domingo, 19 de julio de 2015

La tenebrosa casa del Inquisidor (Sucedió en la hoy calle de Justo Sierra)

Allá por el año del señor de 1801, aún levantábase en lo que fuera calle de Chavarría, hoy Maestro Justo Sierra, un ruinoso edificio de tenebroso aspecto, que fue la casa del odioso y cruel Inquisidor don Pedro Sarmiento de Tagle, hombre ante quien temblara de pavor toda la Nueva España. ¿Qué sucesos espantosos y siniestros ocurrieron en esta casona allá en pasados siglos, cuando todo era supersticiones y pavura? ¿Quieren saber la historia de una campana, cuyo tañido helaba la sangre en los cuerpos de los habitantes de esta capital?
Allá por 1692, la casona marcada con el número dieciocho de la entonces calle de Chavarría, estaba en pie y habitable, aunque con muchos años de abandono, en ese entonces era conocida por el vulgo como “la tenebrosa casa del inquisidor” y por obvias razones, todos temían acercarse a ella; sin embargo, cierto día del mes de noviembre del año antes mencionado, llegó hasta la casa un hombre temerario llamado don Andrés Camargo, era un joven médico que venía a establecerse en la capital de Nueva España con el fin de ejercer su profesión, quien decide comprar la casona donde había vivido el inquisidor setenta años atrás, a pesar de las advertencias del vendedor.
El joven entró a la casona, hallándose en medio de un ambiente de lujo siniestro y abandono, sin el menor temor se arrellanó en un confortable sillón de una gran mesa de trabajo, en ese momento un raro estremecimiento invadió todo su cuerpo, parecía como si alguien estuviese a sus espaldas, se incorporó de un salto  y quedó de pie mirando tras el sillón; allí en el muro  estaba un gran retrato de un hombre siniestro al que hizo caso omiso, y pensando que aquel aire de abandono de su nueva morada lo hacía alucinar, decide salir a la calle para pedir a una humilde pareja que pasaba casualmente, le limpie la casa a cambio de una muy buena paga, a lo que  le contestaron con un rotundo no, y sin decir más al médico salieron corriendo asustados.
A pesar de mostrarse persuasivo y generoso, después de varias horas el joven no lograba hallar a ningún osado, y al fin pasado el mediodía logró echar mano de dos plebeyos que apestaban a sudor y a vino; poco después los dos tipos se encontraban entregados a la tarea de limpieza y bebiendo vino, y a decir verdad  hacían su trabajo de prisa y bien hecho, a pesar de hallarse ya casi ebrios. Ya caída la tarde, la tarea estaba casi concluida, y uno de aquellos hombres limpiaba el retrato de inquisidor, cuando vio que este movían los ojos, asustado le dijo a su compañero, el cuál corroboró su historia; acto seguido los dos ebrios huyeron despavoridos ya sin importarles cobrar la paga prometida, sino salir de la siniestra casona lo más rápido posible, en vano el dueño quiso detenerlos. Horas después, el médico se disponía a entregarse al descanso, había sido un día de ardua tarea y emociones, de pronto un infernal alarido resonó en toda la solitaria casona, pero el hombre pensó que serían los ebrios que venían a asustarlo para sacarle dinero y vino.
Decidido a dar un escarmiento a quien lo importunaba, el doctor salió de la alcoba  espada en mano, entonces escuchó como si un ave siniestra volara por la casa, levantó la cabeza y vio a un búho de apariencia extraña, emitiendo aquellos siniestros gritos, trepado en una soga atada a una campana; en ese momento escuchó una voz que le decía que la campana tocaría la hora de su muerte. Sin saber porque, como si alguien le mandara hacerlo, el joven se volvió e iluminó el retrato del inquisidor, y se percató que eran sus ojos eran los mismos del búho; creyendo que las sombras de la noche despertaban su imaginación, decide volver a su alcoba para tomar un merecido descanso.
La luz del nuevo día disipó todos los temores del joven médico, quien de todos modos salió a la calle con el fin de platicar con alguien en una taberna llamada “Taberna del Toro”, y dado lo temprano de la hora no había parroquianos, pero el viejo tabernero los atendió; el joven estaba decido a descubrir el misterio del antiguo propietario de la casona maldita que había comprado,  momentos después al tabernero se le soltaba la lengua ante la vista de unos ducados de oro, y le relató que don Pedro Sarmiento de Tagle había sido uno de los inquisidores más crueles y despiadados que había tenido Nueva España, se regocijaba viendo sufrir a los reos en tormento y lanzaba carcajadas cuando ardían en la hoguera; entre muchas más atrocidades le relató el tabernero. Todos le temían a  la famosa campana maldita, pues cuando la tocaba, era indicio de que su cerebro  enfermo y demoníaco había urdido otra forma de tortura y muerte, y siempre sin falta alguien moría de la manera más cruel, “novedosa” y perversa que mente humana haya imaginado.
