domingo, 26 de abril de 2015

La niña del cántaro/ El cráneo que grita

La niña del cántaro
Durante el reinado de Luis XI en Francia, la población entera sentía un miedo espantoso a la Santa Inquisición, situación por la cual debían de cuidar muy bien cada uno de sus actos y las palabras que salían de sus bocas.
En un bonito pueblo francés vivió una joven a quien todos apodaban “la niña del cántaro”, porque siempre se le veía con un cántaro lleno de agua fresca, y en las horas más calurosas del día ofrecía a los leñadores y campesinos, a cambio de lo que ellos desearán darle. Era huérfana de padre y su madre estaba muy enferma como para trabajar; por lo que ella tuvo que hacerse cargo de alimentar a su madre y a sus hermanos pequeños.
Al atardecer, diariamente regresaba a su casa con un poco de leña, granos, frutas y hortalizas, que se ganaba con su trabajo. Con la leña prendió el fuego y con los vegetales preparaba una comida deliciosa. Frecuentemente su madre asombrada siempre le decía, que resultaba increíble, que con vegetales tan sencillos pudiera preparar algo tan exquisito.
Sus hermanos también le halagaban mucho el gran talento culinario que poseía; y cuando le preguntaban cuál era su secreto, ella solo les decía que una buena cocinera no debía revelar sus secretos. Pero nada se le comparaba en lo delicioso como su agua, que no sólo saciaba la hacer sino que dejaba una sensación de profundo bienestar. La famosa niña del cántaro no era agraciada físicamente ni tenía ninguna gracia aparente, era más bien una chica del montón, pero después de que sus clientes probaban su agua, crean ver en ella a la más hermosa y graciosa joven del mundo.
Su fama se fue extendiendo, y como nunca falta la gente envidiosa llena de malicia, no tardaron en denunciarla ante la Santa Inquisición. Una tarde, mientras la muchacha preparaba su deliciosa comida, llegaron tres hombres a detenerla. La pobre niña se quedó asombrada de ver en los rostros aquellos hombres una maldad tan grande, que lo único que pude hacer fue sentir pena por ellos. Aquellos malvados corazones deben estar muy tristes, pensó ella y quiso ablandarlos con un poco de agua, pero a los policías se les había advertido que aquella agua estaba embrujada, por lo que se negaron a beberla y se la llevaron violentamente.
Las retorcidas mentes de los inquisidores decidieron que  la tortura ideal para la niña, sería la del agua; así que procedieron a atarla a una mesa para que quedara totalmente inmovilizada. El verdugo le metió un trapo en la boca hasta que le quedó la garganta, después le fue echando agua lentamente, produciéndole una terrible sensación de ahogamiento. Cuando el verdugo notaba que la muchacha no resistiría más, le sacaba el trapo de la boca y la dejaba descansar unos momentos; la pobre niña tosía y jalaba aire desesperadamente, con la boca bien abierta. Después aquel perverso hombre volvía a meterle el trapo y continuaba torturándola.
Cuando eran las dos de la mañana, el verdugo comenzó a sentir sueño y fue reemplazado por otro; pero éste decidió hacerle unos cambios al suplicio: le quitó el trapo y le echo en la boca varios litros de agua presión. La pobre niña del cántaro murió ahogada.
Cuenta la leyenda que en el sitio donde fueron enterrados sus restos mortales, surgió de pronto un arroyo y las personas que beben de sus aguas sienten una agradable sensación de bienestar.

El cráneo que grita
Durante el año en gracia de 1600, las hermanas Griffith de Burton, Agnes Hall en Humberside Inglaterra, se vieron envueltas en una terrible tragedia: la más chica de las tres, Anne fue herida gravemente por un salteador de caminos.
En su lecho de muerte les hizo prometer a sus hermanas que le cortarían la cabeza y la colocarían en una mesa en el salón de la casa. Aceptaron la última voluntad de la joven, pero fue sepultada sin cumplir su escalofriante deseo. Al poco tiempo comenzaron a escucharse extraños quejidos, que provocaron que los sirvientes salieran huyendo de la residencia. Cuando las hermanas hubieron desenterrado el cuerpo de Anne y llevaron el cráneo a la casa, los quejidos dejaron de escucharse.
Tiempo después, una mujer arrojó por descuido el cráneo una carreta, los caballos se encabritaron y la casa tembló hasta que el cráneo fue devuelto a su lugar. Hubo muchos intentos por deshacerse de él, pero todos resultaron inútiles y acababan mal. Finalmente el cuarto donde estaba el cráneo fue tapiado con un muro, donde permanece hasta nuestros días.

jueves, 23 de abril de 2015

Criptas de Arzobispos

Acompáñame a este recorrido por las Criptas de Arzobispos de la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, en donde podrás conocer toda su historia y algunos datos curiosos que despertarán tu interés. Si al final de te quedaste picado, te invito a que visites mi otro video de la Primitiva Catedral y las publicaciones de mi blog en donde podrás conocer otros sitios de Catedral.


