domingo, 27 de octubre de 2013

El callejón de la Muertería (Hoy Tabaqueros)

El callejón de la Muertería, después llamado de Tabaqueros, fue el escenario de esta leyenda macabra, que parece mover los personajes con los hilos escalofriantes de ultratumba. Se llamaba a este callejón también de los Muerteros, porque en sus accesorías vivían fabricantes de ataúdes. Con frecuencia llevaban a esas funerarias cadáveres para que les hicieran su féretro a la medida; y cuando entregaban la caja con el muerto, podían observarse escenas macabras  en las que llevaban el féretro en una carretilla y pasar por la calle se escuchaba como la cabeza del difunto rebotaba en el interior de sus caja, dando una escena que les ponía los pelos de punta a los transeúntes. A estos espectáculos macabros se sumaba este otro: algunas gentes solían llevar a sus muertos hasta el fabricante de ataúdes, envueltos en sábanas y amarrados a una silla para poderlo cargar.
Espiridión Sepúlveda, notorio muertero de la colonia, era la representación física de la muerte, y todo aquel que iba quedaba sin ánimos de responderle a lo que dijera, pues aquel hombre complementaba su esquelética figura con una voz cavernosa y profunda. Así, ante los ojos sin vida del cadáver, el carpintero se daba a la tarea de fabricar el ataúd; y una vez que los terminaba, el mismo se encargaba de entregar el cuerpo con su ataúd. Hasta aquí las cosas parecían más o menos normales, este tétrica negocio del callejón de la  Muertería o de los Muerteros.
Pero la figura de Espiridión estaba rodeada de misterio, nadie sabía de donde había  llegado a la  Nueva España, nadie sabía cuántos años tenía; todos le habían conocido así de viejo, y siempre seguido por un perro flaco que parecía estar siempre mojado. La gente aseguraba que desde 1560 en que se levantaron las primeras casas del callejón, ya él vivía en aquella casa estilo mudéjar. De todos los muerteros, Espiridión era el que más trabajo tenía. ¿Acaso sería por su parecido extraordinario con la muerte? Más extrañas aún resultaban sus costumbres, pues cierto día cierto caballero le pidió a que fuera a su casa a tomarle medidas a un familiar muerto, y solo con una buena cantidad de oro aceptó, pues él tenía la firme costumbre de que le llevaran los cuerpos a su lugar de trabajo y llevarlos en el ataúd a casa de la familia. Pero antes de terminar aquel trato, la siniestra y profunda voz del muertero volvía a sonar para pedirle como condición al caballero de que mandara a uno de sus criados para que ocupara la caja en el trayecto, pues de su taller nunca había salido una caja vacía. Era así como la rara costumbre de aquel más raro personaje, era observada, y aunque no era cadáver lo que en su interior viajaba, no dejaba de escucharse aquel traqueteo siniestro. Así la caja era llevada al domicilio, y el muertero firme a sus costumbres del oficio, metió el cadáver en la caja y lo acomodó con cuidado.        
Después de ese trabajo, Espiridión Sepúlveda fabricó una ataúd que no podía ser más a la medida ¡porque era para él! Y esa misma noche, el caballero don Luis de Salamanca que había perdido a su madre, fue en busca del muertero; bajan del carruaje don Luis y su hermana Rústica, con el fin de mandar hacer el ataúd. Los dos personajes se acercan al taller, de donde escapaban raudales de luz rojiza, al entrar grande fue su sorpresa cuando encontraron un ataúd con cirios que le rodeaban; intrigados los hermanos fueron en busca de alguien y en el acto aparecieron los colegas de Espiridión. Tocó entonces a cuatro de estos hombres formar el cortejo fúnebre que llevó el ataúd hasta el cementerio de San Andrés, y como siempre, volvió a resonar hueca e impresionante la madera que guardaba el cuerpo alargado del muertero. Los enterradores cumplieron su triste cometido, mientras un coro grave de carpinteros rezaba algunas oraciones. Durante aquella época no se tomaban las precauciones de ahora, pues los cadáveres eran enterrados casi a flor de tierra.
Y de pronto se dejó escuchar un escalofriante crujir de madera y de repente al alumbrar al perro de Sepúlveda, aquel hombre vio como una esquelética mano salía del ataúd; el vigilante queda mudo de terror al ver como aquella figura emerge de la tumba, y sin poder resistir más cae desmayado.
El resucitado y fantasmal Espiridión se alejó por entre las tumbas a grandes zancadas, le seguía su perro, flaco y de pelaje hirsuto, que parecía eternamente mojado. ¡Par escalofriante que causaba miedo a cualquiera! Pasados algunos momentos, el vigilante se incorpora, pero ya no era el mismo, sus ojos extraviados parecía  no ver y su cerebro no entender en donde estaba. Se puso de pie y dando tropiezos por sobre las tumbas y cruces, buscó la salida de aquel recinto lúgubre. Instintivamente buscó el camino a su casucha, ante cuya puerta se detuvo para gesticular que había visto a la muerte; atraída por los gritos de su esposo, sale la mujer a averiguar, y Mateo el vigilante del cementerio, quedó ahí muerto de miedo a los pies de su esposa.
Al día siguiente, Espiridión estaba como de costumbre trabajando en su oficio de muertero, y dos mujeres que lo vieron salieron espantadas de ahí diciendo que era un fantasma; atraídos por los gritos salieron los carpinteros incrédulos de lo que decían, y presas de la curiosidad prefirieron ir a comprobarlo con sus propios ojos. El taller estaba abierto y escuchan el golpear del mazo sobre la madera, y al llegar advirtieron mudos de terror, que en efecto, allí estaba el muertero entregado a su labor, y si antes de “morir” era un hombre de pocas palabras, ahora parecía mudo. No habló, a sus colegas una sola palabra, se concretó a mirarles. Después, como si no hubiese visto a nadie, volvió a entregarse a su trabajo y los muerteros volvieron a sus negocios temblando de miedo.
Horas después llegaron dos caballeros que querían mandar hacer un ataúd para un amigo muerto en duelo, acto seguido Espiridión les mostró una caja recién terminada, y el muertero a toda pregunta que le hicieron solo movía la cabeza en sentido negativo y extendió la mano huesuda y sarmentosa para recibir la paga.
El regreso de Espiridión y su actitud extraña, provocó la consiguiente curiosidad y miedo de sus colegas y vecinos.  Así, entre hipótesis y asombro de los habitantes del callejón de la Muertería, se llegó el domingo;  las gentes salían de oír misa en el cercano templo, entre ellas iba don Gaspar de Oriandi, conocido prestamista, y un amigo que le acompañaba. Los dos caballeros con el fin de evitar un encuentro repulsivo con Espiridión, desvían  su camino, pero éste les acorta el paso. Silencioso, con un atrevimiento que propició la sorpresa, el muertero saca su cordón de medir y lo extiende de arriba abajo del amigo de don Gaspar. Aquella actitud extraña pensaron que se trataba solamente de una desagradable broma, más no fue así, pues esa misma noche, víctima de un “dolor de costado”, estaba muerto don Hernán en su casa en las calles de Balvanera.
Y fue el mismo don Gaspar, y la viuda quienes llegaron al taller de Espiridión a encargar el ataúd. Silencioso, como si fuese mudo, les señaló un ataúd terminado y para las preguntas no hubo respuestas, el muertero solo extendió su huesuda mano para recibir la paga ¡y nada más! Noches después Espiridión se encontraba frente a la casa de don Antonio de Aguilar, pues tenía un ataúd sobre su carretón, y no pasó mucho tiempo para que se dejaran escuchar en el interior de la casa, ayes y llantos de familiares y sirvientes.
En ese rostro agudo, anguloso y mortal, de quien ya vaticinaba muertes aparece una sonrisa de satisfacción; pasan los meses y su fama de ave de mal agüero, de cómplice de la muerte, crece. Por ese tiempo se habían instalado en el callejón de la Muertería algunas mujeres torcedoras de tabaco, que fueron quienes más festejaron, que fueron quienes más festejaron “el sentido mortal” de Espiridión.  Silencioso, espantable, sin parpadear siquiera el muertero se acerca a las mujeres con su cordón de medir, y presa del terror, una de las tabaqueras echa a correr tratando de huir de aquel hombre, pero pierde el paso y su cabeza choca contra las aristas de los escalones que daban acceso al canal y queda ahí.
Ante sucesos tan increíbles como inexplicables, tres caballeros van en busca de consejo con el padre Ramón, quien les dice que deben de ir a inspeccionar la tumba donde fue enterrado el muertero. Se dedican a investigar, preguntar y repreguntar, y tienen el testimonio de la esposa del vigilante que murió  de miedo. El padre Ramón, del templo de Jesús, fue entonces al ver al  muertero para preguntarle cómo había clavado su propio ataúd, y por primera vez desde que regresara de ultratumba, aquel siniestro personaje le responde que igual como clavará la suya. Acto seguido lo empuja a una caja y la clava. Momentos antes de amanecer, el barrio de la muertería, volvió a escuchar aquel macabro rebotar del cadáver sobre el empedrado de la calle. Era Espiridión que llevaba el cadáver del cura Ramón a entregarlo a su anciana hermana Hilaria ¿cómo había muerto el cura?  Nadie se preocupó por averiguarlo. Todos creían a pies juntillas que el muertero adivinaba, presentía quien iba a morir y nada más.
Todos le evitaban por temor a ser “medidos”, pero él siempre tenía el ataúd adecuado a quien moría; y así su casa y su taller fueron centro de atracción, temor y de consejas. Y un buen día desapareció Espiridión ¿Qué fue de él? Nadie logró saberlo. Simplemente se esfumó.
Y junto con el desapareció su siniestro perro, y su no menos tétrico carricoche. Años después se instalaron en ese callejón de la Muertería los tabaqueros, y luego árabes y judíos fabricantes de babuchas.
Pasados los años la casa estilo mudéjar de Espiridión se hizo más notoria, pues en ella habitó una nieta del cura Hidalgo, llamada doña Guadalupe. El callejón ya se llamaba por entonces de Tabaqueros, y la casa del macabro personaje estaba marcada con el número diez. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Los cementerios: el sitio del sueño eterno



