domingo, 14 de julio de 2013

El barrio de los encadenados (Sucedió en el barrio de San Álvaro, cuidad de Tlacopan, hoy Tacuba)

Cuenta la leyenda que durante el año de 1686, que cuando era virrey de Nueva España Don Francisco Portocarrero Lasso de la Vega, conde de Manclova comenzaron aquellas apariciones de un ente conocido como “El encadenado”, el cuál fue nombrado así por los habitantes de la capital. A este espectro se le relacionó con el virrey… ¿Por qué?
La historia cuenta que por aquellos rumbos vivía un herrero de apellido Rosado, que era un anciano miserable de inofensiva apariencia; entre la gente era conocido como un hombre bueno y honrado, sin embargo, los niños y los animales le temían, por lo que solamente algunos clientes frecuentaban su lugar de trabajo.Una de las personas que más lo frecuentaba era el virrey, ya que a cada rato le mandaba hacer trabajos de herrería, quizá porque el era de los pocos que sabían que el anciano tenía un cobertizo en su patio.
Una noche de luna llena, el herrero se encaminó a las afueras de la ciudad, hasta llegar a una cueva misteriosa que había en una colina cercana; pero nadie sabía a que iba el anciano, lo que si era un hecho es que algunos de sus clientes se les podían oír gritar de dolor. Y casualmente desde aquella noche, al virrey se le veía cojeando, pero el señor Rosado le había advertido que si el dolor le aquejaba, era señal de que tendría el amor de Doña María; ya que ella también había sido requerida por el caballero, pero el problema es que sus señores padres querían enclaustrarla.
Aquel día el comportamiento de la dama fue distinto, pues le permitió a Don Francisco que la acompañara hasta su casa, después ella se enfrentaría a su padre negándose rotundamente a ingresar a un convento; el padre explotó en cólera y acto seguido envía a su joven hija a confesarse, pero claro ella en vez de ir a descargar su alma fue directo a la casa de su amado. Mientras, el tenía que pagar cada vez más el trabajo del herrero; pero el no era el único que había vendido su alma la Maligno, ya que un hombre llamado Don Rodrigo lo hizo a cambio de riquezas y una dama de nombre Doña Serafina pudo conseguir que su marido regresara a su lado.
Ante aquellos magníficos resultados obtenidos, los clientes empezaron a llegar como moscas a la miel al local de Rosado; así con el tiempo los mancos y cojos empezaron a abundar en el barrio, y cuando se veían en la calle lo único que hacían era mirarse unos a otros, conscientes de que habían cambiado una extremidad por su más caro anhelo. Aquellas personas gozaban de los favores concedidos, pero a la vez sentían un profundo temor y pánico a la muerte y esta situación los hacía actuar como locos. En la casa de Doña Serafina, sus temores empezaron a molestar su esposo, el cuál pensaba seriamente en abandonarla, pero ella le advierte que si lo hace un rayo lo partirá para matarlo; Don Miguel haciendo caso omiso un deja a su mujer, subió a su carruaje y no había avanzado muchas calles cuando los caballos desbocaron y perdió el control de la carreta, perdiendo la vida en aquel trágico acontecimiento. Más tarde Doña Serafina recibió el cadáver de su marido.
EL otro caballero, Don Rodrigo de Brugos no salía ni a la esquina por temor de tener un accidente, apenas y probaba bocado porque temía que sus empleados lo envenenaran. Y así como esos trágicos casos, muchos eran los que vivían bajo ese horrible miedo a la muerte en los rumbos de San Álvaro, todos culpaban al herrero Rosado.
Paso el tiempo y todas aquellas personas empavorecidas, salieron a las calles en busca del anciano, quien al verlos trató de emprender la graciosa huida, cosa que no consiguió porque totalmente acorralado; acto seguido sintió sobre su cuerpo pedradas, garrotazos y puñaladas, dejándolo en un charco de sangre. La gente no satisfecha todavía, lo arrastró a las afueras de la cuidad hasta llegar a las cuevas misteriosas, donde subieron a la parte más alta del barranco y desde ahí lo aventaron al vacío, Rosado dio tumbos y destrozándose el cráneo al estrellarse en contra de unas piedras. Aún no contentos con este acto de barbarie, regresaron a la casa del anciano y registraron hasta el último rincón.
Al día siguiente el padre Bermúdez quedó paralizado de horror al ver destrozada la casa del anciano, pero su asombró fue mayor al ver regadas en el piso monedas de oro; y claro no tardó en correr el chisme de que el “nahual”, como era conocido en el pueblo, había muerto.
El santo varón fue directo a las Oficinas del Santo Oficio a dar el informe; más tarde irían a sellarla vivienda del herrero. En el rumbo de San Álvaro los días transcurrieron tranquilamente, pero cuando fue luna llena los coyotes aullaron y entonces muchas personas tuvieron ante sus ojos una siniestra aparición: un aterrador espectro recorría las calles hasta detenerse en la casa de Don Francisco Portocarrero; el virrey sentía como cada cabello se le erizaba de terror, al ver y escuchar aquella voz hueca y cavernosa de ultratumba.

