domingo, 20 de marzo de 2016

Los Padres de la Buena Muerte

Se llamaba calle de la Buena Muerte, a la que hoy conocemos como quinta de San Jerónimo; y a esta calle daba la espalda del convento de San Camilo, mirando hacia el sur, y cuya fachada todavía podemos apreciar, ya que ocupa buena parte de la acera. Salta a la vista de entre las demás construcciones por su inconfundible estilo colonial, su estructura de tezontle con ventanas de altas jambas de cantera y balcones de hierro forjado, probablemente en Toledo.
Ahora vamos a utilizar la máquina del tiempo para retroceder unos cuantos siglos, y ubicarnos en la época colonial, tiempo en que los padres caminos habitaban el convento, suceso acontecido el 1  de mayo de 1746 y hasta han 1861, cuando le fue confiscado por el Gobierno Liberal de don Benito Juárez.  Además de la puerta principal que conducía la calle del Sagrado Corazón de Jesús, había otra posterior en la calle de San jerónimo, por donde entraban y salían los religiosos cuando eran llamados para ejercer su benéfica y caritativa labor de auxiliar a los enfermos agonizantes.
Allí no sólo acudían los vecinos de la ciudad, sino también los pueblos aledaños para pedir auxilio a los caritativos religiosos, que se prestaban con gusto a cualquier hora del día, para dirigirse a las casas de los moribundos e impartirles sus auxilios, no sólo espirituales, sino también materiales a los indigentes que carecían de recursos para curarse. En el cubo de la portería los caminos diariamente repartían alimentos a los pobres, y a las familias que les daba pena acudir, se les llevaba a su domicilio.
A las personas necesitadas se les proporcionaba habitación en alguna vivienda de las casas que pertenecían a la Comunidad; y sólo era necesaria la firma de alguno de los religiosos en una receta médica, para que en cualquier farmacia botica se le surtieran gratuitamente los medicamentos, pero por cuenta de la Comunidad, sólo aquellos enfermos que carecen de recursos para comprarlas, tenían derecho a este beneficio. A los estudiantes pobres se les ofrecen el convento de San Camilo habitación y alimentos, y en ciertos días del año se repartían limosnas en efectivo.
Al mencionar las cosas tan buenas hicieron los camilos por nuestros antepasados, no sería justo que estos buenos religiosos quedaran en el olvido; son dignos de veneración y gratitud porque siempre hicieron el bien en la Ciudad de México. Por desgracia, ni su bondad y buen corazón los pudo librar de las leyes de reforma, extinguiendo su benemérita Comunidad, incautándose su casa, y expulsando sus miembros del país; el Gobierno Liberal fraccionó las propiedades en lotes y las vendió al mejor postor, y no sustituyó de ninguna manera la obra caritativa de los religiosos por una opción igual o mejor.
La principal misión de los caminos en su vida era la de auxiliar a los enfermos, obligándose ellos mismos a un voto perpetuo, que eran los de obediencia, pobreza y castigar, agregando en su confesión religiosa lo siguiente: «y como principal ministerio que es de nuestro instituto, me obligó con voto a servir perpetuamente a los pobres enfermos, aunque sean apestados, según la forma de vivir en las letras apostólicas de nuestra Religión de Ministros de los Enfermos y en las constituciones ya hechas, y que en adelante se hicieren».
Para cumplir esa promesa, los religiosos de verdad se lo tomaban muy en serio; salían de día y de noche de su convento, y cuando la distancia que debían de recorrer en la larga montaban en una mula, que siempre era de color negro, y si era de noche siempre salían acompañados. Nunca aceptaba limosnas de los enfermos, ni de sus familias y los alimentos siempre los tomaban en su convento; y debido a que su principal oficio era auxiliar a los agonizantes para ayudarles a bien morir, la gente los bautizó como los «Padres de la Buena Muerte», y la calle de San jerónimo en donde se encontraba la portería trasera del convento de San Camilo, se le empezó a llamar como de la Buena Muerte.
Existe otra versión de porque a esta calle se le empezó a conocer con dicho nombre.  Eran tres estudiantes que cierta noche en que andaban de parranda vagando por las calles de México, y al estar en una taberna, comenzaron a relatar truculentos sucedidos; uno de los muchachos dijo que le habían contado, que en las espaldas del convento de San Camilo se aparecían espectros en horas avanzadas de la noche, llenando de pavura  con su presencia a los transeúntes que por allí osaban pasar. Entonces uno de ellos, dando señales de valentía, propuso que hicieran una apuesta, para ver quién de todos era el más hombres para ir hasta aquella solitaria y espantable calleja, a la que sólo acudían los afligidos para pedir auxilio a los camilos en favor de sus enfermos.
Todos estuvieron de acuerdo, y cómo todos estaban muy dispuestos a ir, acordando que fueran de uno por uno; y para comprobar que había llegado hasta el sitio, debían fijar un clavo en el muro del convento. El más aguerrido salió primero, se envolvió en su amplia capa, se acomodó su sombrero y llevando consigo un clavo y el martillo, emprendió la marcha. Sus compañeros hicieron intentos por espantarlo pero el no desistió; sin dar la menor señal de miedo, se alejó con paso firme hasta perderse en las sombras de la noche.
Al llegar al convento de San Camilo, con un poco de nervios, empuñó el clavo, asió el martillo y decidid clavó en el muro, pero al realizar dicha operación no se fijó que su capa se había quedado clavada en la pared. Así, que cuando dio la media vuelta parar emprender el camino de regreso, sintió como una potente mano le jalaba la capa y no lo dejaba caminar... Fue tan grande su susto, que cayó instantáneamente muerto en el suelo. Sus compañeros en vano lo estuvieron  esperando la noche entera en la taberna.
Al día siguiente, cuando los primeros rayos del sol comenzaban a salir, los muchachos fueron a los muros de San Camilo para ver que había pasado con su camarada; y gran fue su sorpresa al encontrarlo sin vida tendido en el suelo, y exclamaron diciendo: «Tuvo una buena muerte», puesto que nadie se la había ocasionado, no tuvo sufrimiento alguno como alguna enfermedad o tortura; pasó de este mundo al otro sin darse cuenta. Entonces comenzó a llamársele a esta calle como de la Buena Muerte.
Ahora solo te queda a ti escoger amigo lector, cuál explicación te agrada más, a cerca del nombre de esta misteriosa calle.  

domingo, 13 de marzo de 2016

De cómo en tierras de Yucatán fue perseguido Jesús (Leyenda de Yucatán)