domingo, 19 de abril de 2015

El Señor del Buen Despacho

Esta leyenda causó revuelo en la capital de la Nueva España, tanto así que todavía podemos conocerla hasta nuestros días a pesar del paso de tantos años.
El protagonista de esta historia era un hombre que vivía en una terrible pobreza, que le había arrebatado sus bienes y su familia, asunto que lo hacía pasar enormes penurias, pues casi nunca tenía dinero para comer un mendrugo de pan.
Cierta noche en que no podía conciliar el sueño, acurrucado en el resquicio de una puerta, escuchó que una misteriosa voz le hablaba y le decía repetidas veces: “Si quieres pan, anda y roba”; el desdichado hombre lleno de pavor, se puso a rezar de manera frenética, creyendo que el que le hablaba era el Diablo que se hallaba escondido quien sabe dónde. Cerró los ojos, lleno de pavor espero a que el amanecer de un nuevo día alejara aquellas malas consejas salidas de un ser maligno.
Comenzaron a salir los primeros rayos del sol y el mendigo cogió sus mantas sucias y encaminó sus pasos a una casa cercana para ir a pedir agua, pero apenas hubo abierto la pesada puerta, comenzó a escuchar aquella voz que tanto miedo le daba, y que le empezaba a decir “Si quieres pan, anda y roba”, “quiero pan” contestó el hombre, “pues ve a robarlo”, “¡me ahorcarán!”, “ve a robar”. “¿Quién me lo ordena? ¿Dios o el Diablo? No hubo respuesta alguna a esas interrogantes, a lo que el mendigo insistió: “¿No hay quien responda?”, y lo que la voz contestó “Ve a robar”.
Asustado y turbado, el hombre salió corriendo hacia la Plaza Mayor hasta llegar a la Catedral, encaminó sus pasos hacia el interior del templo y se sentó. Trataba de rezar, pero las palabras se le hacían como madeja de estambre en la lengua, en ese momento levanto su cabeza hacia donde estaba una dama que rezaba piadosamente con la cara levantada viendo a la gloria del retablo dorado; y fue en ese momento que los ojos se le iluminaron cuando vio que la mujer traía en el cuello un hermoso collar de piedras preciosas, se levantó rápidamente y ocultándose en una columna vio como ella se acercaba a prender una veladora en el altar de las Reliquias. Aprovechando la penumbra del lugar, el mendigo se acercó lentamente y con un hábil movimiento despojó de la joya a su propietaria, para luego correr hacia la salida.
Cuando pensó que había consumado su fechoría de manera exitosa, un caballero se atravesó y lo detuvo en el camino al tiempo que le recriminaba de porque robaba, a lo que el mendigo angustiado respondió que quería pan; el caballero le dijo que él le daría todo lo que quisiera comer y que no lo denunciaría, siempre cuando regresara la alhaja robada a su dueña. Así lo hizo aquel hombre; regresó con la dama y le pidió una disculpa, después siguió al caballero que había conocido.
Los hombres se encaminaron hacia un rumbo apartado, hasta llegar a una vieja casucha donde entraron y se encontraron con otros mendigos armados con látigos y disciplinas, golpeando sin parar un bulto cubierto con lienzos sucios y raídos, pero eran tantos, que no se podía ver lo que abajo se encontraba. El caballero le explicó al mendigo que su trabajo iba a consistir en solo golpear, ya que al ser poseedor de gran fortuna, podía costearse ciertos caprichos. La labor que tenía que desempeñar el pordiosero consistía en venir todas las mañanas a golpear un bulto, y que al sonar las campanadas de las tres de la tarde en todas las iglesias pegara más fuerte, con todas las fuerzas que le diera su cuerpo; eso sí, tendría toda la comida que quisiera siempre y cuando no abriera la boca sobre aquel asunto, y para terminar de convencerlo, su patrón le adelanta un duro como incentivo y le dijo que le diera las gracias a Astaronth por haber tenido esta oportunidad y que le sábado no fuera a trabajar, pues ese día la casa estaría cerrada para todos. Dadas las instrucciones el hidalgo salió de la casa.
El mendigo quedó muy contento porque ya tenía salario, comida y techo, así lleno de energía se dispuso a dar de golpes al bulto hasta quedar exhausto;  llegó la media noche, cuando la curiosidad se apoderó de su mente y pensó que quería ver lo que envolvían las telas sin testigo alguno, desató los nudos quitando las pesadas hebillas y clavos y alzó las pesadas telas, pero al levantarlas se encontró con algo que nunca imaginaría: ¡Un  Santo Cristo calvado en una tosca cruz! El pobre hombre quedó mudo y pálido al ver el sacrilegio que había cometido sin saberlo, y lleno de angustia se arrodilló ante la imagen y le pidió perdón.
Salió a la calle como loco corriendo y gritando por clemencia para su terrible falta, en ese momento iba pasando una ronda, quienes pensaron que aquel hombre estaba loco o hechizado, por lo que decidieron llevarlo atado de pies y manos al cuartel. En ese cuartel el mendigo le relato a la justicia de que en cierta casucha de la ciudad era azotada la imagen de Dios. Ni tarda ni perezosa intervino la Santa Inquisición para dar con aquel pecador, que investigando muy minuciosamente, resultó ser un nigromante adinerado, quien a base de mentiras se hizo de un crucifijo muy grande, uno de muchos de lo que había mandado Felipe II o su padre don Carlos; y todo esto solo para azotar la imagen. Descubierto aquel secreto, aquel hombre fue apresado, torturado y condenado a la hoguera, y su casa fue derribada.
La imagen fue trasladada a la Catedral, donde le fueron rezadas varias novenas para desagraviar al ofensa, y con el tiempo fue adquiriendo fama de conceder favores en tiempo y forma, por lo que la gente lo empezó a llamar como “El Señor del Buen Despacho”.
En la actualidad lo podemos ver todavía en la capilla que lleva su nombre, en la nave oriente de la Catedral. Dicen que todavía sigue siendo tan milagroso como en los tiempos de la Colonia.

domingo, 12 de abril de 2015

La Calle de la Joya (Hoy 5 de febrero)

