domingo, 27 de abril de 2014

El niño artillero

A pesar de sus muchos años, el viejo soldado de Morelos seguía entusiasmándose con el relato de sus campañas, no careciendo de elocuencia sus conversaciones. Era un amable anciano con sus cabellos enteramente blancos, su rostro rugoso por el paso de los años y boca desdentada, pero en sus ojos seguía conservando toda la vida y juventud de la que su cuerpo carecía.
Se sentaba cómodamente acompañado de la montera en su venerable cabeza, de la que salían mechones de pelo rebelde y plateado; sus manos las apoyaba sobre un bastón, que de repente movía para accionar e indicar en el piso lo que describía, imaginándose que dibujaba planos de las batallas, de las fortalezas o de las ciudades que fueron escenario de sus propias hazañas o de las que le habían contado.
Las épicas narraciones de aquel simpático viejecito, fueron plasmadas en papel por el célebre cronista Luis González Obregón, en el libro de Croniquillas de la Nueva España, en donde con su hábil pluma trató de reproducir la sencillez encantadora de aquel soldado:

"Luego que supimos en Cuautla que el feroz Calleja venía a sitiarnos, nadie descansó un instante. Todos los habitantes se aprestaron a sostener el sitio. Se acopiaban víveres y municiones, se abrían fosos y se levantaban trincheras, principalmente en las boca-calles, por donde podía entrar el enemigo.
¡Hubiera usted visto, joven, me decía, como todos nos ayudaban, secundando las órdenes y los planes de nuestro gran Morelos!"

Aquí el anciano hacía ademán de levantarse de la montera, como homenaje póstumo a la memoria del que había sido su general. Debo advertir que siempre que pronunciaba su nombre, trataba de hacer lo mismo, y aún muchas veces le vi ponerse en pie y dejar rodar copiosas lágrimas, que se bebía, llorando de entusiasmo.

"Si joven, todos: los soldados de nuestras tropas y los vecinos de Cuautla; mujeres y hombres, ancianos y niños: todo se preparaban a la lucha.
En la mañana del día miércoles 19 febrero 1812, el realista Calleja, creyendo que iba a tomar luego la plaza, nos atacó por primera vez y con ímpetu.
El empuje de sus fuerzas fue tremendo y prolongado. Duró más de seis horas. Retumbaban los disparos de cañón: silbaban las balas de los fusiles y las piedras de las hondas; chocaban las espadas en los encuentros personales, pues hubo puntos que por breves momentos llegaron ocupar nuestros enemigos; y se hundían en las puntas de las lanzas en las carnes de los que atrevidos habían saltado las trincheras, o de los que acá adentro defendíamos, chorreando sangre, pero ebrios de obtener victoria.
De repente cundió la voz entre nosotros de que don Hermenegildo Galeana había perdido la plaza de San Diego con tanto esfuerzo y valor defendida por los soldados que estaban a su mando. Aquí fue el ver caras pálidas y rostros de mujeres desfigurados. No por el miedo ¡por qué en Cuautla ni los niños lo conocían! Sino por la consideración de que triunfasen los realistas.
Esa falsa alarma sembró confusión en los defensores de una de las calles orientadas en la plaza de San Diego que entonces llamaban Callejón del Encanto al que le hacían costado la casa de un tal Lazo, casa que después fue de mi comadre la Silva, y la cerca de la huerta que lindaba con el campo de cañas de San Martín.
Tras de la trinchera del callejón había quedado abandonada una pieza de artillería calibre de cuatro, ya cargada y próxima a disparar la metralla destructora. Entonces un niño de 12 a 13 años de edad, llamado Narciso García Mendoza, natural del pueblo, y que a la sazón se hallaba oculto entre las casuchas del lado Norte de la plaza de San Diego, vio venir la columna enemiga de dragones del Regimiento de Guanajuato, con su valiente y arrojado jefe a la cabeza, don Diego de Rul, Conde de Casa Rul, que montaba aún alazán, hermoso y de gran alzada.
Los dragones venían a todo correr, sable en mano; jadeantes y sudorosos sus caballos, y ellos, ahogándose por la fatiga, el calor y el polvo. Avanzaban, llegaron junto al parapeto, en donde se encontraba el cañón solitario, al que sólo le hacían compañía, mudos y yacentes soldados nuestros, que habían caído allí mortalmente heridos, pero vitoreando a nuestra causa y a nuestro gran Morelos.
El niño García Mendoza no espero más. Salto sobre los muertos, pisó sobre la sangre encharcada, ya fría, que derramaron nuestros bravos artilleros, cuyos cuerpos estaban tendidos aquí y allá, y corre en dirección de la pieza. Uno de los jinetes, previendo lo que el niño iba a ejecutar, extendió su espada sobre la trinchera e hirió a Narciso en el brazo derecho.
El niño, para no caer, se afianzó de una estaca, y rápido como el pensamiento que había concebido, tomó la mecha encendida que se hallaba enclavada y da fuego al cañón. Relampaguea la luz del fogonazo; el humo de la pólvora asciende por los aires: el disparo hace ensordecer los oídos y estremecer el piso, la trinchera y las casas de la calle...
El Conde de Casa Rul cae herido y es llevado por los suyos para morir después. Algunos dragones muertos quedaron al otro lado del parapeto; otros bien contusos, y todos acobardados, retroceden y huyen, dejando también el cadáver del que hirió al valiente, ¡al sublime niño! Galeana, que ha logrado restablecer el orden, aparece en esos instantes en aquel callejón, que por algo se llamo del Encanto, y tras de la trinchera abandonada, mira al niño herido pero orgulloso, satisfecho y sonriente. Lo toma en brazos, lo estrecha con efusión y lo lleva ante el gran Morelos, a quien relata su acción heroica.
Morelos sabía apreciar y premiar actos tan grandes como el de García Mendoza. También lo abraza y le señala un tostón diario como premio. Nosotros, los patriotas insurgentes, salvados aquel día por hecho tan memorable como el de aquel niño, lo paseamos triunfante por las principales calles de Cuautla; todavía manchadas sus ropas con la sangre de la herida que recibió en el brazo; gritándole entusiastas vivas y saludándole con atronadores aplausos, los habitantes del pueblo, a los niños, los jóvenes decentes, las mujeres de nuestros soldados, estos y nuestros jefes, incluso el gran Morelos...".

