domingo, 15 de febrero de 2015

El callejón del beso

Una triste historia de dos jóvenes que se profesaban un tierno amor, eran Ana y Carlos. Ella, hermosa y pura, tenía cerca de veinte años y era cariñosa y única hija. Él era un apuesto mancebo como de veinte años, alto y fornido, de tez morena y carácter arrogante, adornado de las mejores cualidades morales, como la de no padecer ningún vicio y dedicarse empeñosamente a cumplir con el trabajo de su tío, el escribano, que le proporcionaba en su oficina; motivado además con la promesa de que a la muerte de éste, heredaría la escribanía. En estas circunstancias llegó a su vida doña Ana por casualidad, y como dicen los cuentistas románticos, tan pronto se miraron, un lazo indescriptible ató a los jóvenes. A partir de aquel momento, Carlos pasaba frecuentemente por la casa de doña Ana durante las tardes, porque era la hora en que salía de su trabajo. Y ella, con el mismo entusiasmo de verlo se paraba en  el balcón, con su especial belleza, blanquísima, de grandes y expresivos ojos negros, luciendo un hermoso mantón de Manila que su padre le había obsequiado; de manera que cuando pasaba su galán, ella le regalaba una encantadora sonrisa.
Así fueron transcurriendo varias semanas, hasta que él se atrevió a saludarla y la joven le correspondió con una amable inclinación de cabeza. Al día siguiente se inició la plática, titubeante al principio, pero cordial, como empieza todo noviazgo, y más tarde, como les correspondía a los dos enamorados, acompañada de dulces frases y promesas de amor. Las semanas pasaron rápido y los meses también, envueltos en las esperanzas de realizar pronto sus dorados sueños ante el altar, contando con la venia de la madre de ella, de doña Matilde, digna y virtuosa matrona que había aceptado con buenos ojos la relación de su hija con aquel joven de conducta intachable, aunque de escasos recursos económicos.
Pero no todo era miel sobre hojuelas, pues tenía la oposición del padre, que tenía planeado casarla con un amigo suyo, potentado residente en la Península, a quien Ana jamás había visto. Tal situación hizo pensar a doña Matilde que aquellas pretensiones no tenían más fuerza que las de un pago proyecto, y de acuerdo con los jóvenes, juzgo pertinente darle a conocer al padre aquellas santas relaciones, que no habían pasado de meros coloquios al pie de la ventana de su casa.
En una ocasión el padre sorprendió a los jóvenes en una amena charla, y después de haber corrido a Carlos, le prohibió que volviera hablarla su hija; en cuanto a ella, la amenazó que si continuaba aquellas relaciones, la recluiría en un convento. Doña Matilde fue objeto de duros regaños.
Aquel romance prácticamente había quedado roto; sin embargo, ninguno de los dos amantes quedó conforme con la actitud irascible del padre, y Carlos decidió reanudar sus relaciones espaldas de éste. Entonces alquiló una habitación en una casa situada frente a la de su novia, donde había una especie de postigo a la altura de la ventana, en donde él podría hablar libremente con su amada, sin que nadie se diera cuenta, y fraguar algún plan que llegara a ablandar la voluntad del padre. En el momento en que urdían un plan, tan pronto venía por tierra, para dar lugar a otro que les parecía mejor. Las semanas pasaron, escondiendo su noviazgo a la luz del día, y viéndose únicamente altas horas de la noche, desde la ventana de la joven y el escondrijo de él, cuando el padre de la doncella estaba entregado al sueño. Pero como nada se puede ocultar para siempre, un día la desgracia abatió de manera intempestiva aquel amoroso diálogo, pues el padre habiendo sospechado aquellas misteriosas entrevistas, se levantó furtivamente de su lecho, sacó de su buró una filosa daga, y ciego de ira se dirige hacia la ventana; se le interpuso en el camino su esposa, tratando de disuadirlo; mas él siguió su camino y llegó hasta donde estaba la joven, quien al ser sorprendida, aturdida, pretendió dar una explicación sin que le diera tiempo, pues el padre le clavó en mitad del pecho aquella aguda arma.
Moribunda Ana, quedó boca arriba en el pretil de la ventana, inclinada levemente a un costado, con un brazo caído hacia el callejón. En ese momento la luz de la luna alumbró aquel dramático cuadro, y se vio como el joven amante, presa del más intenso dolor, tomó la blanquísima mano de su novia, le imprimió un tierno beso, y dos ardientes lágrimas humedecieron aquella azucena marchita. Desde entonces se le llamó a esta callecita romántica, El Callejón del Beso.