Satisfecha a medias su curiosidad, el médico se marchaba de la taberna, pero antes de hacerlo preguntó que había sido del inquisidor, el tabernero le dijo que había sido un misterio donde fue enterrado. El joven hizo algunas compras y después se dirigió a su casa para entregarse al estudio de las enfermedades que diezmaban a la gente de la Nueva España, así estuvo todo el día hasta que la noche los sorprendió; de pronto sintió de nuevo esa sombra a sus espaldas, el ambiente se hizo tenso y parecía que algo flotaba sobrenatural flotaba en la casona, y de pronto, como un latigazo que azotó las sombras, sonó aquel alarido infernal, el joven se incorporó de un salto y vio la búho al que le lanzó un libraco con toda su furia, tratándolo de matar; entonces el ave voló para posarse encima del cuadro del inquisidor, el médico le aventó otro libro y el búho lanzó un graznido y voló hacia lo alto del techo, sumergido en profundísimas tinieblas. El doctor entonces analizó con detenimiento el cuadro y observó que tenía una gran similitud con el ave; pensando que el cansancio avivaba su imaginación.
A partir de entonces el médico no iba a poder dormir el resto de su vida, porque la tenebrosa casa del inquisidor estaba ya poblada de seres infernales, y de pronto en un rincón de la habitación, apareció el búho con sus ojos siniestros fijos en él,  pero parecía tener una luz de burlona crueldad; el ave sale volando y el joven decide ir en su persecución, armado de un garrote corrió rumbo al salón del retrato, bien sabía que en lo alto se ocultaba el plumífero, peor al llegar no había ni rastros de esta. Entonces al iluminar con la luz de la vela el cuadro hizo un terrible descubrimiento: ¡el inquisidor no estaba! En esos momentos el médico escuchó con claridad el roce de pesadas vestiduras y volvió hacia atrás, y lo que vio lo llenó de terror, de un miedo invencible, ¡frente a él se encontraba el mismo inquisidor!
Sin hablar, con el ceño fruncido y los ojos siniestros, el inquisidor señaló al joven un banquillo en el centro del salón; anonadado y sin voluntad tomó asiento en el banquillo de los acusados, entonces hizo su aparición otro siniestro y silencioso personaje, que traía un candelabro para hacer luz, y en medio de aquel ambiente de pesadilla se vieron las tres figuras de otros personajes.
Aquellos personajes cuchichearon algo ininteligible, parecían musitar algo espantoso, a veces parecía que solo abrían la boca, una boca que era un pozo profundo de tinieblas; fuera de sí, pero como impotente para levantarse del banquillo, el gritó que eran unos asesinos, de pronto un ráfaga de viento helado apagó las velas y todo quedó en tinieblas, solo un amarillento círculo de luz alumbraba la aterrorizada figura del doctor.
Cuando los ojos del joven se acostumbraron a la oscuridad, pudieron ver hacia el inquisidor sacando un grueso libro, del hueco que quedó salieron una gran cantidad de enormes ratas, y cuando la última hubo salido se dejó escuchar una risa perversa de satisfacción. Como si obedecieran a diabólico mandato, las enormes ratas rodearon en una horrible danza al petrificado médico, después se formaron cerca de sus pies haciendo un círculo que causaba escalofríos, sus ojillos rojos tenían fulgores infernales, y a la orden de una voz gutural como venida desde muy profundo, los roedores cerraban más el círculo, arrancándole alaridos de dolor con sus mordiscos.
Pronto las voraces ratas comenzaron a destrozar el cuerpo del doctor. Cerca de la media noche, rezagados bebedores de la taberna del Toro, escucharon alarmados el tañer de una campana, pero como todos tenían miedo de ir a la casona maldita, decidieron ir al día siguiente.
Cuando se asomaron los primeros rayos de sol matutinos, los cinco personajes de la taberna se encaminaron decididos a la casa del inquisidor, llamaron a la puerta sin obtener respuesta, entonces entraron todos con el tabernero a la cabeza, pero no tuvieron que buscar mucho, pues al llegar al tenebroso pasillo, colgado de una soga de la campana, estaban los despojos humanos, horriblemente mutilados y sangrientos de quien fuera el médico; entonces al grupo de caballeros se les ocurre ir a ver el cuadro del inquisidor, y cuál no fue su sorpresa al ver que entre sus manos tenía una rata con el hocico ensangrentado , y el con una sonrisa diabólica, como si acabase de dar muerte cruel a una de sus víctimas, llenos de miedo salieron de casa a toda prisa.
Aquella fue la última vez que la tenebrosa casa del inquisidor fue habitada, después vinieron los siglos de olvido y demoliciones. Ahora no sabemos exactamente en donde estaba aquella casa, ¿la conocieron ustedes? 