La florida leyenda colonial que nos habla de una maldita joya ensangrentada, clavada sobre una recia puerta, dio nombre a la que hoy es calle 5 de febrero, desde finales del siglo XVIII la gente la conoció como: la Calle de la Joya. Durante años aquella joya estuvo expuesta sin que nadie osara robarla, pero un día un sujeto quiso quitarla de su sitio y entonces se le apareció el demonio.
¿Qué poderoso maleficio pesaba sobre aquella joya ensangrentada? Algunos historiadores y gentes ancianas, dicen haber visto todavía el agujero que hizo el puñal sobre la madera, pero muy pocos fueron testigos de los momentos en que el Cabildo ordenó abrir las puertas de aquella casa, para ver lo que en su interior había.
Empieza nuestra historia allá por las calles de Mesones, donde felices de su amor un nido habían formado, don Gaspar y doña Violante, compañera fiel y de limpio corazón; mas era tanta la belleza de la esposa, que Gaspar la tenía rodeada de espinas, altos muros y de rosas, para protegerla de las miradas de los hombres. La inmaculada mujer veía así pasar las horas, presa entre flores y el canto de su aves.
Don Gaspar, de las intrigas de la corte ajeno, sabía que su tesoro estaba allá escondido, y que de salones palaciegos, mejor era el tibio perfume de su nido. Toda la gente de la colonia sabía que aquel hombre tenía a su mujer encerrada por temor a la infidelidad. Cuanto más demoraba don Gaspar en la calle, más tardaba en regresar al lado de su esposa amada. En tanto la azafata de Violante, una negra atrevida llamada Maravatía, y tan prieta como tunante, aprovechando la ausencia del patrón, la mujer la tentó como el diablo lo hizo con Lucía, para que saliera a la calle y la acompañara a la casa de la gitana. Vacila la dama, pero finalmente acepta y sube al lujoso carruaje, tirado por finos caballos de negro pelaje, y en ese carro Violante y la negra fueron en aquella ocasión a preguntarle a la adivina las cosas del corazón; la bella mujer se detiene ante la puerta, asustada del talante de una gitana tuerta, quien le hace la predicción de que en poco tiempo vendrá un caballero que prendado de su belleza perderá a tal punto la cabeza, y acabará matándola. Espantada por aquellas palabras de la vieja, Violante la negra corren prestas a la calle.
Pocos meses han pasado desde aquel vaticinio de la bruja, y la mujer con labores de la aguja, pasa el tiempo con su esposo amado; olvidada estalla la gitana, lejos muy lejos sus temores, cuando se escuchan redobles de tambores, cuyo eco traspasa la ventana. Al escuchar tal cosa, ambos corrieron asomarse a la ventana; llegaba el capitán Diego Fajardo, doncel de noble cuna poseedor de gran fortuna y de un porte muy gallardo, y quiso el destino ¡oh desdichada! Que el mancebo mirara la hermosura de Violante allí asomada. Montado en su yegua Jerezana, cuenta la leyenda que desde aquel instante no pudo arrancar su corazón de la ventana; entonces detuvo el paso, la miró extasiado y fuese volviendo el rostro a cada instante, mientras que Gaspar confuso y agitado quería desbaratar aquel semblante; desde ese instante el capitán Fajardo sentía encajado como dardo, la sublime belleza de Violante. Y a su gente plática de aquella que le absorbido la mente, y poco le importó saber que la mujer era casada, estaba dispuesto a conseguir su amor al que tuviera que pagar con su propia vida.
Desde entonces, las sombras protectoras rondando aquella calle le envolvían y unas tras otras, siempre las auroras en el mismo lugar le sorprendían, buscando de Violante los favores siempre se topaba con el muro cubierto de cardos y de flores. Al fin desesperado un día decidió atentar a la infiel Maravatía dándole una buena cantidad de oro para que le entregara una esquela. La astuta negra metió bajo la puerta aquella esquela llena de ternura, más para la honesta y fiel bella Violante, era más que letra muerta aquella petición de una aventura. No obstante así, el galán no se cansaba de rondar la casa de la bella, y a veces pensaba que sería más fácil para el echar mano a una estrella, hasta que una noche la azafata impía, al galán se acerca cautelosa para ofrecerle la llave de la puerta a cambio de una muy buena cantidad de oro. Tres noches más tarde la maldita condujo al enamorado galán hasta los aposentos; de súbito la dama se estremece, cuando se abre la puerta y a sus ojos, el capitán Fajardo se aparece, y va a apostarse ante sus pies para pedirle calme esta pasión que inflama su pecho, pero ante aquel caballero suplicante, la honesta de Violante con encaje el llanto enjuga y le ordena salir de su aposento. Todito el capitán corrido salió de la casa de la dama.