Durante los días de muertos, siempre leemos u oímos hablar sobre las tradicionales ofrendas, sus elementos y significado, sobre todo de la prehispánica, pero ¿y los panteones dónde quedan? Acompáñame a conocer más sobre este tema.
Durante la época de la colonia fue por mucho tiempo costumbre sepultar en el interior de los templos, en las capillas, en los conventos y en el atrio de las iglesias; algunas instituciones más tenían un lugar especial para los entierros, como los hospitales, así podemos ver que un lugar especial para el descanso eterno del cuerpo no existía.
En 1779 hubo una terrible epidemia de viruela y para atender a tantos enfermos se recurrió a la ayuda de los particulares: se dividió la cuidad en dos zonas y para atender a cada una se nombró una comisión, una de esta zonas abarcaba desde la esquina del callejón del Ave María a la Plazuela del Rastro y de allí a la Guarda de San Antonio Abad , donde sirviendo de zanja y yendo hacia el Poniente, hasta la calle de Necatitlán y por esta misma acera hacia el Norte, hasta la Pila de la esquina del Ave María; esta zona estuvo a cargo de Don José de las Torres, Don Pedro Camdereche, Don Francisco de la Cotera y Don Juan Manuel González de Cossío, y según los datos que registran los cronistas, en la semana del 26 de noviembre al 2 de diciembre, hubo el movimiento siguiente:

Enfermos socorridos -------------------  403
Muertos --------------------------61
Convalecientes ------------------ 280
Existentes ------------------------ 62
SUMA -----------------------------403