domingo, 8 de febrero de 2015

Día de la Candelaria

La religión en las fiestas populares

La fiesta del 2 de febrero en México, se encuentra vinculada con la tradicional Rosca de Reyes. A todos aquellos que les haya tocado el niño, deberán presentarlo en el templo el Día de las Candelas; para tal evento deberán ataviarlo con los ropones correspondientes, así como sus tronos para aposentarlos.
Después del festejo del nacimiento de Jesús y la Adoración de los Reyes Magos, una de las fiestas más arraigadas a nuestra cultura es la llamada “de la Candelaria” o de las Candelas, ya que en dicha celebración, son bendecidas la imagen del Niño Dios y las velas que llevan con el niño. Esta costumbre tiene sus orígenes en la celebración litúrgica de la fiesta de la purificación en la presentación del Niño Dios.
La imagen de la presentación del Niño en la Parroquia de Coyoacán, antecede la Bendición de los Niños Dios vestidos de púrpuras y sedas; los podemos encontrar negros, blancos, cobrizos y bronceados; así como también sentados en sus tronos o recostados en cestos de flores. Las Candelas son bendecidas, para ser encendidas cuando surjan tribulaciones durante el año; al igual que las semillas de chía que una vez germinadas, se colocarán en el Altar de Dolores.
La fiesta concluye con la merienda de los compadres en la cual se sirven los deliciosos y tradicionales tamales; los cuales pueden rellenarse con pollo, puerco, frijoles, mole, rajas, elotes, queso y hasta fresas con pasas, acompañados de salsas, atoles de sabores y chocolate.


En los tiempos de Jesús

La ley mosaica establecía en el Levítico, que toda mujer que hubiese dado a luz se debía de purificar. Si el recién nacido era varón, debía ser sometida circuncisión a los ocho días y la madre debería permanecer en su casa durante 33 días más, purificándose a través del recogimiento y la oración.
Una vez concluido el plazo, la mujer acudía en compañía del esposo a las puertas del santuario para llevar la ofrenda consistente en un cordero primal y una paloma o tórtola, ofrenda que los pobres podían satisfacer con el ofrecimiento de dos palomas o tórtolas. Sin embargo, la gente piadosa tenía por costumbre llevar al pequeño consigo, especialmente cuando se trataba de varón primogénito, para consagrarlo a Yahvé.
San Lucas nos narra, que María y José quisieron cumplir con este precepto llevando al Niño, y su deseo era hacerlo en Jerusalén. Como eran pobres, llevaron por ofrenda dos palomas blancas; y fue ahí donde el justo y piadoso Simeón, movido por el Espíritu Santo, al entrar María y José con el recién nacido, tomó en brazos a Jesús y lo bendijo con la oración: Et nunc servum tuum (Ahora te puedes llevar a tu siervo de la tierra).
Entre sus alabanzas, profetizó que el Niño sería la luz que iluminaría a los gentiles y la gloria de Israel. De ahí surge el simbolismo de las Candelas que representan la luz de Cristo en los hogares.

domingo, 1 de febrero de 2015

La tenebrosa cárcel de la Acordada (Sucedió en la hoy Avenida Juárez)

