy especial la ocasión, se planta el charro los arreos de gala: silla, sombrero y traje, bordados de plata y hasta de oro; botonadura de iguales metales; sarapes y espuelas de lujo; y en todo, derroche de riqueza, cuya propiedad imprime elegancia el conjunto.
En todos los casos, el jinete típico mexicano tiene especial cuidado en que la mantilla que va debajo de la silla, el sarape, las riendas del freno, y hasta la corbata, hagan juego, es decir, que sean de iguales colores.
Actualmente el charro tiene también indumentaria para las reuniones sociales, cuando se presenta a pie, especialmente de noche. Es negro, sin más adornos que una discreta botonadura de plata. El broche de la chaqueta y los botones de las mangas deben ser igual diseño que la botonadura. El sombrero más apropiado para estos casos recuerda al de los chinacos, por la copa baja y el ala extendida, con galón y toquilla gruesa de plata. Con este traje, de etiqueta charra, se lleva una especie de capa, llamada ruano, del mismo tejido y colores que los sarapes y que suele ser admirable obra de artesanía.

FUENTE: Enciclopedia Estudiantil