Más no faltó ni infame, quien a don Gaspar dijera que su esposa le era infiel con don Fajardo, y dos días después hizo sus planes, inventando que salía aquella noche y fingiendo alejarse en raudo coche. Brillaba el pomo de su espada cuando Fajardo entró en pos del amor de la casada, pero obtuvo una vez más la misma respuesta de rechazo. Ya que no le podía pagar a la dama a un pecado, entonces sería por su honestidad: un brazalete de oro cincelado que vierte vivos resplandores, en el que con diamantes se ha formado el escudo condal de sus mayores.
En tanto Gaspar entre la negra sombra, mira salir al hombre de su casa, y cuando junto a él airado pasa le reconoce y hasta nombra en voz alta. Como león que su melena agita, lanzó un rugido y a su mansión se precipita; trémulo, vacilante, loco, ciego, siente del odio el espantoso fuego, al descubrir la joya de Fajardo en las manos de aquel ángel silencioso. Está celoso, entonces descubre aquella daga con que Violante estaba dispuesta a defender su nombre, ni la inquiere ni  la insulta; pero en tremenda cólera desechó 100 veces el puñal sobre el honrado pecho de su esposa. Aunque la mujer lo mira con ternura, más el odio en su corazón se inflama; y la sangre en ardorosa llama, tiñe de rojo la blancura. Muerta ya, así sin clemencia, la pálida Violante parece pregonar más su inocencia; entonces su marido recoge con crispada mano aquella joya que dejó el villano, y la ve llena de sangre, tibia, ardiente de la esposa que así cobró una infamia según el punto, solamente alcanza a pensar a devolver la joya, y consumar en sangre la venganza.
Recorre la ciudad con talante fiero, descubre al fin la casa del artero en lo que hoy es 5 de febrero, sus ojos encendidos de fuego, son ojos de un ente poseído por el diablo; su pecho se agita en 1000 espasmos y la sangre se agolpan sus venas. Ante la puerta de la casa aquella, siente que flaquea, que va a caer y que su corazón estalla, entonces toma la joya ensangrentada y clavel filoso puñal; la gruesa puerta de madera cruje y las piedras preciosas a la luz de la luna, iluminan el rostro del hombre cruel. Echa mano al pomo de su espada, pues a cobrar con sangre va lo que supone una afrenta, pero quiere el cielo que el celoso Gaspar que de allí muerto, es víctima de un ataque y no termina lo que su venganza sería.
Encuentran con gran desconcierto a don Gaspar muerto, ante la casa de Fajardo, y la joya ensangrentada pendiente del puñal en la puerta ya clavado; por temor y por respeto a los representantes de la leí aguardaron hasta que el capitán salió, y se da cuenta con pavura de la joya ensangrentada, adivinando de Violante su fin. El llanto enjuga y sus ojos se tornan fieros, y ordena la ronda ir a la casa de la bella mujer para que le informaran de todo lo que hubiera pasado. De los funerales de tan bella como casta dama, encargóse el audaz capitán, causante indirecto de tan triste drama, y ordenó que del portón de su casa nunca fuera arrancado el puñal, ni la joya manchada de sangre. Desde entonces el capitán Fajardo no abandonó su casa, embargada como el de honda tristeza, no comía, no dormía y se oía gemir dolientemente, la culpa no lo dejaba vivir; y dice la crónica y el cuento que después de llorar su desventura, fue a sepultarse un convento.
Lejos del mundo y sus mentidas galas, a Cristo Jesús tendió sus alas, mientras la gente que pasaba por su casa miraba con codicia la joya; más cuando alguien trató de robar la joya, como por arte de magia comenzaba de nuevo a llenarse de sangre, y a muchos les marchó el rostro; otros al tratar de tomar aquella alhaja, vieron que su sombra se perfilaba al diablo. Tiempo hacía que ni guardia había, y aquella casa por maldita se tenía, y es de creerse que algún maleficio hubo, pues muchos fueron los que tomar la joya creyeron, otros aseguraron que quedar presos parecieron cuando afianzaban aquella maldita joya, y no faltó quien dijese que la guardia que antes un soldado hizo, Lucifer ocupaba después. Hasta cronos frailes mandados por el Santo Oficio, desprendieron el puñal y la joya de la puerta de la casa de Fajardo, y la autoridad abrió la casa, encontrando en su interior joyas y dinero diseminados por doquier. Aquí termina este colonial cuento, y según el Provincial Montoya  que vivió con Fajardo en el convento, por esto se le dio el nombre de la Calle de la Joya, que hoy es 5 de febrero.   