Cuántos crímenes espeluznantes, cuantas escenas de terror ocurrieron en el interior de la tenebrosa prisión de "La Acordada". Este relato que enmarca una leyenda tenebrosa, tiene todo lo suficiente para llenarnos el espíritu de horror; será difícil saber en dónde empieza y en donde acaba lo sobrenatural.
A principios del siglo XVIII, salteadores y bandidos infestaban todo el territorio de la Nueva España cometiendo mil desmanes, a pleno día, en las afueras de la capital, se cometían robos y asaltos, cientos de crímenes fueron cometidos en esa época cruenta. El bandidaje tomaba cada día un auge peligroso; tanto en la capital como en la provincia se cometieron actos de robo con violencia; en su osadía, los bandidos llegaron hasta entrar a casas habitadas. Ante la terrible situación, el virrey duque de Linares, llamó a la Audiencia de la Nueva España, para ver qué se "acordaba" al respecto, y de aquella reunión entre estos personajes, nació el Tribunal de la Acordada; y se "Acordó" también levantar unos galerones, que fue la primitiva cárcel de "La Acordada"; éstos estuvieron en Chapultepec.
Pero como sabía "Acordado" levantar un edificio propio para encerrar a los ladrones y asaltantes de camino, se comenzó a edificar este en parte de lo que fue elegido de la Concha, su frente daba a la antigua calle que el Calvario (o en Avenida Juárez), su costado oriente hacia lo que hoy es Balderas, y su parte poniente halago y calle de Humboldt. En el año de 1751 quedó terminado el tétrico edificio de piedra roja basáltica, con molduras, ambas pilastras y cornisas de recinto y cantería; se le llamó cárcel de "La Acordada", como derivados de aquella "Acordada" obsesión tenida entre el virrey duque de Linares y Audiencia. Pronto comenzaron a llegar remesas de bandidos y criminales para recibir el castigo acorde a sus delitos; entonces se nombró alcalde y jefe de Omnímodo de la tenebrosa prisión, a don Miguel de Velázquez que era cruel perseguidor de bandidos, la fama de este hombre sanguinario fue tremenda, se le temía y hasta los hombres más perversos temblaban ante su presencia. Como única condición para gobernar la prisión, de Velázquez pidió al virrey que se le dieran amplias facultades: sería juez y verdugo de los criminales.
Poco se le hacía el tiempo a aquel hombre para golpear brutalmente a los criminales y mandarlos al patíbulo; todos los días por la mañana y por la noche visitaba los prisioneros para castigarlos. Como lo hacía el cruel alcalde y verdugo, nunca antes una horca trabajo tanto como entonces. En cuanto a castigos, nunca tampoco los hubo más crueles, desde azotes, cadenas y hasta ratas que se devoraban vivas a las víctimas.
Contando con 2000 hombres armados, de las que salía a perseguir a los bandidos fuera de la capital, y así iba limpiando, dejando vestigios macabros de su paso, el cruel y sanguinario perseguidor de bandoleros; después de hacer justicia, el feroz sujeto no sentía la menor carga en la conciencia. Cuando llegaban nuevos envíos de hombres a la tenebrosa prisión los hacinaban materialmente; entonces don Miguel ordena una limpieza de cuerpos para recibir a las nuevas víctimas, y para llevar a cabo esta tarea, en el fondo de la cárcel existió un foso que se llenó varias veces al año como huesos y carroña. Allí fueron arrojados sin piedad, moribundos y viejos, enfermos y los que morían de hambre. A veces, a propósito para que vieran de cerca "su justicia", de Velázquez dejaba los huesos descarnados colgados de los muros.
Años después, el virrey mandó llamar al verdugo sanguinario para confiarle una delicada misión: la custodia de un importante personaje, que era el marqués de Torrecillas, que estaba próximo a llegar del Perú; tenía que traerlo con su esposa y servidores, sanos y salvos a la capital de Nueva España. Don Miguel con 11 hombres valientes y disciplinados, partió hacia el puerto de Acapulco, era seguro que nadie iba a estorbar la misión, pero en un lugar cercano a lo que hoy es Iguala, un soldado explorador regresó nervioso y les dijo que cinco jinetes se aproximaban. Don Miguel meditó un momento, y después impartir las órdenes a sus soldados, tendientes a sorprender a los cinco desconocidos jinetes, todo se ocultaron entre el follaje y tras las peñas; pronto aparecieron por el camino cuatro jinetes españoles y un monje negro de la orden de "Los Tenebrarios", venían deprisa, como si les urgiese llegar a un sitio determinado y no se dieron cuenta de la presencia de Velázquez. Cuando estuvieron aquellos desconocidos dentro del cerco de soldados, saltaron al camino; tomando siempre la ventaja, don Miguel les ordenó a los jinetes que desmontaran y se identificaran, y así lo hicieron, todos eran los hermanos García de Pimentel, y se dirigían a la capital de la Nueva España en busca del doctor de Silva, para que curara a su enferma madre.
Uno de los principales atributos de Velázquez era la desconfianza y la rapidez de movimientos, en instantes tomó la decisión de decir que aquel doctor no existía, y que ellos eran solamente unos bandoleros que pretendían asaltar y robar la diligencia del marqués de Torrecillas, y por lo tanto ordenó a sus guardias aprehenderlos y buscar un árbol para colgarles.
