domingo, 23 de febrero de 2014

Los Piratas en México

La literatura antigua consigna a los griegos como los primeros piratas europeos, dada su calidad de buenos marinos y su posición geográfica del Mediterráneo. Posteriormente surgieron los piratas “berberiscos”, comandados durante décadas por los hermanos Barbarroja.
Entre los siglos XV y XVI, los hubo de distintas nacionalidades, que asolaron el Canal de la Mancha, las costas de África y las colonias españolas en América. En la caribeña isla de Santo Domingo surgió el gremio de piratas autodenominado Cofradía de los Hermanos de la Costa, que bajo ciertas normas de conducta y organización se dedicó a asaltar y robar embarcaciones, ciudades y puertos de las colonias españolas en América.

Franceses e ingleses en el Golfo de México

De todas las incursiones corsarias en el golfo de México, destacaremos las de mayor impacto político social entre las potencias europeas, porque de darse en un marco de confrontación.
En diciembre de 1522, el corsario francés Jean  Fleury o Juan Florín, asaltó dos carabelas españolas enviadas a la península ibérica por Hernán Cortés, que entre otras cosas transportaban invaluables tesoros del imperio de Moctezuma. Toda Francia está orgullosa de la magnitud del asalto, y especialmente el rey Francisco I, quien con esta acción descubrió las inmensas posibilidades de sacar provecho a la guerra que mantenía con España.
En la década de 1560-1570, brilló la figura de John Hawkins, traficante de esclavos negros y corsario inglés quien durante ese periodo realizó varias expediciones a las Antillas y al Golfo de México, provocando gran temor por la forma violenta de llevar a cabo sus propósitos comerciales. Durante su cuarta expedición en 1568, una tormenta en el mar Caribe lo obligó a continuar su pillaje por las costas mexicanas. El 16 septiembre su armada de seis buques llegó a la sonda de San Juan de Ulúa, siendo confundida por las autoridades portuarias con la flota de nuevo virrey, Martín Enríquez de Almanza, de quien se esperaba inminentemente su llegada. Los guardacostas españoles subieron a las naves de Hawkins, siendo tomados inmediatamente como rehenes. Al día siguiente arribaron a la zona las 13 naves que acompañaban al virrey, generándose una gran tensión entre ambos bandos.
Después de una corta tregua que permitió a los españoles desembarcar  y a los ingleses reparar sus naves, el virrey Enríquez planeó combatir a los intrusos. Ante la sospecha de los corsarios, los españoles iniciaron el ataque mediante un toque de clarín, y con repentina furia atacaron a los ingleses tanto la playa como en sus navíos.
Los corsarios lograron escapar de la feroz batalla con tan sólo dos naves: el Minion y el Judith, este último al mando de Francis Drake, quien adelantó la huida. A la mañana siguiente, la almiranta Minion al mando de Hawkins hizo escala en la muy cercana Isla de los Sacrificios, y posteriormente navegó durante muchos días en un "mar desconocido, con los corazones acongojados, hasta que el hambre nos obligó a buscar tierras, porque los pellejos no parecían buena comida, y ni las ratas, gatos, ratones ni perros escaparon si podían ser atrapados, papagayos y monos que tanto precio los teníamos y los encontramos más productivos si servían de alimento a una cena".
El 8 octubre los maltratados corsarios desembarcaron en el Bajo Pánuco (cerca de Tampico), para aprovisionarse de agua y víveres. Ante los reclamos de la tripulación por las inclemencias, 100 hombres fueron abandonados en tierra, mientras otros tantos continuaron la travesía rumbo a su país.
De los desembarcados sobrevivieron 78, a causa de las agresiones sufridas por los nativos chichimecas, los efectos del hambre, el paludismo y los problemas para abrirse paso la selva. Más tarde fueron rescatados y juzgados como "herejes protestantes" por la Inquisición novohispana.

domingo, 16 de febrero de 2014

La leyenda de los volcanes


Muchísimas son las leyendas y poesías que se han escrito, inspiradas por el Popocatépetl y el Iztaccihuatl; entre las más importantes se encuentran los versos del poeta peruano José Santos Chocano:

El Iztaccihuatl traza la figura yacente de una mujer dormida, bajo el sol.
El Popocatépetl flamea en los siglos como una apocalíptica visión;
y estos dos volcanes solemnes tienen una historia de amor,
digna de ser cantada en las complicaciones de una extraordinaria canción.

Iztaccihuatl - hace ya miles de años - fue la princesa más parecida a una flor,
que de la tribu de los viejos caciques del más gentil capital se enamoro.