La puerta de entrada implicó un obstáculo para el fantasma, ya que con mucha facilidad entró al patio que era iluminado por la luz de la luna. Don Francisco aterrado ya presentía lo peor: Rosado venía por él. Los pasos se aproximaban lentamente hacia el infortunado hombre, lo que obligó a su esposa a que se encerrara bajo llave; pronto el fantasma se encontraba frente a él, cargando unas pesadas cadenas y mirando fijamente de manera amenazadora al virrey.
El espectro venía por Don Francisco por haber vendido su alma al diablo; y acto seguido la descarnada mano tomó del brazo al condenado, Doña María acudió a ayudar a su marido, pero presa del terror al ver aquella horrenda imagen no pudo soportarlo, y se desplomó en el piso. Los criados la atendieron inmediatamente, más le hubiera valido a la pobre mujer nunca despertar, porque nunca volvió a volvió recobrar la cordura, algunos dicen que no soportó el trauma de la muerte de su marido.
Cuenta la leyenda que al querer amortajar a Don Francisco descubrieron una cadena atada a su tobillo, pero lo espeluznante fue que al tratar de quitársela se adhería a la carne. Otro suceso que se cuenta es que cuando la luna llena volvió a brillar, Rosado volvió a aparecer en el barrio sembrando el terror por donde quiera que fuera, todos los pobladores atestiguaron, que después de aquella noche amaneció muerta Doña María con una cadena atada a su tobillo; la misma suerte corrió Don Rodrigo, que fue encontrado con una cadena atada a la muñeca. Así uno por uno, todos aquellos que habían sido partícipes del linchamiento de Rosado, murieron de igual forma; cada noche de luna llena era lo mismo y decían los habitantes que el anciano desaparecía en aquellas cuevas misteriosas.
Pero una noche decidido a terminar esta ola de muertes, el padre Bermúdez se enfrentó al espectro, y con una cruz en alto le preguntó porque penaba su alma, pero no obtuvo respuesta; el religioso arrojó entonces agua bendita sobre aquel ser logrando que desapareciera solo unos escasos momentos, luego lo vio huyendo hacia las afuera del barrio, viendo como desaparecía en las cuevas.
El religioso lo siguió hasta su escondrijo, donde se escuchaban voces y se veía una luz verde; y sin otra arma más que el crucifijo, el sacerdote se introdujo en la cueva, y ante sus ojos tenía un aterrador escenario: una legión de espectros encadenados, que gritaban y blasfemaban de un modo impresionante. La leyenda cuenta, que el padre salió de ahí lo más rápido que pudo para alejarse de aquella sucursal del infierno, pero al llegar al pueblo se le tomó como un loco y finalmente fue recluido en un manicomio.
En cuanto al espíritu de Rosado, las historia nos relata que al terminar su misión de recoger a todos los encadenados, y que luego se les veía penar por las colonas en las noches de luna llena.
El aterrador suceso fue documentado por el padre Bermúdez con lujo de detalle.Años después de su fallecimiento el Santo Oficio encontró la información y fueron a bendecir aquella cueva maldita, y también quemaron la casa del anciano.
Como dato curioso les cuento que el virrey Portocarrero en sus retratos se mostraba como un hombre de aspecto duro y sin un brazo; el gran misterio sin resolver es que no se sabe si perdió el brazo en combate ópor favores pedidos al maligno.