Mucho y de gran alcance que decir sobre estas cosas. Fue en estas tierras del Mayab se dicen, donde el Hijo del Hombre también fue perseguido.
Oíd mi voz, dice el viejo chilam, que es como decir agorero; oíd mi voz los que estéis por oírla. Creed con vuestro corazón mejor que con vuestro pensamiento ya que El que todo lo dispone pudo hacer hasta lo que parece que no pudo ser. Todo en su voluntad pudo haber sido y puede ser.
Y tú que ves y oyes las cosas extrañas de esta Tierra, no te conformes con verlas y oírlas solamente, porque así no dicen nada. Mejor está el saber la razón de ellas.
El Gran Señor dio a los animales del campo la comida y el agua para su sustento. La comida en los granos, el agua en las sartenejas y en los cenotes. Y les dio también para mejor vivir los medios más propios. Al venado los pies para correr, las aves las alas para volar.
Pero hay sus diferencias.
No todos los animales alcanzan el agua de los cenotes, porque para alcanzarla fuerza es llegar hasta el fondo de las cavernas donde se asienta. Y no todas las aves pueden entrar a las cavernas. Pero el indio sabe que eso es un castigo. El indio sabe que allá en los primeros tiempos todas llegaban. Hay aves que vuelan muy alto, pero otras casi no vuelan. El indio sabe que allá en los primeros tiempos todas volaban alto. Ha sido un castigo.
El mundo es la casa del Gran Señor cuando baja la Tierra. Todo el mundo es su casa, y así cuando viene a ella las cosas de su vida ocurren en toda ella, lo mismo aquí que allí o más allá. Porque ni su persona ni su esencia son ni fueron limitadas.
Oíd entonces:
Ocurrió que un día Jesús pasó por tierras de Yucatán, en unión de la mujer que fue madre a pesar de ser virgen, perseguido por quienes querían matarlo.
-Son ellos-, decían los árboles del camino, y deseaban sacar sus raíces del seno de la tierra para correr a protegerlos, amparándolos con sus fuertes y largos brazos.
-Son ellos-, decían los animales y muchos hubieran querido ayudarlos levantándolos a cuestas. Pero la  naturaleza quedaba estupefacta al paso de la divina pareja, porque sentía en sus entrañas que una fuerza invencible le impedía socorrer a los fugitivos. Y eso fue así porque debía ser, para que se cumplieran las cosas que debían ocurrir. Afanosos iban los que perseguían a Jesús en pos de sus huellas, cuando una zacpacal, que es como decir la tórtola india, canto desde un árbol.
En el vasto silencio en que estaba sumida la naturaleza atónita ante la figura del Dios blanco, el canto se oyó claramente.
-Preguntemos al ave que canta- dijéronse entre sí los perseguidores-. Ella sabrá por dónde van los fugitivos-. Y dijéronle:-tú que estás allá arriba y puedes ver sobre las malezas y sobre las copas de los árboles, debes saber por dónde va Jesús. Dinos por dónde va.
La avecilla zacpacal es tímida y tuvo miedo. Poco antes había visto cruzar a los fugitivos, y canto así en su idioma, esto es, en su idioma indio:
Jalal pocché, jalal pocché, jalal, pocché, lo cual dice: “A por las orillas de la milpa quemada”.
Bordeando iban en efecto, Jesús y la Virgen, una milpa abandonada y así fue como la avecilla denunció su paso. Jesús sintió una gran tristeza en el alma porque uno de los pajarillos de su amor lo había denunciado. Pudo salvarse, sin embargo, pero desde entonces el pájaro zacpacal no puede entrar a los cenotes. Y así no bebe el agua que hay en ellos, que es fresca y abundante. Porque dicha estaba que las malas acciones deben ser castigadas. Dicho está esto desde el principio de la Vida. Así ocurre que durante las sequías en esta Tierra del Mayab son en demasía ardientes, el pájaro zacpacal sufre mucho de ser, pues las sartenejas del campo se agotan.
Continuaron los que perseguían a Jesús buscando sus huellas. Y de pronto dieron con el pájaro tzuy-tzuy y le preguntaron:
-¿Por dónde van los que van huyendo?
Tzul tzul bé, tzul tzul bé, tzul tzul bé, que fue como decir: “El camino está cerrado”, de donde entendieron los perseguidores que no debían seguir por él. Pero el camino no estaba cerrado. Franco estaba el camino, y por él huían Jesús y la Virgen. Hacienda año el pájaro tzuy-tzuy, desde entonces no sólo te está permitido entrar a los cenotes a beber agua, sino que toda caverna, aunque esté seca brotará agua para ti. Ese fue tu galardón por la generosa ayuda que diste a los fugitivos. Debe, pájaro tzuy-tzuy, no importa que la sequía consuman todas las aguas de los campos. Tú tendrás agua.
Los soldados dijeron: “No hagamos caso de lo que digan las aves. Mejor es ver lo que hacen. Por allí por donde levanten el vuelo han de andar los fugitivos. Su paso las ha de asustar y levantarán el vuelo”. Jesús y María iban por un sendero estrecho cerca del cual discurría una parvada de pajaritos beches, que así se llaman las codornices de esta tierra, y los cuales al sentir a los caminantes, azorados levantaron el vuelo tan ruidosamente, que la Virgen hubo de asustarse.
“Por allí van sin duda”, dijeron los perseguidores de Jesús que habían estado muy alertas, y corrieron aquel lugar. Los fugitivos escaparon. Siempre pudieron escapar porque aún no era llegada la hora de la Consumación, pero el pájaro bech, por haber denunciado con su vuelo el paso de aquellos, fue condenado a no poder volar alto, sino muy bajo apenas, y a no poder anidar sino en las breñas y montecillo bajos.
Fue el castigo. “Que el pájaro bech, dijo el Gran Señor, de hoy en más quede a merced de los animales feroces y más al alcance de los cazadores”. Y Jesús y la Virgen continuaron su peregrinación a través de los montes, por los anchos caminos rojos de kancab, por las sendas angostas, o abriéndose paso a través de los bejucales y las plantas espinosas. A la zaga les iban sus ensañados enemigos. Pero aun pájaro que va volando los divisó, divisó a unos y divisó a otros, a los que huían y a los perseguidores, ya batió el vuelo junto a las plantas de Jesús, cantando es idioma maya:
¡Chibilú, chibilú, chibilú!, Que fue como decirles: “Ya vienen, distan muy poco”.
Con este aviso Jesús y la Virgen se pusieron a salvo nuevamente. Desde entonces aquel pájaro se llama como canta, chibilú, que así lo quiso el Gran Señor que sabe disponer las cosas y llamarlas por los nombres que le son más propios, y desde entonces permitido le está volar muy alto y anidar en las copas de los grandes árboles, escapando así, como otros, de los peligros que lo cerquen. Y por eso también cuando canta, cantando su nombre, parece lleno de gozo y alegría.
Habréis de saber qué cosas semejante siguieron ocurriendo, mientras Jesús y la Virgen huían, con las aves que encontraban a su paso. Veréis que entre ellas las hay que cantan tan dulce y armoniosamente que su canto es igual a músicas divinas, y otras que cantan desapaciblemente o no cantan, y otras que apenas pueden levantar el vuelo, y que las hay de muy vistosos plumajes, ricos, ricos, ricos, tanto que es un deleite el mirarlas si las hay de plumas tan pobres que dan pena.
Y eso es así porque mientras las unas ayudaron en alguna forma a los fugitivos escapar de sus perseguidores, las otras en alguna forma los denunciaron. Todo esto es lo que dice la voz que viene de muy alto, rodando sobre las espaldas de los años, y es la que repite el viejo chilam.

