domingo, 25 de agosto de 2013

La mulata de Córdoba (Sucedió en la calle de la Perpetua, hoy primera calle de República de Venezuela)


Córdoba es una hermosa ciudad, construida sobre un pequeño montículo, sus huertos son fértiles y fecundos, en donde podremos encontrar deliciosas frutas como los mangos de Manila o el plátano, y si es de nuestro agrado, también podremos disfrutar de un deliciosos café. Esta ciudad posee un clima cálido muy agradable, que nos permitirá pasar un buen día explorando todos sus rincones, su gastronomía y sus costumbres.
Córdoba fue fundada durante el siglo XVII, época en que los negros sublevados por tenían en constante alarma a la población, pues asaltaban a los mercaderes, robaban a los pasajeros, resultando ser un obstáculo para el comercio y la Real Hacienda al interceptar el camino de Veracruz. Para poner fin a este problema, don Juan de Miranda, don García de Arévalo, don Andrés de Illescas y don Diego Rodríguez, vecinos principales del publo de San Antonio de Huatusco, solicitaron y obtuvieron el permiso del Virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar, para levantar una villa en la loma conocida como Huilango. La villa se declaró fundada el 25 de abril de 1618, tomando su nombre de uno de los apellidos del Virrey. En Córdoba, el café y el mango de Manila fueron aclimatados por el español don Juan Antonio Gómez.
Esta hermosa ciudad también es conocida por su historia y sus leyendas. Una de las más fantásticas y populares es la de la Mulata de Córdoba, que ha sobrevivido el paso de tiempo, gracias a que ha sido transmitida de generación en generación, ya fuera de manera oral o escrita.
Durante la época de la Colonia vivió en Córdoba una mujer que nunca envejecía a pesar de que los años pasaban. Nadie sabía quiénes eran sus padres, solo la conocían como la Mulata. La mayoría de la gente pensaba que ella era una bruja, una hechicera que había hecho pacto con el Diablo, quien la visitaba todas las noches, pues muchos vecinos aseguraban que cuando pasaban a las doce cerca de su casa, habían visto que por las rendijas de su ventana y de las puertas, salía una luz siniestra.
Otros más decían que la habían visto volar por los tejados en forma de mujer, despidiendo de sus negros ojos una satánica mirada, acompañada de una diabólica sonrisa con unos labios rojos y blanquísimos dientes.
Cuando se dejó ver por la ciudad, los jóvenes prendados de su belleza, se disputaban su corazón. A ninguno le correspondía, a todos despreciaba, y de ahí nació la creencia de que el único dueño de sus encantos era el Señor de las Tinieblas. Asistía frecuentemente a los sacramentos, nunca faltaba a misa, hacía obras de caridad, socorría a la gente pobre y acompañaba a los moribundos en su lecho de muerte.
Se decía que la Mulata tenía el don de la ubicuidad, ya que se le llegó a ver en distintos lugares a la misma hora, ya que se llegó a saber que estuvo al mismo tiempo en México y Córdoba; otras personas aseguraron que la vieron en una modesta casucha ubicada en un barrio de muy mala fama, al tiempo que otro la conoció en un vecindad, vestida con un aire vulgar.
La Mulata desempeñaba también el papel de abogada de causas difíciles y desesperadas. Por sus casa se les podía ver desfilar a las muchachas sin novio, las que estaban perdiendo la esperanza de atrapar marido, damas ricas y ambiciosas, militares retirados, médicos sin enfermos, abogados sin pleito, escribanos sin protocolo, jóvenes sin fortuna. Todos acudían a ella para que les solucionara sus cuitas, quedando todos contentos y satisfechos. La fama de aquella mujer era grande, ya que por todos los rincones de la Nueva España, su nombre era repetido de boca en boca.
Nadie sabe cuánto le duró su fama, lo que sí es seguro, es que se supo que había sido llevada a México a las sombrías cárceles del Santo Oficio. Aquella noticia tan buena, logró de milagro escapar de la Inquisición, causando gran atención entre todas las clases sociales, no se hablaba de otra cosa en la Nueva España; hubo incluso alguien que se atrevió a decir que la Mulata no era una hechicera, ni bruja, que había sido pretexto para que el Santo Oficio se apoderara de su fortuna, consistente en diez grandes barriles de barro, llenos de polvo de oro. Otros más decían que un hombre despechado la denunció porque no le había correspondido a su amor.
Pasaron los años, los rumores en torno a la Mulata estaban casi olvidados, hasta que cierto día todo mundo con asombro, se enteró de que en el próximo auto de fe saldría la hechicera con un cucurucho de cartón y una vela verde. Días después el asombro de la gente creció, cuando se enteraron de que la mujer había burlado la vigilancia de los carceleros, y según contaban se había ido a Manila.
¿Cómo le hizo para dejar a los señores inquisidores con un palmo de narices? Nadie sabía cómo había ocurrido todo esto, y un sinnúmero  de explicaciones circularon por toda la ciudad: que si el Diablo la había rescatado, que si los señores del Santo Oficio habían sucumbido a sus encantos, etc.
Los rumores descabellados cesaron cuando salió a la luz la verdad de los hechos. Uno de los carceleros penetró en el inmundo calabozo de la hechicera, quedándose maravillado al contemplar en una de las paredes, un barco dibujado con carbón por la Mulata, la cuál con tono de burla le preguntó:
- ¿Qué le falta a este navío?
- ¡Desgraciada mujer – contestó el interrogado - , si tuvieras temor de Dios, si te arrepintieras de tus pasadas faltas, si quisieras salvar tu alma de las horribles penas del infierno, no estarías aquí, y ahorrarías al Santo Oficio que te juzgue! ¡A este barco únicamente le falte que ande! ¡Es perfecto!
- Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, andará, andará y muy lejos…
- ¡Cómo! ¿A ver? 
- Así – dijo la Mulata. Con agilidad saltó al navío, un poco lento al principio, pero después rápido y a toda vela, desapareció con la hermosa mujer por un de los rincones del calabozo.
El carcelero quedó mudo e inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, con los cabellos erizados y con la boca abierta, vio todo aquello. ¿Y después? Un poeta escribió lo siguiente:

