domingo, 29 de junio de 2014

Las esmeraldas malditas de Hernán Cortés

Dios bendice a los hombres buenos, el diablo maldice a los hombres malos. La maldición es un fluido satánico que persigue a todas las gentes por igual: les causa apenas e incluso la muerte.
Esta leyenda nos habla de una terrible maldición que los siglos no pudieron borrar, ¿quién de nosotros ha sido maldito? Esta insólita y tremenda leyenda, tuvo su origen precisamente un día 13, día de San Hipólito, del mes de agosto de 1521 cuando cayó Tenochtitlán. Los soldados del vencedor Hernán Cortés corrían entre los muertos y la sangre que empapaba las calles, llevando en sus brazos todo el oro que podían; no fueron pocas las escenas bochornosas de soldados españoles peleando entre sí, por la posesión del oro azteca, en las cuales intervenía el capitán, y los soldados echando maldiciones, tienen que obedecer y llevar el oro hasta el sitio en donde lo concentra Hernán Cortés. Con él se encuentra la Malinche, y le pide que lo acompañe al templo; ambos ascendían las escalinatas sangrientas cuando a la mujer le asalto un presentimiento terrible, su acompañante la ignoró.
Mudos de espanto y sobrecogimiento quedan Hernán Cortés y la Malinche, al hallarse de pronto en el altar de una deidad monstruosa: ¡Coatlicue!, diosa de la fertilidad y de la muerte. La Malinche señala al conquistador un receptáculo al pie de la deidad, en donde destellan cinco maravillosas esmeraldas, los ojos del conquistador sienten una extraña atracción hacia las piedras y de sus garganta sale una sola exclamación: ¡qué belleza!, sus codiciosas manos se extendieron hacia las gemas; la Malinche le advirtió que las joyas estaban malditas y su simple contacto era peligroso, pero Cortés ignoró sus palabras.
Desde que tuvo en sus manos aquellas esmeraldas, el español sintió que un influjo misterioso, poderoso, corría por todo su cuerpo, se regocijaba al contacto de las piedras; cuando sintió la presencia de un extraño y al volver el rostro, descubrió una figura imponente, era un sacerdote que al ver que tenía las joyas, le advirtió que mientras las tuviera en su poder la buena suerte le acompañaría, pero si las perdía caería sobre él la más grande de las desdichas.
Pasó el tiempo, la colonia española se estableció, levantándose sobre los restos de la ciudad lacustre, todo le sonreía a Hernán Cortés que recibía triunfos y favores; mandó montar en oro la esmeralda. Poco después se vio el conquistador obligado a marchar a España, para poner en claro ciertas cosas.
Cuando llego desembarcó en la Rápida, adonde su llegada congregó a mercaderes y curiosos, entre ellos, los mercaderes genoveses que al ver la joya en la armadura, se le acercaron interesados para saber en dónde la había adquirido, después le hicieron varias ofertas muy tentadoras para que las vendiera, pero por obvias razones no lo hizo. Fue tanta la fama de aquellas esmeraldas, que en toda España no se hablaba de otra cosa, la noticia traspuso los muros palaciegos y llegó a oídos de la emperatriz Isabel, esposa del rey de España Carlos V, quien quería tener en su poder aquellas joyas.
A regañadientes, pues Cortés no tenía carácter de cortesano, accedió a permutar por dinero y concesiones en la Nueva España aquellas esmeraldas; entonces, no supo decir nunca si dormido despierto, vio ante él a la monstruosa Coatlicue y al sacerdote azteca, y sintió que la deidad gigantesca e impresionante se le caía encima. Atraída por los gritos, llega ante él una de las sirvientas para saber qué le ocurría, a quien le dijo que solamente había sido una pesadilla.
Al día siguiente, cuando el conquistador fue a ver al rey, había cambiado de opinión y se negó rotundamente a entregarle las joyas, explicándole que algo invencible lo obligaba a permanecer junto a las piedras. Deseoso de resarcirse de sus pérdidas, Cortés va en busca de su esposa Juana, a quien le exige la entrega de las gemas, después de luchar contra su marido, Juana logra zafarse de sus manos y sale aterrorizadas y el patio, gritando; furioso la alcanza y la toma por el cabello, intercambiando golpes e insultos, ante la mirada de los capitanes que se abstienen de intervenir. Vencida al fin la mujer, le grita mientras le arroja una llave en donde guardaba las esmeraldas, y apenas acabo de hacerlo se hizo presente la maldición, puesto que se estaba separando de ellas por propia voluntad: el conquistador le propina un golpe que la hace caer dentro de un pozo.Y dicen las crónicas orales que recogió la colonia, que Cortés nada hizo por sacar de allí a su esposa, y así ella se convirtió en la primera víctima del maleficio verde que despedían las esmeraldas malditas.