Sin información de causa, sin escuchar razonamientos, don Miguel es sanguinario ordenó colgar a los cinco. Muertos los que se decían hermanos, le tocó el turno al fraile negro de la orden de los Tenebrarios, entonces en esos momentos en los ojos del fraile se cruzó una luz siniestra de venganza y abrió los labios para gritarles que aguardaran un momento, y en un rápido inesperado movimiento el religioso le arrojó a Velázquez un extraño medallón de plata redondo, con el símbolo de la eternidad, que lo perseguiría y conduciría hasta la muerte; echando una maldición lo lanzó lejos. Don Miguel y sus hombres galoparon hacia Acapulco, quedando atrás el fraile muerto, con su índice macabro apuntando hacia ellos. De Velázquez y sus hombres trajeron a la capital al marqués de Torrecillas y lo escoltaron hacia Veracruz; el ilustre viajero y su séquito no tuvieron contratiempo alguno y pudieron embarcarse rumbo a España que era su destino.
Transcurrió el tiempo... cierta noche un carcelero entró presuroso a dar un informe insólito al verdugo sanguinario: ¡tenían cinco prisioneros demás! El carcelero la aseguró que los había contado varias veces, y siempre le sobraban cinco. Dispuesto a sacarlo del error, don Diego decide ir el mismo, y para su asombro confirmar la cuenta. Al día siguiente se volvió a confirmar que era el mismo número, llevándose a cabo la misma operación durante siete días, pero siempre daba el mismo resultado; entonces para que las cuentas le salieran bien, ordenó que se sacaran a  cinco prisioneros y se les colgaran. Esa misma tarde se llevaron a cabo las ejecuciones ordenadas por aquel cruel hombre, para corregir un error en la población de presos.
Tres días después don Miguel se hallaba repasando las notas de su libro de presidio, cuando uno de los carceleros le interrumpió para decirle que había cinco prisioneros más nuevamente, y para darle fin a esta broma de una buena vez manda construir una macis ahorca para colgar a los prisioneros excedentes; la construcción duró varios días, según órdenes de Velázquez se recubrió con planchas de plomo. Esa noche el verdugo pensó estrenar la nueva horca, cuando creyó escuchar una voz siniestra que le decía que él mismo estrenaría su horca; creyendo que era alguien que quiere atemorizarlo, comenzó gritar y a blasfemar. Creyendo que era un sueño, alucinaciones y como la voz favor escucharse, se volverá dormir.
Al día siguiente muy temprano, don Miguel fue a recrearse con su horca terminada. ¡Ansiaba ponerla pronto en servicio! Conforme en iniciar sus ahorcamientos hasta el día siguiente, el verdugo se puso a hacer una lista de los que serían ajusticiados, pero en esos momentos penetró un frío helado, como de muerte, haciendo volar los papeles; mientras los recogía se dio cuenta de la presencia de cinco personajes, el viento había apagado las velas. Al momento levantó la vista para quedar frente a cinco espectrales formas que parecían confundirse con las sombras, uno de ellos habló con cavernosa voz, para decirle que venían en pos de justicia, de las que sintió en extraño escalofrío ¿en dónde había escuchado esa voz y cuándo? Entonces el espectro negro le volvió a hablar, ¡era el mismo que noches anteriores había venido a decirle que el estrenaría la horca! El verdugo quiso gritar, mas no pudo, un nudo en la garganta se le hizo y apenas balbuceó.
Don Miguel bajó la vista y descubrió horrorizado que tenía sobre su pecho aquel maldito amuleto que le lanzara el fraile, fuera de sí, abatirá su alma de horror, comenzó a retroceder; mientras lanzaba gritos espantosos, alaridos que extrañamente nadie escucho, los cinco espectros arrastraron hacia afuera a Velázquez, hasta que lo llevaron al pie de la horca revestida de plomo. El fantasma del fraile negro se quitó el cordón de su hábito para utilizarlo de soga, y con fuerza su romana los espectros arrastraron al horrorizado Velázquez por las escaleras,  le colocaron la cuerda alrededor del cuello y jalaron fuertemente. Para los seres de ultratumba nada hay imposible.
Al día siguiente los ojos profundos y apagados de los prisioneros, vieron colgado a su verdugo en la horca nueva, nadie pudo explicarse lo sucedido y menos cómo y por qué se ahorcó con un cordón viejo y podrido del hábito de un fraile tenebrario. Muerto Miguel de Velázquez, la prisión de la Acordada continuó funcionando bajo un régimen menos severo, pero igual de injusto y arbitrario.
Se aseguran documentos históricos que continuaron las ratas y el foso, llenándose de la carne de moribundos y  muertos; y asientan que en 1774 cuando se inauguró el "Hospicio de Pobres", niños y maestros frailes, comenzaron a escuchar gritos y lamentos de ultratumba, procedentes de la anexa cárcel de la Acordada. Luego en el año de 1788 ocurre un terremoto que causó grandes daños a dicha prisión, al grado de que todos creyeron que era un castigo divino; así la tétrica prisión casi fue reducida a escombros, cayeron sus muros y sus rejas, sepultando a muchos infelices.
Aunque se reconstruyó la macabra prisión, ya no funcionó igual, sino como una cárcel ordinaria y común; y años después los reos fueron trasladados a la cárcel de Belem y los años hicieron lo demás.