domingo, 7 de julio de 2013

Las palmas del tesoro

La conquista y establecimiento de la Colonia, trajo no solo consigo riquezas y poder, sino también muerte y sobresaltos para los conquistadores, y despertó la codicia de piratas y aventureros que llegaron a las costas mexicanas causando grandes depredaciones; allá por el siglo XVII ocurrió este suceso en que se amalgaman la codicia y el misterio, lo sobrenatural y lo espantoso…
Una tarde de aquel siglo, apareció frente a las costas veracruzanas un barco pirata que, a juzgar por su aspecto, había sufrido uno de los desastres marinos propios del Golfo de México, o bien, trabado fiero combate del que saliera mal librado. ¿De quién era ese barco con la espantable insignia pirata? ¿Del mulato, de Lorencillo, o del sanguinario Morgan? Nadie los sabe, solo que amparado en las sombras de la tarde, un fiero pirata abandonó la nave, alejándose a golpe rápido de remo.
 A una distancia prudente, vuelve los ojos inyectados de odio, gritándoles a la tripulación que todos morirían y echándoles de maldiciones; de pronto se escucha un estruendo espantoso, y la nave pirata vuela en mil pedazos, y mientras arde el barco, y muere destrozada o achicharrada la tripulación, el fiero pirata escapa en una lancha mientras abre el cofre que lleva a bordo, y se regocija contemplando su contenido, pero un trozo ardiente de mástil que ha volado debido a la explosión, tuvo el mal tino de caer justo encima del pirata, el cuál lucha con desesperación en vano, por quitarse aquella brasa. Al fin logra quitarse y arrojar al mar el trozo de madera ardiente, pero queda mal herido. Los últimos resplandores rojos del  cielo alumbran confusamente el bote, al pirata y…. ¡al tesoro! Las horas pasan y el oleaje arroja hasta la playa veracruzana la embarcación y su cargamento.
Cerca de la media noche el pirata herido, vacilante se acerca a una casucha de pescadores, está dispuesto a conseguir auxilio por las buenas o por las malas, toca la puerta y acto seguido salen dos hombres: Adrián, Fernández y Marcos Iturralde, que abren tímidos la puerta, son humildes pescadores españoles. El pirata les ordena a gritos que lo curen, pero antes de que pudieran sostenerlo, el recién llegado pega un grito y muere; los pescadores se asustaron porque creían que los tripulantes que venían con el desconocido andarían en algún lugar cercano, se quedaron mudos mirando el cadáver del fiero pirata, allí en la choza. Después de un rato, Adrián reacciona y le dice a su compañero que lo ayude a llevarlo a la playa, y a la claridad nocturna y tropical, los dos pescadores sacan al pirata.
De pronto Marcos  y Adrián descubren el bote del pirata, se acercan para inspeccionar su única carga que era un cofre, y cuál no fue su sorpresa cuando al abrirlo encontraron un fabuloso tesoro de oro y joyas de incalculable valor, todo parecía un sueño o una fantasía. Cuando ambos pescadores parecen repuestos de la impresión, Adrián propone primer que nada, enterrar al muerto lo más lejos posible y buscar un sitio adecuado para ocultar el cofre. Adrián y Marcos se alejan por el mar llevando aquel tesoro y salen de la ensenada, al llegar, con grandes trabajos proceden a sacar el pesado cofre del bote y lo llevan hacia la selva.
Exploraron, hasta encontrar un lugar adecuado para esconder el tesoro, el cuál fue al pie de unas palmas que formaban una figura inconfundible, los dos pescadores excavan para enterrar el cofre con su fabuloso contenido, pasaron varias horas haciendo su labor, hasta que de manera inevitable los sorprenden los primeros rayos del sol. Adrián no quería compartir el tesoro con su compañero, para lo que encontró una solución rápida y fácil: darle muerte, y en forma artera y cruel golpea con furia la cabeza de Marcos; acto seguido Adrián Fernández cubre el cadáver ensangrentado.
Concluida su criminal obra, se aleja grabándose bien la señal de las dos palmeras que señalaban el tesoro, se dispone a remar hacia las rocas, sobre las cuáles ha de abandonar el bote para que la furia del mar lo destruyera, pero de pronto navío y ocupante son arrastrados por una súbita e incontrolable corriente marina, y por breves minutos la embarcación es juguete del oleaje hasta que el mar lo azota contra los riscos haciéndolo astillas, y el cadáver del codicioso Adrián queda desarticulado grotescamente y colocado sobre uno de los riscos.
Pasa el tiempo, y el cuerpo es devorado por las fieras, su casucha, así como sus botes y redes, van siendo destruidos por el abandono. Nadie sabe ellos, todos ignoran que sucedió a Marcos de Iturralde y a Adrián Fernández, pescadores venidos de Mallorca, hasta que una noche, cuatro pescadores que se han alejado más allá de la ensenada ya cerca de los riscos, escuchan por primera vez un lamento que les sobrecoge de pavor, y después ven algo que los paraliza de miedo: ¡un espectro en las escolleras!, y casi al mismo tiempo se deja escuchar un grito que hiela la sangre, procedente de la selva. Durante de una larga distancia, todavía parece resonar en sus oídos ese grito escalofriante, repetido por el mar y por la noche. Los cuatro pescadores avezados al mar y sus peligros, se alejan de allí, temerosos de lo desconocido y sobrenatural.
A partir de entonces fueron tantas y frecuentes las escalofriantes apariciones y los lamentos que llegaban de la selva, que los pescadores aprovecharon la llegada del padre Francisco de Salinas, para hacerle un relato de los hechos, el religioso les sugirió que alguien fuera a preguntarles en nombre de Dios a aquellas almas en pena, que era lo que los tenía vagando en este mundo, pero como no hubo valiente alguna que se atreviese, entonces había que esperar que un día llegara alguien predestinado para  ayudar a reunir a las ánimas en pena. ¿Quién sería?
Sucedió que un día apareció por aquella aldea de pescadores un pobre hombre barbado y sucio, en cuyo rostro demacrado se notaba el hambre y la fatiga, caminó durante un rato más, hasta que encontró a una buena persona que le abrió las puertas de su humilde morada, el viajero descansó en la casa del pescador, gracias al cual sació su hambre y sed, poco después el invitado y el anfitrión charlaban amigablemente, en donde el primero le contó que había sido poseedor de una gran fortuna, y de un día para otro quedó en la calle. ¿Quién era ese hombre? ¿Mendigo del camino o prófugo de la justicia? Nada de eso, su historia aparece consignada en las consejas de la Colonia.