Cuenta la tradición, que algunos años
después de estos sucesos, hubo un hombre
en la casa de locos detenido,
y que hablaba de un barco que una noche
bajo el suelo de México cruzaba
llevando una mujer de altivo porte.
Era el Inquisidor; de la  Mulata
nada volvió a saber; más se supone
que en poder del demonio está gimiendo.
¡Déjenla entre las llamas los lectores!

domingo, 18 de agosto de 2013

Los primeros quemados de la Santa Inquisición

En toda la Nueva España no se hablaba de otra cosa, que no fuera el gran acontecimiento que iba a efectuarse en unos días: dos reos, que habiendo cometido delitos contra la fe, iban a purgar sus pecados con el castigo del fuego. A aquellos hombres se les habían metido los demonios, apartándolos de la ley de Dios, haciendo que cometieran terribles pecados que pagarían en la hoguera, obteniendo  así un  pase directo al fuego que nunca tendría fin.
Durante las tertulias, se comentaban casos inquisitoriales, a los cuáles se referían con repugnancia y horror. Las almas buenas escuchaban aquellos relatos, estremecidas de espanto, pues no podían concebir como había  en este mundo seres tan perversos, que podían cortar los delitos por la medida de sus deseos. El camino a la religión católica era fácil y pacífico, pero aquel que osaba desviarse de él iba a dar a la antesala de infierno.
Muchas personas venidas de diferentes partes de España, que habían presenciado las quemazones de los herejes, hablaban con admirado respeto de como su Majestad había asistido a diferentes quemas sin dejar de rezar un solo instante. Los testigos de los autos de fe relataban con lujo de detalle a los oyentes, y para darle un toque más real hasta elaboraban dibujos. De aquellas personas se apoderaba la santa envidia al escuchar esas narraciones, ya que ellos no habían tenido todavía el privilegio de contemplar tal espectáculo; además, al asistir a ellos, se ganaban una gran cantidad de indulgencias plenarias que  borraban los pecados más terribles de sus vidas. Los envidiosos suspiraban por la tristeza de no haber presenciado estas pías hogueras, sus ojos se llenaban de anhelo y en su corazón nacía ese enorme deseo de asistir a la pena de fuego.
Para la felicidad de muchos este espectáculo había llegado por fin a México. En la  Santa Iglesia Catedral se hallaban colgados paños negros, al altar mayor lo cubría un gran lienzo negro, y no había más que un crucifijo de talla, sangrante, doloroso, con la cabellera revuelta; a cada uno de sus lados ardían dos velas en oscuros candeleros de madera. Parecía que en todos los rincones del templo emanaba una cosa invisible, que se metía en los corazones de los ahí presentes, dejándoles una inexplicable sensación de miedo.
Fueron levantados dos altos tablados cubiertos con bayetas funerarias, en donde se sentaron los personajes más importantes de clero y algunos funcionarios, todos vestidos de luto. En el otro cadalso estaban los dos reos, Hernando Alonso y Gonzalo Morales, cada uno acompañado por un fraile dominico que con dulzura los preparaba para bien morir. En el interior del templo la gente se apretujaba para no perder detalle de todo lo que pasaba, todos agudizaban los sentidos para ver a aquellos graves señores vestidos de luto, y a los culpables con sus sambenitos anaranjados, estampados con numerosas llamas y negros diablos.
El dominicano fray Vicente de Santa María llegó a la Nueva España en 1528 a tomar el control en los asuntos de la fe, de los cuáles se encargaban los franciscanos y dominicos. Le dejaron toda su autoridad apostólica al estricto fray Vicente, quien apenas llegó a México, ni tardo ni perezoso comenzó el juicio en contra de los dos reos.
Hernando Alonso, fue acusado de que en un Jueves Santo, después de haber hecho el depósito del Divinísimo en la urna, en unión otros judíos amigos suyos, habían bautizado con extrañas ceremonias a un niño hijo suyo, que ya lo estaba por la religión católica; también fue acusado de decir que un bautizo de otros de sus hijos había sido falso.
Gonzalo Morales fue condenado por concubinato y por dar terribles azotes a un crucifijo, actividad que había hecho en compañía de un tal Palma. Morales llevaba ya un tiempo huyendo de la justicia en San Juan de Puerto Rico, y pensando que ya se había librado de la hoguera, finalmente vino a pagar sus pecados a Nueva España.
Fray Pedro de Contreras, quien desempeñaba el oficio de secretario, leyó al público presente todos los nefandos crímenes  de estos hombres; después dio un sermón en donde se expresaba contra el pecado, sembrando los sentimientos de miedo y angustia en los corazones de los ahí presentes.
Al brazo secular, representado por el gobernador Alonso de Estrada, fueron entregados los dos reos, y escoltados fueron llevados a la Placeta del Marqués, cercana a la Catedral, en donde estaba ya instalado el tan temido quemadero. Fueron atados a un poste y se prendió fuego a la leña que tenían debajo de los pies; pronto las llamas se comenzaron a levantar, acompañadas de chispas y una espesa columna de humo.
A través de las llamas se podían ver los rostros de dolor de los desesperados reos, pero después ya no se vieron más. El fuego se fue elevando, hasta que los dos hombres quedaron envueltos por completo. La gente miraba embelesada aquel espectáculo, mientras elevaban oraciones.