domingo, 5 de abril de 2015

Los ojos del Nazareno

En la hermosa iglesia del convento de las pobres capuchinas se honraba y reverenciaba con adoración una imagen de Jesús Nazareno, que fue elaborada por diestras  manos guatemaltecas para la capilla privada del palacio de los condes de Santiago de Calimaya, y un señor de esta noble estirpe regaló la imagen a las monjas.
En una figura alta, delgada, descolorido rostro, lleno de las rojas llagas que le fueron abiertas a golpes y de las cuales le corrían hilillos de sangre  que le corrían ondulantes hasta el cuello y de ahí a todo el cuerpo; su mirada se hallaba caída con humildad, pero aún así, la fijeza de sus ojos de vidrio parecía muy real; su entretejida corona cuyas múltiples espinas le claveteaban la frente, hincábanse en torno de la cabeza, de la que colgaba revuelta cabellera humana, y de ella, mechones pegoteados de sangre y sudor, le llegaban hasta los hombros y otros le colgaban lacios de la frente lacerada y se mecían por delante de su rostro. Sus manos descarnadas llenas de heridas y uñas de marfil ya amarillo, a las que llegaba la sangre que descendía de los brazos; aquellas flacas manos se mantenían unidas con fuerte nudos de una cuerda; vestía una floja túnica morada, de donde se dejaba ver los pies desgarrados con anchas heridas, terribles.
Esta imagen llena de angustioso dolor, salía en la dramática procesión del Viernes Santo por las calles de la ciudad y la rodeaban personas, cuyas espaldas desnudas y iban mostrando la rojez de los azotes que se daban fuertemente, y que hacía saltar la sangre sobre la multitud que presenciaba silenciosa del desfile de cristos y dolorosas, seguido de sus enlutadas cofradías con cirios en las manos.
La cofradía que lo tenía designado como su santo patrono, le celebraba cada año un lucido novenario, y durante esos nueve días lo ponen en un lindo altar provisional en el presbiterio; se le reemplazaban sus tres lisas potencias de plata por unas magníficas de oro, y de sus rayos uno era de esmeraldas, otro de rubíes, otro de diamantes, alternando todas estas gemas para formar un conjunto resplandeciente, que tenía por base una gran amatista rodeada de perlas.
El altar lucía hermosas telas cocidas con hilos de oro por las pacientes monjas, y lo adornaban jarros con exquisitas flores, y altos candeleros dorados de plata mestiza se erguían con majestuosidad cuando eran colocadas sus numerosas velas escamadas por las mágicas manos de las madres capuchinas.
Una tarde, a horas de siesta, en que todo quedaba hundido en un gran silencio y la Iglesia permanecía cerrada; el sacristán, Domitilo Alderete se encontraba en el altar arreglando el pesado cortinaje de damasco carmesí, pues no estaba del todo convencido de cómo caían los pliegues. Este personaje había sido en años anteriores un hombre diestro y gracioso, pero en cierta ocasión al realizar algunos peligrosos equilibrios en una maroma que estaba a varios metros del suelo, se quebró algunos huesos y quedó mal de por vida; con este accidente ya no pudo hacer sus ejercicios acrobáticos, por lo que se dedicó a la pacífica profesión de sacristán de monjas, pero le quedó viva su agilidad y fuerza.
En aquella tarde cuando Domitilo andaba haciendo los arreglos de la cortina, escuchó cómo alguien hacía llave o ganzúa en la chapa en la fornida puerta de acceso al templo, después la puerta apenas se abrió, y acto seguido un hombre se deslizó prontamente en el interior y torno a cerrar con gran cuidado, quedando todo otra vez silencioso. El sacristán se ocultó detrás de las cortinas y vio que aquel sujeto andaba velozmente en puntillas para no hacer el menor ruido, se dirige entonces al altar del Nazareno para trepar en él con gran agilidad, y rápidamente arrancó a la imagen de la lacerada cabeza una de las refulgentes potencias, que en un abrir y cerrar de ojos guardó; ya está por quitarle las otras, pero Domitilo con suma delicadeza tomó una de las jarras, se enderezó con rapidez y por encima del hombro del Nazareno le asestó en la cabeza al sacrílego un tremendo porrazo, que lo sacó por completo de concentración.
El ladrón cayó rodando altar abajo, ya en el suelo abrió los ojos y se encontró con la alucinante mirada del ensangrentado Nazareno, una mirada húmeda como si hubiese llorado, y dio tan grandísimo grito que retumbó en todos los rincones del templo; el cuerpo le temblaba, hielo de mortal pavor se derramaba en sus venas y en su rostro había toda expresión de miedo y horror de que es capaz el semblante humano. Su rostro era de color de cera en los ojos alocados. El ladrón sacrílego se llamaba Teodosio Liñán, en quien desde niño perdido la vergüenza, entregándose a los vicios, y con la edad fue perfeccionándolos con el mayor empeño hasta llegar a ser un depravado sobresaliente de la peor calaña; cómo era un bellaco de lo peor, frecuentemente le faltaba el dinero, pues todo lo despilfarraba en los pecados del vicio y la lujuria.
Domitilo descendió rápidamente del altar, y con su agilidad de acróbata que conservaba intacta, levantó a Teodosio como si fuese una liviana viruta, salió con él a la calle y lo condujo al Palacio Virreinal, y ante todos los alcaldes de la Corte lo acusó de sacrílego. El ladrón no escuchaba ni atendía nada, sólo echaba por la boca cosas incoherentes, entonces lo enviaron a la Cárcel de Corte y allí no paraba de dar gritos de furioso y temblaba lleno de susto por las cosas extrañas que veía y que lo perseguían. Como se convencieron con evidencia de razón de que estaba sin seso, lo condujeron al hospital de San Hipólito, en el cual se albergaba a los pobres dementes con el juicio perdido. En dicho lugar, el ladrón se la pasaba sentado en un rincón, toco encogido; la quijada la tenía clavada en el pecho y con las manos se tapaba el rostro, pues no se le apartaba en ningún momento la penetrante fijeza de los ojos del Nazareno, que con empeño lo buscaban. Lleno de pavura, lanzaba tremendos alaridos de angustia con todo el cuerpo tembloroso, como si tuviera un recio frío; a todas horas se veía a aquel hombre lleno de pavor y espanto.
Entre sus frases sobresalía una que decía bien clara y la repetía con insistencia, tocándose la cabeza: "Aquí medió Él una bofetada", y volvía con sus gritos de desesperada angustia. El miedo lo hizo entrar en congoja continua, y no lo podía echar fuera de sí, era algo que no le cabía en el pecho.
Así pasaron los meses y muchos años, en los que Teodosio vivió sumido en los abismos del miedo, con aquel perpetuo terror y sin tener punto de paz, con la mirada del Nazareno delante de sí. Por fin la muerte le dio el sosiego deseado, pero hasta el último momento tuvo adelante la tétrica imagen de aquellos ojos inmóviles, inquietantes, que unas veces preguntaban imperiosamente y otras, lloraban llenos de ternura.