domingo, 25 de enero de 2015

La cabeza rodante

Vivió durante la época colonial don Bernardo Alvar y Fuentes, conde de Lafragua y Loreto, quien era un apuesto caballero, arrogante como el mismo, pues tenían encomienda muchos pueblos y una renta incalculable en ducados de oro; por tal motivo se había rodeado de muchos enemigos, pero también por su mala costumbre de hablar de “vos”, incluso a las personas más encumbradas de la sociedad novohispana, lo cual tomaban como una gran ofensa.
Don Lucas Aldama y Rivas, un visitador del virrey, se preguntó quién era aquel tipo, después de habérselo encontrado en la Plaza Mayor, durante la ejecución a garrote vil de varios sospechosos de sedición y de algunos herejes reincidentes, que portaban sambenitos negros, en los cuales estaban plasmadas las llamas del infierno y demonios que las alimentaban. Un clérigo le dio a don Lucas santo y seña de aquel individuo, a lo que el visitador le dijo que ni siquiera se había quitado la gorra al verlo. Su comportamiento resultaba muy sospechoso, por lo que había que tenerlo muy vigilado, pues no dudaban que estuviera envuelto en una rebelión contra su majestad Carlos V.
Cuando el evento terminó, el carruaje de don Lucas le ganó el paso al caballo de don Bernardo, naciendo a partir de entonces una terrible rivalidad entre ellos; el arrogante caballero dirigió su malestar sonriendo mientras se acomodaba su gorra con detalles de oro y plumas de faisán.
Pocos días después, la tarde del miércoles de Tinieblas de Semana Santa, se dio el segundo y decisivo encuentro entre aquellos caballeros, luego de que los pífanos de la guardia anunciaran que el virrey salía de Palacio Real para decir vísperas en la Iglesia Mayor, ya decorada con los colores que marca la ocasión. En esta ocasión don Bernardo de los caballeros que la acompañaban quisieron ganar del paso al visitador del rey y a sus guardias en su camino a la misa de Tinieblas; dicho encuentro terminó en insultos y un golpe de guante dado por el funcionario real al petulante personaje. Era tanto el odio que se tenían, que programaron el duelo para el Domingo de Resurrección, poco les importo faltarle al respeto a Nuestro Señor.
El encuentro se dio en el bosque de Chapultepec, don Bernardo llevó ventaja desde un principio y término por herir al funcionario, quien cayó desangrándose sobre la hierba. En esos momentos los alguaciles de la Inquisición se dirigen al sitio, enterados del sacrílego evento. Don Bernardo fue avisado por uno de sus acompañantes, que el Santo Oficio se acercaba, pero antes de intentar la huida, alcanzó a rematar al visitador con su puñal; acto seguido monto en su caballo lo más rápido posible, pero no alcanzó a llegar muy lejos, ya que fue rodeado por un grupo de jinetes y decidió entregarse.
Cuando algunos de sus amigos fueron torturados, se les hizo jurar en falso que don Bernardo quería terminar con la autoridad virreinal y autoproclamarse rey, puesto que su padre y su abuelo habían contribuido a ganar esa tierra a los naturales. Por haber pecado contra Dios y el Rey, se le condenó a morir decapitado, como era costumbre hacer con los delincuentes, en especial con los salteadores de caminos de más baja categoría. El arrogante don Bernardo se puso a llorar por semejante humillación.
Llegó el día de la ejecución, después de decir sus pecados ante el sacerdote confesor, rezó los salmos penitenciales, fue exhibido ante el escarnio del público con cadenas a los pies. La gente cercana a él lo veía con una profunda lástima; pero no se la acusó solamente por el sacrilegio que cometió el Domingo de Resurrección al matar a un funcionario del rey, sino más bien porque su poder e influencia en aumento representaban un peligro para la autoridad virreinal.
Después de que su cabeza cercenada rodó sobre el tablado, su casa fue demolida y el terreno arado y regado con sal, para que la mala hierba no volviera a crecer ahí nunca, con lo que se quería decir que se daba por terminado su linaje. El arrogante don Bernardo no había tenido hijos, pero su viuda la ejecución le provocó un aborto, provocando la muerte del que hubiera sido el futuro heredero. En donde estuvo antes la casona se colocó un letrero que decía: “Esta es la justicia que manda hacer Su Majestad, la Real Audiencia y el Tribunal del Santo Oficio de México”.
La pobre viuda murió poco tiempo después en la más absoluta miseria, pues hasta el virrey le negó una pensión por los servicios que su difunto marido había ofrecido a la Corona en su calidad de caballero y encomendero. Con el paso del tiempo fue construido un hospicio para pobres en el terreno donde estuvo la propiedad de don Bernardo.
Cierta noche de tormenta, un par de monjas que se encontraban de guardia vieron rodar una cabeza barbada por las duelas del piso, dejando sangre regada su paso. Aquella espantosa visión duró lo suficiente para que la religiosa de más edad perdiera el conocimiento; la más joven relato aquel increíble suceso, el cual se repitió durante algunos años, siempre en un Domingo de Resurrección. La siniestra aparición cesó hasta que el edificio fue demolido para abrir una calle.