Debido a esta epidemia, el señor Arzobispo Haro y Peralta improvisó  un hospital en el edificio de San Andrés, y como el campo que tenía era muy pequeño para enterrar, se decidió hacer un cementerio en un lugar cercano a la iglesia de Santa María la Redonda, llamado Santa Paula; fue bendecido por el mismo señor Arzobispo y lo entregó al hospital para su servicio.
En la víspera de la ceremonia de la bendición de los cementerios, se acostumbraba colocar   cruces de madera, siendo la mayor la del centro, y en cada una eran colocadas tres velas; durante la ceremonia el obispo se arrodillaba frente a la cruz principal, rezaba las letanías de los santos, esparce agua bendita en el cementerio y recita los salmos penitenciales, que consistía en elevar delante de la cruz oraciones que manifestaran la esperanza de la remisión de los pecados y de la resurrección de los muertos  y concluía con la bendición episcopal. Cuando el obispo delegaba sus facultades en algún presbítero, este hacía la bendición  pero con una ceremonia  menos solemne. Así, Santa Paula fue el primer lugar que existió en aquella época, destinado  para enterrar a los muertos.
Durante aquellos tiempo los testadores se preocupaban mucho de sus funerales y de su alma, esto podemos apreciar en los testamentos, por ejemplo en el de Juana de Sosa, esposa de Don Luis de Castilla, hombre prominente de la época cercana a la Conquista, en 1557 manda los siguiente: “Que le digan misa cantada de réquiem y que la entierren en la capilla que contiene el monasterio de Santo Domingo, que la acompañen  en el entierro cuatro curas de la Santa Iglesia. Ordena que se le digan cien misas en Santo Domingo, cincuenta en San Francisco, cincuenta en San Agustín y cien por las almas de sus deudos difuntos, en las iglesias que elijan sus albaceas”.
Los entierros eran hechos con mucha solemnidad; al morir una persona doblaban las campanas, dando tres toques para los hombres y dos para las mujeres, cinco por los sacerdotes y por los religiosos y más por los papas, cardenales, entre otras autoridades más.
El párroco iba a la casa del difunto acompañado de otras personas, con la cruz y el agua bendita, ordenándose la procesión al salir de la siguiente manera: Al frente iban las cofradías de los legos, después la cruz, luego el clero regular y detrás el secular, todos acomodados de dos en dos y cantando los salmos, en seguida de este acompañamiento iba el párroco, después el féretro llevado en hombros y por último los dolientes particulares, llevando todos velas encendidas.
Al salir el cadáver de la casa comenzaba a doblar las campanas hasta que la comitiva llegaba a la iglesia en donde se celebraban las diferentes ceremonias, según fuera la hora, y terminadas estas, el difunto era llevado  al sepulcro, acompañado de los clérigos que cantaban la antífona. Al llegar se bendecía la sepultura y se procedía al entierro, y con las velas apagadas se regresaba en el mismo orden a la iglesia.

domingo, 13 de octubre de 2013

Iglesia de Porta Coeli

Desde la llegada de los domínicos a tierras mexicanas en el año de 1526, quisieron como toda orden religiosa que se preciara, fundar su iglesia y su convento, pero por diversas circunstancias no lo lograron hacer, hasta que por fin el gobernador Alonso de Estrada les cedió unos terrenos en donde levantaron el convento principal, terminándolo en el año 1590.


domingo, 6 de octubre de 2013

La calle de la Machincuepa (Hoy Tercera de la Soledad)

De esta singular y curiosa historia, algunos han dicho que si sucedió en realidad, y otros más dicen que es puro cuento, pero lo sí es seguro, es que es una de las leyendas más importantes y emblemáticas de nuestro Centro Histórico. ¿Me acompañas en este viaje?
Durante la época de la Colonia vivió  cierto caballero llamado Don Martín Arellano, quien era muy afecto a comer abundantes banquetes que disfrutaba con singular alegría; pero llegó un día en que hizo un enorme disgusto por cierto negocio, lo que le provocó una embolia cerebral que lo dejó para el resto de sus días postrado en una silla y sin casi poder hablar, el pobre hombre apenas podía comer y medio hablar; lo peor del caso fue que los médicos le prohibieron comer todos aquellos suculentos manjares de los que tanto disfrutó en algún tiempo, esto por temor de que fuera a repetirse la enfermedad. El infeliz señor no encontraba consuelo y paz en su alma, todo lo deseaba  y anhelaba, y finalmente comprendió que aquella salud de hierro de la que tanto gozó jamás volvería a su cuerpo.
Don Martín nunca contrajo nupcias, pero siempre llevó una vida recatada y limpia, lejos de cosas ilícitas, ocupándose solo de sus negocios mercantiles, siendo todo su tráfico y trato el de la seda, dándose muy buena vida con las ganancias que obtenía, pues con el paso de los años llegó a amasar una fortuna bastante cuantiosa, también se convirtió en dueño de varias casas en las mejores calles y fincas rústicas, con las que obtenía grandes utilidades.
Todo lo que Don Martín tenía de ser un exitoso hombre de negocios, su hermano en cambio siempre fue torpe, inútil y acomplejado; argumentado siempre que la suerte estaba en su contra, pues cosa que el emprendía siempre le salía mal, llevándolo su mala estrella siempre hacia el fracaso. Sucedió entonces que se le muere la esposa  de la epidemia de cocolixtle, quedando el pobre hombre sepultado en la tristeza de su ausencia, dolor que lo consumió poco a poco llevándolo a entregar su alma por unas recísimas calenturas; pero aquí no acaba la historia, pues dejó a su hija Trinidad huérfana, a quien don Martín acogió con mucho cariño en su casa, llegando a ser con un segundo padre para ella.
Pero esta muchacha era altiva, dura, cruel, siempre empedernida y obstinada en su orgullo, los regalos y caricias de su tío no ablandaban su cruel corazón. De los criados se hacía temer con malos modos. A todo mundo trataba con altiva descortesía, pero con don Martín se ensañaba más que con nadie, siempre lo veía con gesto torcido airado, le hablaba solo con desprecio y alejamiento; el buen hombre le hablaba y ella solo respondía dándole la espalda, jamás le daba contestación a sus preguntas y si alguna vez llegaba a hacerlo, le respondía con palabras cortantes.
La gente al ver este comportamiento, comentaba que don Martín no era quien le daba cariñoso amparo, sino que ella era “la que favorecía al don Martín”.
El dinero que despilfarraba en lujos doña Trinidad salían de la generosa bolsa de su tío, quien jamás le puso límites a sus gastos, todo lo contrario, pues le complacía verla crujir sedas, arrastrar brocados y resplandecer joyas, andando siempre llena de adornos y ropa muy costosa, parecía arbolito de Navidad. La arrogante damita quería vestirse con la mayor suntuosidad que las elegantes de México, lucir y ser admirada, saliendo cada día con nuevas y vistosas galas desvaneciéndose en un rico vestido, lleno de esplendor y lustre. Cuidaba hasta el más mínimo detalle de su arreglo personal: maquillaje perfecto, los rizos bien acomodados, perfilarse las cejas, pulirse el lunar, curarse las manos con cebillos olorosos para aumentar si deliciosa tersura; dando como resultado a la vanidad en su estado más puro.
Doña Trinidad solo vivía para darle rienda suelta a su vanidad y para molestar en todo momento a su pobre tío, quien generosamente le tendió la mano para sacarla de la miseria en que había vivido con su padre. Y por si esto fuera poco, a la altiva damita disfrutaba que la llenaran de halagos y alabanzas, que con el dinero que tenía nunca le faltaban; llegando a quedar embriagada de presunción, ya quería casi competir con las estrellas.
Y los habitantes de la Capital se preguntaban ¿Qué iba a pasar con los bienes de Don Martín?, ya que el buen hombre no tenía más herederos que si soberbia sobrina, y por esa razón a la dama no le faltaban pretendientes que le cantaran melosamente al oído, pero a todos los despedía por igual haciéndoles crueles burlas; así todos los que aspiraban a enamorarla salían con el rabo entre las patas, pues su orgullo no toleraba esta clase de cortejos, viéndolos como algo insignificante, valiendo lo que una pelusa o un comino, y los tenía por tontos y mentecatos.
Por donde quiera que esta muchacha pusiera sus pies, sembraba malas voluntades; tal parecía que el hecho de ganarse el odio de la gente le causara cierto placer, en especial le gustaba manifestar este sentimiento hacia su pobre tío, el simple hecho de verlo  hacía que le hirviera la sangre, y cualquier pretexto era bueno para decirle frases cargadas de crueldad y abominables groserías; siendo que don Martín lo único que recibía era bondad, cariño, bienes y ternura constante.
El buen hombre se iba consumiendo poco a poco en aquella tristeza, pues sin razón alguna la frívola y tonta de su sobrina lo único que hacía era despreciarlo, le dolían como terribles heridas aquellas palabras cargadas ponzoña y maldad. En el corazón de doña Trinidad no existían los sentimientos de la caridad, la prudencia y el agradecimiento.
Entre la tristeza que tenía embargada el alma de don Martín, un día salió de sus pensamientos melancólicos y esbozó una amplia sonrisa, se quedó meditando durante un rato y soltó una estridente carcajada; con esta alegre risa solicitó que lo colocaran frente a una mesa para hacer su testamento, y estuvo batallando durante bastante tiempo porque se le dificultaba escribir. Una vez terminado, enrolló el pergamino cuidadosamente, lo lacró por varias partes, le puso un sin número de firmas, rúbricas y sellos con estampilla; al hacer todas estas operaciones, lo único que hacía el señor era sonreír. ¿Qué maquiavélica idea se le habrá ocurrido?