domingo, 29 de marzo de 2015

Las barberías de la Ciudad

Alfagemes, era como las Leyes de Partida les llamaban los barberos, que en esa época no tenían otra función más que la de cortar el pelo y afeitar; desde entonces, este oficio ha sido libre, y a los que lo han ejercido se les ha llamado rapistas, barberos y peluqueros. En el pasado desempeñaron otras labores por las que se les consideraba, como los últimos profesores en el arte de la cirugía y que ocupaban el primer escalón para ascender a cirujanos romanticistas.
Cuando desempeñaban dichas funciones se les conocían como flebotomianos, y dependían del Protomedicato, en donde se les aplicaban  rigurosos exámenes. Para obtener su examen debían de presentar su fe de bautismo, información de buenas costumbres y el certificado de práctica de cuatro años, con un maestro recibido. Durante el examen se les sometía a prueba práctica de sangrías y extracciones de muelas, de poner ventosas simples y sajadas, de poner y curar cáusticos, picados y supurados, de aplicar sanguijuelas y de abrir fuentes. La parte de teoría únicamente se reducía al conocimiento de las venas y de las arterias, y explicación de los medios para corregir los accidentes que ocurrían durante las operaciones. En la época de la colonia, la única autoridad que podía examinar y expedir los títulos, era el Protomedicato, que estaba conformado por tres médicos y el secretario; y como radicaba en la Ciudad de México, para los exámenes en el exterior, una vez cubiertos los requisitos preliminares, delegaban sus atribuciones en algún facultativo de la región. Los títulos eran expedidos en papel sellado, firmados por los tres médicos y por el secretario.
El 21 noviembre 1831 el Protomedicato dejó de existir, y desde aquel momento comenzó la anarquía, porque al crearse la Facultad Médica del Distrito, entre sus funciones no estaban incluidas las que desempeñará la extinta institución; sin embargo, sin estar regulados los estudios de flebotomianos por las leyes y sin tener en la escuela cátedras establecidas, todavía existieran dichos exámenes durante muchos años, también los de dentistas. Legalmente estos oficios desaparecieron, pero la tradición y la costumbre hicieron que los barberos siguieran ejerciendo, extendiéndose otros territorios, como en algunos pueblos apartados. En 1852, había un total de seis flebotomianos mexicanos y cinco dentistas extranjeros.
De los barberos no existen registros, sino hasta 1859, año en que había registradas 102 barberías y 11 peluquerías, nombre que fue traído por los barberos extranjeros, siendo uno de los primeros Pedro Montauriol, que estuvo establecido en la primera calle de Plateros número dos. En las peluquerías se pueden encontrar los servicios de afeitado, corte y rizado de cabello, elaboración de pelucas y otros trabajos: algunas vendían perfumes, cepillos para diversos usos, billetes y algunos efectos más. Los sillones serán fijos  y de buena presentación, algunas veces tenían cubiertas de mármol las repisas, y los espejos eran de regular tamaño; en el centro de la habitación había un aparato redondo de lámina de fierro calentado con carbón constantemente, con muchos agujeros alrededor, en donde estaban las tenazas calentándose para atender a cualquier hora a los que quisieran rizarse el pelo, según se usaba en aquel entonces; en la parte superior del aparato había un depósito para tener agua caliente. Las tijeras, navajas, peines, aceites y pomadas, eran de regular calidad y en las de lujo, de muy buena calidad.
Estos establecimientos que frecuentaba la gente acomodada, nada tenían que ver a las barberías; éstas eran de muchas clases y categorías. Había barberos que rasuraban y pelaban al aire libre en las plazuelas y en los corrales, uno de los lugares en donde siempre se veía, en el costado de la iglesia de Santa Ana, en donde los asientos eran huacales. En algunos barrios había accesorias, en donde muy temprano por la mañana se vendía atole y algunas otras cosas más, y más tarde, se podía ver a los clientes sentados en la silla rasurándose o cortándose el cabello. A medida que se caminaba hacia el centro de la ciudad, los establecimientos iban mejorando su aspecto y de categoría, pero puede decirse que en la mayor parte había lo siguiente: una accesoria con piso de ladrillo, las vigas al descubierto y con las paredes pintadas a la cal; todos usen maltratado. En el exterior un letrero que decía: BARBERÍA, y en ocasiones, el nombre del propietario, seguido de la leyenda BARBERO Y FLEBOTOMIANO; junto o separado, pero siempre había otro letrero que anunciaba la MÚSICA PARA BAILES.
Colgados a los lados de la puerta y hacia dentro, había unos pequeños aparadores, en donde se exhibían las navajas y demás instrumentos para las peleas de gallos, además de las muelas de las víctimas que habían caído en manos del sacamuelas, y que según el número le servían de anuncio y de crédito. En una mesa se podían ver los botes u ollas con las sanguijuelas que todos los días se sacaban a la orilla de la banqueta para que tomaran el sol; en un aparador estaban los vasos especiales para poner ventosas, en otra parte se guardaban las lancetas para sangrar y el gato para sacar las muelas. La guitarra y el bandolón nunca faltaban colgados en un clavo.
Enfrente de unos sillones corrientes había una mesita, sobre la que estaba el pomo con aceite de toronjil o de lináloe, los corazones de membrillo para pegar los rebeldes cabellos, y un bote con pomada de tuétano.
En cuanto al corte del pelo, no había más que tres formas: casquete bajo, casquete corto y a peine.
Después de afeitar a un cliente, el barbero la acomodaba en el cuello un trastecito con agua y un trapo para lavarle la cara. Cuentan las crónicas que cuando el cliente pedía chambelán, el barbero tomaba un buche de agua perfumada con toronjil y lo arrojaba medio pulverizado a la cara del cliente.
Una de las cosas más temidas por la gente era la extracción de muelas, pues se usaba un instrumento llamado gato, que era un T de fierro, provista en el pie de una pieza con tornillo que servía para apretar la muela que se desarticulaba, dándole vuelta al instrumento, pero para que la muela no se rompiera con la presión directa del fierro, se le enredaba una poca de cinta de manufactura especial.
Como las barberías eran de tan mal aspecto, las personas de categoría acostumbraban mandar traer al barbero a sus casas para cortar el pelo y afeitar, y por esta razón se veía constantemente a estas personas en las calles, a todo correr, con su trastecito bajo el brazo, las toallas y los paños en su interior. Los barberos tenían otras actividades: casi todos eran músicos, tocaban en los bailes y muchos formaban parte de las bandas de la guarnición. Durante los carnavales, en las barberías y peluquerías, se alquilaban los disfraces.
Hubo barberos y peluqueros que se hicieron famosos, como es el caso de Escabasse, quien tenía su peluquería en dónde estuvo la joyería de La Esmeralda (tienda de discos Mixup); y Micolo, que estuvo en frente. Contaba con la clientela más acomodada, y entre ellos estaban los hijos de los capitalistas, que todos los días estacionaban en la puerta por horas enteras, matando el tiempo antes de que el tiempo los matara a ellos.
En algunas peluquerías se jugaba al ajedrez; como en el caso de la peluquería de don Mariano Eguiluz, ubicada en el Coliseo Viejo número 13 y llegó a ser uno de los mejores jugadores de esta Capital. Villena y Padilla fueron los sucesores de la peluquería de Montauriol, en la primera calle que Plateros número 10; Villena fue por muchos años el peluqueros del General Díaz.