Transcurre el tiempo, y el conquistador es enviado a esa malhadada expedición a Argel, entonces uno de sus soldados repara en la joya, a quien le explicara que son un amuleto. Y Cortés tuvo suerte, mientras llevó las gemas encima, quedó demostrado durante aquella tormenta que sorprendió a la escuadra española; en la vía "Esperanza" en que viajaba, se hizo pedazos contra unos riscos. El conquistador envolvió las esmeraldas en un pañuelo, incluso la de su armadura y se lanzó al agua; de todos cuantos iban a bordo, fue el único en salvarse, pero al llegar a la playa y tocarse el costado en donde llevaba el pañuelo, palideció de angustia al darse cuenta que había perdido las gemas.
Desde entonces, tal y como se lo dijo el sacerdote ante la diosa Coatlicue, la desgracia y el infortunio persiguieron a Cortés ya que fracasó también en su expedición a California, en cuya preparación gastó 300.000 escudos, quedándose sin nada. Destrozados por las largas caminatas, hambrientos y enfermos, los soldados sólo hallaban un poco de reposo durante el sueño, menos el conquistador que noche a noche era perseguido por aquella visión, que nunca supo si era sueño o realidad.
La desgracia seguía cebándose sobre él, ya viejo el pobre. Así como le era imposible rescatar las esmeraldas, también le era trasponer las puertas de palacio, había vuelto a España tratando inútilmente de ser recibido por el rey. Meses y meses pasaron sin que Cortés pudiese entregarle al rey su memorial; en esa espera lo sorprendían las noches y la lluvia.
Al fin un día, la carroza del rey de España sale de palacio y el conquistador decide interceptarla, pero del monarca no recibió más que el desprecio. Y así, enfermo, abandonado y viejo, Hernán Cortés murió el 2 diciembre de 1547, en el pueblo de Castilleja de la Cuesta, en Sevilla, España.
¿Qué había sido pues de las esmeraldas malditas halladas por Cortés a los pies de Coatlicue? Cuenta la leyenda que en el siglo XVII, unos pescadores las hallaron en una playa del mar Mediterráneo. Si eran, las esmeraldas malditas cuya posesión y contacto, traían triunfos y fortuna, así lo había dicho al conquistador el sacerdote azteca, y así se cumplía la profecía. Y al pescador, las joyas le prodigaron ambas cosas poco tiempo más tarde, dándole éxito en el negocio pesquero mientras las tuvo en su poder, pero cuando se le ocurrió darlas en venta a un anticuario, y tres días más tarde encontró la muerte.
Ese mismo anticuario partió a Sevilla con el fin de vender las esmeraldas, sin saber que tras él llevaba la terrible maldición. Al día siguiente de su arribo, celebró un trato con el anticuario francés Pierre Leclerc, y casi al salir del negocio, el vendedor encontró una muerte inexplicable. En cambio Pierre, comenzó a tener una clientela que jamás sueño y al ganar dinero en negocios inmediatos; entre los clientes se encontró al matrimonio García de Gálvez, quienes compraron las joyas por una muy buena suma.
Al día siguiente los esposos nuevos poseedores de las gemas, embarcaron hacia la Nueva España, y al mismo tiempo allá en la tienda, la justicia hallaba muerto al anticuario. Fue así como llegaron de nuevo a su lugar de origen, aquellas cinco esmeraldas que protegían una maldición.
Como todos en este siglo, trataban de ostentar riquezas e influencias ante la corte virreinal de la colonia. Las joyas se mandaron mutilar y montar en un collar, para que doña Juana García de Gálvez lo luciera en uno de los bailes de la corte. La maldición decía que al separarse de las esmeraldas, caería la desdicha y el infortunio, ¿pero qué sucedió al destrozarlas? Una noche doña Juana tuvo un extraño sueño que la despertó, pero sin darle mucha importancia se volvió a dormir.
Al día siguiente, en su recorrido los esposos se detienen ante una excavación, en donde al fondo del agujero se encontraba la colosal imagen de la Coatlicue; la diosa se había padecido la noche anterior en el sueño de Juana, para advertirle que nunca se deshiciera de las joyas, sino ambos morirían. Al no poder mover la deidad, decidieron cubrirla nuevamente con tierra.
Y doña Juana lució durante años, su collar de esmeraldas en fiestas palaciegas, y cuentan las viejas crónicas que es su esposo gustaba ir de noche en noche, a admirar las extrañas gemas restantes.
Han transcurrido los siglos y esas esmeraldas parece que se han perdido definitivamente, y con ellas la maldición; pero ésta sigue persiguiendo a don Hernán Cortés, a pesar del correr de los siglos. Quizás si las gemas volvieran a los restos del conquistador, donde quiera que se encuentren, la paz definitiva, batalla que no ha ganado Cortés aún, sería factible.