Este mendigo era nada menos que don Jerónimo de la Peña y Lucientes, caballero de la orden Calatrava, que estuvo a punto de ser el primer ganadero de la Nueva España, pero no sucedió así, porque días más tarde le llegaba al caballero una fatal noticia: el barco que traía parte de su fortuna había naufragado; pero no se dejó doblegar y días después ya se encontraba haciendo tratos con unos hacendados, a través del capataz, pero éste no iba a mover un dedo hasta que le fuera pagada la cantidad que oro que quería, y para esto el caballero de la orden de Calatrava tenía que llevar la preciada carga hasta Tlaltenango. Antes de que transcurriera más tiempo, empaco todo y se fue rumbo a aquel lugar, pero para su mala suerte, poco antes del amanecer, el carruaje de don Jerónimo fue asaltado y robado del oro por cuatro sujetos que, según se dijo, estaba en complicidad con el capataz. Los salteadores mataron al cochero y dejaron por muerto a don Jerónimo, quien fue encontrado horas después por una escolta de caballería, lo recogieron y lo llevaron hasta su casa, donde fue atendido por un médico que manifestaba su confianza en que ha de curarse.
Convaleciente aún, don Jerónimo se dio cuenta con tristeza que lo había perdido todo muy pronto, sin embargo se mantenía optimista para salir de ésta mala racha y recuperar su fortuna, y para eso quiso buscar apoyo moral y amor en su esposa Constanza, decido entonces ir hasta su alcoba. Sus ojos afanosos no hallaban a su mujer, pero si descubren una carta, la lee y su contenido le llena de odio y de dolor, pues ésta decía que se había marchado con su amante el capitán de Gálvez.
A una desdicha se eslabonaba otra, pues poco tiempo después don Jerónimo recibía la visita del dueño de la casa que habitaba por calle de Balvaneras para exigirle el pago de la renta, pero como ya tenía ni en que caerse muerto, al día siguiente salió pobre, sin fortuna y sin honor.
Se dio a vagar primero por las calles de la capital de la Nueva España, pregonando su infortunio y su mala suerte, decide recurrir ante prestamistas y usureros, pero todo en vano, y para colmo de sus  males y ruina económica, recibe una gran golpe moral al toparse cierto día con la que fuera su esposa Constanza y el capitán de Gálvez, ni siquiera una tizona lleva para vengar la afrenta, y sin fijarse en aquel hombre a quien tomaron por pordiosero, siguen su camino haciéndose caricias y sonriendo.
Y como había dicho, si n fortuna y sin honor, decidió alejarse para siempre de la capital de la Nueva España, está cansado de pedir e implorar, su idea es la de llegar a Veracruz y de allí, de algún modo, embarcarse a España en donde podrá rehacer su vida. Este es el hombre que duerme y descansa bajo la sombra amistosa del pescador. Despierta a la mañana siguiente, pero antes de emprender sus pasos a Veracruz, el pescador y su esposa le advierten que tenga cuidado con los espectros que llenan de pavura a la gente.
El viajero echa a andar de nuevo, ahora lleva agua y algo de comer para su larga caminata hasta el puerto de la Villa Rica de la Vera Cruz, y de pronto se detiene, la selva se ha quedad en total silencio, el menor viento no agita la espesura, como para hacer marco a un grito espantoso que de súbito escucha. Tensos los nervios, pero sin sentir pavor, el viajero al buscar el sitio de donde escapaba el grito espeluznante, descubre a un impresionante espectro, y decidido se le acerca pidiéndole en nombre de Dios le dijera el motivo por el que penaba y lloraba; el fantasma habla a través de la horrible oquedad de lo que fue su boca y le explica que el motivo está enterrado bajo sus pies y la causa de su penar es por el cuerpo de amigo que se encuentra lejos de él, después el caballero le pregunta que debe hacer para que al fin descanse en paz. ¿Qué será?
Siguiendo las instrucciones que con voz cavernosa le dio el fantasma, don Jerónimo se oculta esa noche en los escollos, no tiene que esperar mucho, pues a la medianoche se deja escuchar aquel lamento espeluznante, y muy cerca de él se hace visible aquel esqueleto fosforescente, que fuera motivo de terror por parte de los pescadores. Venciendo su temor y cumpliendo con la palabra dada al otro espectro, le abraza y le sujeta, y sin pérdida de tiempo le carga  y le conduce por la playa hasta la selva; cumplida la parte del trato que le correspondía a don Jerónimo, vuelve a salir aquella voz hueca de la boca descarnada y le dice que cuando salga el sol, las palmas proyectarían sobre el suelo una sombra en forma de cruz, ahí debía escarbar para encontrar los restos del espectro y debajo un cofre con el fabuloso tesoro, que sería ¡todito para él!. La condición final era que los despojos mortales de ambos difuntos, reposaran en el mismo foso.
El espectro desaparece en la negrura, solo queda ahí el esqueleto casi destruido por el tiempo, y en efecto, cuando llegó el amanecer las dos palmeras cruzadas marcan el sitio del tesoro y don Jerónimo excava valido de improvisados instrumentos, y como le había dicho el fantasma la noche anterior, descubre un esqueleto y después más abajo el tesoro. Poco a poco, pero grandemente emocionado, el hombre traslada aquel fantástico tesoro hasta otro sitio en lo más denso de la selva, y después coloca juntos conforme a los deseos del espectro, los dos esqueletos que hasta entonces penaba separados, al fin descansaban en paz Marcos y Adrián.
Don Jerónimo regresó a la aldea y tras platicar al pescador su notable hallazgo, lo gratificó con largueza. Los pescadores estaban felices, pues de tal manera sabían que tocaba a su fin las espeluznantes apariciones y además, buenas monedas de oro dio a cada uno. Escoltado por los pescadores don Jerónimo llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz, en donde compró un carruaje, su tiro de caballos y rica ropa, se despidió de todos y emprendió en camino de regresó a la cuidad.
Días más tarde nuevamente rico y poderoso, llegaba a la capital de la Nueva España, pero ahora bien cambiado, venía con una larga barba, las sienes plateadas por las humillaciones y sufrimientos, pero lucía aún más apuesto; y pasado un tiempo la afrenta a su honor lavó, al humillar a quien fuera su esposa y que un día cuando la fortuna le fuera adversa, lo abandonó.