domingo, 6 de marzo de 2016

La Semana Santa en 1697

Era el señor don Juan Francisco Gemelli Carreri, jurisconsulto italiano, hizo y escribió un Viaje alrededor del Mundo en el siglo XVII; viaje que comenzó el 13 de junio de 1693 y término al 3 de diciembre de 1699, cuando contaba con 48 años de edad. Vino a la Nueva España en 1697 y tuvo ocasión de asistir a las ceremonias de la Semana Santa celebradas en ese año en México, que por haberlas descripto con exactitud, son dignas de mencionarse:
El Domingo de Ramos (31 de marzo) después de vísperas, asistió en el Arzobispado a la ceremonia de la Seña: 13 canónigos vestidos de largos mantos negros con capucha, fueron del Coro al Altar y a lo largo de la galería de fierro. Después de hincarse, el Deán tomó un estandarte negro, con Cruz Roja en el centro, y a continuación de haber entonado algunas oraciones y versículos en la Pasión, comenzó a moverlo hacia la derecha para tocar con su extremidad al último de los canónigos y al altar; enseguida hacia la izquierda hasta tocar al último de los canónigos de este lado, permaneciendo él en medio.
Después lo tremolo en el aire, se lo puso a la espalda y anduvo por el Presbiterio en memoria de que Jesucristo había andado por el Pretorio de Pilatos. Pusiéronse a la postre todos los canónigos en fila, y haciendo uno en pos de otros profunda reverencia, al regresar al Coro arrastrando sus largas colas. Al fin iba el Deán, entre los canónigos con el estandarte en la mano.
Gemelli no hace referencia de lo que vio el Lunes ni el Martes Santo; pero el Miércoles Santo (3 de abril) dice que asistió a la segunda Procesión de la Pasión que hacían los indios. Salía del Hospital Real y estaba compuesta de muchos cofrades que llevaban palos pintados en lugar de antorchas encendidas.
El Jueves Santo (4 de abril) pasaban tres procesiones, una después de las otras dos: la de los hermanos de la Cofradía de la Santísima Trinidad, vestidos de rojo; la de los hermanos de San Gregorio, de la Compañía de Jesús; y la de los hermanos de San Francisco, que llamaban la Procesión de los Chinos porque se componía de indios de las Islas Filipinas. Cuando la procesión había llegado frente al Real Palacio, los hermanos chinos y los de la Santísima Trinidad, trabaron acaloradas disputas al encontrarse, de suerte que peleáronse, y viéronse muchos golpes con los palos pintados y con las cruces.
Los monumentos de las iglesias en México son hermosos, pero les faltan bastantes luces y ponen los mismos todos los años: son estos monumentos elevados tabernáculos con adornos de estuco dorado, que duran mucho cuando la madera es buena.
Fue temprano el Viernes Santo (5 de abril) a casa de don Felipe Rivas, el cual le había invitado a ver pasar la Procesión del Calvario o de Jerusalém, que se lea del Convento de San Francisco el Grande, con la enseña del Santo Sepulcro. Cuatro horas antes de mediodía, sonaban tres trompetas sumamente tristes; después veníanse muchos cofrades con cirios en las manos, entre los cuales caminaban numerosos penitentes dándose disciplinazos; enseguida aparecía una Compañía de soldados armados, varios a caballo, que llevaban la Sentencia, la Enseña o Inri de la Cruz, la Túnica de los símbolos de la Pasión de Cristo. Proseguían siguiendo los muchos individuos que representaban el Buen y el Mal Ladrón, Nuestra Señora de Santísima Virgen, San Juan, la Santa Verónica, dos sacerdotes judíos montados en mulas y muchos otros en muy buen orden.
Una vez que la procesión había entrado de nuevo en San Francisco, se predicaba en el centro del atrio, por la multitud de pueblo que se había reunido allí, con objeto de ver las Tres Caídas de Nuestro Señor, los pasos de la Virgen, de San Juan y de la Verónica, que debían de representarse al natural, para conmover a todo el mundo. Después desfiló la Procesión de los Negros y de los Indios, de las cofradías de Santo Domingo, con muchas personas que se disciplinaban y hacían otras muchas penitencias; Iván imágenes de botas, otra compañía de soldados y el Santo Entierro. La procesión de los españoles, que se nombraba de los funerales del Señor, seguía inmediatamente a la anterior, la cual era todo un espectáculo con buena cantidad de Cofrades, Caballeros de diversas órdenes, hombres disfrazados de Ángeles, Penitentes, y enseguida una infinidad de gente del pueblo le seguía con mucha devoción.
La tercera Procesión de Indias, salía de la Parroquia de Santiago de los zapateros, con los mismos Misterios; Ángeles, Penitentes, soldados, después de los cuales caminaban algunas Indias de luto llorando, para representar a las Hijas de Sión.
El Sábado (de Gloria) en la mañana, el virrey y su esposa fueron a la Catedral de los Oficios: él se sentó en su silla sobre un tablado y ella en una tribuna cerrada con celosías; ambos del lado del Evangelio. El primer Limosnero, el Capitán de la Guardia y el Escudero Mayor se sentaron en una banca detrás del virrey. Del otro lado se encontraban los Regidores. Cuando los rituales y ceremonias terminaron, se cantó la misa, y al Gloria in Exelsis, se descubrió el rico tabernáculo de mármol, cuyo primer cuerpo sostenían 16 columnas, ocho segundo, y entre ellas había hermosas estatuas doradas, y todo se elevaba hasta tocar casi la bóveda de la Iglesia. El púlpito, también de mármol, era de un trabajo exquisito.
La Virreina tuvo un antojo de beber un poco de vino, y el monaguillo que se lo llevaba, cayó de las gradas abajo, con la garrafa en la mano, lo que hizo reír no poco a los muchachos que allí había. Así se celebró la Semana Santa del año del Señor de 1697, descrita por el Caballero Gemelli, en su curioso libro impreso en Nápoles por primera vez (1699-1700) con el título de Giro del Mondo.