jueves, 15 de agosto de 2013

La calle de Don Juan Manuel

Hace aproximadamente 2 años se publicó en este mismo canal la leyenda de Don Juan Manuel. Lo que podrán encontrar en este nuevo video es que ahora vamos a conocer la leyenda desde el lugar donde se desarrollo, que es la calle de República de Uruguay número 90. La historia ha sido completada, y a la leyenda se le dio un toque extra de suspenso. Podrán encontrar también una galería fotográfica.


domingo, 11 de agosto de 2013

El Templo Mayor


La leyenda nos cuenta que la gran Tenochtitlan fue fundada en el año de 1325, cuando los mexicas encontraron un águila sobre un nopal devorando una serpiente, señal que había sido anunciada por el dios Huitzilopochtli para que en ese sitio construyeran su cuidad. Ese mismo año aconteció un eclipse de sol, suceso que tenía mucha importancia  para los antiguos mexicanos, pues representaba la lucha entre el astro rey y la luna, por lo cual tenían la necesidad de adaptar esta fecha para la fundación. El combate antes mencionado, lo podemos ver en el mito del enfrentamiento entre el Huitzilopochtli, dios del sol y la guerra, con Coyolzauhqui, deidad lunar, que cobra vida en el Templo Mayor.
Los mexicas ocuparon los islotes que había en medio del lago de Texcoco, pertenecientes al señor de Azcapotzalco, quien les permitió asentarse a cambio del pago de tributos y ayuda para sus conquistas; y apenas les fue autorizado, comenzaron a determinar el espacio sagrado para el templo de sus dioses.
Enormes calzadas unirían a Tenochtitlán con tierra firme: la de Iztapalapa hacia el sur, la de Tepeyac hacia el norte, la de Tacuba hacia el oeste y otra cuarta calzada que se menciona hacia el este. Así, con el paso del tiempo quedarían el Templo Mayor y el recinto ceremonial como centro fundamental y la cuidad la cuidad orientada hacia los rumbos del universo.
El Templo Mayor tuvo por lo menos siete etapas de construcción que lo agrandaron por sus cuatro lados, además de otras pequeñas ampliaciones;  se encuentra orientado al poniente y cuenta con una enorme plataforma que le sirve como base, sobre la que se levantan sus cuatro cuerpos superpuestos y los adoratorios en la parte alta, uno de dicado a Huitzilopochtli y el otro a Tláloc, dios del agua y la fertilidad. Estas dos deidades representan los dos aspectos que eran pilares dela economía mexica: por un lado la guerra de la conquista, y por el otro la producción agrícola.
Cuando los españoles llegaron, el Templo Mayor tenía poco más de ochenta metros de cada lado y cincuenta metros de altura; pero cuando fue la caída de Tenochtitlán el 13 de agosto de 1521, este recinto fue destruido, conservándose solo partes de las etapas anteriores, esta destrucción fue inevitable porque el Templo Mayor representaba la cosmovisión mexica, es decir, a través de este se podía subir  a los niveles celestes o bajar al inframundo; de ahí partían los cuatro rumbos del universo.