domingo, 22 de junio de 2014

Hospital de la Purísima Concepción o de Jesús Nazareno

El sitio que ocupa el hospital, antes de la conquista se llamaba Huitzillan, que fue en donde sucedió el primer encuentro entre Moctezuma y Hernán Cortés. En el libro de cabildo, en el año de 1524 se habla ya de este hospital, el primero establecido en el Continente Americano y cuya labor asistencial se ha mantenido sin interrupción hasta nuestros días.  Al hospital en los primeros años se le llamó Hospital de la Purísima Concepción, en los inicios de la Colonia el pueblo también le llamaba el Hospital del Marqués, después se le cambió a Hospital de la Limpia Concepción de nuestra Señora, más tarde Hospital de la Concepción y Jesús Nazareno, y al final se quedó con el nombre de Hospital de Jesús.
Cortés destinó para su fundación la manzana entera que ocupan la Iglesia, el hospital y otros edificios pertenecientes a este; la disposición de este lugar parece haber sido desde su origen la misma que ahora tiene, pues casi todas sus paredes son antiguas, sin que se advierta alguna alteración notable. Hernán Cortés y sus descendientes directos, estuvieron a cargo del Patronato perpetuo del Hospital de Jesús, por lo que el Segundo Patronato fue de su primogénito Martín Cortés, hijo de su segunda esposa doña Juana de Zúñiga, y después de él, lo fue don Pedro Cortés, tercer Marqués del Valle. Durante 400 años los descendientes del conquistador estuvieron ligados a la administración de esta institución, el último de los cuales fue el Príncipe Pignatelli, muerto en un accidente en Estados Unidos alrededor de 1932.
Es muy probable que los inmuebles fueron trazados por Pedro Vázquez. Las salas de enfermería forman un crucero, reuniéndose como punto central en la capilla, para que los enfermeros puedan escuchar misa; las habitaciones de capellanes facultativos y enfermero, independientes entre sí se comunican con la enfermería, y la iglesia separada de todo, sólo tiene por el hospital las entradas precisas para su servicio. Desde su inicio, contó con prácticamente dos departamentos, uno de 20 camas para hombres y otro de 11 camas para mujeres.
Esta fue probablemente la segunda Iglesia de México, pues antes de que se estableciera la parroquia que se formó en la plaza, dentro del recinto del templo mayor, que sirvió por mucho tiempo para la administración de los sacramentos; ya que Cortés había hecho establecer una capilla para la celebración de los oficios divinos en el templo de Huitzilopochtli, antes de la conquista de la ciudad, dejando esta por varios años sin Iglesia, hasta la venida de los franciscanos.
El hospital estuvo en su principio a cargo del padre fray Bartolomé de Olmedo, quien fue uno de los mejores administradores que haya tenido, ya que su persistencia e interés por esta obra pía, consiguió muchos donativos en aquel entonces a favor de esta institución, más aparte los fijados por don Hernando en su testamento; cuentan las crónicas que con este religioso murió los indios habían estado todo el tiempo, desde su fallecimiento hasta que lo enterraron, sin comer bocado.
Habían pasado ya 130 años sin que el hospital tuviera otra Iglesia, cuando dos circunstancias accidentales proporcionaron lo que hoy existe; vivió en México a mediados del siglo XVII un hombre extraordinario por su actividad, su celo y por el influjo que su virtud y caridad habían hecho adquirir; éste fue el Bachiller Antonio de Calderón Benavides, que nació en esta capital en el mes de junio de 1630. El capitán Pedro Ruiz de Colima, que gobernaba el Estado y Marquesado de Valle durante 1662, nombró Benavides capellán mayor del hospital.
Por aquellos días falleció Petronila Gerónima, india rica, en su oratorio tenía una imagen muy venerada de Jesús Nazareno, la que en su testimonio mandó se sorteará entre cinco iglesias que designó, debiendo ser donada a aquella quien la suerte favoreciera; entre ellas se encontraba la del hospital de la Purísima Concepción, y a ésta le tocó la suerte por tres veces el sorteo se repitió. El celo y relaciones del nuevo capellán, y la veneración de la imagen de Jesús Nazareno, hicieron abundar las limosnas, que ayudando a los fondos del hospital proporcionaron lo suficiente para qué en poco tiempo se terminara la Iglesia, a la cual el hospital mismo el uso común hizo cambiar de nombre, conociéndose desde ese entonces como el de Jesús Nazareno.