El padre augustamente abrió los labios y díjole al capitán seductor
que si tornaba un día con la cabeza del cacique enemigo clavada en un lanzón,
encontraría preparados, a un tiempo mismo, el festín de su triunfo y el lecho de su amor.

Y Popocatépetl fue a la guerra con esta esperanza en el corazón:
domó la rebeldía de las selvas obstinadas, el motín de los riscos contra su paso vencedor,
la osadía despeñada de los torrentes, la asechanza de los pantanos en traición;
y contra cientos y cientos de soldados, por años de años gallardamente combatió.

Al fin tomó a la tribu, y la cabeza del cacique enemigo sangraban su lanzón.

Halló el festín del triunfo preparado, pero no así el lecho de su amor:
en vez de el lecho encontró el túmulo en que su novia, dormida bajo el sol,
esperaba en su frente el beso póstumo de la boca que nunca en vida la besó.

Y Popocatépetl quebró en sus rodillas el haz de flechas; y en una sorda voz,
conjuró las sombras de sus antepasados contra las crueldades de su impasible dios.

Era la vida suya, muy suya, porque contra la muerte de la ganó:
tenía la riqueza, el poderío; pero no tenía el amor...

Entonces, hizo que veinte mil esclavos alzaran un gran túmulo ante el sol;
amontonó diez cumbres en una escalinata como de alucinación;
tomó en sus brazos a la mujer amada, y él mismo sobre el túmulo la colocó;
luego, encendió una antorcha, y para siempre,
quedose en pie alumbrando en el sarcófago de su dolor.

Duerme en paz, Iztaccihuatl; nunca los tiempos borrarán los perfiles de tu casta expresión.


Vela en paz, Popocatépetl; nunca los huracanes apagarán tu antorcha eterna con amor

domingo, 9 de febrero de 2014

Los casamientos en Tenochtitlán


Una vez que era elegida la novia, las ancianas encargadas de llevar a cabo los trámites a favor del pretendiente, acudían hasta  tres veces a solicitarla, llevando regalos; sino cedían en las dos primeras los padres de ella, y si veían con buenos ojos al novio, entonces era aceptado en el tercer intento. Prolijas y largas palabras eran dedicadas a la pareja por parte de los familiares. En el Códice Mendocino podemos encontrar una escena de casamiento, en la cual se pueden ver sentados sobre petates a los novios, sus mantas atadas por un extremo, en tanto que en el fondo del cuarto está un fogón encendido y a cada lado de los novios están los padres. Una vasija con alimentos indica el banquete que se preparaba para esa ocasión, según las posibilidades de las familias. Fray Bernardino de Sahagún se refiere a ese momento así:

"Hecho esto las casamenteras ataban la manta del novio, con el huipilli de la novia, y la suegra de la novia iba y lavaba la boca de su nuera, y ponía tamales en un plato de madera junto a ella, y también un plato con molli, que se llama tlatonilli; luego daba a comer a la novia cuatro bocados, los primeros que comía, después daba otros cuatro al novio, y luego a ambos juntos los metían en una cámara y las casamenteras los echaban en la cama, y cerraban las puertas y dejábanlos a ambos solos."

Resulta fácil imaginarse el banquete con tamales, pavo, mole, chiles, tortillas y a los invitados acudiendo al mismo con regalos, ya fuera a pie o, por el principal medio de transporte, en canoa. Como todos sabemos, en Tenochtitlán había gran cantidad de canales y se han encontrado restos de canoas muy angostas hechas de madera; con ellas no sólo se comunicaban en el interior de la ciudad, sino que miles de ellas atravesaban el lago para llevar productos o transportar personas a las ciudades ribereñas.
Una vez terminadas las ceremonias con que se celebraba el acontecimiento, la pareja vivía aparte de la casa de sus familiares, pero en el calpulli (barrio) al que pertenecían. Allí, la mujer se dedicaba a las labores del hogar, para las cuales había sido educada, en tanto que el hombre atendía el trabajo de su especialidad.