Mandó llamar a un escribano y le entregó su última voluntad. Durante todo el día continuó riéndose, argumentando que solo era gozo venido del cielo.
Doña Trinidad continuó tratando a su tío como a un trapo viejo, despidiendo pretendientes y ostentando sus lujos a toda hora del día; el corazón le daba vuelcos de emoción con solo pensar que la fortuna de su enfermo tío iba a pasar a sus manos, y lo mejor de todo es que no iba a tardar mucho en morirse, debido al mal que había venido de súbito y los malos tratos que recibía de ella.
Y como no hay día que no llegue ni plazo que no se cumpla, por fin llegó el día en que don Martín de Arellano entregó su alma al creador. ¡Por fin doña Trinidad era la dueña absoluta de todo!
Días después fue abierto el testamento, y al escuchar lo que decía, la dama sintió que se moría del berrinche, gritó y pataleó hasta que se cansó. Don Martín la dejaba como dueña absoluta de la fortuna, pero la condición para tomar los bienes en posesión, era que con el más lujoso de sus tajes y las más esplendorosas joyas, fuera a la Plaza de Santo Domingo, en donde se alzaría un tablado para que ahí hiciera una voltereta  en el aire o mejor conocida en México como manchincuepa. A doña Trinidad casi le da un soponcio al oír que tendría que hacer semejante cosa, y más cuando el notario le dijo que si se negaba a hacer la maroma, perdería toda su herencia y pasaría a manos de conventos de monjas y frailes. Con la mayor rabia del mundo le echó feroces maldiciones a su tío, vertía ponzoña por la boca, prefería morir antes de soportar semejante humillación en público.
Días después, cuando se le hubo pasado un poco el coraje, comenzó a analizar la situación con la cabeza fría, poniéndolo todo en una balanza: Si hacía la voltereta, iba a tener que soportar la humillación y las burlas, pero por el otro lado iba a tener las riquezas para toda la vida; y si se negaba tendría que volver a ser pobre y de paso todos se burlarían grandemente de ella. Su temor a la miseria pudo más que todo y tragándose su ego y su orgullo aceptó a dar aquel espectáculo, claro que sin olvidar echarle de maldiciones a su tío a todas horas. Se mordía las manos de despecho y lloraba de puro coraje.
El tablado se alzó en el lugar antes mencionado, y la noticia corrió como pólvora por toda la ciudad. La gente comenzó a llegar metiéndose por las casas y dando muerta de risa, la Plaza de Santo Domingo se llenó en su totalidad, no cabía ni un grano de arroz; desde ventanas, balcones y azoteas se arracimaba la gente, curiosa de presenciar la humillación de aquella mujer que se creía superior a todos. De repente aparece Doña Trinidad con un gran traje de capichola verde – mar bordado  con flores de oro, lleno de trepas de encajes y brilladoras ondeas de galones; de su pecho muy levantado salían las luces de las joyas, las había también en su cuello, orejas, pulsos y dedos.
Subió al tablado con pasos firmes y decididos, derramando desprecio en su mirada; procedió a inclinarse hasta no poner en el tarimón la cabeza llena de rizos, plumas y lazos con pedrería, y echando rápidamente los pies hacia arriba dio con mucha soltura una voltereta envidiable. Después de trazar sus piernas ese semicírculo, cayó de espaldas con ruidoso batacazo entre un confuso rumor de sedas estrujadas. Se levantó roja de rabia, escuchando las carcajadas de la multitud que parecían interminables, y no hubo una sola persona que no hiciera burla, escarnio y mofa por un largo tiempo.
Se cuenta que doña Trinidad estuvo ensayando días antes la susodicha voltereta para darle ligereza en el cadalso para acabar rápido la oprobiosa humillación, y todo por no enfrentarse a la miseria. Mostrando una braveza grande y mordiendo sus joyas, se subió a su carruaje echando fuego por los ojos y abanicándose sin cesar. Se encerró en su casa ciega de enojo, no podía ni hablar, no volvió a salir jamás. Al verse sola y despreciada, decidió vender todo lo que tenía y se fue sin que se supiera cuando, unos decían que se había marchado a la Tierra Firme y otros más que a Castilla del Oro. La altiva y desdeñosa dama se marchó, pero la calle en que estuvo su mansión se le llamó a partir de entonces como la Manchincuepa, la que echó interesadamente ante todo México para retener una suculenta fortuna.