Avances en la medicina y médicos destacados

El doctor Pedro López, el primero de la dinastía de este nombre de médicos famosos en la Nueva España, y que fue designado protomédico en 1527, por encargo de Román Cortés, estuvo en el Hospital de Jesús; este doctor había acompañado al conquistado en su viaje a las Hibueras, regresando años después a la Ciudad de México. Pedro López fue uno de los médicos más importantes de la época, que trabajó en esta pía institución, y según parece hizo las primeras disecciones.
Fray Bernardino Álvarez, después de trabajar por más de 10 años, enfermero, comenzó una cruzada en favor de la fundación de centros hospitalarios en la Nueva España; y para 1556 este fraile del Hospital de Jesús, fundó el primer Hospital para Enfermos Mentales, que fue el primero de su tipo en el Continente Americano, que conocemos como San Hipólito y desempeñó sus funciones durante tres siglos y medio.
En 1646, casi un siglo después de fundado el Hospital, se llevaron a cabo las primeras autopsias del Continente Americano, para el conocimiento de la enseñanza anatómica de los estudiantes de la Real y Pontificia Universidad de México, hechas por el médico Juan Correa y el doctor Andrés Martínez de Villavisiosa; este primero también era cirujano del Santo Oficio.
En 1715, gracias al impulso que le dio el personal del Hospital, se estableció en este lugar la "Regia Academia  Mariana Práctica Médica", que durante el siglo XVIII desempeñó una labor complementaria muy importante en la enseñanza médica de la Nueva España.
En tiempos más recientes, la administración de la institución, y después de cuatro siglos, ha estado en manos de médicos mexicanos sin relación filial con el conquistador de México. En 1932 asumió el Patronato un médico mexicano, trabajador y honesto que dedicó su vida profesional, mejorando las instalaciones, el equipo, entre otras; el doctor Benjamín Trillo, duró como Patrono 30 años, muriendo en 1962. En diciembre de 1963, Gustavo Baz, un eminente médico, toda una institución en la vida pública del país y un hombre que aportó mucho al mundo de la medicina, asumió el Patronato hasta agosto de 1976, dándole una nueva proyección a los servicios médicos asistenciales.

Para conocer más sobre el Hospital de Jesús, te puedes dirigir al sitio:


domingo, 8 de junio de 2014

El Callejón de la Condesa

Cualquiera que camine por las calles de México conoce cierto callejón llamado de la Condesa, ubicado junto a la Casa de los Azulejos, y que fue célebre por cierta anécdota que se cuenta de dos hidalgos que demostraron un amor propio exagerado.
Al callejón que desde entonces ha sido estrecho, un buen día entraron por sus extremos opuestos dos hidalgos en sus respectivos coches, que eran enormes según la moda de aquellos años, de esos,  de amplias cajas para que dentro cupieran hasta cuatro personas, de alto pescante, y anchas portezuelas; y claro, no cabían ambos vehículos al mismo tiempo, de modo que para pasar uno tenía que ceder el paso al otro, y eso de retroceder no entraba en la voluntad de ninguno de los dos personajes.
Discutieron, alegaron razones más o menos contundentes, dijeron que su nobleza, que sus pergaminos, que el lema de sus cuarteles, que las hazañas de sus antepasados, no les permitían dejar el paso a nadie fuere quien fuere, y hubo un momento en que las tizonas iban a dirimir el pleito, lo que evitaron las autoridades reunidas en el lugar del suceso, terminando por meterse cada uno en su carruaje, en donde estuvieron por tres días sin salir del mismo, como si estuvieran en sus respectivas casas.
La condesita Martina, que vivía en una de las mansiones de aquella calle, se asomó a la ventana detrás de las cortinas, atraída por el escándalo que había afuera, entonces vio brillar las espadas y ordenó a su lacayo recurrir a las autoridades.
Pero daba la casualidad de que la condesa quería hacer salir su propio coche, y no tenía por el momento algún caballero que sacara la cara por ella; cansada de estos soberbios y prepotentes varones, hace una petición formal en una carta redactada y escrita por su confesor, para que acudieran las autoridades competentes lo antes posible a resolver el problema que le impedía salir de su propia casa.
Los jueces intervinieron, los abogados de los ilustres señores no dejaron de consultar textos legales, para probar que su respectivo cliente debería ganar el asunto, y hasta el mismo Virrey, después de reír bastante de la tenacidad de ambos contendientes, ordenó sin réplica alguna que los coches deberían retroceder al mismo tiempo, y salir por donde habían entrado, el uno hacia la calle de San Andrés, y el otro hacia la Plazuela de Guardiola, veredicto que se cumplió al pie de la letra, quedando así en su verdadero lugar la rancia nobleza que tenían aquellos tercos mancebos. Lo que no dice la tradición es el nombre de caballeros tan arrogantes y tan difíciles de convencer.
Desde aquel acontecimiento tan pintoresco, aquel lugar se le conoció como el Callejón de la Condesa, y todavía están nuestros días lleva dicho nombre.