domingo, 28 de febrero de 2016

El címbalo de oro (Leyenda de Yucatán)

En el tiempo que no se cuenta hubo en la tierra del faisán y del venado un pueblo feliz. Feliz el pueblo de aquel reinado porque olvidando guerras y sacrificios supo cuidar los campos de tal modo, que hasta los cerros florecieron, y más feliz el rey sabedor de los bienes de sus súbditos, viendo ensancharse la ciudad, rica ciudad, alrededor del palacio blanco que habitaba, siempre guardado por muchos y muy buenos guerreros devotos de la “serpiente de plumas de oro”, su jefe y señor. Pero la mano que todo lo domina, la que reparte el rocío del cielo y el calor de la tierra, tiene dispuesto lo que sucedió y que vas a oír.
Cerca de los dominios del rey feliz y en la falda de un monte misterioso, habitado por corcovados, había un pueblo y en el pueblo una vieja hechicera que conocía los secretos de las hierbas y podía recoger la plata de la luna. Habitaba una cabaña formada con tierra y hojas de palmera en el confín del pueblo; nadie vivió en ella nunca sino la vieja desde hacía muchos años, hasta que sintiendo próxima su muerte, quiso tener un hijo. Para lograrlo, fuese una noche al monte de los corcovados misteriosos y de ellos recibió un huevo grande, más grande que los de las águilas, que puso incubar debajo de la tierra de su choza. Del huevo brotó un niño con cara de hombre que no creció más de siete palmos y dejó de crecer; pero era despierto como una ardilla y desde que nació hablaba y sabía tantas cosas que maravillaba a las gentes. La vieja contó que era su nieto, para que se lo creyeran.
La vieja acostumbraba ir todos los días con su cántaro a traer agua del pozo público, y el enano quedaba solo en la casa y lo registraba todo. Sucedió que él había puesto su atención en que su abuela no se separaba nunca de las tres piedras del hogar, y cuando iba a salir, las tapaba cuidadosamente. El enano quiso saber lo que había allí escondido. Para esto, como era sagaz y malicioso, imagino hacer un agujero en el fondo del cántaro, para que cuando la vieja fuese con él por agua, no lo pudiese llenar y tardará mucho y entonces él tuviera tiempo de remover las cenizas del fogón. Y aquel día, mientras la abuela estaba esperando que el cántaro agujereado se llenara, el enano fue y removió las cenizas y metió las manos adentro de ellas; y he aquí que sacó afuera un címbalo de oro. Y fue y lo golpeó con una varita. El címbalo resonó con un sonido terrible, como el de un trueno espantoso, que se oyó en toda la tierra el estremeció.
Corre viene la abuela y dice desolada al enano:
-¿Qué has hecho, infeliz?
Y él dice:
-Yo no he hecho nada, un pavo fue que gritó dentro del monte. Y ya había ocultado presuroso el címbalo bajo las cenizas.
Pero la vieja sabía la verdad y no le creyó.
Estaba dicho que aquel que encontrar el címbalo de oro escondido debajo de la tierra y del fuego, haciéndolo sonar, destrozaría al rey feliz del vecino reinado, por lo que la noticia se esparció por toda la comarca con gran alboroto y el viejo rey que estaba dormido en la casa blanca, despertó y de los pies a la cabeza templo de espanto.
Hizo marchar a sus hombres por todos los caminos a buscar al que había tocado el instrumento terrible de la terrible música; los que encontraron al enano lleváronlo delante del viejo rey, quien lo espero sentado en su trono en medio de la plaza y debajo de una ceiba que tenía 1000 años. Todos los consejeros del rey corrieron al ver llegar al enano pensando que era muy pequeño para destronar a su señor, por lo que le aconsejaron lo pusiera a prueba. Entonces dijo el anciano rey al enano:
-Si de verdad eres el que ha de sucederme, demuéstramelo.
Y el enano contestó:
-Pregunto, cómo he de demostrarlo.
Y dijo el rey:
-Si eres tú quien ha de sucederme, has de tener más sabiduría que yo mismo. Dime pues, sin equivocarte en uno solo, cuantos frutos hay en las ramas de esta ceiba que nos tiene a su sombra.
Y el enano miro las ramas del árbol grande, lleno todo de frutos menudos, y respondió:
-Yo te digo que son 10 veces 100.000 y dos veces 73 y si no me crees, sube tú mismo al árbol y cuéntalos uno por uno.
Quedo confuso el viejo rey; pero entonces salió de la ceiba un gran murciélago que le dijo al oído:
- El enano ha dicho la verdad.
Mas no se dio por vencido y para proponer al enano una segunda prueba, levantó los ojos llenos de orgullo y dijo:
-Bien saliste, al parecer, de la primera prueba; pero esto no es bastante. Mañana mandaré que alcen un tablado en medio de esta plaza y allí, delante de todo el mundo, el Ministerio de Justicia romperá sobre tu cráneo, con un mazo de piedra, una medida llena de cocos. Si puedes quedar a salvo, será verdad que eres el rey venido a sustituirme.
Oyó el enano y dijo:
-Consiento, pero siempre que hacerte sufrir la misma prueba si yo quedo vivo.
-Yo sufriré lo mismo que tú puedas sufrir- dijo el rey viejo.
Vuelve, pues, por donde viniste y preséntate mañana aquí.
-Iré y volveré- habló la enano. Pero el camino que trae aquí desde mi casa es estrecho pedregoso, no es camino para que pase un rey. Yo haré un digno de mí y por él vendré mañana a buscarte. Descansa, te deseo.
Y el enano se volvió la cabaña de su abuela. Y no se sabe cómo, pero durante esa sola noche, el camino que llevaba a los dominios del rey, fue todo hecho de piedra lisa y brillante. Por el camino al amanecer el enano con la vieja y gran cortejo de gentes asombradas, hasta la presencia del rey, que muy espantado estábale esperando, sin haber dormido en toda la noche. Delante de todo el pueblo subió el enano al tablado y el ministro de Justicia rompió sobre su cabeza, uno por uno, todos los frutos de palmera que estaban preparados, golpeándolos con un pesado martillo de piedra. El enano no se movió ni hizo otra cosa que reír con una pequeña risa, pues sabía que su abuela le había puesto, secretamente, una plancha de cobre encantado debajo de los cabellos. Por eso no sintió nada. Cuando el viejo rey lo vio levantarse vivo y sano se estremeció diciendo entre dientes: “Si es”. Pero no se dio, porque el tener poderío sobre los hombres es cosa muy dulce que no se deja fácilmente y así dijo al enano:
-Bien está. Pero como es preciso que no queda duda de que eres mi sustituto, soporta las otras pruebas, duerme por y en mi casa blanca y mañana hemos de ver.
A lo que contestó el enano:
-Permaneceré en la comarca; pero no en tu palacio que no es digno de un rey como yo. Durante esta noche, levantaré un palacio digno de mí y de él me verás salir mañana. Y así fue. Delante del palacio del viejo rey apareció la mañana siguiente uno más alto, labrado y deslumbrante, todo de piedra pulida. Por la soberbia puerta salió el enano y bajó la escalera acompañado por muchos vasallos (alguien dijo que los vasallos eran los corcovado del monte).
Así llegó hasta donde el viejo rey estaba, turbado y temeroso. Y propuso al enano la tercera prueba:
-Hagamos cada uno una estatua a nuestra propia imagen y pongámosla a arder en el fuego. La estatua que el fuego respete será la de aquel que deba ser rey.
-Bien está-dijo el enano-, comienza tú.
El viejo rey hizo su estatua de madera durísima y en cuanto la puso fuego, se consumió reduciéndose a ceniza y carbón.
Entonces le dijo el enano:
-Te hago gracia, puedes fabricar otra si quieres.
El viejo rey, tembloroso, hizo afanosamente otra estatua suya y la hizo con la piedra más dura; pero en cuanto la pusieron en el fuego, se deshizo en ceniza de cal.
-Déjame por merced, a ser la última- pidió al enano suspirando. El enano, que reía con su pequeña risa, aceptó, y entonces el viejo rey hizo una estatua y ésta fue de metal brillante; mas en cuanto la acarició el fuego, se derritió como si fuera de será tierna.
-Vencido estoy- dijo el viejo rey, más apesadumbrado-, a no ser que el estatua que tú hágase que tan fácilmente como éstas.
Y el enano siempre con su pequeña risa, fue trajo barro mojado y con el hizo una figurita muy parecida su persona. La puso en el fuego, y en el fuego, mientras más se cocía, más fuerte y fina era la estatua de barro. Maravillado el pueblo y convencido de la verdad del enano, pidió fiestas para coronarlo nuevo rey. Pero el enano dijo:
-No puedo coronarme mientras aquí no haya un palacio para mi vieja madre y otros para los príncipes de mi corte, y muchos más para mis guerreros, y un monasterio para las vírgenes del fuego, y una gran plaza para los espectáculos, y un gran templo. Mañana veréis todo esto y mucho más. Ahora, que el viejo rey sufra las pruebas que yo he sufrido, pues así está pactado.
Y el viejo rey fue puesto a la prueba del martillo y el primer golpe quedó muerto. Como lo había prometido el nuevo rey enano, al amanecer del otro día, vio asombrado el pueblo resplandecer una gran ciudad (la grande Uxmal) con numerosos palacios, primorosamente labrados en piedra y numerosos templos y sitios especiales para el juego de pelota. Fue suntuosa la coronación de nuevo rey y hubo muchas bellas danzas en su honor.
“Así floreció Uxmal, como ninguna ciudad del mundo, bajo el reinado de aquel rey. El pueblo se dedicó al cultivo de las artes más bellas; aprendieron a moldear los metales que traían de lejos y a dibujar en la piedra cosas delicadas, y a labrar los hilos de colores vivísimos y variados y a tejerlos y hacer con las pieles de los animales adornos y rodelas. Aprendieron muchos secretos de curar con hierbas y supieron la virtud de las piedras verdes y de las amarillas. Tuvieron conocimiento del hablar bonito y jugaron con las palabras como con las flechas en el aire, y fueron perfectos en la música para la cual inventaron muchos instrumentos nuevos”.
Cuando después de 60 vidas de hombre murió el enano rey que hizo a su pueblo más feliz que antes, todos los hombres lo lloraron e hicieron estatuas con su efigie, de barro fino, pintadas de colores brillantes, para no olvidarlo nunca, y muchos guerreros guardaron su tumba en donde floreció el odorante árbol del copal.