Así concluyó el viejo veterano la sencilla narración de aquel heroico episodio, al que nunca se le hizo un monumento o se le inmortalizó o de alguna manera.


domingo, 13 de abril de 2014

Viernes de Dolores

Se festeja de dos a tres semanas antes del sexto viernes de Cuaresma, para recordar el dolor que tuvo que padecer la Virgen al ver morir a su hijo Jesús. Durante la época de la Colonia se realizaban todos los preparativos necesarios para poner el altar; estos consistían en embadurnar de agua de chía, jarros, comales, cantaritos, ladrillos, pinos y objetos de barro muy porosos, cuidan do de echarles el agua diariamente. Sembraban en platos y en macetillas, trigo, lenteja, cebada, alegría y otras semillas, conservando algunas el contacto con el aire para obtener las plantas amarillas, y dejando las demás libres para que crecieran de color verde; por último, utilizaban cuantos muebles, trastes, lienzos y objetos de la casa, para que con mucha imaginación sirvieran de adornos para adornos de los altares.
Cuando al fin llegaba el tan esperado Viernes de Dolores, día grande de animación en la Capital de la Nueva España, ya sea por ser el onomástico de muchas personas, o por la conmemoración del sufrimiento de la Santísima Virgen. Para estos actos civiles y religiosos, la ciudad tenía más actividad que nunca, pues todos salían a comprar todo lo necesario para fiesta de la Lolita, o las flores y adornos para los altares, acto que iniciaba en el ya famoso paseo de las flores. Apenas sonaban las primeras campanadas matutinas y las bandas militares, las calles que conducían a la de Roldán se hallaban llenas de multitudes de gente. Dicha calle no se distinguía por ser agradable, tenía un aspecto desagradable que le daba, los vetustos y destartalados paredones del convento de la Merced, donde estaban abiertas puertas y ventanas sin que siguieran algún orden, y en la acera opuesta se levantaban casas particulares, ruines y desaseadas. La mitad de la calle era tierra, y la otra mitas era pura agua, que bañaba los conventuales muros, que las leyes de Reforma se encargaron de derribar.
El canal que por ahí pasaba, se encontraban lleno de canoas que había llegado para ofrecer a los ciudadanos la gran variedad de producción de las chinampas de Santa Anita, San Juanico e Ixtacalco, que eran hortalizas y flores. Para realizar las compras de aquellos productos, era toda una hazaña poder cruzar los mares de gente que se arremolinaban en el canal para hacer lo propio, pero después de haber adquirido todo lo necesario era muy común que muchos entablaran prolongadas conversaciones. Entre la multitud se colaban los muchachos y mozos de cordel que cargaban grandes cestos y ofrecían a todos sus servicios, y claro que no podían faltar las familias en los balcones de las casas del frente al canal, ni algún mercedario curioso con su hábito blanco asomado por un balcón de su vetusto convento.   
Entre las nueve y diez de la mañana todas las personas se retiraban ya fuera en carruajes a pie, para entregarse en cuerpo y alma a la larga faena de montar el altar de Dolores; se echaba mano de una mesa, algunos cajones de madera y a veces de cofres, después se colocaban de manera simétrica y luego se clavaba en la pared una cortina blanca o de color, de lino o seda; bajo esta se colgaba el cuadro de la Virgen y sobre el la imagen del Santo Cristo. El altar también era forrado con lienzos blancos adornados con moños  y listones de colores; ya por último se procedía a adornarlo. Algunos ayudaban a dorar las naranjas y en hacer banderitas con popotes y hojillas de plata y oro volador, otros más se encargaban de preparar las aguas de colores con que habían de llenarse copas, botellones y todo recipiente de cristal disponible en la casa. Eran sacados de su entierro los sembrados amarillos, y los eran traídos de los corredores y azotehuelas los verdes, así como también las plantas con los mejores follajes y flores; mientras las sirvientas comenzaban a moler en sus metates grandes cantidades de pepitas de melón, echaban a remojar la chía, el tamarindo, el perifollo y la flor de Jamaica, exprimían limones y por último hacían polvo la canela. En una gran olla era agregada azúcar, azúcar y más azúcar al agua, probándola de vez en cuando para checar el punto de dulce adecuado. Los procedimientos e ingredientes para la elaboración de las aguas variaba según los recursos económicos dela familia, y no faltaba algún estudiante de química que aplicara sus conocimientos o alguien que era muy entendido en estos temas.
Los ingredientes utilizados para teñir las aguas eran:
  • Coloradas- pétalos de amapola
  • Tornasoladas- los mismos con una piedra de alumbre
  • Doradas- cochinilla y alumbres
  • Carmesíes- palo de Campeche
  • Purpúreas con vivos de fuego-> flor de Jamaica, o carmín púrpura disuelto en amoniaco
  • Azules- sulfato de cobre amoniacal
  • Verdes- el mismo sulfato de cobre con unas gotas de ácido clorhídrico
  • Amarillas- solución acidulada de cromato amarillo neutro, adicionado con carbonato de potasa en pequeña cantidad
Una vez que se reunía todo lo necesario, se procedía a colocar sobre el altar al menos doce velas adornadas con las banderitas doradas y plateadas colocadas en candeleros, las plantitas que habían sido sembradas con anticipación, las naranjas pintadas, etc.
Llegaba entonces la noche tan esperada, cuando las luces del altar proyectaban unos rayos luminosos de vivísimos colores. Después del rezo en algunas cosas, y de la ejecución de algunas piezas musicales, seguían amenas conversaciones sobre el buen gusto con que se había decorado el altar, sus variados y graciosos adornos, las pinturas de Jesucristo y los siete puñalitos clavados el seno de María para expresar los siente dolores. Las conversaciones eran acompañadas por algunas piezas musicales; mientras todos pasaban un buen rato las sirvientas entraban con enormes charolas sobre las que traían vasos de cristal abrillantado para ofrecer las  famosas aguas.
Lo que resultaba un auténtico milagro era la resistencia de aquellos estómagos, que soportaban de manera estoica los excesos en las comidas y las aguas coloreadas, pues era obligatorio que los invitados probaran todos los sabores disponibles.
Durante la conmemoración de los dolores de María, los principales templos de la Capital celebraban ceremonias a todas horas del día, a las que asistían un gran número de almas caritativas. Durante la mañana habían misas solemnes, en las cuáles se cumplía en el Sagrario el precepto anual de los alumnos del Colegio de Minería y los de San Juan de Letrán en la capilla de su Colegio; por la tarde la solemne procesión del Templo de la Santa Cruz, y por la noche el ejercicio de las tres horas en la Tercera Orden de Santo Domingo y en la Santa Escuela del Espíritu Santo. En algunos Colegios, como en el de San Gregorio, los grupos de estudiantes levantaban en sus respectivas aulas altares a la Virgen de Dolores, y los rectores acompañados de algunos catedráticos los visitaban, prestando atención especial a las imágenes que los alumnos habían hecho conducir a sus casas.         