jueves, 29 de mayo de 2014

Palacio de los Condes de Valle de Orizaba o Casa de los Azulejos

Uno de los Palacios más emblemáticos y bellos de nuestro Centro Histórico es la famosa Casa de los Azulejos  o el Palacio de los Condes de Valle de Orizaba. ¿Quién no ha escuchado la leyenda donde el conde le dice a su hijo calavera?: “Tu nunca harás casa de azulejos”.  ¿Quién no ha llegado a ver al conde bajar las escaleras?



domingo, 25 de mayo de 2014

La Tétrica cárcel de la Acordada

La cárcel de la Acordada y el Tribunal de la Acordada, nombre derivado del calificativo que cedió a la primera resolución de la Audiencia, fueron una misma cosa, y obedecieron a un mismo hecho: durante el siglo XVIII, el país estaba infestado de salteadores y ladrones de caminos en los pueblos, por lo que sea "acordó" por el virrey Duque de Linares y por la Audiencia de México, reducir el crimen por medios enérgicos y adecuados, declarándose una tenaz persecución contra los malhechores, distribuyéndose para guardar el orden hasta 2000 hombres por poblados y campos.
La cárcel de la Acordada en un edificio tétrico y sombrío, lleno de recuerdos de castigos de criminales, que estuvo situado en la antigua calle de el Calvario, que hoy forma parte de la avenida Juárez, con su fachada hacia el norte de la manzana, limitada al oriente por la calle de la Acordada, hoy Balderas, y al occidente por un terreno en que se formó la primera calle de Humbolt. Las primeras cárceles de este Tribunal fueron unos galerones ubicados en Chapultepec, hasta que fue levantado un edificio más apropiado, el cual se derrumbó con el temblor de 1788, siendo reconstruida en un solar cercano que medía 66 varas de frente y 70 de fondo, inaugurándose en febrero de 1781. En el extenso terreno conocido con el nombre de Ejido de la Concha", en recuerdo de uno de los más famosos perseguidores de bandidos, se alzaba la horca sobre un gran tablado forrado de plomo, y las crónicas de aquella época arrojan un saldo terrible de castigos: 1729 reos azotados, 19.410 remitidos a presidio, 888 asaetados, 263 destinados a oficios y obrajes, 777 desterrados a los pueblos, 68 entregados a la Inquisición, 1280 muertos en la prisión, 249 trasladados a hospitales y 35.058 dejados en libertad.
Con la Constitución Española de 1812, elaborada por la Corte de Cádiz, quedó abolida la institución de la Acordada, demoliéndose definitivamente de aquella siniestra horca, con gran alegría para el pueblo; cabe destacar que ahí fue ejecutado el insurgente don Ignacio Bravo en septiembre de 1812. Con el paso del tiempo aquella cárcel quedó destinada a prisión ordinaria, hasta que los reos fueron trasladados a la Cárcel de Belem, y cuando ésta fue demolida, los presos pasaron a la penitenciaría.
Como se mencionó en párrafos anteriores, el Tribunal de la Acordada estuvo primero en Chapultepec; después se trasladó al lugar en que se fundó en Colegio y Convento de San Fernando; luego paso a un antiguo obraje, lugar ocupado más tarde por el Hospicio de los Pobres; y en 1757 quedó establecido en su lugar definitivo frente al Calvario.
El edificio arruinado por el temblor, fue reconstruido.
Aquel lugar estaba construido de piedra roja basáltica, con molduras, pilastras y cornisas de recinto y cantería; sobre su portada se ostenta un escudo de algún tiempo con las armas de España, y en épocas posteriores con las del México independiente, también contaba con balcones para las habitaciones de empleados, entre las que destacaban las del Alcalde, los Juzgados, el cuartel de Policía y la sal en que se exponían los cadáveres. Algunos escritores atribuyeron al Padre Licenciado don José Rincón, las siguientes palabras que se veían en el edificio, sobre la puerta principal, y dos en cada extremo de la fachada:

La primera decía:
Yace aquí la maldad aprisionada,
Mientras la humanidad es atendida,
Una por la justicia castigada
Y otra por la piedad es socorrida.
Pasajero que vez esta morada,
Endereza los pasos de tu vida,
Pues la piedad que adentro hace favores
No pide a la justicia sus rigores.