domingo, 21 de febrero de 2016

El nacimiento de la civilización maya


Zamná

En tiempo que nos posible precisar, pero que se fijan una época muy anterior a Jesucristo, apareció por las bocas del Pánuco, río que está entre Tamaulipas y Veracruz, un grupo numeroso de inmigrantes que procedía de las islas. Habían viajado por mar. Dejando algunos de los de su raza, como los huastecos, fueron descendiendo lentamente al sur, hasta que allá por el siglo VII a. C., se presentaron en las costas occidentales de Yucatán y desembarcaron. Eran los mayas.
Con ellos sido notable personaje, dechado de sabiduría, que se llamaba Zamná y también Itzamná e Itzamatul. El, cuando le preguntaban cuál era su nombre, respondía: “Yo soy el rocío del cielo”, que a eso equivale la palabra maya. Fundó un reino cuya capital fue Itzamal, que quiere decir “el rocío diario del cielo”.
La fama de Zamná voló por toda la península y los países vecinos, y de todas partes iban presurosos las gentes a consultarle sobre sus cuidados. Se cuenta que él fue el primero que puso nombre a todas las costas de Yucatán. A él se le atribuye también la invención de la escritura. Era un gran médico, pues sanaba a todo los enfermos. Dícese que también resucitaba a los muertos.
Cuando murió, el pueblo le lloró como a un padre. Sus grandes hechos y singulares virtudes hicieron que fuese considerado ya, no como hombre, sino como una divinidad. Dividieron sus restos mortales en tres partes, y sobre cada una levantaron inmensas pirámides de piedra, es decir, templos grandiosos.
La del Oeste de la plaza contenía la mano derecha y se llamaba Kabul. Era templo famosísimo al que acudían en tropel los peregrinos desde lejanas regiones para llevar limosnas y ricas ofrendas, y atravesando la península por anchas vías que se dirigían hacia los cuatro puntos cardinales.
La mayor parte de las tres pirámides se alzaba sobre la cabeza del profeta, y se llamaba Kinich-Kakmó. Allí se hacían rogativas y sacrificios en tiempos de hambres y pestes. A la hora en que el fuego quemaba el sacrificio, es decir, en el momento en que la luz dorada del sol bajaba del cielo, descendió volando una guacamaya de variados y lindos colores.
La tercera pirámide fue llamada Ppapp-Hol-Chac, y se levantaba sobre el corazón y las cenizas del venerado muerto. En ella moraban los sacerdotes. Zamná fue, pues, el civilizador más antiguo de Yucatán.
La leyenda le pinta como un hombre extraordinario y aún la gratitud popular le convirtió en Dios las grandes pirámides que se han mencionado subsisten aún en Itzamal, y proclaman con sus lenguas de piedra, silenciosamente en la gloria de Zamná y de su pueblo.