¿Cómo vemos el Templo Mayor en nuestros días?
Lo primero que  podemos ver es el empedrado de la gran plaza, que contaba con quinientos metros por lado, donde se dice que había hasta setenta y ocho edificios; este empedrado corresponde a la penúltima etapa de construcción, que data de  año 1500 d. C. Si seguimos avanzando, podremos encontrar la plataforma que sostenía al templo, correspondiente a la etapa constructiva IVb, fechada en el año de 1470 d.C., época en la que gobernaba Axayácatl. A la plataforma se podía subir por cuatro escalones, en cuyos extremos hay serpientes con el cuerpo ondulante; la escalera es interrumpida por un pequeño altar conocido como de las ranas, animales asociados al dios de la lluvia.
Ahora vamos a fijar nuestra vista en la plataforma, donde podemos observar los restos de dos escalinatas que conducían a la parte alta del templo, en donde se encontraban los adoratorios de Tláloc y Huitzilopochtli. Se encuentran separadas por  alfardas rematadas con cabezas de serpientes, que todavía conservan sus colores originales. Debajo de la plataforma se han encontrado ofrendas numerosas ofrendas, que eran acomodadas de una manera determinada, debido a que tenían un significado y simbolismo específicos; además estas ofrendas fueron colocadas en ejes importantes, como en la unión de los edificios de Tláloc y Huitzilopochtli, también en la mitad de las escaleras, en las esquinas del templo, así como sus partes medias.
También fue construido un drenaje hecho de tabiques en el año 1900, que nos conduce a diversas etapas del lugar; se pueden apreciar réplicas de esculturas reclinadas sobre las escalinatas del lado de Huitzilopochtli, esta etapa de construcción data del año 1430 aproximadamente, cuando Tenochtitlán era gobernada por Itzcóatl. Cabe destacar, que las piezas originales podemos admirarlas en el Museo.
Este recorrido nos lleva a una etapa anterior, de la que se conservó la parte alta del templo con sus dos adoratorios, a la derecha el de Huitzilopochtli con la piedra de sacrificios frente a él, y a la izquierda podemos ver el adoratorio de Tláloc con la figura del Chac – mool en el frente; los pilares de la entrada se conservan en buenas condiciones y todavía se pueden apreciar los colores originales, esta etapa se encuentra ubicada en el año 1390 d. C., por el glifo “Dos conejo” que se puede ver en el último escalón del lado que da a Huitzilopochtli, en eje con la piedra de sacrificios.
Ahora dirigimos nuestros pasos a la parte norte del templo, donde encontramos tres adoratorios alineados a lo largo de la plataforma, el más cercano a nosotros está orientado al poniente, el de en medio está decorado con más de 240 cráneos de piedra, el adoratorio ubicado al fondo está pintado en varios tonos, teniendo como color principal el rojo. Al norte de estas estructuras, hay una plataforma con dos escaleras, en donde podemos ver en una de ellas cabezas de águilas en las alfardas.
Esta plataforma tenía otra etapa anterior que no pudo ser excavada; pero si nos metemos a explorar el interior en donde se encuentra el techo que protege el área que hoy conocemos como “Recinto de las Águilas” o “Casa de las Águilas”, que fue construido durante la etapa V del Templo Mayor (1480 d. C.); sobre este fue colocado otra etapa constructiva, de la que se puede ver el basamento y dos escaleras que permitían acceder a su interior.
La etapa anterior se pudo excavar, que consta de un vestíbulo en forma de L con restos de pilares; uno de los accesos a su interior muestra banquetas policromadas con representaciones de guerreros en procesión, sobre estas y a ambos lados dela puerta fueron encontradas dos hermosas figuras de barro de caballeros águilas casi de tamaño natural. El acceso conduce a una habitación alargada que también posee banquetas; un pasillo estrecho conduce a otro patio en donde se pueden apreciar los arranques de cuatro pilares que sostenían el techo y un pequeño patio interior, en los extremos norte y sur hay dos habitaciones más.
Cabe destacar  el decorado que se encuentra en el muro externo del cuarto norte, que consiste en una flor con cuatro pétalos labrados en piedra; en el interior de este aposento se pueden ver las banquetas con los guerreros que rematan en el altar saliente que muestra un zacatapalloli o bola de heno, en donde eran encajadas las espinas para el autosacrificio, frente a este fueron encontrados dos braseros de cerámica.
El vestíbulo de acceso antes mencionado, tiene otra puerta hacia el norte que también conduce a otras habitaciones; sobre la banqueta y flanqueando la entrada se encontraron dos figuras de barro  del dios Mictlantecuhtli, señor del inframundo.
De acuerdo a los arduos estudios que se le han hecho a la “Casa de las Águilas”, dicen que al parecer se trataba de un conjunto que era utilizado para ciertas ceremonias, ya que en su interior fueron detectados restos de componentes de sangre y posiblemente de pulque; al parecer en ese sitio el tlatoani o gobernante llevaba a cabo el ritual de salir por la puerta poniente, justo donde se encuentran los guerreros águila, y seguía el camino del sol. El vestíbulo le conducía hacia la puerta norte con las figuras de Mictlantecuhtli, donde habitan los muertos del Mictlan, recordemos que el norte era considerado el rumbo de los muertos, el mictlampa; de este modo el recorrido se hacía desde el sol hasta el ocaso.


Ahora si nos vamos hacia la parte posterior del Templo Mayor volveremos a encontrar el mismo piso de lajas, limitado hacia el norte por estas escalinatas y muros que conformaban la plataforma que circundaba todo el recinto ceremonial.

domingo, 14 de julio de 2013

El barrio de los encadenados (Sucedió en el barrio de San Álvaro, cuidad de Tlacopan, hoy Tacuba)