Y así terminó la leyenda que el vulgo conoció como “Las Palmas del Tesoro”. Pero aún queda algo, según varios veracruzanos en aquella selva quedaron muchas monedas de oro y joyas, que don Jerónimo no alcanzó a transportar, y según las investigaciones hechas por varios historiadores, el sitio se localiza cerca de lo que hoy es Tecolutla. ¿Quieren ustedes ir a buscarlas? ¿O temen encontrarse con los fantasmas? Bueno, ¡Aquí nos vemos la próxima semana!

domingo, 30 de junio de 2013

El desagüe en el valle de México

La cuenca de México carecía de desagües naturales, por lo que muchos intentos se hicieron a los largo de los siglos para abrirla y darle una salida artificial a sus aguas; lo curioso es que se hicieron obras de este tipo, y otras más para traer agua potable desde sitios cada vez más lejanos o su extracción del subsuelo del propio valle a un altísimo costo económico y ecológico.
Los indígenas aprendieron a convivir con el agua, construyendo diques -  calzadas, compuertas y viaductos, los que les permitió tener algo de control sobre las aguas para aprovechar sus múltiples recursos, mediante las chinampas, la pesca, la caza y la recolección de plantas; así también, era un medio de comunicación y transporte muy eficiente en tiempo y costo.
Al llegar los españoles, introdujeron técnicas de agricultura y ganadería, que comparadas con los indígenas, causaban un enorme impacto en los suelos y cuerpos de agua. Los españoles y sus descendientes criollos y mestizos, veían a los lagos como un enemigo feroz a vencer. A las aguas del lago de Texcoco se les consideraban “aguas muertas”, debido a que carecían de movimiento, algo que podía ser peligroso para la salud, pero aun así fue levantada la capital novohispana sobre las ruinas de Tenochtitlán, en medio del lago, con lo que se comenzó con el problema de las inundaciones y los esfuerzos para  desecar el valle.
Muchas veces se llegaron a aplicar las obras indígenas, utilizando diques y el excedente de agua en canales de navegación e irrigación; hubo también muchas propuestas para combinar la canalización y la contención con el desagüe directo del valle, para lograr un balance que no amenazara a la ciudad. Por desgracia, la idea que siempre predominó fue la de utilizar el desagüe para desecar los lagos.  Uno de los proyectos más importantes que se llevaron a cabo durante la Colonia, fue el de Enrico Martínez, quien dirigió entre 1607 y 1608 las obras para abrir un socavón en Nochistongo, primer desagüe artificial que desviaba las aguas del río Cuautitlán hacia el cauce del río Tula; con el tiempo este proyecto pasó a ser considerado el más importante del mundo preindustrial. No todo fue miel sobre hojuelas, pues dicha obra de ingeniería se vio afectada por varios factores, desde los defectos de construcción, hasta rencillas políticas y decisiones improvisadas. En la década de 1620, el socavón fue clausurado por órdenes del virrey, para investigar qué cantidad de agua era vertida sobre la ciudad; sin tener una solución al problema de las inundaciones, la capital estuvo a punto desaparecer en el año de 1629.
Después de mucho discutir si se trasladaba la ciudad a otra parte, finalmente se decidió dejarla en su sitio y reanudar las obras en e l desagüe de Nochistongo, que continuaría hasta la segunda mitad del siguiente siglo.
La lucha constante contra la naturaleza continuó hasta la época de la independencia. Durante todo el siglo XIX prosiguieron infinidad de debates sobre que hacer con los lagos; mientras que unos decían que era necesario aprovechar la abundancia del vital líquido para el transporte, la canalización y la irrigación, otros se iban por el lado de desecar el valle a como diera lugar. Muchos proyectos fueron presentados, hasta que el de Francisco Garay fue premiado por el gobierno en 1857, ya que combinaba ambas opciones, pero no pudo llevarse a cabo por las condiciones del país. Para que se den una idea del proyecto, Garay propuso construir un canal de 50 km que saliera de San Lázaro, al este de la ciudad, para atravesar los lagos de Texcoco, San Cristóbal y Zumpango y canalizar sus aguas y de los ríos que atravesara su paso; un túnel de 9 km situado al final del canal, conduciría las aguas hacia el río Tequixquiac. También se abrirían tres canales más para desaguar los lagos de Chalco y Xochimilco.
Llegamos ahora a la época del Porfiriato, cuando el país estuvo en condiciones económicas y políticas, para llevar a acabo grandes proyectos de desagüe. Muchos historiadores reconocer la importancia que Porfirio Díaz dio al desagüe del valle, al colocarlo como una prioridad del gobierno. La obra que se llevó a cabo se basó en el proyecto de Francisco Garay, pero un poco más reducido, ya que fue eliminada la parte de ampliar la canalización para la irrigación y la navegación. Entonces fue construido el Gran Canal que, como gustaban decir los burócratas porfiristas, les permitía “gobernar” las aguas del valle.  Entre 1886 y 1900 se llevaron a cabo las obras de un canal de más de 47 km, y en Tequixquiac, un túnel de 10 km, acompañado por un conjunto de presas, puentes y viaductos. Con el proyecto de desagüe, también se ejecutó un plan de saneamiento, que consistía en la construcción de una red de alcantarillado, cuyas aguas residuales se arrojarían al Gran Canal. Se adoptó un sistema combinado, en el cuál las aguas pluviales, residenciales e industriales eran arrojadas en un solo conducto.
A pesar de la importancia y magnitud de las obras porfirianas, no se pudo dar por hecho que el problema de las inundaciones estuviera resuelto, pues a mediados de la década de 1920 la ciudad de México volvió a quedar bajo el agua, la igual que a medidos de la década de los cincuenta. La urbe ahora se estaba hundiendo por la extracción de agua del subsuelo, mediante la excavación de pozos; y como era de esperarse, el Gran Canal fue perdiendo su declive, por lo que fue necesario bombear las aguas para hacerlas correr por su cauce. En la actualidad existen estaciones de bombeo que realizan esta labor tan importante, sin la cual la ciudad  no podría desalojar sus aguas residuales y estaría en riesgo de volverse a inundar.