domingo, 22 de marzo de 2015

La redención del escultor

Si alguien deseaba poseer una escultura perfecta, bella y armoniosa debía acudir sin ninguna duda Mario Lafuente; estera en toda la ciudad el más extraordinario artista es especialidad; si la figura representaba a un hombre curtido por el sol y el aire del campo, el tallado de su escultura era de trazos vigorosos, duros, como si el escoplo, herramienta de trabajo del artista, hubiese sido lanzado con fiereza contra la piedra. En cambio, si la imagen tallada debía ser la de una virgen, la piedra había sido esculpida con suavidad, los rasgos del rostro eran limpios, dulces. Ésa era la personalidad de Mario Lafuente; sabía adaptarse con una facilidad asombrosa a los gustos del cliente más exigente; por eso en todas las casas pudientes de la ciudad había alguna escultura que adornaba y enriquecía con su presencia el más suntuoso salón o el lugar preferido de su jardín. Tampoco faltaba en ninguna iglesia convento la imagen de alguna virgen que no fuera esculpida por Mario Lafuente. Muchos ruegos y grandes cantidades de dinero costaba el que acudiera a trabajar para quien fuera, pues en él no habían distingos, ni existían órdenes sociales, sino el dinero que ponían en sus manos; pero casi todos los trabajos que le encargaban tardaban en terminarse. Mario pasaba días y días con el trabajo interrumpido, sin preocuparse por proseguirlo.
Alguien aseguraba que eso se debía a que en sus arranques de furia y mal genio, en el que daba rienda suelta sus impulsos más bárbaros, arrojaba contra la figura casi terminada, toda clase de objetos, hasta que conseguía reducirla pedazos. Naturalmente, luego debía empezarla de nuevo y por lo tanto el tiempo empleado se convertía en el doble del concertado. Sin embargo, esos ataques, que se producían con demasiada frecuencia, no se debían tan sólo a los impulsos de su carácter, sino que provenían de un más acusado fundamento: era el juego de los dados y cartas el que lo tenía verdaderamente embrujado y sujeto a su triste infortunio.
Los días que conseguía tener la suerte a su lado iba luego al trabajo con renovados bríos…, por el contrario, si ninguna jugada le favorecía se desquitaba al llegar a su estudio dando rienda suelta a toda la cólera que germinaba en su interior.
Aquel sábado Mario Lafuente se dirigió, con los ojos brillantes de gozo, a la casa de un amigo donde le esperaban otros compañeros para pasar la noche jugando a los dados. Al poco rato ya se encontraba sentado, junto con otros, alrededor de una mesa, único testigo impasible de las jugadas que se sucederían. Eran las dos de la madrugada y a Mario todavía no la había sonreído la suerte en ningún momento. Los dados parecían no darse cuenta de que él estaba allí esperando conseguir fortuna gracias a ellos. Efectivamente, el dinero fue escapándosele de sus manos a raudales y al amanecer todo su capital había desaparecido. Ciego de ira abandonó sus amigos y maldiciendo su mala suerte se fue su casa, encerrándose en el estudio.
De nuevo, y como tantas veces hizo, descargó su mal humor lanzando toda clase de objetos que encontró a mano contra sus obras con redoblada furia sin darse cuenta de lo que hacía. Después de los primeros momentos de exaltación su espíritu fue calmándose poco a poco; las energías gastadas en su explosión de ira lo habían agotado también la bebida ingerida durante la noche, por lo que, dando unos golpes en el colchón para mullirlo, se tendió en él, hasta que el sueño le venció. Pasadas unas horas el escultor volvió a abrir los ojos, molesto por el sol que se filtraba por los cristales de las ventanas. Se desperezó y sin lavarse apenas ni tomar bocado, se disponía a continuar la obra empezada cuando se acordó del destrozo que produjo la madrugada pasada. Por lo tanto, debía empezar de nuevo, pero ya no le quedaba dinero para poder adquirir otro bloque donde tallar la figura. Recordaba que había pedido la cantidad a cobrar con anterioridad y ahora, gastada inútilmente en el juego, no podía ya hacer uso de ella. Se encontraba verdaderamente desesperado, pues no sabía a quién recurrir en aquella situación. De pronto unos golpes en la puerta le hicieron volver a la realidad. Se trataba de fray Lorenzo, quien venía dispuesto a rogarle a Mario Lafuente que para el convento, en el que profesaba la elaboración crucifijo de tamaño natural, pues pensaba destinarlo a la capilla del convento. El escultor, a quien tan necesario le era  en aquellos momentos el dinero, aceptó la proposición con todos los inconvenientes, pues el fraile le puso como condiciones, el que durante la construcción del crucifijo debería permanecer encerrado en una celda del convento hasta que hubiera terminado su obra. Sin embargo, también Mario exigió por su parte. Le pidió al monje que le adelantara  una tercera parte del pago, igual cantidad al concluir la cabeza y manos de Nuestro Señor y el resto al terminar definitivamente su trabajo. Fray Lorenzo se mostró de acuerdo con la petición del escultor y le prometió que tendría aquellas cantidades de dinero tal como había pedido.
Al día siguiente Mario Lafuente fue recibido cordialmente en el convento. Luego lo llevaron a su habitación en la que estaba preparado todo lo necesario para que diera principio su trabajo. Un gran trozo de cedro esperaba ser tallado por las manos geniales del gran artista. El cincel, el escoplo y demás herramientas encontraban esparcidas encima de un gran tablero. Una gran ventana daba paso a la luz que se filtraba a raudales por toda la habitación, que además de estudio le iba a servir de vivienda, pues también habían colocado los solícitos frailes una mesa para comer y una blanda cama para descansar. Tal como habían pactado, Lafuente le pidió al fraile que le adelantara la primera cantidad de dinero estipulada, a lo que accedió de buen grado el religioso, no sin advertirle luego que, a partir de aquel momento y hasta que no tuviera  terminada la escultura, debería permanecer encerrado en la habitación, por lo que quedaría a merced de ellos. Dicho esto se despidió del artista y cerrando la puerta con llave, desapareció por el corredor. Al verse presa en aquellas cuatro paredes, Mario se encendió de rabia y tomando una silla, pues fue lo primero que encontró a mano, la lanzó con furia contra la puerta maldiciendo a todos los frailes del convento, tachándoles de estafadores. No contento con la silla rota que había quedado en el suelo, se dedicó a coger las herramientas de trabajo y a lanzarlas contra el bloque de cedro que aguardaba ser tallado. Sin embargo la ira que llevaba dentro de si no había concluido, pues entre insultos y maldiciones se lanzaba contra Laporta con el fin de derribarla, sin conseguir su objeto.