Cuenta la leyenda que durante el año de 1686, que cuando era virrey de Nueva España Don Francisco Portocarrero Lasso de la Vega, conde de Manclova comenzaron aquellas apariciones de un ente conocido como “El encadenado”, el cuál fue nombrado así por los habitantes de la capital. A este espectro se le relacionó con el virrey… ¿Por qué?
La historia cuenta que por aquellos rumbos vivía un herrero de apellido Rosado, que era un anciano miserable de inofensiva apariencia; entre la gente era conocido como un hombre bueno y honrado, sin embargo, los niños y los animales le temían, por lo que solamente algunos clientes frecuentaban su lugar de trabajo.Una de las personas que más lo frecuentaba era el virrey, ya que a cada rato le mandaba hacer trabajos de herrería, quizá porque el era de los pocos que sabían que el anciano tenía un cobertizo en su patio.
Una noche de luna llena, el herrero se encaminó a las afueras de la ciudad, hasta llegar a una cueva misteriosa que había en una colina cercana; pero nadie sabía a que iba el anciano, lo que si era un hecho es que algunos de sus clientes se les podían oír gritar de dolor. Y casualmente desde aquella noche, al virrey se le veía cojeando, pero el señor Rosado le había advertido que si el dolor le aquejaba, era señal de que tendría el amor de Doña María; ya que ella también había sido requerida por el caballero, pero el problema es que sus señores padres querían enclaustrarla.
Aquel día el comportamiento de la dama fue distinto, pues le permitió a Don Francisco que la acompañara hasta su casa, después ella se enfrentaría a su padre negándose rotundamente a ingresar a un convento; el padre explotó en cólera y acto seguido envía a su joven hija a confesarse, pero claro ella en vez de ir a descargar su alma fue directo a la casa de su amado. Mientras, el tenía que pagar cada vez más el trabajo del herrero; pero el no era el único que había vendido su alma la Maligno, ya que un hombre llamado Don Rodrigo lo hizo a cambio de riquezas y una dama de nombre Doña Serafina pudo conseguir que su marido regresara a su lado.
Ante aquellos magníficos resultados obtenidos, los clientes empezaron a llegar como moscas a la miel al local de Rosado; así con el tiempo los mancos y cojos empezaron a abundar en el barrio, y cuando se veían en la calle lo único que hacían era mirarse unos a otros, conscientes de que habían cambiado una extremidad por su más caro anhelo. Aquellas personas gozaban de los favores concedidos, pero a la vez sentían un profundo temor y pánico a la muerte y esta situación los hacía actuar como locos. En la casa de Doña Serafina, sus temores empezaron a molestar su esposo, el cuál pensaba seriamente en abandonarla, pero ella le advierte que si lo hace un rayo lo partirá para matarlo; Don Miguel haciendo caso omiso un deja a su mujer, subió a su carruaje y no había avanzado muchas calles cuando los caballos desbocaron y perdió el control de la carreta, perdiendo la vida en aquel trágico acontecimiento. Más tarde Doña Serafina recibió el cadáver de su marido.
EL otro caballero, Don Rodrigo de Brugos no salía ni a la esquina por temor de tener un accidente, apenas y probaba bocado porque temía que sus empleados lo envenenaran. Y así como esos trágicos casos, muchos eran los que vivían bajo ese horrible miedo a la muerte en los rumbos de San Álvaro, todos culpaban al herrero Rosado.
Paso el tiempo y todas aquellas personas empavorecidas, salieron a las calles en busca del anciano, quien al verlos trató de emprender la graciosa huida, cosa que no consiguió porque totalmente acorralado; acto seguido sintió sobre su cuerpo pedradas, garrotazos y puñaladas, dejándolo en un charco de sangre. La gente no satisfecha todavía, lo arrastró a las afueras de la cuidad hasta llegar a las cuevas misteriosas, donde subieron a la parte más alta del barranco y desde ahí lo aventaron al vacío, Rosado dio tumbos y destrozándose el cráneo al estrellarse en contra de unas piedras. Aún no contentos con este acto de barbarie, regresaron a la casa del anciano y registraron hasta el último rincón.
Al día siguiente el padre Bermúdez quedó paralizado de horror al ver destrozada la casa del anciano, pero su asombró fue mayor al ver regadas en el piso monedas de oro; y claro no tardó en correr el chisme de que el “nahual”, como era conocido en el pueblo, había muerto.
El santo varón fue directo a las Oficinas del Santo Oficio a dar el informe; más tarde irían a sellarla vivienda del herrero. En el rumbo de San Álvaro los días transcurrieron tranquilamente, pero cuando fue luna llena los coyotes aullaron y entonces muchas personas tuvieron ante sus ojos una siniestra aparición: un aterrador espectro recorría las calles hasta detenerse en la casa de Don Francisco Portocarrero; el virrey sentía como cada cabello se le erizaba de terror, al ver y escuchar aquella voz hueca y cavernosa de ultratumba.