domingo, 12 de julio de 2015

Isabel y la Inquisición

Durante el siglo XVI en la calle de Mesones de Talavera de la Reina, vivía una mujer llamada Isabel; estaba casada con Esteban un aventurero, intrépido y temerario marinero que ya había recorrido los siete mares, amaba profunda y tiernamente a su esposa, el amor era recíproco; pero a pesar de todo no eran felices, sufrían mucho porque Isabel no podía quedar embarazada.
En una ocasión Esteban zarpó al Puerto de Cádiz en España; su esposa se quedaba sola durante muchos meses, sin tener noticias de su marido.
En aquella época cualquier comportamiento podía ser visto como sospechoso, cosas tan inofensivas, como bañarse diario era visto como un acto herético, pues solo los judíos acostumbraban hacerlo.
Isabel era una ferviente católica, pero adoraba bañarse. Todos los días se la pasaba metida en la tina relajándose para sentir un poco de consuelo por la ausencia de su marido y el hecho de no poder tener hijos.
Cierto verano hizo más calor que el acostumbrado y la mujer abrió las ventanas de par en par; claro, no falta la típica vecina metiche, que se dio cuenta que Isabel acostumbraba bañarse diario y la denunció a la Inquisición.
Los verdugos ataron sus muñecas a un anillo de hierro empotrado en la pared y los tobillos a otro anillo que estaba en el piso; acto seguido jalaron fuertemente la soga, hasta dislocarle los huesos.
Por fortuna Isabel fue declarada inocente, porque uno de los inquisidores la había visto en la iglesia pidiéndole a Dios le diera un hijo.
Esteban regresó dos años después, trayendo muchos obsequios de lejanas tierras para su esposa. El nunca se enteró del sufrimiento por el que pasó su mujer.
Isabel pudo disfrutar muy poco de la compañía de su marido, pues al año volvió a abandonarla; como ya estaba acostumbrado a andar de aventurero no le gustaba estar todo el día metido en su casa.
La mujer pensó que los inquisidores ya no la molestarían más porque la habían absuelto, por lo que decidió bañarse diario y abrir las ventanas; la  misma vecina fue a denunciarla otra vez a los tribunales del Santo Oficio, no le hicieron caso, pues ya habían comprobado que la chica era una ferviente católica, pero las insistencias de la vecina fueron tales, que fueron a inspeccionar el lugar. Grande fue su asombro cuando vieron a Isabel en la tina y al mismo tiempo fumando un puro.
La pobre chica solo por hacer estas inocentes actividades fue brutalmente torturada. Los inquisidores le pusieron un cinturón, cuyo interior estaba cubierto de pichos de hierro. Al ceñirlo en la cintura, los pinchos laceraban y desagarraban la carne con cada pequeño movimiento que hiciera. Así la dejaron por muchas horas, hasta que la obligaron a confesarse hereje y la condenaron a morir quemada viva.
Cuando Esteban regresó pudo ver la tina aún llena en la que habían crecido algunos nenúfares. Los vecinos le contaron lo sucedido y loco de dolor, corrió hacia el río gritando el nombre de Isabel, acto seguido se arrojó al agua y murió ahogado. Tiempo después en las orillas del río crecieron unos nenúfares.
Cuenta la leyenda que durante las noches se pueden escuchar los desgarradores gritos de Isabel gritando de dolor y a Esteban llamando a su esposa.