domingo, 30 de marzo de 2014

El músico de los muertos

Una mandolina aparentemente inofensiva, aseguran propios y extraños que al rasguear sus cuerdas, bailaban los espectros. Si, en verdad bailaron al compás de su sonido, pero será mejor que vean y lean como sucedió.
Era el año en gracia de 1574 cuando era virrey de la Nueva España, Martín Enríquez de Almanza (1568-1580); durante su gobierno se establecieron en 1571, el tribunal de la Inquisición, y en 1572 la Compañía de Jesús. Murió en 1583, siendo virrey del Perú.
Nuestro personaje central  atraído como todos, por afán de riquezas y aventuras, llegó a la Nueva España, era un juglar italiano de nombre Fabiano, y tocaba tan maravillosamente la mandolina, que atraía a cuantos lo escuchaban; hombres y mujeres lloraban de  emoción, cuando oían las bellas notas que interpretaba aquel juglar ciego. Los cortesanos y caballeros de linaje comenzaron a llevar al músico a dar serenatas, quedando tan satisfechos con los resultados, que agradecidos le pagaban con largueza; oprimiendo contra su pecho aquellas monedas, se aleja por las calles, pero su falta de visión la compensaba presintiendo los pasos apagados de otra figura que se acerca en dirección contraria, temeroso se aferra a su pequeño tesoro y pregunta receloso quien se encontraba ahí. Al obtener la respuesta de que se trataba de un fraile agustino, sintió un enorme alivio; enseguida le pidió ayuda         para poder regresar al mesón donde pernoctaba, el cual se encontraba muy lejos de ese lugar, pero el religioso nueva llevar a unos aposentos cercanos para que pasara la noche. La pareja que el destino uniera aquella noche, para escribir una de las páginas más macabras de la leyenda, se alejó hacia el convento.
Y desde aquella noche, fuera y Genovevo de Talamantes y el juglar ciego, se hicieron grandes amigos; tanta era su fama que le rogaron cantara y  tocara en el convento e interpretó pasajes bíblicos con tanta veracidad y vehemencia, que hechizó a los frailes.
Y después, cierta noche un extraño personaje fue a llamar ante la puerta de la vivienda de Fabiano, para ofrecerle que fuera a tocar a esas horas, las cuales le pagaría con largueza; el juglar ciego siempre sumido en las sombras, se aleja con el extraño embozado, que parece ser sombras también.
Al día siguiente el fraile Genovevo visita a su amigo, pues le parece extraño que estuviera durmiendo tan tarde; el músico le relata que durante la noche fue a un palacio en donde había personas de Francia, que le habían pagado con oro de ese país. El ciego le pide al religioso entonces, que le guarde su dinero más el que se la acumulara, por regresaría en la noche a tocar a aquel palacio. Su oro fue contado y guardado, para después entregarle un recibo como comprobante.
Decidido averiguar quién daba que el oro al juglar ciego, el fraile espía aquella noche, mas no tuvo que aguardar mucho tiempo, pues a poco ve acercarse la figura del misterioso personaje embozado, quien sin dejar ver su rostro, llega ante la puerta del músico y llama repetidas veces. El religioso lo sigue, es verdad, más la distancia se hace por momentos mayor, más que prudente; pasan una calle, se meten por callejones, cruzan la plaza de Armas y continúan hacia la salida de la traza de la ciudad, y al fin se pierden de vista, como si se los hubiese tragado la noche, como si hubiesen desaparecido.
Al día siguiente el fraile interrogo al juglar con la esperanza de que al fin supiera a qué lugar lo llevaban, pero la respuesta fue la misma, y lo único que le pudo decir es que tenía que tocar durante cinco noches seguidas. Esa misma noche, el fraile logra adelantarse al embozado y al juglar, y en efecto, cuando los dos llegan a las bardas del panteón, del religioso había llegado. Fray Genovevo los sigue al interior del panteón, más al acercarse al sitio de donde escapaban la música y un resplandor segador, el fraile descubren con horror una danza macabra de seres de ultratumba. Todavía con el espanto de la impresión sufrida, el religioso le cuenta al prior sucedido para que la ayude a conjurar a los espíritus, quien le prometió juntar lo necesario y acudir al panteón.
Y así fue, listo todo, se aguarda a que el embozado y el juglar entren al panteón la noche siguiente, acto seguido se echa a andar aquella máquina religiosa que iba a luchar contra los fantasmas; armados de cruces, oraciones y agua bendita comenzaron la batalla, la confusión entre aquellos seres ultraterrenos era espantosa. Huyen aquellos seres espantables dando alaridos y lanzando quejas y maldiciones, pero nadie se da cuenta que ha quedado el fiero pirata Capitán Brasseur cerca del juglar, y de pronto en un descuido con su espada le corta una oreja. El músico cae desmayado y lo llevan a la enfermería del convento. Aquel pirata junto con otros más, habían sido juzgados por la Inquisición nueve años atrás.
Prensa de la curiosidad, puesto que el asunto la había apasionado de sobremanera, Genovevo acude al leer los archivos del Santo Oficio, después acudió con el juglar para ver cómo se sentía y para contarle lo que había encontrado. Y las palabras del fraile van formando la visión en el mundo de sombras del juglar: al verse descubiertos aquellos truhanes, se les prendió  y envió a la cárcel, el capitán Brasseur habló por sus compinches y por él, todos fueron condenados a la misma pena ¡a la ahorca! Antes de ser ejecutado, el pirata había jurado que bailaría con sus hombres y las mujeres que los acompañaban en un baile palaciego, y quería como última voluntad bailaré la fiesta del virrey por la noche; sus verdugos hicieron caso omiso, y aquellos hombres, junto con sus disolutas mujeres fueron ahorcados. Gracias a la influencia de cristianos, fueron sepultados en el panteón cerca de la traza.
El miedo que experimentó el juglar al adivinar desde el principio del relato, le paralizó el corazón, quedando muerto al instante. 
Si en alguna ocasión se llegaran a topar con una mandolina muy parecida a la del juglar ciego, piénsenlo dos veces antes de arrancarle algunas notas, pues si lo hacen correrán el riesgo de que los fantasmas vengan a danzar de nuevo; para quienes tengan dudas todavía, pueden dirigir sus pasos al Archivo General de la Nación, para consultar los antiguos documentos del Santo Oficio. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Metemsicosis