domingo, 29 de septiembre de 2013

La casa de los Jáuregui


Esta leyenda sucedió en la calle de Mecateros, que hoy en día es la séptima del 5 demayo; para darle amplitud a esta calle fueron derribados en 1881 los callejones del Arquillo y Mecateros.
En el estrecho callejón de Mecateros hubo una vieja casona que los vecinos llamaban como “la de los Jáureguis”, la cual constaba  de un portón clavado con piedra armera, amplios balcones salidizos, fornidas rejas de fierro de Vizcaya y gruesos canalones. La casa tenía un aspecto lúgubre y sombrío.
Corría el tiempo en que la Reforma estaba en su estaba su apogeo, y a esta vetusta casona fueron a refugiarse unas monjas que tuvieron que huir debido a que su convento fue arrasado por los liberales. Las dueñas de la casa eran unas mujeres mayores que llevaban una vida de recogimiento y oración; las monjitas que fueron recibidas llevaban una vida muy agradable por los cuidados que recibían de aquellas buenas mujeres que les tendieron la mano. Con mucho fervor y entrega, las religiosas elevaban sus oraciones  y se dedicaban a hacer lo que mejor sabían: dulces y deliciosos pasteles.
Sus vidas en aquel lugar corrían tranquilamente, hasta que cierta noche, todo se vería alterado por una misteriosa e intrigante visita. Como era costumbre, las monjas se encontraban en una estancia acondicionada de oratorio rezando los maitines, en ese momento entra en la habitación una mujer ataviada de negro de pies a cabeza, llevaba una vela encendida en la mano y en su pecho podía apreciarse un hermoso collar de rubíes; cruzó la estancia  y se arrodilló silenciosa entre las religiosas apretando fuertemente contra su pecho un pequeño bulto, termina la hora del rezo, se levanta, da un profundo suspiro y sale de la habitación así como llegó. Las monjas intrigadas pensaron que tal vez se trataba de una de las señoras de la casa.
La siguiente noche a la hora del rezo vuelve a entrar aquella misteriosa mujer a la estancia, siempre con el rostro cubierto por un grueso manto, su vela encendida y el pequeño fardo en los brazos; se arrodilla e inclina, permaneciendo en esta posición  todo el tiempo; llega la hora de término de los maitines y sale con paso lento. Así noche a noche sigue asistiendo la dama puntualmente, entrando silenciosa y saliendo del mismo modo, solo que algunas veces podía oírsele suspirar, su suave caminar hacia que pareciera que flotaba.
Las monjas comenzaron a extrañarse por la asistencia de la dama enlutada, ya no pensaban que fuera una de las señoras de la casa, pues eran bajas de estatura y regordetas, en cambio la mujer misteriosa era delgada y muy alta; tal vez era una amiga de ellas o una vecina. Intrigadas las monjas fueron a preguntarles a las dueñas de la casa por la visita misteriosa que tenían noche a noche, a lo que ellas les respondieron que con los tiempo tan revueltos que corrían, lo mejor era tener cerrado el portón, nadie más entraba de la calle. Con aquella noticia, todas comenzaron a inquietarse, un temor las comenzó a llenar de sobresalto. ¿Quién era aquella mujer?
Al caer la noche las devotas señoras asisten curiosas al rezo nocturno. A la hora de siempre llega la dama enlutada con los mismos aditamentos que trae a diario, termina el maitines y sale de la estancia como si flotara en el piso, pero al llegar a la puerta levanta el rostro, y lo poco que se podía adivinar tras el grueso manto era un rostro pálido por el que rodaban lágrimas, cubierto por un caballo lacio y aceitoso; una ráfaga de viento le abre el manto y se alcanza a apreciar que el bulto que trae pegado al pecho se trata nada de menos que de un niño dormido. La mujer misteriosa caminó hasta el fondo del pasillo hasta perderse en una habitación, pero el  problema es que esta llevaba muchísimo años cerrada, y lo único que se guardaba ahí eran muebles viejos de desecho. Las mujeres se apresuraron a buscar la oxidada llave de la estancia, se dispusieron a abrir la puerta cubierta de telarañas, la cual dio muchos trabajos para que finalmente cediera; al entrar en el lugar se encontraron con unos asustados ratones, olor a ranciedad y abandono. El temor invado a las mujeres, que no dejaban de santiguarse y diciendo con voz ahogada: ¡Ave María Purísima!
La suerte de las monjas cambiaría al día siguiente, pues ya se sabía dónde estaban escondiéndose e iban a ir por ellas para llevarlas presas junto con las señoras que les dieron asilo; al enterarse de que iban a ser apresadas todas salieron como alma que lleva el diablo. Poco tiempo después regresaron las dueñas de la casa y volvieron a ver a la dama enlutada, incluso una noche la escucharon llorar con largos y lastimeros gemidos. No soportaron más esta situación y decidieron vender el inmueble.
El comprador fue el bibliófilo don José Herrera, quien era un hombre escéptico que no creía en aparecidos ni en cosas por el estilo, pues le contaron que en su nueva morada había duendes y ánimas en pena, a lo que él respondió con una sonrisa incrédula. Pasó el tiempo y compró unos hermosos muebles para darle su toque personal a las habitaciones; todo era perfecto para el caballero, pero una noche todo esto cambió cuando escuchó un persistente llanto al pie de su cama, acto seguido encendió la luz y el lloro se fue alejando poco a poco hasta que se apagó por completo. Don José quedó muy inquieto sin poder conciliar el sueño durante el resto de la noche.
El pobre hombre ya no sonreía desde ese día, todo el tiempo apretaba contra su corazón la foto de su novia, doña Guadalupe Gutiérrez Vázquez, para de este modo darse ánimos.
Días después, en otra noche escuchó que alguien arrastraba un pesado cuerpo por todas las habitaciones, acompañado por gritos de angustia. El señor se levantó y registró toda la casa sin encontrar absolutamente a nadie, todas las puertas estaban cerradas. ¿Quién las abriría para que entraran a arrastrar aquel cuerpo? ¿Quién gemía? ¿Quién volvió a cerrar la puerta? Y como en la ocasión anterior, se volvió a escuchar aquel llanto así como venía de la nada, desaparecía  de igual forma.
Don José estuvo durante varios días pensando en porque eran aquellos sucesos, hasta que por fin se le ocurrió algo bastante descabellado: había dinero enterrado en la estancia donde desaparecían los sollozos ¡Claro que sí, esa era la razón! ¿Cómo no se le ocurrió antes?