domingo, 5 de julio de 2015

Cámara de tortura

En la cámara de tortura de la Santa Inquisición ocurrieron cosas tan atroces y escabrosas, que ni los peores sádicos ó asesinos seriales podrían imaginar; ni si quiera las descripciones más meticulosas detalladas con lujo de detalle podrían describir las torturas infligidas a las pobres víctimas y el terrible dolor por el que pasaron.
A cualquier persona se le pone la carne de gallina al leer la historia de un hombre que le queman los testículos con un hierro al rojo vivo ó a una mujer que le desgarran los senos con picas y muchas cosas más; pero lo que vivieron en carne propia estos horribles tormentos, saben el infierno que fue la Inquisición.
La leyenda que a continuación se relata ocurrió en Europa durante la Edad Media en un antiguo edificio, el cuál se quedó abandonado por mucho tiempo después de que la Santa Inquisición fue abolida. Mucho tiempo después un funcionario público obtuvo el permiso del gobierno para abrir sus puertas al público.
El edificio fue restaurado y se convirtió en un centro cultural muy exitoso, en el que se podían encontrar diferentes actividades artísticas y literarias como aprender a tocar instrumentos musicales, actuar, escribir poemas, esculpir, pintar y bailar; también contaba con una biblioteca en al que acudían personas de todas las edades a saciar su sed de aprender.
Su director y fundador, que no le gustaba ser llamado por su nombre era conocido como El Maestro, estaba muy satisfecho con lo que había logrado y cada día se esforzaba más para mejorar el lugar y para obtener nuevas donaciones para ofrecer un mejor servicio.
Los salones fueron instalados en lo que antiguamente fueron las oficinas de la Inquisición y la biblioteca en lo que fue la cámara de tortura. Desde el día en que empezaron a remodelar ésta última los trabajadores sintieron mucho miedo, incluso muchos llegaron a renunciar porque escuchaban gritos, súplicas y lamentos desgarradores.
El Maestro no les hizo mucho caso, ya que era muy escéptico en lo que a cosas de espíritus se refiere; al poco tiempo la biblioteca  fue abierta al público y algunas personas se quejaron de oír y sentir cosas que les hacía estremecerse; pero en vez de que disminuyeran la cantidad de visitantes, estos aumentaron.
Así pasó el tiempo y  una tarde que se encontraba a escasos días de que el centro cultural festejara su primer aniversario, El maestro citó a un grupo de jóvenes voluntarios en la biblioteca, para que le ayudaran a hacer los preparativos de la fiesta.
Los muchachos se encontraban muy entusiasmados discutiendo  su participación en el festejo, pero éste agradable momento no duraría mucho, ya que fue interrumpido por un espantoso quejido.
Como es natural todos se asustaron, El Maestro trató de aparentar una calma que no sentía, iba a decirles unas palabras tranquilizadoras, cuando se escucharon los gritos de un hombre que sufría muchísimo.
-¡¡No!! ¡¡No!! ¡¡No!! ¡Por favor se los suplico! ¡Tengan piedad! ¡Ayyyyyyyyyy!
Algunos de los muchachos se quedaron petrificados de miedo y otros salieron corriendo y gritando, como si hubieran visto al mismísimo Satanás.
Los que se quedaron en la biblioteca, entre ellos El Maestro siguieron escuchando:
-¡Juro por que no hice nada! ¡Soy un ferviente católico! ¡Por favor! ¡Por piedad! ¡Ya no me hagan daño!
Después todo se sumió en un silencio sepulcral, que duró una eternidad, después se escuchó una diabólica carcajada que hizo estremecer los muros del edificio.
Todos salieron de ahí lo más rápido que les dieron sus piernas. Esa noche ni el velador se quedó.
Y como dijera el dicho, “Pueblo pequeño, chisme grande”, por más que El Maestro tratara de ocultar los hechos; al otro día todo el pueblo ya estaba enterado y el centro cultural tuvo que ser cerrado, sin llegar a festejar su aniversario.
El director mandó a ingenieros y físicos a que inspeccionaran la biblioteca, pero no pudieron darle una explicación científica a los extraños y espeluznantes fenómenos.
Su esposa le sugirió hacer una sesión espiritista; aunque su marido era escéptico a esas cosas, pero su curiosidad y anhelo de abrir el centro cultural pudieron más, pese a su incredulidad.
La sesión se llevó a cabo en la biblioteca; todos los asistentes se sentaron en círculo, quedando la médium en la cabecera. Los presentes guardaron silencio y esperaron a que la médium se pusiera en trance; de pronto la mujer empezó a agitarse y después a convulsionarse, se movía como si tuviera al mismísimo diablo dentro. Con la voz de un hombre dio horribles alaridos, suplicando piedad; conforme avanzaba la sesión su rostro se deformaba, como si estuviera sufriendo un espantoso suplicio. Los presentes estaban horrorizados y desesperados de no poder hacer nada para regresar a la mujer a la realidad. Este horror duró casi una hora, después la médium abrió los ojos y con un horror indescriptible, dijo:
-¡Acabo de ser torturada por un inquisidor! ¡Estuve en una cámara de tortura! ¡Vi y sufrí algo de lo que nunca me recuperaré! ¡Este edificio es el infierno! ¡Demuélanlo! ¡Tiene que ser destruido desde sus cimientos!