Floro Renovales agarraba sendas borracheras, toda su felicidad era estar ebrio y así andaba a diario, se podría decir que era su estado natural. Su estado etílico no era de ponerse a llorar, ni de golpear al que se le topar en su camino; más bien era de estar alegre a más no poder, tenía con el cascabeles en la cabeza. Decía pícaros cuentecillos, cantaba y se ponía a bailar; a los hombres les soltaba frases picantes y maliciosas que sacaban muchas carcajadas, pero las mujeres las galanteaba.
Eran graciosos también los piropos que les decía, pero eran puramente platónicos, sólo para divertirse un rato.
Su mujer, Salomé Iturralde, o Salomenita, como le decían todos en diminutivo, creía firmemente que la cualidad amatoria de su Floro solamente se había extinto para ella, pues convencida estaba de que su mustia belleza ya no era capaz de contener los entusiasmos de su marido fuera de casa; pero no era verdad lo que ella pensaba, puros celos de su fértil cabecita que imaginaba lo que no. Presa de los mismos, salían a cada rato los reproches, los llantos, los insultos, quedándose igual que al principio. Cuando los ánimos estaban muy sulfurados, a veces si llegaba a las bofetadas; después de descargar su coraje, Salomenita se quedaba sola en su casa y su marido corre entregarse al paraíso de Baco.
Una horrenda  hechicera que vivía por Necatitlán, de edad avanzada, con nariz corva y goteante, barba salida con pelos enroscados, boca sumida y desdentada, ojos chiquitos y legañosos, un cabello que parecía zacate viejo, y las uñas largas y anchas como peinetas; esta mujer le decía a las celosa Salomenita que su marido la engañaba; esto lo afirmaba después de realizar maniobras largas y complicadas que hacía según ella, para descubrirlo escondido y lo obscuro, conocer lo que está por venir y leer lo que está en el corazón. Astillas y ramas rotas, cortadas la tercera noche en que la luna y su cuarto menguante en el mes de noviembre, era sumergidas en una olla llena de agua bendita, en donde había echado dos medallas de cobre de la Virgen de la Soledad, la otra de plata con la imagen de San Protasio, y la última con la imagen de San Atilano; por la mañana se cubría recipiente con una Biblia abierta y encima de ésta se coloca una calavera de un chivo.
Para que sus predicciones fueran lo más exactas, quemaba las astillas y ramitas en una madrugada del viernes que fuera 17, y mientras ardía les echaba unos polvos verdes y otros amarillos, acompañado de estrafalarias oraciones. Así pasaba mucho tiempo la hechicera haciendo más rituales de adivinación, hasta que por fin se dibujaban ante sus ojos lo que la persona en cuestión quería saber. En este caso, según las predicciones, Floro Renovales andaba tras una hermosa morena de grandes trenzas y de ojos negros, adornados con unas enormes pestañas; o bien con una rubia ojiverde de tentadoras curvas; también que andaba tras los huesitos de una opulenta mulata hermosa cabellera. Salomenita ardía de celos, jurando que su enamorado marido se las iba a pagar todas juntas.
La rabiosa esposa se retiró de ahí, pagando sin regateos los servicios ofrecidos por la hechicera; pero cuando llegaba a su casa le armaba a su marido tremendo zafarrancho, jalándole las barbas como un gran ímpetu, le jalaba los pelos, lo pellizca abajo, cachetadas, gritos y reproches a morir; como era de esperarse, Floro negaba a todas las amantes que la había enjaretado su esposa. La negativa de su esposo provoca un estallido de celos, que terminaba en más golpes y gritos; para librarse de su loca mujercita, la apartaba con un empujón y salía corriendo a su recámara, dejando a Salomenita tirada en el suelo montada en cólera. Otros métodos que tenía Floro para alejar a su esposa eran: agarrarla a  bofetadas, enredar su cabello en la mano y darle de tirones, le estrellaba una botella en la cabeza; con estos efectivos métodos lograba "convencerla" de su inocencia. Floro se retiraba a su cama tarareando una romántica canción y al poco tiempo ya estaba durmiendo como un bebé.
Pasaron los meses y siguieron aquellas sangrientas escenas, pues Salomenita quería a su marido sólo para ella, con todo y su afición al alcohol;  esto no tardaría mucho llegar a su fin. Cierto día Floro venía cargado de su característica embriaguez tambaleándose para todos lados y aferrándose las paredes, pero al llegar a la esquina se le acabó el muro y tuvo la mala suerte de que allí estuviera abierto un ancho y profundo agujero; tremendo golpe se dio cuando su cabeza golpeó contra una piedra picuda, arrojándole el cráneo en el acto y por la ancha abertura le salió gran parte de los sesos acompañados de mucha sangre. Salomé lloró a su marido con dolor sincero, se enlutó de la cabeza a los pies, pero en el fondo se sentía contenta, porque así ninguna resbalosa volvería a coquetearle al difunto.
La viuda se encontraba tranquila, hasta que un pensamiento asaltó su mente, le brinco en el cerebro la terrible idea de que tal vez su marido no estaba en el purgatorio, sino achicharrándose en el infierno, en donde sí había lujuriosas diablas y mujeres voluptuosas. Atormentada por esta idea, salió corriendo a consultar a la bruja; después de que la vieja hizo sus largas y complicadas faramallas, le dijo que su querido Floro no se encontraba en el infierno, ni tampoco en el purgatorio, sino que había reencarnado al cuerpo de un toro, y que el animal se encontraba en un corral de Toluca entre muchas vacas jóvenes. ¡Jesús, María y José! Salomé estallo en santa a ira escuchar tal cosa. Daba largos alaridos, como se le estuvieran torturando, se puso patalear e hizo tal coraje, que fue escuchado hasta Ixtapalapa. Con frenesí rabioso los celos se hicieron presentes ¿¡su marido toro boyante entre vacas bonitas!? El maldito estaría sus anchas, feliz y contento de la vida, ¡no podía ser!
Sin pensarlo dos veces, Salomé tomo un coche y se fue a Toluca; preguntando y preguntando por todas partes, por fin logró dar con el dichoso corral. Ahí vio a un enorme toro; decidida y rabiosa entró para aporrear aquellas vacas bonitas, resbalosas y coquetas, pero antes comenzaría con su disoluto marido, la mujer parece estar poseída por un espíritu malvado. El animal estaba echado posiblemente en un rincón, separado de su harén; y Salomé injertada de pantera enarboló el garrote, y en medio de las astas dio un grandioso porrazo al libidinoso toro, sacándolo en el acto de sus pensamientos. La bestia lanzó un temeroso bufido y se fue encima de su agresora, echándola bolar por los aires, tardando un buen rato en bajar; cuando regresó a tierra la mandó a volar otra vez, y una tercera vez más repitió la operación; el animal ya aburrido de aventarla, se dedicó con mayor empeño a cornearla por todos lados, escuchándose solamente como se quebraban los huesos y el cuerpo con cada vez más sangre. Estando ya a punto de morir dijo lo siguiente:
-Sí, es él, es mi Floro, mi Florito querido. ¡El mismísimo! No me cabe la menor duda. Tiene el idéntico genio fosfórico de cuando era hombre, al mudar de cuerpo no se le ha extinto. Es igual ¡ay! de Floro que de Toro.