domingo, 18 de enero de 2015

El Malleus Malefucarum (El Martillo de las Brujas)

Henry Charles Lea, en su libro La Inquisición en la Edad Media, nos dice que la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que inflamaron el siglo medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio.
El Papa Inocencio VIII daría el paso definitivo, al publicar la bula Summis desiderantes affectibus en 1484, para abrir la caja de Pandora de la brujería. Dos años más tarde, 1486, el Papa asigna a dos inquisidores dominicos, Heinrich Krämer y Jacob Sprenger, la persecución de la brujería en Alemania, y para ello escriben el tristemente famoso libro Malleus Maleficarum, conocido como el Martillo de las Brujas.
Krämer y Sprenger presentan este libro a la facultad de Teología de la Universidad de Colonia en espera de que fuese aprobado; pero fue declarado ilegal y antiético, ya que su demonología no estaba acorde con la doctrina católica. Krämer insertó una falsa nota de apoyo de la Universidad de Colonia en las posteriores ediciones. Fue un auténtico best seller y durante tres siglos lectura obligada de inquisidores y jueces.
Actualmente, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería, que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII.
El intrincado mundo de lo mágico, y de conexiones diabólicas, dejó una profunda huella en los cristianos del medioevo, proclives a cualquier clase de creencias, más creíbles cuanto más disparatadas; por ejemplo, las largas y frías noches que dan pie a toda clase de imaginativas representaciones, hasta concebir al demonio copulando y pactando con mujeres tildadas de brujas que, en virtud de dicho pacto satánico, tenían poder para hacer daño, causar grave enfermedad o producir la muerte, arruinar las cosechas, entre otras infinitas desgracias y prodigios, como poder volar y asistir a reuniones que se celebraban a mucha distancia, los famosos aquelarres.
El libro Malleus Maleficarum gira en torno a los maleficios que se atribuían a las brujas. Apoyada la frase bíblica “A los hechiceros no los dejaréis con vida” (Éxodo 22,18), en otros textos de las Sagradas Escrituras, en Agustín de Hipona, en Tomás de Aquino y en otros relevantes teólogos elabora su doctrina sobre la brujería con una concepción llena de prejuicios y sexista de la mujer.
En la primera parte del libro, parten del supuesto evidente de que la brujería y la hechicería existen. Creen que las brujas y los hechiceros realizan una extensa gama de males “con el permiso de Dios todopoderoso” para que el Diablo no gane un ilimitado poder y con él pueda destruir el mundo.
La segunda parte del libro describe las formas de brujería, como lanzan hechizos y como sus acciones pueden ser prevenidas o remediadas. Sprenger y Krämer en sus juicios inquisitoriales, con la ayuda de la tortura, obtuvieron mucha información sobre hechizos, pactos diabólicos, sacrificios y copula con el Diablo.
La tercera parte detalla los métodos para descubrir, destruir, enjuiciar y sentenciar a las brujas. La tortura, como en todo proceso inquisitorial, es práctica habitual. Ante un obstinado reticente, la medicina de la tortura le hace decir todo y aún más de lo que el inquisidor quisiera escuchar
En el fragmento del Malleus Malefucarum presentado por Agustín Celis, al contestar a la pregunta que los autores asimismos se hacen de porque la superstición es eminentemente femenina, presentan una verdadera sarta de lindezas misóginas:
“¡La mujer es un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un deleitable detrimento, un mal de la naturaleza pintado con alegres colores!
Por lo tanto, si es un pecado divorciarse de ella cuando debería mantenérsela, es en verdad una tortura necesaria. Pues o bien cometemos adulterio al divorciarnos, o debemos soportar una lucha cotidiana.”
En el segundo libro de La retórica, Cicerón dice:
“Los muchos apetitos de los hombre los llevan a un pecado, pero el único apetito de las mujeres las conduce a todos los pecados, pues la raíz de todos los vicios femeninos es la avaricia.”
Detrás de todo esto, están los prejuicios maniqueos contra el sexo, que se disfrazan de lascivia, apetito carnal. Y en su apoyo están muchos mitos que el patriarcado, con perversa intención fabricó. A esto se le añade la ignorancia de la psicología femenina, que brillaba por su ausencia. También desde el matriarcado, con sus mitos, prejuicios y estereotipos, se podría escribir algo parecido, o peor de los hombres; prejuicios culturales sexistas.
Los inquisidores actuaban en virtud de unos prejuicios religiosos y dogmáticos, provenientes de religiones ancestrales, que afectaban sus vidas, sus valores y su visión del mundo. Ellos mismos serán víctimas del adoctrinamiento recibido en su proceso de educación en los conventos y las instituciones religiosas, que no estaba exento, más bien impregnado de maniqueísmos y otros errores sobre la concepción de la vida, lo que les hacía mucho daño, como los complejos de culpa y las angustias por su salvación. Llevados por esos prejuicios, actuaban proyectándolos sobre los demás seres humanos, a los que perjudicaban sobremanera, pensando que con ello hacen el bien. Los prejuicios religiosos contra la mujer la hicieron víctima de infinitos oprobios, vejaciones, sufrimientos y angustias, al ser marginada y al asignarle roles de subordinación y sumisión, como terminamos de comprobar. Todos dirigidos por el Papa Inocencio VIII último responsable de los asesinatos que produjo la caza de brujas.