Al cabo de un par de horas, Mario Lafuente tuvo que echarse en la cama exhausto, por las energías gastadas en su arrebato de cólera. En aquel momento, vio que por una ventanilla que quedaba disimulada en la puerta un fraile introducía la comida que le correspondía; al ver esto, de nuevo todo el cuerpo le vibró de rabia, por lo que tomando el plato la mando por la ventana sin querer mirar siquiera si era de su gusto lo que le habían preparado. Otra vez los pobres religiosos volvieron a oír las increpaciones del escultor que gritaba desaforadamente. De esta forma pasaron los días sin que Mario Lafuente quisiera saber nada de la comida que le servían a las horas correspondientes. Sólo la cama había servido para dar descanso a que el cuerpo que aparentaba servir solamente para gritar y maltratar objetos. Por fin, y viendo que de nada servía entregarse aquellos arrebatos, se dedicó a buscar todas las herramientas que se encontraban esparcidas por el suelo y, reuniéndolas, las colocó sobre la mesa de trabajo; tomó el cincel y dirigiéndose al bloque de cedro empezó de mala gana a bocetar la figura, pero poco a poco su genio de artista fue apoderándose de él, hasta dominarlo por completo. Una satisfacción bullía en su interior al ver que con tanta facilidad brotaba de sus manos el cuerpo decaído y azotado por el dolor de Nuestro Señor en la Cruz.
Por el ventanillo por donde le pasaban la comida todos los días, algunos frailes miraban a Mario Lafuente que febrilmente tallaba con nerviosismo la cabeza y el torso del Salvador. Los religiosos quedaban admirados de la genialidad del artista y de la espiritualidad que sabía imprimir a la figura. No acababan de entender el que un hombre que horas antes había lanzado tantas blasfemias, pudiera realizar una obra tan delicada. Excitado pidió  a gritos que le entregaran unos colores que necesitaba con urgencia para pintar la imagen. La inspiración que se había apoderado de Mario, debía ser aprovechada en aquellos momentos para que la escultura tuviera la intensidad que necesitaba para dar la exacta impresión de que aquel cuerpo había sufrido momentos antes de ser crucificado. Los frailes al ver que el escultor estaba terminando la figura decidieron llevarle la Cruz en que debía reposar el cuerpo de Jesucristo, pero para no despertar el instinto de fuga de Mario al abrir la puerta resolvieron pasársela por la ventana. Así lo hicieron y de esta forma el artista no sintió ningún deseo de concluir su trabajo para poder ir a jugar.
En poco tiempo la figura quedó terminada. Era una imagen impresionante que arrebataba al admirador que se pusiera delante de ella. Mario Lafuente había logrado transmitir tan arrolladora fuerza a su obra que el dolor del Salvador era casi palpable. Las heridas repartidas por el cuerpo estaban trazadas con un verismo sin precedentes. Era, en fin, la mejor escultura de aquel artista genial. Fray Lorenzo, por la pequeña ventanilla de la puerta, le entregó satisfecho la cantidad total del trabajo, pero no le dio todavía la libertad a Mario, pues debía esperar a que la pintura se secara por completo, y ello no sería hasta un par de días después; además era necesario saber si necesitaría algún retoque final.
Aquellas horas que faltaban de reclusión le parecían interminables al escultor y una noche en que la pasión por el juego le hizo hervir de nuevo la sangre, decidió escapar como fuera de la habitación, para poder saciar su sed de innato jugador; de forma que se las compuso para fugarse.
Sabedor de que por la puerta era inútil hallar la salida, pues estaba muy bien cerrada, intento hacerlo por otro lugar. Pensó y observo unos momentos y, por fin, halló la solución. Abrió la ventana, y recordando que el día anterior le habían pasado la cruz por aquel conducto, la tomó y colocándola de forma que se apoyara la cabeza en su ventana y los pies en la que daba al pasillo, se dispuso a traspasar aquel improvisado puente. Procurando hacer el menor ruido posible, con mucho cuidado y en el silencio de la noche, empezó a pasar sobre el crucifijo. Con gran tiento iba adelantado y cuando ya se encontraban las piernas del Señor, sintió de pronto y con gran pavor, que unas nervudas manos le cogían por un brazo impidiéndole dar un paso más. Instintivamente volvió la cabeza y cuál no sería su estupor cuando vio tras sí e incorporado al Señor que con gran dulzura y reflejado el dolor en su rostro le decía: “¿Por qué quieres irte? Quédate aquí para siempre, pues en esta casa me hallarás”.
Impresionado por aquel acontecimiento decisivo en su vida, lanzó un grito desgarrador, perdió el  conocimiento y se desplomó sobre el cuerpo de Jesús. Los frailes, atraídos por el inesperado quejido  en la noche, acudieron al lugar del suceso y excitados por el cuadro que se ofrecía ante la vista de ellos, con sumo cuidado recogieron el cuerpo del escultor y lo llevaron a su habitación.
Al colocarlo en la cama, Mario Lafuente fue preso de una gran excitación y pasó toda la noche profiriendo exclamaciones ininteligibles. A unas palabras, que no tenía sentido alguno, seguían unos llantos desgarradores. Ninguno de los religiosos que le visitaban para atenderles su estado lograba comprender aquellas reacciones. Por fin, a la mañana siguiente Mario Lafuente abrió los ojos bañados en lágrimas y cual si estuvieran iluminados por una luz divina murmuró:
- Perdóname, Señor. Me arrepiento de todos mis pecados. Ahora yo os he hallado en mí. Se levantó de la cama y arrodillándose ante fray Lorenzo le pidió un hábito de novicio para quedarse para siempre en aquel convento junto a los frailes. De esta forma Mario Lafuente halló el bienestar tan deseado para conseguir, cuando Dios le llamará su lado, la paz y la vida eternas.

BIBLIOGRAFÍA: Los 10 mejores cuentos Americanos.