Sobre el primer extremo decía:
Aquí en duras prisiones yace el vicio,
Victima a los suplicios destinada,
Ya que a pesar del fraude y artificio,
Resulta la verdad averiguara,
¡Pasajero!... respeta este edificio
Y procure evitar su triste entrada;
Por cerrada una vez su dura puerta,
Sólo para el suplicio se halla abierta.

Sobre el segundo extremo decía:
Aquesta excelsa fábrica suntuosa,
Defensa es de las vidas y caudales;
Y su muralla fuerte y espaciosa,
Al público le impide muchos males.
¡Oh, tú que miras su fachada hermosa,
Cuidado como pisas los umbrales!...
Aquí vive severa la justicia
Y aquí muere oprimida la malicia.

Las cuadrillas eran muy comunes durante aquella época,  y fueron atacadas por él célebre personaje llamado don Miguel de Velázquez, que por sus servicios en contra del bandidaje se hizo merecedor de muchos honores. Existió una cuadrilla en Morelia que radicaba en una hacienda junto al lugar de Taretan, en donde salían a saltear y robar; enterado el virrey mandó a Velázquez para que los persiguiera, pero este último lo haría con la condición de que se le dieran amplias facultades y los tribunales se inhibían en lo que fuera juzgarlos o castigarlos. Concedido cuanto deseaba, se dirigió hacia donde radicaban los criminales, los hizo prisioneros y en la horca pagaron con su vida todas sus fechorías, con lo que su Excelencia quedó más que contento.
Tiempo después, arribó al puerto de Acapulco en 1720 el Príncipe de Santobono que había sido virrey en Lima; Velázquez le dio seguridad hasta que llegó a México sano y salvo, quedando el ilustre personaje muy agradecido. El Príncipe no paró de hablar maravillas en la Corte de Madrid sobre lo ocurrido con Velázquez, y esto unido a los informes enviados por el virrey arzobispo don Juan José de Veyta, motivó la real cédula honorífica en la que se daba acción de gracias a don Miguel por su celo e integridad en perseguir y exterminar a los facinerosos, y en otras cédula se le nombraba capitán de estos ejércitos, y mandando también que viviera en el alcázar de Chapultepec, donde continuó ejerciendo su cargo y enviando a la horca a multitud de criminales. Velásquez continuó cumpliendo misiones encargadas por el virrey, todas de manera exitosa, lo que le hizo merecedor de nuevas cédulas, con la que se le concebían más facultades.
Junto al Tribunal de la Acordada, fue construido en 1764 el Hospicio de Pobres, fundado por el doctor Fernando Ortiz; el lugar fue dedicado el 19 marzo 1774, y después comenzaron a entrar pobres y mendigos de los que iban por las calles implorando la caridad pública. El Hospicio fue bendecido por el Arzobispo doctor Núñez de Haro y Peralta. La casa de pobres fue ampliada con la herencia del capitán don Francisco de Zúñiga; también fue inaugurada la capilla, y después se introdujeron a sus amplias salas a los niños que se habrían de educar bajo la dirección de la Junta de Caridad, formada por los señores principales de México.

domingo, 18 de mayo de 2014

Protección abnegada (Sucedió en la calle de las Escalerillas, hoy República de Guatemala)