La puerta de entrada implicó un obstáculo para el fantasma, ya que con mucha facilidad entró al patio que era iluminado por la luz de la luna. Don Francisco aterrado ya presentía lo peor: Rosado venía por él. Los pasos se aproximaban lentamente hacia el infortunado hombre, lo que obligó a su esposa a que se encerrara bajo llave; pronto el fantasma se encontraba frente a él, cargando unas pesadas cadenas y mirando fijamente de manera amenazadora al virrey.
El espectro venía por Don Francisco por haber vendido su alma al diablo; y acto seguido la descarnada mano tomó del brazo al condenado, Doña María acudió a ayudar a su marido, pero presa del terror al ver aquella horrenda imagen no pudo soportarlo, y se desplomó en el piso. Los criados la atendieron inmediatamente, más le hubiera valido a la pobre mujer nunca despertar, porque nunca volvió a volvió recobrar la cordura, algunos dicen que no soportó el trauma de la muerte de su marido.
Cuenta la leyenda que al querer amortajar a Don Francisco descubrieron una cadena atada a su tobillo, pero lo espeluznante fue que al tratar de quitársela se adhería a la carne. Otro suceso que se cuenta es que cuando la luna llena volvió a brillar, Rosado volvió a aparecer en el barrio sembrando el terror por donde quiera que fuera, todos los pobladores atestiguaron, que después de aquella noche amaneció muerta Doña María con una cadena atada a su tobillo; la misma suerte corrió Don Rodrigo, que fue encontrado con una cadena atada a la muñeca. Así uno por uno, todos aquellos que habían sido partícipes del linchamiento de Rosado, murieron de igual forma; cada noche de luna llena era lo mismo y decían los habitantes que el anciano desaparecía en aquellas cuevas misteriosas.
Pero una noche decidido a terminar esta ola de muertes, el padre Bermúdez se enfrentó al espectro, y con una cruz en alto le preguntó porque penaba su alma, pero no obtuvo respuesta; el religioso arrojó entonces agua bendita sobre aquel ser logrando que desapareciera solo unos escasos momentos, luego lo vio huyendo hacia las afuera del barrio, viendo como desaparecía en las cuevas.
El religioso lo siguió hasta su escondrijo, donde se escuchaban voces y se veía una luz verde; y sin otra arma más que el crucifijo, el sacerdote se introdujo en la cueva, y ante sus ojos tenía un aterrador escenario: una legión de espectros encadenados, que gritaban y blasfemaban de un modo impresionante. La leyenda cuenta, que el padre salió de ahí lo más rápido que pudo para alejarse de aquella sucursal del infierno, pero al llegar al pueblo se le tomó como un loco y finalmente fue recluido en un manicomio.
En cuanto al espíritu de Rosado, las historia nos relata que al terminar su misión de recoger a todos los encadenados, y que luego se les veía penar por las colonas en las noches de luna llena.
El aterrador suceso fue documentado por el padre Bermúdez con lujo de detalle.Años después de su fallecimiento el Santo Oficio encontró la información y fueron a bendecir aquella cueva maldita, y también quemaron la casa del anciano.
Como dato curioso les cuento que el virrey Portocarrero en sus retratos se mostraba como un hombre de aspecto duro y sin un brazo; el gran misterio sin resolver es que no se sabe si perdió el brazo en combate ópor favores pedidos al maligno.