NI tardo ni perezoso esa misma tarde quitó las tablas del suelo y comenzó a cavar muy afanoso, mientras hacía su labor pensaba en todo lo que iba a poder comprar con aquel tesoro que descubriría, en ese momento apareció ante sus ojos una dama vestida de negro con el cabello enmarañado sobre su rostro, un niño en los brazos y sosteniendo una veladora, a la luz de la llama se podía ver como los rubíes brillaban con un aire siniestro. Sin mover los labios y con una voz honda que se escuchaba muy lejana, le dijo al caballero: “Aquí ni hay tesoro alguno; y lo que hay tú no has de descubrirlo. No escarbes más”.
La mujer se alejó lentamente dando un largo sollozo antes de desaparecer. Don José se quedó con la boca abierta y parpadeando atónito, petrificado de miedo. Ese mismo día abandonó la casa y la poco tiempo la puso en venta.
Para los trabajos de apertura de la calle de 5 de mayo en 1861, fueron derribadas la Casa de la Profesa y el Convento de Santa Clara, y en 1881 el Ayuntamiento acordó echar abajo las casa del lado Sur de los callejones de Mecateros y del Arquillo; el segundo se llamaba así porque se entraba por el por un arco de piedra, antes se le llamó de la Guardia por estar a un  lado de la guardia del palacio de Hernán Cortés; al primer callejón antes mencionado se le dio este nombre porque los cordeleros tenían ahí sus tiendas. Durante los trabajos de demolición fue tirada la casa de los Jáuregui, debido a que llevaba muchos años abandonada, pero al echar abajo uno de sus muros los trabajadores se encontraron con una momia emparedada con las características de aquella dama enlutada que noche a noche se manifestaba en la casa. ¿Por qué tuvo ese final tan horrible aquella mujer? Sigue leyendo.
La historia nos cuenta que en cierta casona amueblada con los más lujosos muebles, los mejores tapices, las mejores vajillas de plata y porcelana blasonada; vivía doña Inés de Jáuregui, dama grácil, alta, afable y de largas manos blancas. La vida de esta mujer cambiaría para siempre cuando en una fiesta de estafermos conoció a cierto caballero, el cuál se caracterizaba por sus destrezas y su infinita arrogancia; doña Inés quedó impactada mirándolo por largo tiempo a este hombre, quien llevaba por nombre don Pedro Solares. Sus miradas se cruzaron con singular encanto, después estas pasarían a convertirse en amor y esto lo confirmaba el temblor de las manos de las despedidas.
Pasó el tiempo y llegó la tan esperada fiesta de bodas, la pareja recién casada vivía en su pequeño mundo en que todo era perfecto y feliz, pero como nada es para siempre, poco a poco se empieza a acabar aquella alegría y empiezan a aflorar los caracteres tal y como son: el de ella dulce, con un toque de enérgica obstinación; el de él, áspero, autoritario y cruel.
Don  Pedro Solares siempre fue un libertino que solo se ocupaba de satisfacer sus apetitos y sus vicios; la prueba más palpable de  este abuso fue que la fortuna que le dejaran sus padres le duró el día y la víspera. Este hombre era de costumbres infames y ruines, tenía el alma tan podrida, que cuanto caía a su pensamiento se le corrompía al punto, era borracho, pendenciero y muy jugado; pasaba los días dándose gusto en cuanta taberna y mesón encontraba, siempre lleno estos locales de gente de la peor calaña.
Don Pedro le fingió amor a doña Inés para poder desposarse con ella apoderarse de su cuantiosa fortuna, y no tardó mucho en empezar a derrochar los bienes de la pobre mujer, llegando a gastar en un día más de lo que adquirieron en un año largo los padres de la esposa; e esta la engañaba diciéndole que era para hacer negocios y aumentar la fortuna para tener el pretexto de meterle mano al dinero, invirtiendo según el en productivas hipotecas, compra de tierras y casas. Así se fue aquel patrimonio, sin que nunca llegaran las tan esperadas ganancias, pero lo que si llegaron fueron las discusiones, los pleitos, los malos tratos; a doña Inés le esperaban largos de días de sufrimiento junto a aquel vicioso.
Pasó el tiempo y arribó a este mundo un niño, pero en vez de traer alegría como en toda familia que se preciara, traería un terrible desenlace para la madre primeriza ¿Cómo terminó doña Inés? Sigue leyendo.
La mujer decidió negarse a las exigencias monetarias de su marido, pues lo poco que le quedaba sería para asegurar el futuro de su hijo. Ante tal decisión Don Pedro montó en cólera y pocas fueron las palabras y los golpes para descargar su ira hacia aquellos dos seres inocentes condenados a la desgracia.
Cierta noche el esposo vio que del cuello de su mujer pendía un hermoso collar de rubíes, a lo que quiso apoderarse de la joya, pero ella opuso resistencia; las malas palabras no se hicieron esperar la igual que los golpes. Amenazó a doña Inés de dar muerte a su hijo, ella lo apretó contra sus brazos. Don Pedro ciego de rabia, la arrastró hacia un hueco que había en la pared, metió a empellones afianzándola al muro con cuerdas atadas en alcayatas para que no pudiera salir, y empezó el siniestro trabajo de emparedarla, cubriendo el hueco lo más rápido que pudo.
Doña Inés gritaba con los ojos desorbitados, y el lleno de furor ni siquiera la veía, echaba argamasa y afianzaba piedras y más piedras. La pobre mujer estaba ronca de tanto gritar, se retorcía desesperada queriendo desasirse de aquellas cuerdas que la tenían prisionera, sus aterrados ojos veían como poco a poco las hileras de ladrillos iban subiendo, desesperada pedía le decía a don Pedro que tomara todos sus bienes y que la dejara vivir, a lo que él hizo caso omiso. Con enorme angustia veía como los ladrillos iban subiendo, primero a las rodillas, después a la cadera, luego rebasaba el pecho, posteriormente la cabeza y por último la oscuridad total.
Doña Inés finalmente quedó tapiada y lo único que se escuchaba desde el exterior era una voz débil y apagada. El llanto ya había cesado, el silencio reinó llenando a la casa entera de este ambiente, el cual solo fue quebrantado por una distante campanita de un convento.
Don Pedro se desenfrenó como nunca en sus vicios y al poco tiempo murió apuñalado en una bulliciosa mancebía de la calle de las Gayas.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Los nombres de las calles a través de la historia