domingo, 9 de marzo de 2014

Las cantinas

En tiempos de nuestros tatarabuelos había lugares en los que se podía comer muy bien, y otros para el buen beber; lugares cómodos y elegantes para personas ricas, y para bohemios que gustaban de un vino caro, otros más modestos ofrecían bebidas para aquellos que no tenía mucho dinero. Los bares o cantinas más al estilo americano, que se caracterizan por ser pulcros y sobrios, comenzaron su apogeo en México durante el gobierno del general don Porfirio Díaz. En tiempos más antiguos esta clase de establecimientos no eran conocidos.
Las típicas vinaterías que existían años más atrás, procedían del viejo tiempo de la Colonia. Al ingresar al lugar se podían ver mesitas corrientes llenas de mugre con quemaduras de cigarros olvidados en los bordes, taburete con duros asientos de palo blanco sin pintar, un humoso quinqué colgado en el centro del cuarto cuya pantalla estaba opacada por los punteos de las moscas, candelero de barro o de hojalata todo chorreado de velas de sebo, toscos vasos de vidrio, copas rotas, botellones grasosos, el piso sucio que era barrido una vez al día, y por lo tanto estaba lleno de colillas apestosas, papeles despedazados, gargajos, y por demás inmundicias. Por si esto fuera poco, habría viejas litografías decoloradas colgadas en las telarañas las paredes;  y para cerrar con broche de oro, en todas partes podían "disfrutar" de los fétidos aromas de la letrina. El dueño que atendía aquel tugurio, o era un grosero y rudo español, gachupín de muy mala reputación y una pechera llena de capas de mugre; o en el otro caso se trataba de un mexicano chamagoso con una cabellera que parecía zacate viejo, que se apaciguaba de vez en cuando con las uñas que le servían de peine.
Todos estos asquerosos lugares fueron a parar a los barrios y al poco tiempo fueron desplazados por la moderna innovación yanqui. En las calles céntricas se encontraban los limpios salones  con el cantinero bien afectado y peinado, vestimenta blanca y siempre recibía a la clientela con una agradable sonrisa, la amabilidad ante todo; los mostradores con su barra de metal pulido, las mesillas cubiertas de mármol, las sillas de bejuco, los camareros que atendían siempre de buen modo y muy aseados.
Comenzaron entonces a ponerse de moda las bebidas compuestas de diferentes ingredientes, resultando en una mezcla de sabores que resultaban exquisitos; fue también cuando se conocieron los cock-tailes, los high-balls, los dracks y los olorosos mint-jules. Para incitar todavía más las ganas de beber, en una mesa separada se servía el free-lunch, que era abundante, suculento y caliente; había de todo lo que los clientes se pudieran imaginar: pavo al horno y pescado huachinango al horno también, con sus rodajas de limón y cebolla; bacalao a la vizcaína, con su espesa salsa y los rojos pimientos morrones; milanesas rodeadas de frescas hojas de lechuga; carne de puerco en picosito chile verde; frijolitos refritos; exquisita barbacoa de carne tan tierna que se desbarataba en la boca; rajas con queso fresco; abundante pan rebanado y tortillas que tenían un hornillo junto para calentarlas. Con cualquier consumo que en la persona hiciera de bebida, tenía derecho a servirse cualquier platillo que se la antojara y en la cantidad que deseara.
Sobre estas mesas ya nos circulaban las barajas, llenas de disimuladas marcas con las que se hacían trampas; fueron reemplazadas por las fichas de dominó y por los dados que agitaban los jugadores de los cubiletes de cuero. Aquellos lugares se veían inundados por la luz eléctrica, ya sea para saborear una copa de buen vino acompañada de una entretenida plática, o para saborear un rico platillo.