FUENTE: La Inquisición. El lado oscuro de la Iglesia. Primitivo Martínez Fernández. 

domingo, 11 de enero de 2015

Una bruja peligrosa

En la Edad Media, las mujeres europeas vivían en familia. Aquellas que no llegaban a contraer matrimonio, permanecían al lado de sus padres y se dedicaban a cuidar a sus sobrinos. Una de aquellas solteras, era una mujer portuguesa llamada Lucila, quien estaba enamorada de un hombre que la despreció, y por tal motivo, no quiso casarse con ninguno de sus pretendientes. Cuando la mujer hubo pasado la edad de casamiento, sus padres y hermanos comenzaron a presionarla, diciéndole que se olvidara de aquel hombre, ya que al ser bonita pretendientes le sobraban.
Ella no contestaba a las réplicas, pues no tenía caso alguno explicarles lo que no entenderían; a pesar de muchas insistencias, todo permanecía en un nivel tolerable, hasta que un día el padre le dijo que no estaba dispuesto a tener una hija solterona, y que si no se casaba la recluiría en un convento.
Como en cualquier otra casa, las órdenes del padre se acataban sin discusión, pero Lucila tuvo la osadía de replicarle, que no estaba de acuerdo con ninguna de las dos opciones, y que solamente se casaría con su único amor; pero tampoco quería ser monja.
El valor y la firmeza que demostró al expresar su decisión, dejó atónitos a todos los de su familia, siendo su padre el más impresionado; una réplica de uno de sus hijos habría sido una osadía inaceptable, pero viniendo de una de sus hijas ¡era algo terrible! ¡Qué mujer se atreve a desobedecer a su padre! ¡Con qué derecho toma sus propias decisiones! El padre se la quedó viendo como si fuera el mismísimo demonio y le dijo: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva!
El hombre no discutió más con la muchacha y arregló su matrimonio con el hijo de uno de sus amigos. A Lucila se le informó de la fecha en que se celebraría la boda, y estando su madre presente, recibió varias visitas de su futuro marido. Siempre fue grosera y fría con él, pero cuando el joven se marchaba, ella se encerraba en su cuarto a llorar.
Su madre la veía con los ojos enrojecidos, sintiendo una enorme pena por ella y trataba de consolarla, diciéndole que era un buen muchacho y que sabría hacerla feliz. Días antes de la boda, Lucila empacó sus cosas, escribió varias cartas de despedida y se fue para siempre en medio de la noche.
En un pueblo lejano de su ciudad natal encontró trabajo como cocinera de una fonda, en cuya parte trasera había un cuarto que el dueño le rento. Mientras vivió en aquel lugar, se ganó el respeto de todos porque casi formaba parte de la familia del dueño de la fonda. Pero Lucila se comportaba como una mujer muy adelantada a su época, pues tenía la loca idea de independizarse, por lo que decidió irse a vivir a una cabañita situada en las afueras del pueblo, que le rento una viuda.
Desde el momento en que se instaló en su nuevo hogar, comenzó a despertar sospechas. Durante aquellos tiempos se creía que sólo las brujas vivían solas, porque necesitaban la soledad para planear sus fechorías y entrevistarse con Satanás; otro punto en contra, era que la casa estaba completamente aislada. La gente comenzó a murmurar y a mal pensar las peores cosas de la muchacha.
Para aquella sociedad ignorante y prejuiciosa, cualquier mujer que se comportara de un modo diferente a lo que establecían los roles de su sexo, tenía que ser bruja. Lucila perdió su empleo porque su patrón no podía arriesgarse a que lo acusaran de su cómplice. A todos los sitios donde fue a pedir trabajo, le cerraron las puertas. Los amigos que había logrado hacer, le dejaron de hablar, quedándose completamente sola y sin dinero.
A su casa no podía volver, porque aunque su madre la recibiría con los brazos abiertos, estaba segura que su padre ya la había dado por muerta y nunca le perdonaría su desobediencia. Tenía un miedo horrible, pero no al hambre ni a la pobreza ni al rechazo de la gente, si no a la terrible Santa Inquisición. Debía de huir lo antes posible, a un sitio lejano donde nadie la conociera, antes de que la acusaran de bruja ante el Tribunal del Santo Oficio.
Una noche hizo sus maletas y se acostó temprano para escapar a primera hora del día; pero antes de la media noche, sonaron unos fuertes golpes en la puerta, despertó sobresaltada y aterrada. Estaba segura de que detrás de la puerta se encontraban los alguaciles de la temida institución. Aliviada suspiró cuando vio que su casera venía en compañía de unos hombres; la mujer le pidió que abandonara inmediatamente la casa, pues no quería tener una bruja como inquilina. Salió inmediatamente de la vivienda, pues ya estaba preparada y solamente tuvo que tomar sus cosas.
Al pueblo no podía dirigirse, era muy peligroso, tal vez ya la habían denunciado o la gente podría lincharla y hacer justicia por su propia mano. Entonces decidió cruzar el bosque para llegar al pueblo más cercano; entre la vegetación podía haber animales feroces o ponzoñosos, pero era preferible enfrentarse a esas criaturas que a los humanos.
Caminó durante varias horas bajo la más completa oscuridad y sintiendo mucho miedo por los sonidos que la rodeaban. Tuvo la mala suerte de tropezar con una roca, y al caer se dio un fuerte golpe en la mejilla. Cuando eran ya las siete de la mañana, llegó sana y salva a la entrada del pueblo; pero minutos antes, una serpiente había mordido a una niña, su madre había arrojado una piedra al animal, mientras éste huía, y alcanzó a darle un golpe en la cabeza.
Cuando Lucila se presentó, aquella mujer vio que traía un golpe en la mejilla y gritó: ¡Fue ella! ¡Fue ella! La muchacha sintió un fuerte dolor de angustia en el estómago, no sabía de qué se le acusaba, pero temió que ya hubieran llegado los rumores de sus supuestas prácticas de brujería. Varias personas se reunieron alrededor de las dos mujeres, y la madre de la niña mordida, dijo que Lucila era una bruja que se convertía en serpiente venenosa, señalando el golpe que tenía en la mejilla.
Las explicaciones salieron sobrando, pues todos le creyeron a la supersticiosa aldeana. Amarraron a Lucila, la montaron en una mula y la llevaron al pueblo donde había vivido, porque allí estaban las oficinas de la Santa Inquisición. El grupo de hombres, mujeres y niños que ingresó al pueblo, llamo la atención de todos y lo siguieron por curiosidad; se detuvieron ante las puertas del Tribunal, bajaron violentamente a Lucila de la mula y la arrojaron a los pies del inquisidor que salió a recibirlos. La madre de la niña explicó todo lo sucedido.
Esa misma mañana ya habían empezado a buscar a la muchacha, pues se había levantado una denuncia su contra.
La llevaron a la cámara de tortura, la desnudaron y la ataron de pies y manos. Un verdugo enmascarado le arranco los pezones con unas pinzas, otros se encargó de desgarrarle los senos con unas picas, y finalmente le metieron un hierro al rojo vivo por la vagina. Después la arrojaron a una celda inmunda y la dejaron allí varios días sin comer y obligándola a beber sus propios orines.
El auto de fe fue celebrado una semana más tarde, el pueblo entero se reunió para ver cómo quemaban a la bruja, todos estaban contentos de que si hubiera hecho “justicia”. Mientras Lucila se consumía en las llamas todos le gritaban maldiciones. En medio del horrible sufrimiento de ser quemada viva, recordó las palabras de su padre: ¡Pareces una bruja peligrosa! ¡Ojalá te quemen viva! 