Después que la cuidad de Tenochtitlán quedara en ruinas, arrasados uno por uno los teocallis y edificios; después el lugar sería abandonado debido al insoportable hedor que despedían mil cadáveres, y todo el tiempo permanecían encendidas unas enormes luminarias para que purificaran aquel hedor; hubo que dejar pasar 5 meses para comenzar a levantar lo que sería la capital de Nueva España. Pero fue tan fácil, ya que el dilema era en que sitio se levantaría la ciudad, algunos conquistadores decían que en Coyoacán, otros que en Tacuba, otros más en Tetzcoco, pero sobre todos ellos prevaleció la opinión de Hernán Cortés, que dijera: “ Que pues esta cibdad en tiempo de los indios avía sido señora de las otras provincias a ella comarcanas que también hera razón que los fuese en tiempo de los cripstianos e que ansí mismo decía que pues Dios Nuestro Señor en esta cibdad avía sido ofendido con sacrificios e otras idolatrías que aquí fuese servido con que su santo nombre fuese onrado e ensalzado más que en otra parte de la tierra”.
La limpieza del terreno y la titánica tarea de levantar la cuidad comenzó entre finales de diciembre de 1521 y principios de enero de 1522, pues esta evidencia se encuentra asentada en un carta de D. Hernando al Emperador Carlos V. El trabajo fue grande y pesado, ya que hubo que remover todos los escombros, tirar algunos muros que todavía quedaban en pie, terminar de destruir ídolos, cegar fosos y canales y levantar lo que se había demolido.
Una de las primeras medidas que tomó el Ayuntamiento para darle forma de Nueva España, fue empezar con la traza de la cuidad, en donde la gente podría saber en donde iban a estar ubicadas las plazas, las calles, en que terrenos podrían levantar sus casas los nuevos habitantes, los lugares en que se ubicarían las Casas de Cabildo, la fundición, la carnicería, la horca y la picota, elementos necesarios en la sociedad de aquella época.
El perímetro que delimitaba el plano de la cuidad, estaba ubicado hacia el norte, donde todavía podemos encontrar las calles del Carmen, Apartado, Pulquería de Celaya, Puerta Falsa de Santo Domingo, Espalda de la Misericordia, Cerca del San Lorenzo hasta el Puente del Zacate: hacia el poniente por esta última calle y las Rejas de la Concepción, Puente de la Mariscala, Santa Isabel, San Juan de Letrán, Hospital Real, 1°, 2° Y 3° de San Jerónimo, Cuadrante de San Miguel, Buena Muerte y San Pablo, y hacia el oriente, por las de Muñoz, Curtidores, la Danza, Talavera, Santa Efigenia, Alhóndiga, calles de la Santísima, hasta el callejón del Armado.
Una vez que la traza fue una realidad, se hizo la repartición de los solares para todos aquellos que quisieron avecindarse, tocando uno a cada vecino, con l obligación de edificar, y dos a cada conquistador, Hernán Cortés se adueño de muchos y distribuyó para que edificasen sus amigos, criados y todo persona cercana a el.
La construcción de las primeras casas fueron hechas por los indios vencidos, que no recibieron retribución alguna y muchos murieron en aquella labor; pero eso si, la ciudad se empezó a levantar rápidamente como por arte de magia. Las primeras casas tenían el aspecto de una fortaleza, con pesados y gruesos muros, troneras y torres, escasas y bajas puertas hacia la calle; y por dentro enormes patios, habitaciones, cuadras para caballos, cuartos para sirvientes, chozas para esclavos e indios. El material de construcción fue cal y canto, especialmente el tezontli, las azoteas planas, cuyas gruesas vigas eran de cedro.
Poco a poco las calles comenzaron a tomar forma, pero pocas tenían nombre y para que los vecinos pudieran ubicarlas, por ejemplo: tal persona vive a las casas de Alvarado, del Bachiller Alonso Pérez ó junto a los solares de Casanova, de Grijalva, de Melchor de San Miguel. También muchas otras calles como la de Tacuba, Atacauba ó Tlacopan y la de Donceles que existen todavía con sus primeros nombres; la de las Atarazanas, los Bergantines hoy Santa Teresa, Hospicio de San Nicolás y Santísima, la calles de Itztapalapan, que comenzaba en Flamencos y se extendía hasta la del Reloj; la de la Celada, desde Zuleta hasta la Merced; la del Hospital, ahora de Jesús y la de la Guardia, Real, Zalapa, Juan Ceciliano, y Benito Bejel, que se ignora a cuáles corresponden.
También la cuidad tuvo tres mercados: el de la plaza mayor, en la de Tlatelolco y entre Santa Isabel y la Alameda, llamado este último Tianguis de Juan Velázquez. Así es como lentamente la cuidad colonial comienza a tomar forma en sus primeros años de existencia.