Ante el colapso del desagüe porfiriano, este fue reforzado con otra obra de ingeniería puesta en funcionamiento en el año de 1975: el drenaje profundo. Fue concedido como una última solución para las inundaciones, el cuál toma el modelo de los desagües coloniales combinado con la tecnología moderna. Consiste en una red de túneles de cientos de kilómetros, instalados a un profundidad entre 22 y 217 m, para desaguar en lecho que no se hunda. Entra funcionamiento durante la época de lluvias, para desalojar las grandes cantidades de agua; sin embargo, algunas investigaciones han revelado que estas obras se están viendo afectadas por los hundimientos.

domingo, 23 de junio de 2013

La fuente del tecolote (Sucedió en Belisario Domínguez)


El convento de la Concepción fue de los primeros fundados en la nueva España y dio nombre al barrio donde fue edificado; casi frente a ella había una plazuela a cuyas espaldas se encontraba una casa muy grande y suntuosa que había pertenecido a don Andrés de Tapia, conquistador venido con Hernán Cortés. Muy interesantes la historia de dicha casa, pero por hoy la dejaremos de lado para ocuparnos de cierta leyenda que mucho se comentó y qué sucedió en la plazuela, más bien en una de su fuentes, que se creía de construcción indígena todavía. Nadie reparaba en ella, ya que estaba algo apartada del paso de los transeúntes y medio oculta entre unos arbustos, y posiblemente nadie se hubiera ocupado de ella nunca, de no empezar a ocurrir allí cosas extrañas y sobrecogedoras.
Cierta noche o una mujer y su criada iban cruzando la plazoleta para encaminar sus pasos rumbo al templo de la Concepción, pero a medio camino se encontraron a un tecolote de aspecto siniestro, las dos mujeres pensando que era el mismísimo demonio, apresuraron el paso para alejarse de la oculta fuentecilla, oyendo el lúgubre graznido del avechucho casi sobre ellas; Pascuala y su ama corrían despavoridas, mientras el tecolote parecía perseguirlas, la patrona acabo desmayándose presa del miedo y quiso el destino que en esos momentos anduviera cerca un caballero, quien se precipitó a auxiliarla, mientras el pajarraco seguía su vuelo sin ocuparse más de ellos y se perdía entre los árboles de la plaza.
Esa misma noche el caballero se encontraba en profundo sueño, el cuál se vio interrumpido cuando su esposa Elena escuchó un golpeteó que le sobrecogió el corazón, entonces don Eduardo siguió el lúgubre golpeteó que se escuchaba en la habitación contigua, entrando decido a abrir la ventana, y eso le permitió ver la silueta del avechucho que aleteaba en los cristales, al quedar contra la luz de la Luna. Sin quererlo, aquella le causó un estremecimiento; pero sin darle importancia, se armó con un palo y con sus manos temblando ligeramente, descorrió los cerrojos que  aseguraban la ventana. Doña Elena oyó el ruido y los gritos de su marido, acto seguido corrió a auxiliarlo porque el ave le quería sacar los ojos, y armándose de valor logró ahuyentar al maligno avechucho.
El tecolote salió por la ventana, pero antes de alejarse volteó la cabeza hacia la asustada pareja y les lanzó una siniestra mirada con aquellos ojos como brasas. Don Eduardo veía un gran parecido con el búho que tenía el difunto tío de Elena en su cuarto; por lo que llegó a pensar que aquel hombre había vuelto en forma ave porque nunca estuvo de acuerdo con el amor entre ellos, pues murió maldiciéndolos. Don Eduardo no habló más del tema, pero su esposa tuvo que recordar sus palabras, experimentando gran inquietud por la supuesta reencarnación de su tío Nicolás.
Nicolás de Villegas había adoptado desde pequeña a Elena, hija de un lejano pariente suyo muerto en tierras filipinas, había ido a sacarla de un convento donde cuidaban niñas huérfanas, para llevarla a vivir a su casa y tratarla como si fuera su propia hija. Don Nicolás fue como un padre para ella, hasta que cumplió los dieciocho años, cuando le regaló un hermoso collar de piedras preciosas; fue la primera vez que ella advirtió una luz extraña en los ojos de su tío, pero en su inocencia de doncella no le dio importancia.
Elena nunca se había preocupado por saber a qué se dedicaba su tío por las noches, cuando todo mundo se recogía en sus habitaciones, tenía remotas noticias de que era un hombre sabio, que realizaba ciertas investigaciones extrañas, y que tenía que hacerlo ocultamente para evitar a la Santa Inquisición que tanto perseguía a todo lo que pudiera parecer herejía. Lo curioso era que siempre se encerraba con su querido búho Sócrates, para hablar sobre sus deseos de volver a ser joven para poder ¡casarse con su sobrina!, pues a toda costa quería retenerla a su lado por siempre. Lo que menos se imaginaba don Nicolás era que Elena se veía desde hace tiempo con cierto apuesto y noble galán, a quien invitó al baile del virrey para presentarlo antes su  tío y el joven aprovecharía para pedirle la mano de su amada. La enamorada pareja logró cambiarse un beso furtivo, mientras la sirvienta que acompañaba a doña Elena se distraía, y luego se acomodaron en aquella fuentecita semi oculta entre los arbustos del jardín de la Concepción, para seguir diciéndose ternezas.
Don Nicolás estaba realmente ilusionado el día del baile, por eso es fácil  imaginar lo que sintió al advertir el galanteo de don Eduardo de Alquisiras, en torno de Elena durante el sarao, y no faltó quien le felicitara cordialmente por aquello. El galán en cuestión era uno  de los solteros más codiciados en Nueva España, tenía grandes propiedades que solo podían recorrerse a caballo y el Mayorazgo de los Alquisirias. En esos momentos don Eduardo va a hablar con don Nicolás para acordar el día en que le haría una visita formal a su casa, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para morderse la lengua para no lanzar un improperio. Quedando fijado el día, el joven se alejó del anciano, quien sentía morirse de rabia, a toda costa iba a conseguir que Elena fuera suya y solo suya.
La doncella nada advirtió cuando más tarde regresaban del baile, iba absorta en su felicidad. Cuando llegaron a la casa, don Nicolás fue directamente al sótano, donde trabajó por varias horas, sin más compañía que la de Sócrates, revisando libros, mezclando sustancias y hasta pronunciando conjuros, hasta que finalmente creyó haber encontrado la fórmula que le devolvería la juventud.
Mientras el tecolote graznaba lúgubremente, el anciano se apuró a beber la infernal sustancia, pero apenas lo hubo hecho comenzó a gemir y gritar. Elena y los criados despertaron abruptamente al escuchar aquellos gritos, fueron rápidamente al sótano, y un búho salió graznando de modo sobrecogedor, el mayordomo intentó bajar las escaleras, pero en el acto aparece don Nicolás para impedirle la entrada. Doña Elena no pudo evitar que se escapase de su garganta un grito de horror, pues su tío estaba profiriendo maldiciones y con la mayor desesperación pintada en el rostro, caminó tambaleante hacia la puerta de la calle, en vano fue que quisieran detenerlo. Seguido del Sócrates salió de la casa y corriendo, cayendo, levantándose, caminó sin rumbo hasta llegar al parque de la Concepción, llegó entonces a la fuentecilla, testigo del romance de Elena y Don Eduardo, y quiso beber de su agua.
Al poco tiempo don Eduardo recibía un mensaje de su amada para avisarle que su tío estaba moribundo, y en acto se dirige a su casa para darle apoyo. El joven hizo acudir a un sacerdote que bendijo el laboratorio del anciano, y donde se enteraron de todos sus secretos al leer un diario donde anotaba todo. Mientras tanto, don Nicolás comenzaba a tener un aspecto extraño, y cuenta la leyenda que mientras se bendecía y destruía todo lo de su laboratorio, él se agitaba y gritaba con la desesperación de un condenado. Al mismo tiempo que se acabó con lo que había en el sótano, mientras el sacerdote cerraba sus puertas para que nadie entrara allí, son Nicolás entró en los estertores de la muerte, maldiciendo varias veces a la pareja; después de proferir un espantoso alarido, dejó de existir.
Aquella historia de don Nicolás de Villegas, misma que doña Elena recordó mientras curaba las heridas de su marido, a quien veló toda la noche, y al amanecer se dirigió al templo para contarle al sacerdote lo sucedido con el búho. Mucho se hizo para ahuyentar al tecolote de la casa del joven matrimonio, pero parecía especialmente empeñado en perseguir a don Eduardo; noche con noche aparecía, primero en la fuentecilla del parque de la Concepción, y luego emprendía el vuelo hacia la casa para golpear con su sobrecogedor alteo en los cristales de las ventanas.
Con el auxilio del sacerdote, doña Elena impregnó de agua bendita la madera de las puertas y los cristales de todas las ventanas de la casa, y desde entonces solo se le vio volar en los alrededores de la casa, pero sin acercarse; sin embargo, la gente que acertaba pasar ya oscurecido, por la fuente de la Concepción, veía aquel búho de ojos de fuego en el borde. Muchos murieron de horror al verlo, pues a su lado alcanzaban a ver el espectro de don Nicolás, y no fueron pocos los que al querer huir despavoridos, sucumbían bajo sus garras, pues los perseguía con saña inaudita. ¿Qué cómo se acabó con la infernal amenaza? ¡Imposible saberlo! En ninguna parte está consignado. Y como el parque aún existe, en la actual calle de Belisario Domínguez, frente al templo de la Concepción, quizá aún se aparezca el tecolote en sus alrededores.  