domingo, 4 de enero de 2015

Palacio de la Aduana


En las calles de “La Aduana Vieja”, hubo una casa que perteneció a la marquesa de Villamayor, descendiente de los primeros conquistadores, la vendió al gobierno que la destinó para Aduana, hasta que se pasó a donde sería su destino final.
El actual edificio perteneció al Consulado, que estableció ahí las oficinas cuando cobraba las alcabalas; el tribunal dio inicio a la construcción de la Aduana en el sitio donde podemos ver el edificio actualmente, en 1729, concluyéndola seis años más tarde, después de arreglar las dificultades surgidas por el convento de la Encarnación que se oponía a que les fuera quitada la luz, ya que por las azoteas del nuevo edificio podían ingresar los ladrones. Las religiosas había querido comprar la casa que servía de Aduana y que tenía un gran corral en 1731; en dicho año ya se había reunido allí el juzgado, la antigua Oficina de Alcabalas y la Dirección General de Aduanas. En el patio ya no cabía el cada vez más grande número de recuas que conducían la carga, situación que causaba mucha confusión.
Al concluir el año de 1753, terminaba ya el noveno arrendamiento de las alcabalas, que había tenido a su cargo el Consulado desde enero de 1639 en México y sus alrededores, y aunque el tribunal y el comercio de México habían dirigido cartas al Rey para que continuara el sistema de arredrar las alcabalas; en un acto desesperado hasta llegaron a ofertar por el triple de lo que pagaba el Consulado, que tuvo a su cargo este cobro por ciento quince años, durante los cuáles subieron de manera considerable para el erario los productos de los demás ramos. Las peticiones al Rey no lograron nada, ya que las alcabalas le pertenecía a la Corona de Castilla y León; por el contrario, se mandó al Consulado que entregara el edificio destinado para la Aduana.
Resuelto el problema, el Rey estableció los sueldos y las reglas más convenientes para el fin buscado, entre las cuáles estaba la siguiente: “que desocupe y desembarace desde luego el Real tribunal del Consulado, la casa de la Aduana, para que en ella se establezcan los ministros que por cuenta de Su Majestad, hubieren de correr con ésta administración”. Al Consulado también se le exigió que entregara las garitas.
Fueron acondicionadas las habitaciones para las viviendas de los empleados y señaladas aquellas en que se habían de establecer la contaduría, tesorería y demás oficinas, procurando que el edificio no perdiera su estructura original; las bodegas, almacenes y todos estos espacios quedaron libres para depositar y cuidar las mercancías. En una de las habitaciones que quedaba junto a la puerta principal,  se dispuso el alojamiento de ocho soldados y un acabo para cuidar de todo lo que se encontraba resguardado en el edificio.
Por el aumento de la población, el Rey dispuso en el año de 1777 que se ampliara la Aduana de México para que se pudiera hacer el reconocimiento de los costales, barriles y demás mercancías transportadas por la multitud de recuas que contantemente arribaban a la Capital; para tal proyecto,  fueron adquiridas las casas contiguas: por el frente hacia la Inquisición, unos edificios que pertenecieron al convento de la Encarnación, levantados en el año de 1692, en que fueron compradas a la familia de doña Francisca Belvis de Belvis, marquesa de Venabitis y condesa de Villamonte; antes habían pertenecido al mayorazgo que fundó  don Francisco Pacheco y Bocanegra.
Hemos mencionado el cobro de las alcabalas, pero ¿de dónde surgió? El derecho de alcabala cobrado en la Aduana por lo que se vende o cambia, tuvo su origen en España por acuerdo y concesión espontánea de los vasallos en la Corte; en el año de 1342, bajo el reinado de don Alonso XI y se confirmó en 1349, quedando agregado de manera permanente al fondo del Real Patrimonio. El valor de la alcabala fue variando, hasta que se estableció en el diezmo.
Las zonas de América que estaban incorporadas a la corona de Castilla por derecho de conquista, fueron libertados en 1522 de la alcabala; pero quedaron sujetos a los mismos estatus que la Metrópoli, y en una junta de ministros que formó Felipe II en el año de 1558 para tratar los asuntos de Indias, se acordó que se cobrara en estos dominios el real derecho de alcabalas, encargando a los virreyes ésta tarea. Se expidió entonces una real orden a los diez años y otra a los tres, en que hacía referencia a la falta de fondos en el Real Patrimonio, debido a que las batallas lo habían consumido; por lo que se mandó establecer el derecho de dos por ciento de alcabalas sobre las primeras ventas o cambios de todo género de mercancías. El virrey don Martín Enríquez publicó el 17 de octubre de 1574, que quedaban exentos de pagar la alcabala los indios, las iglesias y personas eclesiásticas en todo lo que fuere vendido o cambiado por vía de negociación.
Ahora vamos a dar un tremendo salto en el tiempo y nos vamos a ubicar en el año de 1922, cuando José Vasconcelos era el Secretario de Educación, quien consideró que era necesario que dicha institución contara con su propio edificio, para así poder tener en un solo lugar los distintos departamentos que la conformaban: Departamento Escolar, Departamento de Bibliotecas y Departamento de Bellas Artes, así como también el personal que ahí desempeñaría sus funciones.
El entonces presidente la República, el general Álvaro Obregón, aceptó encantado la propuesta del Secretario. El edificio elegido para tal fin, fue el que había sido por mucho tiempo la Aduana; una vez arreglados los trámites correspondientes, en el inmueble se llevaron a cabo los trabajos de acondicionamiento y remodelación, tratando de conservar su arquitectura original. Después del arduo trabajo, la nueva sede de la Secretaría de Educación Pública fue inaugurada con bombo y platillo el 9 de julio de 1922.
Sin embargo, Vasconcelos no estaba contento con los resultados, sentía que el edificio no reflejaba la esencia de la Cultura Nacional; después de mucho pensar, decide invitar a Diego Rivera para que en sus muros plasmara el mensaje que quería proyectar a todos los ciudadanos de esta gran ciudad.