Dicho y hecho: el edificio fue demolido porque el infierno se quedó ahí.

domingo, 28 de junio de 2015

Los Autos de Fé

Los autos de fé eran eventos que se celebraban con mucha pompa, era todo un espectáculo para la gente que llegaba a recorrer largas distancias para presenciar alguno de estos. Podemos encontrar tres tipos de autos de fé, que son:

  • Autos de fé generales: Eran llevados a cabo en la plaza pública con las autoridades e instituciones de la localidad correspondiente, además del enorme público que se congregaba a ellos como auténticas fiestas. A tal extremo llegaban, que convocaban al público con un mes de anticipación, y constituían con todo un acto de solemnidad, pretendiendo ser una demostración de la fé y la unidad doctrinal de una pueblo. Una noche antes del magno evento se comunicaba la sentencia a los condenados a muerte y una procesión recorría las calles de la cuidad para colocar una cruz verde (que era el emblema de la Inquisición) en la plaza destinada para el espectáculo. Al día siguiente, después de la hora de la comida se iniciaba la procesión en la que los condenados eran ataviados con los sambenitos que les correspondieran y con tocados de corazas; acto seguido se les colocaba en el lugar donde iban a ser quemados y se procedía a la lectura de las sentencias (se pronunciaban sentencias de relajación para al brazo secular para que el juez ordinario dictara la sentencia de muerte por fuego), un sermón y el juramento de la Inquisición. Estos actos eran celebrados con ocasión de visitas oficiales del rey ó importantes cargos eclesiásticos a una determinada localidad.
  • Autos de fé particulares: Eran celebrados sin solemnidad en una iglesia y sin asistencia de las autoridades ni corporaciones. Se podían dictar relajaciones del  brazo secular
  • Autos de fé singulares: Este era destinado a un solo prisionero; eran llevados a cabo en salas del tribunal y se les denominaba autillos.


A lo largo de la historia del Santo Oficio hubo muchas personas condenadas por diferentes delitos, la mayor parte eran inocentes; aquí podemos ver la cantidad de condenados que hubo a lo largo de las diferentes etapas de la historia

                                                1575-1610                          1648-1794
Reconciliación                             207                                      445
Sambenito                                   186                                      183
Confiscación                                185                                      417
Prisión                                         175                                      243
Exilio de la localidad                   167                                      566
Azotes                                          133                                        92
Galeras                                          91                                        98
Relajación en persona                 15                                          8
Relajación en efigie                      18                                        63
Reprimenda                                 56                                       467
Absoluciones                                51                                          6
Rechazos y suspendidos            128                                       104

domingo, 21 de junio de 2015

El emparedado de la calle de San Francisco (Sucedió en la hoy avenida Madero y Motolinia)