jueves, 20 de junio de 2013

Catedral Primitiva

En este video podrás conocer cuando y donde fue levantada la primer Catedral que hubo en la Nueva España. Lo único que queda como evidencia de que alguna vea estuvo en pie, es en la afueras de la actual Catedral, en donde encontrarás algunas columnas y restos que se encuentran algunas metros bajos tierra, lo cuáles están cubiertos con vidrio.


domingo, 16 de junio de 2013

Capilla de la Concepción o Capilla de la Conchita (Belisario Domínguez 5, esquina Callejón del 57)


Durante el México Colonial, era un barrio de indígenas, conocido como Cuepopan, que en náhuatl quiere decir “donde abren sus corolas las flores”. Hoy en día lo conocemos como el  barrio de la Concepción, que tomó el nombre por el convento, no estaba muy poblado por el año de 1830, ya que todavía no se habían construido las casas ubicadas en el lado norte de la plazuela, que hasta nuestros días conocemos como plaza de la Concepción, y en la antigüedad no tenía salida hacia el poniente. Durante aquella época la calle era llamada de la "rejas" de la Concepción.
 Esta calle corre de sur a norte después de la del Puente de la Mariscal, siendo ahí su comienzo, y sufrir en la esquina de la plazuela de la Concepción. Cabe destacar, que llevó el nombre de "calle de la Rejas de la Concepción" porque el lado del convento que daba esa calle, las monjas mandaron hacer sus locutorios, denominados "rejas", para así comunicarse con las personas que las visitaban.
El estado tan primitivo de la calle provoco que se hicieran varios cambios en ella; en el año de 1793, por disposición del Virrey Conde de Revillagigedo, la zanja que servía de cauce a las aguas del canal que abastecía a las acequias del Carmen y de Santa Ana, fue convertida en atarjea, trayendo para los habitantes consecuencias beneficiosas para la higiene, evitando así la fetidez y las inmundicias, pero a pesar de todo el aspecto seguía siendo muy triste porque no había casas, y en los altos muros del convento lo único que se veían eran las puertas cerradas y polvorientas de los locutorios, que se abrían los jueves y domingos por las tardes en los tiempos que no eran de Cuaresma ni de Adviento.
Con la exclaustración de las religiosas, las cosas vendrían a cambiar; en el año de 1861 fue abierta la calle del Progreso (hoy Primera de República de Cuba), que partía desde el convento en su lado occidental, quedando la larga calle de las Rejas dividida en dos partes: la primera, de la esquina de la calle de la Espalda de San Andrés, hasta la nueva del Progreso; la segunda, desde esta última, hasta la esquina de la plazuela de la Concepción. Entre los siglos XVIII y XIX se empezaron a construir muchas casas con sus respectivos comercios, dándole vida a aquellos antes solitarios rumbos.
El callejón de la Concepción es una calle transversal, situada de sur a norte, a través de la Iglesia de San Lorenzo, seguida de la calle del Cincuenta y Siete. Antes de ser abierta a esta última y la del Progreso, dicho callejón se hallaba cerrado por el poniente y sur, y dichas calles fueron abiertas hasta el año de 1861, decisión muy acertada que mejoró mucho su aspecto.
Ahora vamos a ir a una de las partes más interesantes de la plaza de la Concepción, en donde podremos encontrar en su centro una capillita en forma octagonal,  que fue levantada sólidamente durante el primer tercio del siglo XVII por los franciscanos, dedicada a Santa Lucía. 
Su hermosa portada barroca es custodiada por dos óculos laterales que iluminan el interior, su redonda bóveda representa a San Francisco y a los dos símbolos marianos que se encuentran en los extremos del friso. 
El pequeño nicho está constituido por una concha con pilastras estradas de capitel  toscano; en la parte superior está representada la Virgen María y en su  interior se encuentra una escultura de cantera de Jesús Nazareno cargando la Cruz,
Se dice que en esa capilla se celebró la primera misa en el México católico, y se supone que para conmemorar aquel acto religioso, fue levantada dicha capilla. Muchos autores reconocidos dicen que esta versión es pura mentira, siendo el verdadero origen de la capilla la construcción de su iglesia, y que en la de la Concepción pertenecía a la parroquia de Santa María la redonda. La historia nos cuenta el cura que cuidaba era franciscano, y al igual que todos los demás templos, tenía su mayordomo y su sacristán que atendían a su aseo y a abrirla los días en que se rezaba en ella, o se celebraba misa, porque era de las que disfrutaban de este privilegio y también de tener campana.
Muchas iglesias por desgracia no se salvaron de la destrucción, pero ésta sobrevivió gracias a que la de Santa Lucía no se encontraba en ninguna vía que estorbase, ni servía de depósito de inmundicias porque un hermano tercero que vivía frente a la capilla, cuidaba de ella todo el tiempo, la abría con frecuencia y no faltaban las almas piadosas que fueran a depositar en su altar velas encendidas y tiestos con flores.
Muerto aquél buen hombre, la capillita quedó sin que nadie la cuidara, no faltando quien solicitara se le vendiera la plazuela y con ella se incluía el pequeño templo; pero el mayordomo del Convento de la Concepción, don Jorge Madrigal, se opuso a esta medida, presentando una serie de documentos ante el Cabildo, que acreditaban la propiedad del Convento sobre aquella Plazuela. Las leyes de Reforma concluyeron con esa propiedad, vendiéndose en tre mil pesos a una sociedad compuesta de dos personas, quienes a su vez la vendieron a don Ignacio Unzain, pasando después a don Ignacio Alas, y de éste a don Silvestre Olguín. La plazuela se hallaba en su poder cuando la ciudad planeó poner el depósito de cadáveres de los pobres, y para tal fin en la compró en seis mil pesos. A finales del siglo XIX se le conoció como la Capilla de los Muertos, porque ahí eran depositados los cuerpos de los pordioseros; algunos aseguran que esta historia es un engaño y que dicho depósito nunca existió.
Durante el gobierno de Plutarco Elías Calles fue instalada en la capilla una biblioteca, resultó ser un rotundo fracaso. De sus elementos originales que tenía en el interior, no queda rastro alguno de su existencia. Fue declarada monumento histórico el 9 de abril de 1931.

domingo, 9 de junio de 2013

La novia del usurero (Sucedió en el ex convento de la Merced)