sábado, 14 de septiembre de 2013

La piedra parlante


Transcurría el reinado de Moctezuma sin pena ni gloria, y un buen día se dio cuenta de que no había hecho labor alguna que preservara su memoria para la posteridad; entonces se le ocurrió mandar labrar una imagen de la diosa Cihuacóatl para ser colocada en el templo de Huitzilopochtli, que fuera de tamaño mayor y dos codos más alta que la que allí se encontraba. Así, los canteros y albañiles de los cuatro barrios de Teopan, Moyotlan, Atzacualco y Cuepopan, fueron a buscar un pesada piedra que para que labrasen una piedra como la que estaba arriba del Cú del Huitzilopochtli, excepto que debía ser mayor con una braza más de ancho y dos codos más alta.
Después de caminar durante un largo tiempo, al fin la encontraron  adelantito de Ayotzingo en Acolco, la midieron conforme les fue ordenado, tuvieron que ir después de diez a doce indios para sacarla de donde estaba para ponerla en un razo para labrarla; una vez que fue bajada llano comenzaron a darle la forma, los de Chalco les daba de comer a los canteros, pero después se acabaría porque en la ardua labor había treinta oficiales con picos de pedernal. Cuando la imagen fue terminada se le dio inmediatamente el aviso al rey Moctezuma y fueron para traerla todos los chalcas, chinampanecas y de Nauchteuctliu; y como la traían con tanto ruido por el gran peso, la llevaron hasta Iztapalapan, donde descansaron los indios dos o tres días, pero el día que iban a entrar a Tenochtitlán, Cihuacóatl hizo llamar a los chocarreros que eran los bailarines del palo cuauhtlatlazque o quahuilacatzoque, a los viejos cantes de teponaztli (instrumento de percusión) y a los sacerdotes con cornetas y atabales; y para que trajeran a la brevedad la escultura, los mayordomos fueron enviados para que llevasen de comer a los canteros y los principales que la traín, que tomaran su desayuno al alba, comieran a las nueve y merendaran a las tres.
Los perfumadores o sahumadores, que se les llamaba tlenamacaque, se dispusieron a ir donde se encontraba la imagen, llevando mucho copal blanco, grande y ancho, mantas ricas y pañetes, catles y cotaras; pero antes de partir la piedra  cortaron cabezas de codornices y empezaron a untarla de sangre y a sahumarle, después vinieron los bailes y cantos típicos. A pesar de todos estos estos rituales religiosos, se dieron cuenta que conforme iban avanzando era más difícil avanzar, era como si la piedra tuviera vida propia y se resistiera a que se la llevaran  a Tenochtitlán; ante tal extraño acontecimiento, fueron algunos indios a darle la noticia a Moctezuma.
En el segundo intento trataron de trasladar la imagen, pero con resultados infructuosos, y para ayudar en esta labor fueron enviados  todos los tecpanecas, serranos, montañeses, Chiapan, Xilotepec, Xiquipilco, Huatitlán, Mazahuacán; una vez que llegaron todos, finalmente lograron arrancar a la piedra del sitio donde estaba tan afianzada, pero en ese momento ocurrió algo que ninguno de los ahí presente esperaba: ¡la piedra habló! ¿Y qué dijo? Sigue leyendo.  “Por más que hagáis “, todos se quedaron mudos y la piedra prosiguió: “¿Que me queréis llevar? Pues no me he de rodar para ir a donde me queréis llevar”, lo presentes ignoraron sus palabras y continuaron con las labores de traslado, pero la imagen no tardó en protestar nuevamente: “Pues llevadme que acullá os hablaré”. 
Después de una larga y cansada jornada llegaron hasta  Tlapitzahuayan, y acto seguido fueron un  principal y un cantero  a dar aviso al rey de lo acontecido con la piedra protestona. Una vez que llegaron y le relatarle a Moctezuma lo sucedido, este pensó que los hombres estaban borrachos o que habían perdido y el juicio, mando a llamar a su mayordomo Petlacalcatl y le ordeno que mandara presos a ese par de mentirosos. Moctezuma envió a seis principales a gran prisa para que averiguasen que era lo que pasaba, los que arrastraban la pesada carga les contaron a estos exactamente la misma historia, y  ese momento la piedra habló: “Por más que hagáis no me llevaréis”, “Pues llevadme, que acullá les diré lo que será “. 
Los mensajes regresaron con la misma versión de los hechos y su testimonio sobre la piedra que hablo, a lo que el rey ordeno al mayordomo que soltara a los prisioneros; Moctezuma mandó a estos últimos que a que llamasen a todos los de Aculhuacán, Chinampanecas y Nauchteuctli para que fuesen a traer la piedra. Una vez que llegaron todos, lograron llevarla hasta Techichco, y para que la piedra se sintiera motivada de llegar a su destino final, los indios comenzaron traer cornetas y a cantarle, después comenzaron a tirar de ella, el trabajo se volvía cada vez más difícil conforme avanzaban, a lo que la piedra volvió a hablar: “¿No acabáis de entender vosotros? ¿Qué me queréis llevar? Qué no he de llegar a México,; decidle a Moctezuma ¿Qué para que me quiere? ¿Qué, qué aprovecha que tengo que hacer allá, y que vaya a donde tengo que estar arrojada? Que ya no es tiempo de hacer lo que ahora acuerda, que antes lo había de haber hecho, porque ya ha llegado su término de él, ya no es tiempo, y el Moctezuma ha de ver por sus ojos lo que será presto, porque está ya dicho y determinado, porque parece que quiere aventajar a Nuestro Señor, que hizo el cielo y la tierra, más con todo, llevadme que allí será mi llegada, ¡pobres de vosotros! Vamos caminando”.
La gente arrancó nuevamente a la piedra de su lugar, sin dejar de tocar las cornetas; llegaron a Tozititlán junto a la albarrada de Santiesteban, donde pasaron la noche. Nuevamente fueron a llevarle el mensaje de la piedra a Moctezuma, el rey quedó muy intrigado y pensativo sobre lo que les deparaba el futuro, pero finalmente decidió mandar sacerdotes para que le hicieran sacrificios de codornices, la llenaran de sahumerio, todos los viejos teponaztli fueron a cantarle y bailarle, para que así se entusiasmara aunque fuera un poquito.
Pero cuando llegaron al puente de Xoloco y estando justo a la mitad, la piedra dijo: “Hasta aquí ha de ser y no más”, dicho esto el puente se quebró cayendo  junto con los que la llevaban jalando, algunos perdieron la vida y otros más lograron escapar a nado. Los sobrevivientes corrieron a darle la noticia a Moctezuma. El rey fue a ver con sus propios ojos lo que había sucedido,  una vez que regresó a su palacio mandó llamar a los principales y los envió a Xochimilco, Cuitláhuac, Mízquic y Tlacochcalco para que reclutaran a los mejores buzos, y fueran a  averiguar al fondo de las aguas en donde estaban la piedra y la gente que se llevó consigo.
Moctezuma también fue al sitio acompañado de una sombrerera o quitasol al medio día, vio como ocho de los buzos se metían a las claras y cristalinas aguas, donde estuvieron aproximadamente media hora, después salieron les comunicaron al rey, los sacerdotes de los templos, y todos los principales mexicanos, que de la piedra y la gente no encontraron rastro alguno.
Entonces Moctezuma mandó a los canteros al sitio de donde habían sacado la piedra, y cuál no sería su sorpresa que en efecto ahí estaba todavía con el papel que le habían por cobertor y el copal blanco que le habían pegado, y para tener con que corroborar que esto era verdad, arrancaron el papel y rascaron el copal para llevárselo al rey. Y así termina la aventura que viviera una piedra de Chalco.