En esta calle vivía una esclava negra, experta cocinera que servía en una casa principal, la cual se desconoce su exacta ubicación. Siempre se le ocurrían nuevas formas de aderezar los alimentos, porque era experta en esos menesteres y por extremo limpia; en todo ponía el cuidado más meticuloso, y con sus guisos y dulces dejaba satisfecho al paladar más exigente. No había nadie como ella para dejar el exquisito guiso en el punto exacto de sazón que era debido, y con sus especiales condimentos, matices y sabores, las convertiría en imponderable delicia del paladar. Sus confituras, mermeladas, conservas y demás postores, eran un regalo mandado del cielo, pues tenía gran talento para lo dulce, que nadie se podía negar a deleitarse con su sabor; todo aquel que probaba lo que salía de sus prodigiosas manos, automáticamente se convertía en un seguidor suyo.
No sólo sabía darle gusto al paladar, sino que cuando hablaba de ellos poseía la virtud de que le escucharon atentamente sus descriptivas palabras; así también era dueña de muchas perfecciones, con las que ponía suavidad y cariño en todos los seres que la rodeaban. Esta mujer era silenciosa, apacible cordial, al más simple y fiel de la que emanaban delicadezas insospechadas; manso el ademán, ternura en la voz, y la voluntad obediente y sumisa; era ingenua, su perenne sonrisa mostraba la blancura de sus dientes y lo blanco de su espíritu; tenían su alma profunda alegría y constante sensación de placidez.
Esta buena mujer a todas horas andaba afanosa por toda la casa, de un lado para otro, limpiando, atendiendo con alegría a los menesteres domésticos; todo lo observaba, las cosas de la cocina, la ropa blanca de los arcones y armarios, los muebles de todas las estancias y el piso de todos los rincones de la casa; mientras hacia su labor cantaba unas tonadillas de ritmo lento, llenas de apacible tristeza. Tenía ella un hijo, que trabajaba de cargador en un obraje, se ganaba los corazones consumida, contaba con alrededor 25 años de edad, y por su gallarda apostura, por sus dichos alegres y por sus canciones, era muy querido de mujeres; pero su alma se le quedaba quieta, sólo su mirada se iluminaba cuando el apuesto mancebo tenían enfrente a una mozuela de Tacuba. Pero además de poseer el amor de esta alegre doncella, también como es natural lo tenía hacia su madre.
Una mañana, la esclava preparaba los deliciosos guisos que acostumbraba, porque en la bien aparejada mesa de sus señores amos iban a sentarse el exigente y gentilhombre don Eulogio Gerónimo Saavedra del Vado, y otras personas como él, de un exigente paladar, cuando de repente entró en la cocina un hombre descolorido y anhelante. Venía bañado de palidez, teñido como de horror; era flaco y acobardado; con voz suplicante y apresurada pidió a la esclava que le escondiera pronto porque gente indignada lo seguía muy de cerca para matarlo, pues acababa de quitar la vida un negro. La negra lo envolvió, afable, en una amplia mirada de ternura, dolida por la desgracia de verlo indefenso y perseguido, a pesar de que había dado muerte a un ser de su misma raza; le dio leves golpecitos en el hombro, para infundirle confianza y quitarle temor. Con suavidad maternal lo tomó de una mano y lo metió, en una alacena; después continuó muy tranquila en el complicado aderezó desaguisado, para el que se puso a picar cilantro, tomillo y hojas de laurel que van a poner expresivos matices de sabor en ese plato.
Se escucho entonces en el patio un tupido vociferó entremezclado con un largo rastrear de pasos, que llenó todo el vasto silencio de la casa; pero la negra continuaba en su tranquilo disimulo, entregada por entero a su sabrosa actividad, cuando por encima de ese alboroto pasó la voz severa de su amo, después la de la señora. En ese momento la esclava escuchó que la llamaban y pensó que sería sin duda, para qué satisficiera su curiosidad, pero como no la tenía, ni tampoco le interesaba la causa de aquel bullicio, continuó con su trabajo.
Hasta muy cerca de la cocina llegaron los pasos y el murmullo; entonces oyó el llanto, seguido de largo alarido de dolor de otra escalaba, y presintiendo lo peor salió la puerta y se quedó en el quicio clavada por la terrible impresión de ver a su hijo muerto y ensangrentado. Se encontraba cruelmente bañado en su sangre, desparramada hacia todos lados; tenía una feroz puñalada en el corazón, y por la roja abertura se le fue la vida entre espesas oleadas de sangre. La angustia penetró el alma de la mujer, que la dejó en estado de shock, con la boca en los ojos abiertos, de sus ojos brotaron fuentes de lágrimas, y llamó desconsolada a la Virgen. Pero no hubo en ella ni una palabra, ni el más leve indicio que delatara al criminal que tenía oculto, sabiendo ahora que él era el autor de la muerte de su hijo.
Entre sollozos pidió que lo llevaran a su habitación, y cuando se fueron con el ensangrentado cadáver, se marchó hacia la cocina arrastrando lentamente sus pasos por el peso de su angustia, abrió el escondite del asesino, y viéndolo a través de sus lágrimas con ojos cargados de tristeza, y sin decirle palabra alguna, con un ademán le indicó que se fuera; el asesino arranco a correr a toda furia, desapareciendo de la calle. La generosa mujer puso a salvo su vida sin hacerle un solo reproche, ni dar un lamento, ni decir una querella. En una figura lastimera aquel humilde ser desamparado y noble, que sufría sin quejarse; insensible sería el que no tuviera pesar y dolor viendo así a la pobre esclava. Cayó al fin de rodillas y dio más libertad al sentimiento, lloraba con un llanto manso y callado, copioso toda doblada sobre sí misma.