En la esquina que así el Portal de Mercaderes con el  de los Agustinos, estuvo el famoso Salón Peter Gay, que después fue derribado para levantar el Centro Mercantil; pero dicho negocio se cambió a la esquina de la calle de los Plateros con el mismo Portal de Mercaderes. Aquel lugar fue muy conocido, pues la fama de sus bebidas le hizo ganarse mucho prestigio a Peter Gay, republicano exaltado y pacífico francmasón, colgó en uno de los muros de su cantina el nombramiento de soldado que le expidió Garibaldi, del que también había un retrato en otra de las paredes. La especialidad de la casa harán los vinos de Italia. Peter Gray se le ocurrió la brillante idea de traspasar el negocio de su ayudante Julio Adriati; y fue entonces cuando  este último sacó de su fértil imaginación  una bebida, hecha de varios pinos y múltiples ingredientes, a la que llamó "aperitivo Peter Gray", en honor a su antiguo amo, a quien debía muchos y especiales favores. Adriati vendió después su establecimiento, y muchas personas se fueron entonces a la famosa cantina del Moro.
Al finalizar la calle del Espíritu Santo y enfrente del Hotel de la Gran Sociedad, se encontraba el Salón Wondracheck, cuyo dueño se decía que era húngaro o austriaco, llegando entre el ejército invasor, le gustó el país y se quedó a vivir aquí. En su bodega almacenaba dignos de Francia, Australia y de Hungría, que tuvo almacenados en la suya el emperador Maximiliano, y al caer de su trono en brazos de la muerte, los sacó a remate el gobierno republicano presidido por don Benito Juárez. Don Carlos Sánchez Navarro, llevaba minuciosas cuentas y libros especiales en donde se anotaba meticulosamente la cantidad de botellas de su Majestad. Para sacar una sola, era necesario realizar una infinidad de trámites tediosos y complicados. Extraño fue que se pusieran en subasta pública aquellos vinos y licores finísimos, y que no se los robaran ningún republicano o un imperialista.
Cuando en el Salón Wondracheck se agotaron las existencias de los vinos imperiales, los clientes comenzaron a disminuir y fue traspasado local por un tal Estanislao Knote, que era mejot conocido como Tanis. Durante aquella época vivió un borrachito llamado don Ciro B. Ceballos, y un escritor lo definía como el hombre más obeso de la metrópoli, haciéndole burla y escarnio a más no poder, de sus abundantes carnes (como si hubiera sido el que critica un apuesto doncel).
En el restaurante Sylvain había una magnífica cantina con vinos, en especial de los más añejos, procedentes de los mejores viñedos de Francia; eran asiduos clientes los ricos elegantes y los juerguistas de los tiempos del porfiriato, cuya única preocupación era la de acicalarse, perfumarse y andar todo el día buscando galanteos.
En las cuatro esquinas formadas por lo que hoy es la calle de Bolívar con la Avenida 16 Septiembre, existía en cada una de ellas un bar al que sólo iba a clientela muy exclusiva. En la casa número siete del Coliseo estaba el de la Nueva Reforma, negocio que ya lleva muchos años funcionando; por el lado de la calle de 16 de Septiembre, estaba una tequilería siempre llena de holgazanes y gente sin oficio ni beneficio, y también acudían frecuentemente los anticuarios, quienes eran expertos en hacer falsificaciones de antigüedades. Enfrente de este local se encontraba otro llamado La Noche Buena, donde acudían los toreros o los cómicos del Teatro Principal, que pasaban las horas platicando largo y tendido de sus respectivas profesiones; no podía pasar por ahí una mujer porque la llenaban de piropos de todos los estilos y colores, que cuando eran un poquito subidos de tono la dama hasta se sonrojaba.
En la parte suroeste de la avenida de 16 Septiembre, se encontraba La Alhambra, que contaba con una tienda de abarrotes; acudía gente de todas clases sociales, pues él se despachaba desde lo más caro, hasta lo más barato. Para tener más clientela el dueño decoró el local al estilo morisco, que dándole bastante charrote, pero mientras el cliente le gustara todo estaba bien. En la esquina contraria se encontraba en el Salón Monte Carlo, en donde se vendían copa de todas calidades y precios, en un lugar que estuviera la vista de todos, se podía ver el siguiente letrero:

"Vayan pasando.
Vayan pidiendo.
Vayan bebiendo.
Vayan pagando.
Vayan saliendo."

En el lado contrario, se pone la siguiente advertencia: “hoy no se fía, mañana si”.
En 16 de Septiembre esquina con Eje Central, Los Tranvías era una cantina donde acudían más bien el populacho.

domingo, 2 de marzo de 2014

El Dios de la Sombra (Leyenda de Centroamérica)

Comenzaba la segunda mitad del siglo XIX, cuando en cierta región de Centroamérica causó sensación la mestiza Elvira Liebre, quien provenía de una región en donde las personas del pueblo usaban como apellido el del primer animal que se presentaba después de su nacimiento, y de esa misma región era José Caimán, que seguía a la joven por todas partes; al igual que él, docenas de hombres miraban con pasión a la bella mujer. Elvira además de hermosa y muy rica, no aceptaba a nadie como novio.  Cuando llegó a su casa, la nodriza le contó sobre la leyenda del Dios de las Sombras:
Entre los montes y los lagos de aquella región había un lugar escondido en la sierra, al cual le llamaban la Cueva del Tesoro; según la leyenda un pirata atraco en las playas cercanas en el siglo XVIII, luego desembarcó, llevando a tierra firme un valioso botín a la gruta de la provincia de León, y así fue también cómo se llamo al lugar la Cueva del Tesoro. Cuando los piratas habían internado profundamente, un extraño sonido de tambores llegó hasta ellos, luego vieron con terror la proyección de el Dios de la Sombra, mientras aumentaba el ruido de los tambores; pero aquello era un laberinto del que era muy difícil salir, así algunos piratas perecieron por no poder encontrar la salida, y otros pasaron el resto de su vida sin nunca poder encontrar el tesoro, que permaneció en la cueva sin que nadie se atrevía entrar por temor al Dios de la Sombra.
Cuando la bella Elvira terminó de escuchar el relato, se le ocurrió algo con lo que podría obtener aquel fabuloso tesoro sin arriesgarse. Con una expresión maliciosa en su rostro, corre a las márgenes del río en donde sabe que muchos galanes se asoman en busca de muchachas, así que pacientemente se dispone a esperar. De pronto un jinete se detuvo al oír el canto de la sirena, o sea la canción que estaba tarareando la joven; como ya lo esperaba pronto aparece el primer galán, un oficial de la artillería, que cayó rendido ante la belleza de la mujer. Ante tan ardientes piropos, ella le pide una prueba de amor: él  debía acudir a la cueva del tesoro, para traerle un brazalete o una prenda de oro; pero conociendo los peligros que había en la cueva, el hombre se negó y se fue.
Al día siguiente a buscar suerte a la entrada de la iglesia, dejando caer un pañuelo a los pies del primer galán que se cruzara en su camino; al instante el hombre en cuestión lo recogió. Más tarde fueron a dar un paseo y el enamorado le confesó sus sentimientos a Elvira, a lo que ella le pidió aquella prueba de amor, pero una vez más obtuvo la misma respuesta.
Ésa tarde, José Caimán acecho el paso de la joven, por quien su amor no tenía límites, entonces decidió seguirla y por fin hablarle para decirle que estaba dispuesto a llevar a cabo aquella prueba, y si conseguía salir victorioso, se casaría con Elvira. Si no oír una sola palabra más, José se dirigió decididamente a la cueva del tesoro, penetró en ella, alumbrándose con una antorcha y sin más arma que un cuchillo en el cinto; cegado por su amor entró sin reflexionar. Aquel hombre se estremecía ante aquellas cámaras de piedra, que a la luz de la antorcha presentaban un paisaje fantasmagórico, era como introducirse en la región de los sueños o de la vida ultraterrestre; de pronto se escuchó el tam-tam de una extraña percusión y al mismo tiempo encontró el cofre del tesoro, un mal presagio perturbó la alegría del hallazgo. Tomó un puñado de joyas apresuradamente, dispuesto a salir huyendo, pero una sombra proyectada en las paredes parecía cerrarle el paso, despavorido salió corriendo. José tenía toda su voluntad dispuesta a cumplir su promesa, y antes de que perdiera las esperanzas vio la boca abierta de la salida.
Al llegar nuevamente al aire libre, un gran grito se extendió entre los montes, luego desfalleciente alcanzó a llegar ante Elvira, que esperaba en la plaza principal, acto seguido le entregó las joyas. Cuando ya sentía conquistada la belleza de la joven, José empezó a llenarse de asombro, algo le sucedió a la doncella, algo que llenó de horror al galán: mientras ella apretaba codicioso el insólito trofeo, en pocos minutos su belleza se transformó en horror, ¡de diosa exquisita se convirtió en bruja espantosa! Los curiosos también se horrorizaron y salieron huyendo como alma que lleva el diablo. Elvira corrió su casa y se apresuró a entrar en su cuarto para verse en el espejo, sufriendo un vértigo de espanto al ver en lo que se había convertido su hermoso rostro. ¡El Dios de las sombras la había castigado con la destrucción de su belleza! Pero la historia ahí no acaba, faltaba que José Caimán cumpliera su promesa de casarse con ella.
La joven se entrevistó con su abogado para emprender acciones legales en contra de su prometido, pues por obvias razones se negaba a casarse. Poco después José fue detenido por la justicia y llevado ante un tribunal, donde declaró que ya no aceptaba casarse con la doncella por no ser la misma y por haberle impuesto una prueba llena de crueldad. Finalmente se le obligó a cumplir su promesa de matrimonio, pero logró librarse violentamente de sus custodios y se lanzó a la calle, perseguido por los alguaciles.
Como buscando un desenlace más violento aún, José se echó a un abismo, y cuentan las crónicas que entonces su cabeza se atoró en unas ramas, desprendiéndose al instante; el cuerpo descabezado robo al fondo del barranco. También se cuenta que los alguaciles bajaron en busca del cadáver, pero nunca le encontraron.
Las mismas crónicas señalan que la cabeza, en el tajo de la barranca adoptó la forma de un fruto extraño recubierto de hojas, y que Elvira humillada y dolida, fue rechazada por todos y se refugió sus habitaciones para siempre. Años después, cuando quisieron explorar nuevamente la cueva del tesoro, sucedió algo espeluznante: muy pocos mortales lograron llegar hasta la cámara del cofre; pero los pocos que lo lograron tuvieron la horrible visión de "el descabezado de la cueva". Todos salieron huyendo aterrorizados, y fue entonces que se fue extendiendo la fama de que nadie debía atreverse a entrar, si no querían encontrarse con aquella espantosa visión. Porque todo  ello fue dispuesto por el Dios de las Sombra.