Votán

Por la misma época en que Zamná civilizada Yucatán, cuenta la tradición que llegaron otros inmigrantes por las costas de Chiapas, en el Océano Pacífico. Como los mayas, también éstos eran navegantes. Venía capitaneándoles un sacerdote también, cuyo nombre era Votán. Le llamaban, igualmente, Teponahuaste, que quiere decir señor del palo hueco, en memoria de haber llegado por la mar en un barco. Era sabio como Zamná, y obraba prodigios. Dícese que en Soconusco fabricó a soplos un palacio, y nombró una señora con servidumbre, para que lo guardase juntamente con un tesoro que allí depositó.
Los compañeros de Votán, se llamaban a sí mismos culebras, es decir, chanes. Votán era un chan, una culebra. Se estableció en la ciudad de Na-Chan, ciudad de las culebras, que se llamó después Palenque, a poca distancia del Usumacinta, río que viene de las montañas de Guatemala, riega Chiapas, traviesa Tabasco y se arroja majestuoso en el Golfo de México.
Votán hizo frecuentes viajes al lugar de su origen, y dicen que siempre encontraba su regreso mayor número de chanes, lo que significa que la inmigración continuaba. Siguió la corriente del Usumacinta hasta su desembocadura, y toda la región se cubrió de ciudades. Además de Nachán, fue también notable Yaxbite u Ococingo.
Unió a los chanes con la gente del país por medio de matrimonios, y así resultó un nuevo pueblo. Dividió las tierras y las repartió entre las familias, estableciendo así el derecho de propiedad individual,  cosa que no se observa entre los nahoas cuyo sistema fue la propiedad comunal o de comunidades.
Enseñó su pueblo la agricultura. Fundó la religión y el gobierno sacerdotal, como Zamná. El gobierno de los sacerdotes se llama teocracia.
Votán fue, pues, el civilizador de Chiapas. A su muerte fue también verificado; el pueblo le adoro como a un dios. Votánides se llamaron sus descendientes, que continuaron ejerciendo poder sacerdotal y desarrollando aquella brillante civilización del sur. 