Una de las leyendas más tenebrosas con que se enriquece la historia de la Nueva España, es ésta sin duda alguna, ocurrió allá por el siglo XVIII en el centro de nuestra capital. La historia que hoy les relato, ya en 1771, tuvo lugar en lo que era el palacio del Marqués de Prado Alegre, título que fuera de Don Francisco Fernández de Tejada y Arteaga; fachada de petatillo de tezontle, puerta rica en relieves, balcón y escudo nobiliario de la rancia familia y marquesado. Sin embargo, allá por 1766 en que ocurrieron los hechos que el tiempo convirtió en leyenda, la casona presentaba otro aspecto, era de fábrica menor y aún no sentaban sus reales, los personajes linajudos de pocos años después.
Ocupaba la casa, que ubicábase en la calle de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo, Doña Lucinda de la Helguera, la acompañaba una tía llamada Doña Clara, que había traído a Lucinda a casarla en ventaja, pero la joven no deseaba desposarse con aquel hombre llamado Don Cristóbal de Villalba y Calderón, pues no sentía amor por el; en esos momentos el caballero se hallaba en el Palacio de los Virreyes haciendo una petición singular, al entonces virrey de Nueva España, Don Carlos Francisco de Croix, Marqués de Croix; Don Cristóbal le pidió fuera su padrino de bodas con Doña Lucinda de Helguera, contento, momentos después el caballero llegaba a la casa de la muchacha, para darle la buena nueva y fijar la fecha de la boda para el día de San Genaro.
El hombre pone y Dios dispone, nadie puede cambiar el destino de las cosas…aquellos días eran de época difícil, los monjes jesuitas habían llegado a representar un peligro más para el gobierno y la sociedad; fundada la compañía de Jesús en 1540, a esa fecha ya se decía de ella que era una sociedad anticrisitiana, precursora del anticristo. Los jesuitas en la Nueva España se reunían secretamente, haciendo un balance de sus fuerzas y energías, el clero y el gobierno sentían profundo temor hacia los jesuitas formados en un poderoso ejército.
Portugal fue el primer país que echó de sus tierras a todos los jesuitas, sus doctrinas se consideraban heréticas y peligrosa su asociación con legos y particulares de diversas clases sociales; la noche del tres de septiembre de 1758 había sido asesinado el monarca portugués, José I, cuando regresaba al palacio de Tacuba, principales cabecillas y cómplices, fueron el Duque de Abeiro y el Conde de Astougia. Hechas las pesquisas, se supo que los jesuitas habían inspirado tal asesinato y apresaron a varios culpables, ambos fueron ejecutados el tres de febrero de 1759, para escarmiento de este temido movimiento religioso civil, y pocos días después, la inquisición de Lisboa mandó dar muerte en la hoguera, al padre jesuita Malagrida.
Carlos III de España y su ministro el conde de Aranda, decidieron enviar emisarios al Perú, Guatemala y Nueva España, estos emisarios traían al misión real de investigar a los jesuitas y procurar su expulsión de las colonias; y quiso el destino que uno de esos enviados reales, fuese Don Pedro de Villalba y Calderón, hermano de Don Cristóbal.
Por aquel entonces Don Cristóbal vivía en una casona cerca al palacio del real de Moneda, y hasta allá se fue de inmediato Don Pedro, en busca de su hermano, que no se encontraba en su casa en ese momento, entonces los sirvientes le informaron que lo podía encontrar en la vivienda de Doña Lucinda de Helguera; dadas la señales, el caballero se fue a la casona de San Francisco y Callejón del Espíritu Santo en busca de su hermano.
Pero el destino tenía ya atrapados a los personajes de la historia; Lucinda fue la que abrió la puerta al joven caballero, durante unos minutos quedaron estupefactos, mirándose mutuamente, embelesados, entre flotaba un aire de misterio, de atracción, de interés, que estalló como tempestad interna; al fin el acertó a preguntar por su hermano, el cual tenía poco de haberse ido; la tía de Lucinda recibió muy amablemente al caballero y le habló sobre los dos jóvenes comprometidos. Pero los dos jóvenes había quedado prendados uno del otro, sintiendo que ya no podrían estar uno sin el otro, todavía no se llevaba a cabo el matrimonio y en ese lapso de tiempo pueden pasar muchas, muchas cosas…, pensando en esa posibilidad, los enamorados ambos las miradas y lo que no dijeron sus labios, lo expresaron ardientemente sus ojos; si Lucinda había subyugado con su belleza a Don Pedro, el también había hecho vibrar las cuerdas de su corazón a ella, y fueron acercado sus cuerpos y sus rostros, como embrujados por un soplo pasional, hasta que la tía interrumpió aquel momento, llamando a gritos a su sobrina; afortunadamente no se dio cuenta de nada, en ese momento Don Pedro se despidió y se fue.
Al despedirse el caballero, llevaba la decisión de volver a ver a Doña Lucinda, pero no para saludarla solamente, sino para tratar de lograr su cariño, y hacerle saber el amor que en el había despertado de una manera rotunda.