domingo, 7 de julio de 2013

Las palmas del tesoro

La conquista y establecimiento de la Colonia, trajo no solo consigo riquezas y poder, sino también muerte y sobresaltos para los conquistadores, y despertó la codicia de piratas y aventureros que llegaron a las costas mexicanas causando grandes depredaciones; allá por el siglo XVII ocurrió este suceso en que se amalgaman la codicia y el misterio, lo sobrenatural y lo espantoso…
Una tarde de aquel siglo, apareció frente a las costas veracruzanas un barco pirata que, a juzgar por su aspecto, había sufrido uno de los desastres marinos propios del Golfo de México, o bien, trabado fiero combate del que saliera mal librado. ¿De quién era ese barco con la espantable insignia pirata? ¿Del mulato, de Lorencillo, o del sanguinario Morgan? Nadie los sabe, solo que amparado en las sombras de la tarde, un fiero pirata abandonó la nave, alejándose a golpe rápido de remo.
 A una distancia prudente, vuelve los ojos inyectados de odio, gritándoles a la tripulación que todos morirían y echándoles de maldiciones; de pronto se escucha un estruendo espantoso, y la nave pirata vuela en mil pedazos, y mientras arde el barco, y muere destrozada o achicharrada la tripulación, el fiero pirata escapa en una lancha mientras abre el cofre que lleva a bordo, y se regocija contemplando su contenido, pero un trozo ardiente de mástil que ha volado debido a la explosión, tuvo el mal tino de caer justo encima del pirata, el cuál lucha con desesperación en vano, por quitarse aquella brasa. Al fin logra quitarse y arrojar al mar el trozo de madera ardiente, pero queda mal herido. Los últimos resplandores rojos del  cielo alumbran confusamente el bote, al pirata y…. ¡al tesoro! Las horas pasan y el oleaje arroja hasta la playa veracruzana la embarcación y su cargamento.
Cerca de la media noche el pirata herido, vacilante se acerca a una casucha de pescadores, está dispuesto a conseguir auxilio por las buenas o por las malas, toca la puerta y acto seguido salen dos hombres: Adrián, Fernández y Marcos Iturralde, que abren tímidos la puerta, son humildes pescadores españoles. El pirata les ordena a gritos que lo curen, pero antes de que pudieran sostenerlo, el recién llegado pega un grito y muere; los pescadores se asustaron porque creían que los tripulantes que venían con el desconocido andarían en algún lugar cercano, se quedaron mudos mirando el cadáver del fiero pirata, allí en la choza. Después de un rato, Adrián reacciona y le dice a su compañero que lo ayude a llevarlo a la playa, y a la claridad nocturna y tropical, los dos pescadores sacan al pirata.
De pronto Marcos  y Adrián descubren el bote del pirata, se acercan para inspeccionar su única carga que era un cofre, y cuál no fue su sorpresa cuando al abrirlo encontraron un fabuloso tesoro de oro y joyas de incalculable valor, todo parecía un sueño o una fantasía. Cuando ambos pescadores parecen repuestos de la impresión, Adrián propone primer que nada, enterrar al muerto lo más lejos posible y buscar un sitio adecuado para ocultar el cofre. Adrián y Marcos se alejan por el mar llevando aquel tesoro y salen de la ensenada, al llegar, con grandes trabajos proceden a sacar el pesado cofre del bote y lo llevan hacia la selva.
Exploraron, hasta encontrar un lugar adecuado para esconder el tesoro, el cuál fue al pie de unas palmas que formaban una figura inconfundible, los dos pescadores excavan para enterrar el cofre con su fabuloso contenido, pasaron varias horas haciendo su labor, hasta que de manera inevitable los sorprenden los primeros rayos del sol. Adrián no quería compartir el tesoro con su compañero, para lo que encontró una solución rápida y fácil: darle muerte, y en forma artera y cruel golpea con furia la cabeza de Marcos; acto seguido Adrián Fernández cubre el cadáver ensangrentado.
Concluida su criminal obra, se aleja grabándose bien la señal de las dos palmeras que señalaban el tesoro, se dispone a remar hacia las rocas, sobre las cuáles ha de abandonar el bote para que la furia del mar lo destruyera, pero de pronto navío y ocupante son arrastrados por una súbita e incontrolable corriente marina, y por breves minutos la embarcación es juguete del oleaje hasta que el mar lo azota contra los riscos haciéndolo astillas, y el cadáver del codicioso Adrián queda desarticulado grotescamente y colocado sobre uno de los riscos.
Pasa el tiempo, y el cuerpo es devorado por las fieras, su casucha, así como sus botes y redes, van siendo destruidos por el abandono. Nadie sabe ellos, todos ignoran que sucedió a Marcos de Iturralde y a Adrián Fernández, pescadores venidos de Mallorca, hasta que una noche, cuatro pescadores que se han alejado más allá de la ensenada ya cerca de los riscos, escuchan por primera vez un lamento que les sobrecoge de pavor, y después ven algo que los paraliza de miedo: ¡un espectro en las escolleras!, y casi al mismo tiempo se deja escuchar un grito que hiela la sangre, procedente de la selva. Durante de una larga distancia, todavía parece resonar en sus oídos ese grito escalofriante, repetido por el mar y por la noche. Los cuatro pescadores avezados al mar y sus peligros, se alejan de allí, temerosos de lo desconocido y sobrenatural.
A partir de entonces fueron tantas y frecuentes las escalofriantes apariciones y los lamentos que llegaban de la selva, que los pescadores aprovecharon la llegada del padre Francisco de Salinas, para hacerle un relato de los hechos, el religioso les sugirió que alguien fuera a preguntarles en nombre de Dios a aquellas almas en pena, que era lo que los tenía vagando en este mundo, pero como no hubo valiente alguna que se atreviese, entonces había que esperar que un día llegara alguien predestinado para  ayudar a reunir a las ánimas en pena. ¿Quién sería?
Sucedió que un día apareció por aquella aldea de pescadores un pobre hombre barbado y sucio, en cuyo rostro demacrado se notaba el hambre y la fatiga, caminó durante un rato más, hasta que encontró a una buena persona que le abrió las puertas de su humilde morada, el viajero descansó en la casa del pescador, gracias al cual sació su hambre y sed, poco después el invitado y el anfitrión charlaban amigablemente, en donde el primero le contó que había sido poseedor de una gran fortuna, y de un día para otro quedó en la calle. ¿Quién era ese hombre? ¿Mendigo del camino o prófugo de la justicia? Nada de eso, su historia aparece consignada en las consejas de la Colonia.