domingo, 14 de febrero de 2016

La calle de la Cruz Verde

Durante la época de la colonia se acostumbraba que al construir una casa, se colocara en su fachada la imagen de una cruz o de un santo al que la familia le tuviera devoción, este ornamento religioso era elaborado en cantera o mármol, siempre y cuando los habitantes contaran con los recursos económicos para costearlo.
Por lo general la imagen era colocada en la parte central de la fachada, y algunas veces se le ponía un pie de gallo elaborado en hierro, desempeñando la función de poder colgar un farol para que durante la noche el nicho donde permanecía la imagen pudiera ser contemplado por los habitantes de la capital. Si la familia era de alcurnia, en vez de tener imágenes religiosas llegaban aponer su escudo de armas. Sin embargo, la mayoría los habitantes de la capital de Nueva España prefirieron tener en la fachada de sus hogares una cruz, pero no podían poner la efigie nada más porque se les antojaba hacerlo, pues por si no lo sabías, las autoridades eclesiásticas regulaban todos estos menesteres; y esto lo prueba una Junta Eclesiástica  que se llevó a cabo en 1539, en la que se llegó al acuerdo de mandar tirar muchas cruces existentes, en especial las que se encontraban en casas de indios, eso sí, los españoles tenían autorizado colocar estas imágenes con absoluta libertad.
Con el paso del tiempo la Santa Inquisición se percató de que las casas que tenían una cruz en su fachada ya eran numerosas, para lo que se volvió a llevar a cabo otra Junta Eclesiástica a finales del siglo XVII, comisionando a un funcionario para que fuera a recorrer las calles  de la ciudad y revisara si los habitantes de las casonas contaban con la debida autorización.
La gente hizo caso omiso de estas leyes y continuó colocando cruces a placer, incluso se llegaron a contar dos en varias casonas, como una en la calle de la Aduana Vieja y San Jerónimo; además también cuentan las crónicas que la cruz colocada en frente de la casa marcada con el número 5 de la calle de Jesús María, era de color blanco tranzada sobre tezontle negro y tenía grabadas las imágenes de la Pasión de Cristo.
La Calle de la Cruz Verde se encontraba ubicada de poniente a oriente, después de la calle del Corazón de Jesús, pero conocida por el vulgo como  de San Camilo y que antes se llamase de Pachito; se encontraba una casa situada en la calle de Migueles y Cruz Verde, donde se colocara una cruz de ese color, pero no fue de bulto ni en nicho alguno.  De dimensiones grandes, fue tallada en el muro del cuerpo del edificio, de tal forma que su pie formó la esquina y los brazos se doblaban, quedando uno para la calle de la Cruz Verde y el otro para la calle de Migueles.
Según las crónicas, a la calle de que nos ocupa se le llamó así por la imagen de la cruz, pero la leyenda nos cuenta otra cosa diferente. ¿Quieres saber qué es? Sigue leyendo.
El 17 de septiembre de 1556 arribó a tierras mexicanas  Don Gastón de Peralta, que fuese nombrado por el rey Felipe II, virrey  de la Nueva España. Durante aquella época la llegada de un virrey era todo un acontecimiento  de gran solemnidad, con las calles abarrotadas de gente para no perderse la llegada de dicha autoridad.
El cortejo que acompañaba al joven virrey  era muy solemne, pues estuvo acompañado por las personas más importantes de la Nueva España, quienes iban montados en hermosos corceles rodeando a su excelencia, que hacía su triunfal entrada por la ciudad.
Entre estas celebridades había un joven de 27 años de cabello rubio, barba espesa y unos ojos verdes que emanaban amor y alegría por la vida; este caballero traía por vestimenta una trusa blanca bordada en oro, su espalda la cubría un capote de color azul con orlas blancas, y para completar llevaba ceñida a la cintura un hermosa espada con empuñadura de plata. El joven montaba un precioso caballo árabe con una montura bordada en plata; así lo veían los asistentes al evento, como un mancebo guapo, arrogante y por las damas solteras.
El joven caballero llevaba por nombre Don Álvaro Villafuerte y Mancera, quien iba acompañado de su paje, su recorrido podía haber sido más largo, sino se hubiera detenido en la esquina de una calle a ver a una hermosa dama asomada en su balcón, quien ante los ojos de él apareció con una mirada seductora, sintiendo el corazón dándole vuelcos de emoción. Tan impresionado quedo con esta mujer, que se dio a la tarea de averiguar quién era la que le había robado el aliento; tiempo después se enteró de que llevaba por nombre Doña María Alcántara y Sánchez, y era hija de un funcionario de la Real Hacienda pero sin llegar a un jerarquía muy alta.
EL joven comenzó a rondar la casa de su amada, sin embargo los padres de ella la tenían a buen reguardo, sabiendo  que a su edad se suelen cometer errores irreparables, y por tal motivo a los enamorados se les dificultaba poderse comunicar, no cabe duda que ambos habían encontrado a su alma gemela.
Don Álvaro se sentía frustrado de no poder encontrar alguna oportunidad de conocer a su amada; pero tiempo después para su buena suerte, la madre de Doña María cayó gravemente enferma, por lo que la vigilancia no era tan estricta y por fin pudo llegar a manos de la doncella una carta de amor de Don Álvaro, quien le escribía con una profunda pasión y su deseo de contraer nupcias con ella tal y como lo dicta la Santa Madre Iglesia.
El caballero le suplicó a la dama que si su sentimiento hacia él era correspondido y que si aceptaba ser su esposa; además también le indicó en la carta que si no podía enviarle la respuesta por la vigilancia tan estricta, le hiciera saber que no aceptaba esa propuesta colgando una cruz blanca, pero por el contrario, si la muchacha aceptaba debía de colgar una cruz verde, y la otra opción era responder las cartas del pretendiente.
Los días pasaron y el angustiado caballero no obtenía respuesta alguna, quien todos los días pasaba por la calle de la casa de la dama acompañado de un paje, esperando aquella tan ansiada respuesta; hasta que un buen día temprano por la mañana observó la tan anhelada señal y para su regocijo era de color verde, que era el símbolo de la esperanza.
Ante tal respuesta, Don Álvaro ayudado de un sacerdote intervino con los reacios padres de la muchacha para que aceptaran el compromiso; finalmente cedieron y tiempo después se llevó a cabo la ceremonia nupcial, a la cual asistió la más alta sociedad de la Nueva España, invitada por Don Álvaro, quien según nos cuenta la leyenda, en su pecho no cabía la felicidad.
Aquella señal que fue el motivo de felicidad del joven caballero, hizo que mandara colocar una cruz de piedra color verde en aquella casa, misma que todavía se conserva hasta nuestros días un poco deteriorada por el implacable paso del tiempo. Si deseas ver la cruz que dio origen a esta leyenda, solo tienes que ir a las calles de Correo Mayor y Regina.

domingo, 7 de febrero de 2016

La esposa que volvió de las sombras (Sucedió en la hoy Avenida Hidalgo)