Los dos hermanos se estrecharon y conversaron largamente de lo que habían hecho durante el tiempo que estuvieron alejados; el tiempo trascurrió y la noche llegó y Don Pedro se dirigió a la casa de Doña Lucinda, y se situó bajo el balcón de la hermosa dama, ansiando verla y recibir una mirada de sus ojos, ella, que la esperaba la llegada de aquel hombre que le había cautivado, se asomó a la ventana y se cambiaron suspiros y se dijeron frases de amor ardiente que la noche cobijó entre sus sombras; y así noche tras noche, fueron diciéndose sus amores, haciéndose promesas y finalmente, la petición…
Doña Lucinda arrojó una soga para que Don Pedro escalara hacia el balcón de la dama, ella cayó en brazos del feliz amante y ambos dieron rienda suelta a su pasión irrefrenable, en ese momento no hubo remordimientos y temores, se amaron y continuaron amándose hasta casi cuando llegaba el alba, acto seguido Don Pedro partió en su caballo, para que aquel amor se mantuviera en secreto. Convertidos en ardorosos amantes, Doña Lucinda y Don Pedro vieron pasar juntos en el lecho varias noches, su pasión arrebatadora crecía y crecía, sin importarles que la fecha del matrimonio con Cristóbal se acercara; entregados así a ese desenfreno traidor, nunca trataron de cuidarse de una mala sorpresa, y así una noche, fueron sorprendidos por el mismísimo Don Cristóbal, éste enfurecido al ver tal escena desenvainó su espada, retando en un duelo a muerte a su hermano; finalmente Don Pedro fue el vencedor y por petición de su amante de darle muerte, obedeció aquella orden cruel, Don Pedro hundió varias veces el acero en el pecho de su hermano, hasta que finalmente falleció; para ocultar el cuerpo los dos amantes lo llevaron al sótano y acto seguido se retiraron.
Al día siguiente, Doña Lucinda sacó a la tía para que Don Pedro su amante, pudiera emparedar al muerto, febrilmente, el joven dio término a su macabra obra de emparedar a su propio hermano. Al saber la desaparición de Don Cristóbal, el virrey montó en cólera y ordenó buscarle por toda Nueva España, días después, Don Pedro llevó su casa a Lucinda, como amante y a la tía Clara, para darle amparo.
Todo transcurrieron lo días y los meses, hasta que cierto día, Don Pedro clavó horrorizado sus ojos, sobre su mano había aparecido una mancha escarlata, corrió a la fuente y metió la mano para lavar aquel estigma sangriento, pero al día siguiente allí estaba nuevamente aquella marca infamante de la sangre de su hermano, pero ésta vez, la marca sangrienta no se borró, permaneció allí roja y fresca y para poderla ocultar se puso un guante y así, ocultando la marca infamante de su crimen, Don Pedro fue a cumplir su misión; se echaron de sus conventos a los jesuitas, comprobándose que la riqueza de esa compañía de religiosos era excesiva; 22 colegios, misiones en Sonora y California, 123 fincas, edificios urbanos y grandes sumas de oro les fueron confiscadas, varios caballeros y familias ricas, pagaban fuertes sumas de dinero como tributo a los jesuitas…se les conocía como jesuitas de capa corta y formaban parte de la poderosa fuerza de esa orden religiosa. El 22 de noviembre de 1771, Carlos III de España, concedió junto con el vizcondado de Tejada, al alcalde de México, que era Don Francisco Fernández de Tejada y Arteaga, quien reconstruyó la casona que habitaba Doña Lucinda de la Helguera; y fue cuando al hacer las reparaciones interiores, se descubrió el esqueleto de Don Sebastián de Villalba y Calderón; en ese momento el esqueleto pidió a los trabajadores le hicieran un favor a cambio de un poco de oro, les contó su triste historia y su gran deseo de vengarse de los amantes.
Armados de valor, los albañiles oyeron las instrucciones dadas por el amarillento esqueleto, y esa misma noche, aquellos hombres cumplieron, no sin temor, con la petición del esqueleto, dejándolo a la entrada de la casona donde vivían los amantes; Don Cristóbal le dio a los albañiles todo su dinero y joyas, y sin resistir más su nerviosismo, los trabajadores se alejaron de allí a toda prisa.
El esqueleto entró al cuarto de la pareja, pero de la muerte que por horror sufrieron los amantes, nadie fue testigo. Al día siguiente Doña Clara reconoció en seguida, por sus carcomidas ropas, a Don Cristóbal, el que fuera el prometido de Lucinda, el esqueleto mostraba una risa burlona entre sus dientes amarillos y helados; Doña Clara los descubrió así, muertos, con un rictus de pavor en sus rostros descompuestos.
Y ahora hagan ustedes, amables lectores, sus propias conjeturas. ¿Pagó Doña Clara a los dos albañiles para que llevaran el esqueleto hasta el lecho de los dos amantes culpables?, ¿O fue la mancha de sangre y esta venganza, obra de la maldición de los jesuitas?
Nos veremos la próxima semana.
                