Este mendigo era nada menos que don Jerónimo de la Peña y Lucientes, caballero de la orden Calatrava, que estuvo a punto de ser el primer ganadero de la Nueva España, pero no sucedió así, porque días más tarde le llegaba al caballero una fatal noticia: el barco que traía parte de su fortuna había naufragado; pero no se dejó doblegar y días después ya se encontraba haciendo tratos con unos hacendados, a través del capataz, pero éste no iba a mover un dedo hasta que le fuera pagada la cantidad que oro que quería, y para esto el caballero de la orden de Calatrava tenía que llevar la preciada carga hasta Tlaltenango. Antes de que transcurriera más tiempo, empaco todo y se fue rumbo a aquel lugar, pero para su mala suerte, poco antes del amanecer, el carruaje de don Jerónimo fue asaltado y robado del oro por cuatro sujetos que, según se dijo, estaba en complicidad con el capataz. Los salteadores mataron al cochero y dejaron por muerto a don Jerónimo, quien fue encontrado horas después por una escolta de caballería, lo recogieron y lo llevaron hasta su casa, donde fue atendido por un médico que manifestaba su confianza en que ha de curarse.
Convaleciente aún, don Jerónimo se dio cuenta con tristeza que lo había perdido todo muy pronto, sin embargo se mantenía optimista para salir de ésta mala racha y recuperar su fortuna, y para eso quiso buscar apoyo moral y amor en su esposa Constanza, decido entonces ir hasta su alcoba. Sus ojos afanosos no hallaban a su mujer, pero si descubren una carta, la lee y su contenido le llena de odio y de dolor, pues ésta decía que se había marchado con su amante el capitán de Gálvez.
A una desdicha se eslabonaba otra, pues poco tiempo después don Jerónimo recibía la visita del dueño de la casa que habitaba por calle de Balvaneras para exigirle el pago de la renta, pero como ya tenía ni en que caerse muerto, al día siguiente salió pobre, sin fortuna y sin honor.
Se dio a vagar primero por las calles de la capital de la Nueva España, pregonando su infortunio y su mala suerte, decide recurrir ante prestamistas y usureros, pero todo en vano, y para colmo de sus  males y ruina económica, recibe una gran golpe moral al toparse cierto día con la que fuera su esposa Constanza y el capitán de Gálvez, ni siquiera una tizona lleva para vengar la afrenta, y sin fijarse en aquel hombre a quien tomaron por pordiosero, siguen su camino haciéndose caricias y sonriendo.
Y como había dicho, si n fortuna y sin honor, decidió alejarse para siempre de la capital de la Nueva España, está cansado de pedir e implorar, su idea es la de llegar a Veracruz y de allí, de algún modo, embarcarse a España en donde podrá rehacer su vida. Este es el hombre que duerme y descansa bajo la sombra amistosa del pescador. Despierta a la mañana siguiente, pero antes de emprender sus pasos a Veracruz, el pescador y su esposa le advierten que tenga cuidado con los espectros que llenan de pavura a la gente.
El viajero echa a andar de nuevo, ahora lleva agua y algo de comer para su larga caminata hasta el puerto de la Villa Rica de la Vera Cruz, y de pronto se detiene, la selva se ha quedad en total silencio, el menor viento no agita la espesura, como para hacer marco a un grito espantoso que de súbito escucha. Tensos los nervios, pero sin sentir pavor, el viajero al buscar el sitio de donde escapaba el grito espeluznante, descubre a un impresionante espectro, y decidido se le acerca pidiéndole en nombre de Dios le dijera el motivo por el que penaba y lloraba; el fantasma habla a través de la horrible oquedad de lo que fue su boca y le explica que el motivo está enterrado bajo sus pies y la causa de su penar es por el cuerpo de amigo que se encuentra lejos de él, después el caballero le pregunta que debe hacer para que al fin descanse en paz. ¿Qué será?
Siguiendo las instrucciones que con voz cavernosa le dio el fantasma, don Jerónimo se oculta esa noche en los escollos, no tiene que esperar mucho, pues a la medianoche se deja escuchar aquel lamento espeluznante, y muy cerca de él se hace visible aquel esqueleto fosforescente, que fuera motivo de terror por parte de los pescadores. Venciendo su temor y cumpliendo con la palabra dada al otro espectro, le abraza y le sujeta, y sin pérdida de tiempo le carga  y le conduce por la playa hasta la selva; cumplida la parte del trato que le correspondía a don Jerónimo, vuelve a salir aquella voz hueca de la boca descarnada y le dice que cuando salga el sol, las palmas proyectarían sobre el suelo una sombra en forma de cruz, ahí debía escarbar para encontrar los restos del espectro y debajo un cofre con el fabuloso tesoro, que sería ¡todito para él!. La condición final era que los despojos mortales de ambos difuntos, reposaran en el mismo foso.
El espectro desaparece en la negrura, solo queda ahí el esqueleto casi destruido por el tiempo, y en efecto, cuando llegó el amanecer las dos palmeras cruzadas marcan el sitio del tesoro y don Jerónimo excava valido de improvisados instrumentos, y como le había dicho el fantasma la noche anterior, descubre un esqueleto y después más abajo el tesoro. Poco a poco, pero grandemente emocionado, el hombre traslada aquel fantástico tesoro hasta otro sitio en lo más denso de la selva, y después coloca juntos conforme a los deseos del espectro, los dos esqueletos que hasta entonces penaba separados, al fin descansaban en paz Marcos y Adrián.
Don Jerónimo regresó a la aldea y tras platicar al pescador su notable hallazgo, lo gratificó con largueza. Los pescadores estaban felices, pues de tal manera sabían que tocaba a su fin las espeluznantes apariciones y además, buenas monedas de oro dio a cada uno. Escoltado por los pescadores don Jerónimo llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz, en donde compró un carruaje, su tiro de caballos y rica ropa, se despidió de todos y emprendió en camino de regresó a la cuidad.
Días más tarde nuevamente rico y poderoso, llegaba a la capital de la Nueva España, pero ahora bien cambiado, venía con una larga barba, las sienes plateadas por las humillaciones y sufrimientos, pero lucía aún más apuesto; y pasado un tiempo la afrenta a su honor lavó, al humillar a quien fuera su esposa y que un día cuando la fortuna le fuera adversa, lo abandonó.

Y así terminó la leyenda que el vulgo conoció como “Las Palmas del Tesoro”. Pero aún queda algo, según varios veracruzanos en aquella selva quedaron muchas monedas de oro y joyas, que don Jerónimo no alcanzó a transportar, y según las investigaciones hechas por varios historiadores, el sitio se localiza cerca de lo que hoy es Tecolutla. ¿Quieren ustedes ir a buscarlas? ¿O temen encontrarse con los fantasmas? Bueno, ¡Aquí nos vemos la próxima semana!