El alma de los muertos no tendrá punto de reposo, cuando alguna pasión insana la detenga en este mundo. Sí, porque algunas almas han sido perturbadas en sus siglos de reposo, gracias a fuerzas diabólicas y perversas. Este relato verídico traído para ustedes desde el siglo XVI, nos habla de un acto de poder sobrenatural, que perturbó el sueño eterno de una muerta.
Miremos por el carcomido hueco hacia el pasado, para ver cómo era la hoy avenida Hidalgo, en el último tercio del siglo XVI. Era en ese siglo virrey en Nueva España, don Martín Enríquez de Almanza, cuya administración fue trágica y siniestra. Vivían en la casa marcada con el número 22 de la que entonces se llamó calle del Portillo de San Diego, dos alegres personas; llamábase ella doña Leonor de Azpeitia y el don Juan de  Rivera y Villavicencio, amantes y fieles esposos llegados de Castilla. Pocos meses tenían de casados y se amaban tan entrañablemente, que no gustaban de separarse ni un momento. Venidos con la corte del virrey de Almanza, todos temían que les contagiara de un trágico destino, más parecía que su amor intenso y puro, los ponía a salvo de toda desdicha y calamidad que azotaba a Nueva España.
Cierto día fundían su amor y su pasión en un abrazo cuando fuertes ruidos vinieron a turbarles el momento: se trataba de la criada, quien traía noticias nefastas diciendo que había espíritus malignos en la calle, pero no era otra cosa más que  la tan temida peste. La peste que asoló en aquellos días la capital de la Nueva España, fue de 1576 a 1577. Nadie conoce a fondo las causas de esta enfermedad que causaba inmensa mortandad entre los naturales; era de presumirse que, los hispanos habían acaparado el agua limpia que entraba la capital.
Entre tanto, los indios se veían obligados a beber agua de las atarjeas y canales navegables contaminados; lo cierto era que los indios caían como moscas a lo largo y ancho de las calles de la entonces capital de Nueva España, había ya en la capital varias órdenes religiosas: franciscanos, dominicos, agustinos y acababan de llegar los jesuitas. Todos con fervor piadoso ayudaban a los miserables apestados, ya tratando de curarlos, ya impartiéndoles los últimos auxilios cristianos.
La campana fúnebre, de la carreta de los apestados, causaba escalofríos. Pronto resultó insuficiente el servicio fúnebre y el virrey ordenó abrir cepas en cualquier calle, y en esas cepas se arrojaban a los muertos apestados y a veces, a muchos que aún alentaban, pero que no vivirían más. Entre las medidas tomadas por algunos particulares, destacó la tomada por el doctor don Juan de la Fuente; este galeno citó en una sala del Hospital Real, a todos los médicos residentes en ese siglo, en la capital de Nueva España, en donde se acordó que se llevaría a cabo una autopsia de los cuerpos para determinar la causa de la enfermedad.
Algunos indios y mestizos que se dieron cuenta de aquellas autopsias comenzaron a murmurar que aquellas personas eran quienes los envenenaban y les hacían todo mal. Así, mientras el doctor de la Fuente y los demás galenos trataban inútilmente de averiguar la causa de la peste, don Juan así otra cosa: lograba ser oído por el virrey de Almanza y por el entonces Arzobispo Moya de Contreras, para saber si se estaba tomando alguna medida para controlar la peste y para ofrecer su ayuda. Don Juan regreso a su casa, satisfecho de sus gestiones y contar a su esposa Leonor todo cuanto había logrado, quien se ofreció a llevar alimentos, ropas y alivio aquellos desdichados. Don Juan no tuvo otro remedio que dejar ir a su esposa, a llevar ayuda para quien lo necesitaba tanto. Todos los jacales de indios eran nido del mal y adentro había quejidos y muerte. Durante días y semanas, la mano blanca y bondadosa de doña Leonor llevó auxilio y consuelo a los enfermos, su presencia daba ánimos a los indios, que recibían comida y frases de aliento de aquella hermosa y rica dama, y tanto trato con los apestados, que al fin ella también pareció sucumbir al mal, y a su esposo no le quedó otro remedio que aguardar el triste desenlace.
La voluntad del creador fue que la hermosa, joven, rica y bondadosa dama, muriese de la terrible peste. Horas y horas pasó junto a la tumba el atribulado esposo, que no se resignaba a tan sensible pérdida, dos de sus criados que le acompañaban se acercaron a suplicarle que debía irse a descansar a su casa, y fue necesario llamar a los caballeros amigos de don Juan para poder sacarlo del cementerio. Durante muchos días, visitó la tumba de su amada, sobre la cual dejó lágrimas y flores después se encerró en su casona, y decidió que no saldría de allí, pues su esposa estaba muerta, esa estancia sería su tumba y muerto estaría muy pronto. Transcurrieron los meses, las vigilias, la pena y su desesperación, fueron perturbando su mente, hasta que enloquecido comenzó a rebelarse contra la voluntad del cielo, maldiciendo a Dios.
Llamó entonces a la criada para preguntarle sobre aquel brujo muy poderoso que había mencionado durante la peste, y le ordenó que lo llevara ante él. Obedeciendo las órdenes de su amo, la india condujo a don Juan hasta una casucha por el entonces barrio de la Candelaria de los Patos; ahí se encontraba a un hombre de avanzada edad con apariencia un poco desagradable.
Don Juan sin rodeos le pidió al brujo que resucitará su esposa y que a cambio le pagaría una muy buena cantidad de dinero; el anciano le advierte que su poder está limitado por otro superior y que el acto que pide es un reto y puede vencerlo cuando menos lo espere. Sin importarle, don Juan acepta cualquier riesgo, con tal de ver otra vez a su esposa viva; entonces el brujo comienza a invocar a los seres de la oscuridad para qué devuelvan a la vida a la mujer. Don Juan pensando que el brujo era un charlatán, se marcha furioso su casa, pero al llegar encuentra la puerta de la casa abierta, y con no sería su sorpresa cuando de pronto una grácil figura emergió del jardín: ¡era su esposa!
Renacieron los días felices, doña Leonor estaba aún más bella y don Juan aún más enamorado, de su enfermedad, su muerte y resurrección no se hablaba una palabra, pues eso parecía haber sido sólo un horrible sueño. Todo parecía normal, sólo de vez en cuando ocurrían cosas extrañas, como cuando las aves huían de su presencia, y como cuando el minino al sentirla cerca, maullaba y erizaba los pelos. Pero eso nada les importaba, ni se daban cuenta de ello, ocupados como estaban en dar rienda suelta a su amor y su pasión, todavía pasado ya, ninguna nube de temor enturbiaba su vida y sus amores. Así pasaron los meses, entregados al amor y a la pasión, sin preocuparse por los sucesos de la vida exterior.
Mientras tanto, allá en el cubil, el viejo brujo leyendo antiguos manuscritos hace un inesperado descubrimiento: el término de aquella vida se aproximaba, no podría vencer nuevamente a la muerte; por una verdadera rareza, el brujo abandonó su cubil para dirigirse a la ciudad y dar aviso al caballero. Con la rapidez que le permitían sus flácidas y temblorosas piernas, se aventuró por las calles solitarias de la capital de la Nueva España, pero quiso el destino que al cruzar la calle pasara una diligencia con los corceles desbocados, y cuando menos se dio cuenta le pasaron encima, causándole una muerte instantánea.
En esos momentos, allá en la casa de don Juan, doña Leonor sintió que algo extraño lo ahogaba, y sin darle mucha importancia se fueron a dormir. Jamás pensaron los amantes esposos, que ese iba a ser un sueño definitivo y cruel y que el despertar les aguardaba pavoroso. Al día siguiente, tras de despertarse alegre y feliz, don Juan se acercó despertar a su esposa, juguetón y alegre levantó la sábana y entonces se halló ante aquel cuadro horroroso: el rostro antes bello de su esposa, era una máscara horrible, llena de gusanos y carne putrefacta, levantó más las mantas y se halló con que todo el cuerpo era una llaga purulenta cubierta de larvas asquerosas, y ante sus ojos tuvo lugar aquella transformación de horror; los gusanos devoraban la carne de la muerta y poco a poco, quedaba el esqueleto mondo y blanco. Don Juan de ribera y Villavicencio contempló anonadado, que de aquellos lindos ojos sólo quedaban negras oquedades, y de aquellos dientes, de esa boca, una abertura descarnada, que dibujaba una mueca sarcástica y siniestra.
Las sienes de don Juan parecían estallar, su corazón la que aceleradamente su cerebro enloquecía, no podía creer que su esposa había vuelto a morir, gritaba desesperado una y otra vez para que volviera a la vida.
Días más tarde encontraron muerto a don Juan Manuel de Rivera, abrazado al esqueleto de su esposa. Nadie conoce la horrible historia, ni se supo entonces la verdad, creyeron que loco de amor, don Juan había robado el esqueleto. Tal es la verídica historia ocurrida en esta casona hoy en la avenida Hidalgo, que en aquel siglo fue del Portillo de San Diego. Mientras calman sus nervios, dejaré pasar una semana.