domingo, 14 de junio de 2015

Maratón "Tortura y Muerte"

Los temibles piratas en México

Filibusteros de la Cofradía de los Hermanos de la Costa.
Iniciado el siglo XVII, fray Diego López de Cogolludo relata el saqueo sufrido por la villa de Campeche el 11 de agosto de 1633, llevado a efecto por “más de 500 infantes de diversas naciones, holandeses, ingleses, franceses y algunos portugueses”, llegando en 10 navíos de los cuales siete eran de medio porte. Tan constante se volvieron los ataques piratas a este puerto, que desde entonces comenzó un largo periodo de fortificación de la villa, lo que sin embargo no impidió los asedios de James Jackson en 1644, acompañado de 1500 hombres y 13 navíos de alto bordo; de Henry Morgan, el 17 de enero de 1661, cuando asalto y robó dos fragatas españolas cargadas de mercancías, y su posterior desembarcó dos años después, junto con Christopher Myngs, apoyado con una escuadra de 11 naves.
En noviembre de 1642, la villa de Salamanca Bacalar (o el Chetumal), en el extremo meridional de la península yucateca, fue saqueada por piratas comandados por Diego el Mulato. Desde ese momento aquella comarca quedó abierta al arribo de corsarios y filibusteros, tienes 15 años después establecerían en el territorio de Belice, con el propósito de explotar los bosques y crear una base de operaciones.
En 1667 filibusteros ingleses se dirigieron a las costas de Tabasco, apoderándose más tarde de la villa de Santa María de la Victoria (después Villahermosa), en donde sólo lograron un “pingüe botín”. Pero 10 años después fue trasladada intencionalmente esa villa, refundándose como San Juan Bautista, ante el acoso constante de los piratas ingleses procedentes de la Isla de Términos, que denominaba “de Txis” y utilizaban como base de operaciones.
Aunque el número de incursiones piratas fue mayor en Campeche, el puerto de Veracruz no resultó ajeno a los asedios. El 17 de mayo de 1683 una armada de más de 10 naves, comandada por Francois  Gramont, Lorencillo, o Laurens de Graaf, se abalanzó sobre la ciudad, la cual fue tomada en el transcurso de un “cuarto de hora”. La actividad pirata comenzó con el asalto a las casas reales y al cuerpo de guardia. Los vecinos sorprendidos fuera de casa fueron atacados por los asaltantes, y una orden de  Lorencillo las casas fueron saqueadas. Los habitantes aprehendidos fueron conducidos a la plaza central, y luego encerrados en la parroquia principal.
El sitio duró casi una semana, lo mismo que el encierro de los rehenes, quienes fueron sometidos a severos castigos y amenazas a fin de que entregaran los bienes exigidos por sus captores. Al final fueron desnudados y utilizados como bestias de carga para trasladar todo lo robado a las naves piratas. El monto del botín sumado al costo de las pérdidas y destrozos ascendió a la cantidad de 7 millones de pesos. 300 fueron los muertos.
La lamentable historia volvería repetirse el 6 de julio de 1685, pero ahora en la villa de Campeche, asaltada por una armada filibustera compuesta de 10 navíos, seis balandras, un “barco luengo” y 22 piratas, al mando de los odiados y temidos Lorencillo  y Grammont. Sorpresivamente, 700 filibusteros desembarcaron en el paraje del Beque y formaron cuatro escuadrones de asalto.
Les bastaron unos días para lograr el control total de la comarca, dedicándose a talar los bosques, y saquear las haciendas, ranchos y retiros, robando ganado y cuanto encontraron; todo ello en un perímetro que abarcaba más de 20 poblaciones.
56 días duró la toma del puerto, y la devastación dejada por los piratas resultó más grave que la acometida en Veracruz. A ello contribuyó la huida de los campechanos y la negativa de la autoridad meridense a pagar un rescate por la población y prisioneros de $80,000 y 400 reses mayores. Esa negativa provocó la violenta respuesta de Grammont, quien quemó la villa e inició la ejecución de los cautivos. Antes de zarpar rumbo a Isla Mujeres, los piratas destruyeron todos los cañones del castillo y llevaron consigo a 200 prisioneros. Más tarde, los sobrevivientes describieron el desolador escenario: “Todo estaba arrasado y quemado: casas y barrios enteros; las calles con cuerpos insepultos y degollados. Lo mismo se veía en el interior de las casas y en los pozos. Todo estaba lleno de hediondez de caballos y mulos muertos.”