domingo, 23 de febrero de 2014

Los Piratas en México

La literatura antigua consigna a los griegos como los primeros piratas europeos, dada su calidad de buenos marinos y su posición geográfica del Mediterráneo. Posteriormente surgieron los piratas “berberiscos”, comandados durante décadas por los hermanos Barbarroja.
Entre los siglos XV y XVI, los hubo de distintas nacionalidades, que asolaron el Canal de la Mancha, las costas de África y las colonias españolas en América. En la caribeña isla de Santo Domingo surgió el gremio de piratas autodenominado Cofradía de los Hermanos de la Costa, que bajo ciertas normas de conducta y organización se dedicó a asaltar y robar embarcaciones, ciudades y puertos de las colonias españolas en América.

Franceses e ingleses en el Golfo de México

De todas las incursiones corsarias en el golfo de México, destacaremos las de mayor impacto político social entre las potencias europeas, porque de darse en un marco de confrontación.
En diciembre de 1522, el corsario francés Jean  Fleury o Juan Florín, asaltó dos carabelas españolas enviadas a la península ibérica por Hernán Cortés, que entre otras cosas transportaban invaluables tesoros del imperio de Moctezuma. Toda Francia está orgullosa de la magnitud del asalto, y especialmente el rey Francisco I, quien con esta acción descubrió las inmensas posibilidades de sacar provecho a la guerra que mantenía con España.
En la década de 1560-1570, brilló la figura de John Hawkins, traficante de esclavos negros y corsario inglés quien durante ese periodo realizó varias expediciones a las Antillas y al Golfo de México, provocando gran temor por la forma violenta de llevar a cabo sus propósitos comerciales. Durante su cuarta expedición en 1568, una tormenta en el mar Caribe lo obligó a continuar su pillaje por las costas mexicanas. El 16 septiembre su armada de seis buques llegó a la sonda de San Juan de Ulúa, siendo confundida por las autoridades portuarias con la flota de nuevo virrey, Martín Enríquez de Almanza, de quien se esperaba inminentemente su llegada. Los guardacostas españoles subieron a las naves de Hawkins, siendo tomados inmediatamente como rehenes. Al día siguiente arribaron a la zona las 13 naves que acompañaban al virrey, generándose una gran tensión entre ambos bandos.
Después de una corta tregua que permitió a los españoles desembarcar  y a los ingleses reparar sus naves, el virrey Enríquez planeó combatir a los intrusos. Ante la sospecha de los corsarios, los españoles iniciaron el ataque mediante un toque de clarín, y con repentina furia atacaron a los ingleses tanto la playa como en sus navíos.
Los corsarios lograron escapar de la feroz batalla con tan sólo dos naves: el Minion y el Judith, este último al mando de Francis Drake, quien adelantó la huida. A la mañana siguiente, la almiranta Minion al mando de Hawkins hizo escala en la muy cercana Isla de los Sacrificios, y posteriormente navegó durante muchos días en un "mar desconocido, con los corazones acongojados, hasta que el hambre nos obligó a buscar tierras, porque los pellejos no parecían buena comida, y ni las ratas, gatos, ratones ni perros escaparon si podían ser atrapados, papagayos y monos que tanto precio los teníamos y los encontramos más productivos si servían de alimento a una cena".
El 8 octubre los maltratados corsarios desembarcaron en el Bajo Pánuco (cerca de Tampico), para aprovisionarse de agua y víveres. Ante los reclamos de la tripulación por las inclemencias, 100 hombres fueron abandonados en tierra, mientras otros tantos continuaron la travesía rumbo a su país.
De los desembarcados sobrevivieron 78, a causa de las agresiones sufridas por los nativos chichimecas, los efectos del hambre, el paludismo y los problemas para abrirse paso la selva. Más tarde fueron rescatados y juzgados como "herejes protestantes" por la Inquisición novohispana.