Las tradiciones y leyendas mexicanas registran hechos insólitos, sucedidos escalofriantes y aterradores que aún nos llenan de espanto. A la fecha, el convento de la Merced está limpio y restaurado; y a veces cuando el silencio se anida entre sus muros, suelen escucharse y verse cosas espantosas. Por aquellos carcomidos y ruinosos pasillos, se han visto figuras de ultratumba que vagan quejumbrosas.
Retrocedamos ahora al año de 1673, cuando era virrey don Pedro Nuño de Colón, duque de Veraguas;  tiempo en el que también llega nuestro personaje principal a la Nueva España, don Cosme Zepeda y Villagómez, y había sido adelantado en el Perú. Trajo grandes fortunas y beneficios. Se instaló en la casa 8 de la calle de Balvanera (hoy Jesús María).
Pronto se dedicó a la usura, prestando con grandes ventajas a la clase media de la capital de la Nueva España; nadie más se dedicaba a este tipo de negocios, por lo que la casa de don Cosme era visitada con frecuencia. Estando cerca el mercado de indios, “El Volador” y el parián, algunos naturales acudían al usurero cuando necesitaban dinero para sembrar, comprar animales y hacer frente a enfermedades o casamientos, pero en ocasiones hacía los préstamos a cambio de tener a las indias un tiempo en su casa; algunos naturales comprendían el fondo inmoral de los tratos y no aceptaba, pero otros, si las vendían por miserables reales. Aquella conducta tan licenciosa del usurero, alarmó a los decentes moradores de la colonia, hasta que los principales caballero de la capital que decidieron dar parte al virrey, comisionando a don Manuel Zaínos para tal empresa; sin embargo, aquella denuncia no resultó porque aquel hombre era un pariente muy cercano del virrey.
Con Cosme continuó comprando indias impúberes y prestando oro con elevados intereses, entonces, cierto día, se presentó en su casa un caballero llamado don Juan Galván Mercadante, primer importador de Nueva España, quien necesitaba dinero para construir unos navíos, y le ofreció como garantía del préstamo su hermosa casa. Esa misma tarde se presentó el usurero en casa de don Juan, ubicada en la calle de la Amargura (hoy Honduras), fue el mismo dueño quien salió a recibirlo y los introdujo a la casona. Al ingresar recorrió con los ojos todo su lujoso interior, y a pesar de todo dijo que no podía garantizar del todo el oro que le prestara; mientras conversaban apareció Inés, la hermosa hija de don Juan, toda una joya de belleza, de gracia y juventud, y como era de esperarse,  los ojos del usurero se clavaron en ella, mientras la ansiedad y el deseo se apoderaban de él. Entonces el inmoral propuso algo insultante: le prestaría al caballero cuanto oro quisiera, si le daba  su hija en matrimonio. La reacción del ofendido padre no se hizo esperar y echó de su casa a don Cosme.
Transcurrieron varios días, durante los cuáles Inés vio como su padre se ponía cada vez más desesperado, y tratando de salvarlo de la ruina, una noche la joven escribió una esquela; tan pronto la recibiera el usurero, se apresuró a considerar la situación. Entonces, su mente perversa ideo un plan siniestro, que consistía en casarse con Inés y al mismo tiempo cobrar el oro, y para que todo le saliera a la perfección, redactaría un documento que hiciera alusión al préstamo y a la promesa matrimonial, más la fecha de vencimiento la fijaría él a última hora. Don Cosme a su vez, escribe una nota de contestación a la ingenua Inés, en donde le decía que fuera a su casa al día siguiente para firmar el documento y hacer el juramento.
Al día siguiente, pretextando ir al rosario, la joven fue a la casa del usurero acompañada de la fiel sirvienta y armada con un puñal, por si aquel hombre intentaba hacerle algo. Don Cosme ya la esperaba para que firmara el documento, lo leyó detenidamente y lo firmó, después el usurero la condujo ante un crucifijo para que jurara antes este, que se casaría con él si su padre no pagaba tiempo, y doña Inés hizo un juramento que nadie iba a poder romper ni eludir; pero a don Cosme no le pareció suficiente y exigió jurara también que pasara lo que pasara, ella se casaría. Después el jubiloso usurero entregó a la joven los dineros, acto seguido se subió en su carruaje, mientras don Cosme la fue a despedir a la calle con deseo. Al llegar a la casa de don Juan, la sirvienta cumplió las instrucciones de Inés, mintiéndole a don Juan, diciéndole que un enviado había traído mucho oro de parte del usurero, y que le pagaría a su debido tiempo.
Al día siguiente, muy de madrugada salió don Juan llevando el oro hasta el puerto de Veracruz, ya que era urgente hacer zarpar los barcos hacia España, para que pronto estuviesen de regreso. Al volver, se le veía feliz, iba a ir con don Cosme esa misma noche para firmar el documento del préstamo; al ver que no podía callar más, triste y angustiada Inés cayó de rodillas llorando ante su padre para confesarle el juramento de matrimonio y le plazo que tenía de tres meses. Transcurrieron días de angustia y desesperación para don Juan, ¡sus naves no arribarían en tres meses! Entonces, para salvar a su hija de aquella boda afrentosa, decidió enviarla a Puebla hasta que se deshiciera el compromiso; pero a pesar de todo, sentía aquella angustia mordiéndole el alma a medida que las semanas pasaban. Entonces un aciago día se presentó ante don Juan un trágico emisario, para comunicarle que al salir sus barcos de la Habana, habían sido arrastrados por un furioso temporal a la Florida, fueron arrojados contra los cayos, resultando destruidos y muerta toda la tripulación. Desesperado, bebió  vino con exceso, y entonces se le ocurrió la siniestra idea de suicidarse para evitarle el matrimonio a  su hija.
Esa misma noche llevó a efecto su plan, el día lo ocupó arreglando todos sus asuntos, más cuando ya colocaba la soga al cuello, escuchó la voz dulce y amorosa de su hija Inés, quien venía a impedir que si padre cometiera tal locura, y también a decirle que ella sería el instrumento de Dios para castigar las infamias cometidas por don Cosme; la joven entonces le pidió a don Juan  le informara al usurero que la boda iba a celebrarse en la fecha fijada, a las doce de la noche en la capilla del convento de la Merced. Después de dar su mensaje, Inés pareció desaparecer entre las sombras de la puerta y en vano su padre le gritó y siguió, pero ya no escuchó nada, solo el lejano toque del convento de la Concepción llamando a maitines. El infeliz terminó por creer que su hija había dejado Puebla, y que habíase ido a la iglesia, en vano esperó que la joven bajara de sus habitaciones, ya que en esos momentos entro de manera abrupta una sirvienta a la habitación  para informarle que Inés había muerto en la noche a la hora de maitines.
Don Juan lloró su desgracia varios días, y después consultó al santo fraile don Sebastiano Hurtado, el convento de la Merced, quien le aconsejo debía de dejar que  el espíritu de su hija viniera a cumplir su última voluntad.  Finalmente se venció la fecha de la boda y don Cosme, que aceptó las condiciones llegó a las doce de la noche; poco después arribó don Juan, quién descubrió con terror que en el pequeño atrio esperaba un bulto vestido de novia, no acertó a decir nada, aquella figura que sabía era su hija vuelta del más allá, como flotando, al templo entró. El fraile con  tono sombrío, dijo las palabras rituales, él y el padre de la muerta, ni palabra cruzaron, pues en la capilla flotaba un olor ultraterreno. El lujurioso y pecador agiotista salió de la casa de Dios, nervioso, junto a la novia; pero aún dijo al tribulado don Juan que ahora solo le faltaba pagar el oro que le había prestado, pero el pobre hombre nada contestó, solo se limitaba a ver como el fantasma de Inés se alejaba con el miserable aquel.
En esos momentos, don Cosme al tocar a la novia, sintió que un viento helado bañaba su cuerpo; y cuenta  la leyenda, que la recién casada se levantó el velo, dejando ver un rostro horrible y descarnado, aquella aparición hizo que el viejo usurero lanzara un espantos grito. Impulsado por el terror que dio alas a su ancianidad, corrió hacia don Juan y el fraile gritando que se había casado con una muerta. Fray Hurtado y don Juan fueron a inspeccionar el carruaje, donde hallaron solo el vacío vestido nupcial… y un olor a ultratumba, a misterio; a algo que nos impone pavura, porque no había explicación alguna para ello.
Don Cosme cayó gravemente enfermo y dejó de dedicarse a la usura, decidió perdonar a sus deudores y llamó a los frailes mercedarios para que se hicieran cargo de su fortuna, y la repartieran entre los pobres. Un mes después murió arrepentido de sus culpas.
Y así llega a su fin esta escalofriante leyenda, que lleno de pavura los corazones de toda Nueva España; pero si alguna duda les queda o desena saber alago más, vengan una des tas noches al convento de la Merced, tal vez, cuando el silencio se unte en sus muros carcomidos, ustedes puedan oír otros detalles de las bocas de los muertos. ¿Quién es  el valiente?