domingo, 11 de mayo de 2014

La Casa de Maternidad

Pía y caritativa acción, es la de socorrer a toda mujer que va ser madre, brindándole un lugar en que pueda por algunos días, disminuir su miseria, ocultar sus pesares y  enjugar sus lágrimas. Prevenir por medio de la caridad el decaimiento de la moral y las funestas consecuencias de la desesperación, rodear de cuidado la cuna del pobre niño que tal vez no tenga después quien vele por él, tales ideas fueron las que presidieron el establecimiento de los asilos de maternidad, levantados en casi todos los pueblos ocultos. México podía presumir orgulloso, que contaba con una de estas casas a la altura de las de Europa.
En 1861, por acuerdo del Presidente Juárez, nombró el Ministro de Gobernación, Señor Zarco, una comisión que investigará acerca del establecimiento de una casa de maternidad y un hospital de niños, y en noviembre de ese mismo año el Congreso decretó la creación de dichas instituciones, dejando al Ejecutivo dispusiera el reglamento correspondiente y señaló para el plantel él Hospital de Terceros. El de maternidad se inauguró con un pequeño número de camas, pero por desgracia debido a circunstancias políticas lo hicieron desaparecer.
En el año de 1865 el hospital de maternidad fue restablecido, el cual estuvo bajo la protección de la esposa del archiduque Maximiliano; estuvo ubicado en el edificio que antes formaba parte del Hospital de Pobres. Al arquitecto Bustillos le fueron encargados los trabajos de modificar y reconstruir el edificio, quedando establecidas dos alas unidas en ángulo recto, una pieza que servía de comedor y sala de operaciones al mismo tiempo, después estas dos últimas fueron remodeladas. En las salas quedaron distribuidas un total de 24 camas separadas por tabiques de lienzo; en cada alcoba se colocaron y cubrieron con cortinas un lecho y un puro, dejando el paso del frente para el tránsito. Fueron construidas también varias habitaciones para enfermas reservadas, quedando aisladas de las otras salas; 2 cuartos para baños, el jardín, y las habitaciones del director independiente del hospital, estableciendo también lavandería, planchaduría y guardarropa. De Europa fue traída una caja de instrumentos y una colección de piezas anatómicas, para el estudio de la obstetricia. En la planta baja del edificio fue instalado un anfiteatro con una plancha de disección para la autopsia de los cadáveres; ésta se inauguró el 7 junio 1866.
El cuidado de la casa quedó a cargo de un director facultativo, una partera y la administradora encargada del servicio económico; un administrador encargado de los gastos y de la admisión de las enfermas que son recibidas solamente con una boleta queda la administración, que siempre concede abrigo al pobre y necesitado.
En el establecimiento había velos para las que no quisiera ser vistas por el director; los alimentos consistían en desayuno, comida y cena, el clóset estaba abundantemente surtido de ropa de cama, así como la que han de usar los niños, el servicio de comedor era bueno y la comida abundante y sana. Al salir de la Maternidad, la madre lleva siempre consigo al hijo.
Desde la restauración de la República la casa subsistió con fondos municipales; fue entonces cuando comenzaron a hacerse distintas reformas: la distribución de las camas se fue modificada para el desarrollo de la fiebre puerperal, y el local pudo ser ampliado con la donación de la casa llamada de San Carlos, contigua a la de maternidad; con esta mejora se logró casi terminar con aquella enfermedad. Para los alumbramientos se destinó una habitación aislada, lejos de las demás para que los gritos no fueran escuchados por las enfermas.
Un aspecto en el que destacaba esa institución, en el aseo, el orden del establecimiento y el que guardaban las enfermas, que resultaba muy notable y como en ningún otro hospital; las embarazadas que se encontraban en posibilidad, hacían costuras de la casa, sábanas y ropa de niños, todo con espontaneidad. La casa no solamente cobijaba a la clase pobre, todas las que quisieran solicitarlo a él lo encontraban. Contaban con las instalaciones necesarias y los niños que nacían en aquel lugar, eran vestidos con ropa que demostraba cierto lujo. El anfiteatro fue reubicado en el piso superior a partir del año de 1870, era el más elegante y el de mejores condiciones higiénicas que tenía la capital. En la calle de Revillagigedo, se encontraba situado el hospital de maternidad, en donde carecían de una atarjea, por lo que salió en algunos olores bastante desagradables y en consecuencia esto debilitaba a las enfermas y al fruto de sus entrañas. Por fortuna este defecto no duró mucho, ya que al poco tiempo la calle fue arreglada.
Los jóvenes estudiantes tenían allí un sitio donde tomar conocimientos prácticos de la obstetricia; la Escuela de Medicina solicitó y obtuvo del Ayuntamiento la licencia para que los pupilos adquirieran aquella instrucción. El municipio de 1868 tuvo la satisfacción de completar la educación médica de los alumnos, ya tan notable distinguida. A la casa de maternidad acudían los estudiantes del último año y bajo la vigilancia del director aprenden los detalles del embarazo, se ejercitan en atender los casos naturales y accidentales. En la misma casa había un departamento de alumbramiento secretos, fundado por el capitán Zúñiga; allí no podían ingresar los alumnos, ni el profesor, solamente alguna enfermera que lo solicitara.