domingo, 2 de febrero de 2014

Los Niños Dios

EL NIÑO HALLADO
Cuenta la leyenda que cuando unos niños estaban jugando, vieron a otro corriendo en las
cornisas que el Templo; como su tamaño pequeño pensaron que se trataría de un duende y empezaron a lanzarle piedras, hasta que lo perdieron de vista. Al día siguiente el niño se volvió a ser presente, pero en esta ocasión corría en las cornisas y en la azotea, y de igual forma le volvieron a lanzar piedras.
Al tercer día los niños esperaban con entusiasmo la aparición de lo que ellos creían que era un "duende", y no tuvieron que esperar mucho, pero esta vez se hizo presente en la puerta del zaguán de la casa de la marquesa del Villar de Águila, enfrente de la torre del templo. Los niños sin misericordia alguna se lanzaron sobre el "duende", obligándolo a pasar en medio del lodo, quedando la mitad de su cuerpo manchado; el pequeño cruzó la casa de don Ignacio Coronado, quien al darse cuenta de lo que ocurría, dio órdenes a  uno de sus esclavos de que salvaran a la criatura.
Pero al momento de tomar la mano, ante el asombro de todos, el pequeño quedó petrificado, ¡se convirtió en madera! Sorprendido don Ignacio, tomó rápidamente la imagen y la llevó al convento para narrar lo que había ocurrido, las religiosas recibieron la imagen del Niño y mientras lo observaban se percataron de que estaba manchado de lodo y con profundas heridas. Gran sorpresa se llevaron las hermanas cuando trataron de limpiarlo, pues por más que lo lavaban no pudieron quitarle las manchas, sin embargo, conforme pasaron los días las heridas se borraron. Debido a todos los hechos ocurridos, las religiosas decidieron bautizarlo como el "Santo Niño Hallado".
Anteriormente se le podía visitar en Tacubaya, pero fue trasladado junto con la imagen del niño de las Suertes hasta Xochimilco, por la cantidad de devotos que los visitaban superaba por mucho al espacio del convento.

Oración
¡Oh mi Jesús y Santo Niño Amado!
¿Hasta cuándo Señor se ha de esmerar vuestro amoroso
celo en cuidado de esta alma divertida de pecar?
¿Hasta cuando mi Dios ha de hacer vado ese río caudaloso
en el amar? Nunca jamás, que siempre más ardiente.
Nos Amáis y Amaréis Eternamente.
Amén.

NIÑO LIMOSNERITO

Cuando se encontraban realizando un viaje el Padre Troncoso y el Padre José María Violáceo a Roma en el siglo XIX, surgió la necesidad de tener la imagen de un niño Dios del templo de la Sagrada Familia, para que los feligreses tuvieran a quién irle a pedir ayuda. El trabajo fue encargado hasta Barcelona, quedando en las prodigiosas manos un artista que logró plasmar una actitud suplicante con una manita extendida y la otra cargando una bolsa de peregrino.
Ya en México, Padre comenzó su labor entre los colonos de Santa María la Ribera, llevando al Niño de casa en casa para obtener las limosnas suficientes; al cumplir su objetivo el Niño fue trasladado en dos ocasiones hasta que arribó a Tlatilco, en donde se le comenzaron a solicitar infinidad de favores que se cumplían. La devoción y la fe creció como la espuma, y en poco tiempo fue levantado un templo para qué aquel Niño por el patrono; de ahí se le empezó a conocer como el Niño Limosnerito.
Los vecinos de los fieles aseguran que cuando se ingresa en el templo o se cruza enfrente de la imagen, se extenderá la mano como solicitando limosna, para que el Niño colme de bendiciones y abundancia para todo aquel que se lo solicite.

Oración
Os adoro, amable Niño del pesebre, el más humilde y el más grande de los hijos de los hombres y el más pobre y el más rico, del más débil y el más poderoso.
Os bendigo, por qué os habéis dignado a descender hasta mí, para hacer mi modelo en la práctica de todas las virtudes, mi guía en las dificultades de la vida, y mi consuelo en los días de aflixión.
Os amo, porque venís a mí con amor infinito; con amor generoso, al que no cansan mis ingratitudes; con amor obsequioso, que se anticipa a los tardíos impulsos de mi corazón; con amor paciente, que espera mi conversión para amarme más tiernamente aún. Por eso, con el corazón lleno de agradecimiento, de rodillas al pie de este lecho de paja, os adoro, bendigo y amo, con todo el fervor de mi alma, y me atrevo a levantar mis ojos hasta mi Dios, que se digna mirarme.

domingo, 26 de enero de 2014

La casa del Diablo (Pedregal de San Ángel, donde hoy está el monumento a Obregón)

Durante el siglo XVI muchos españoles navegaban al continente americano en busca de fortuna; entre los viajeros estaba don Rodrigo  de Villanueva y su familia, que llegaron al Nuevo Mundo sin mucho dinero, para tomar posesión de una casa que habían heredado.
Cuando llegaron, el lugar señalado, su sorpresa fue grande al ver que la casa se encontraba en ruinas, y a pesar de ser muy grande, las tierras ubicadas en el frente estaban abandonadas. La esposa e hijo de don Rodrigo se negaban a quedarse  en ese lugar, pero no tenían otra opción, debido a que no tenían el suficiente dinero para regresar a España. A pesar de los intentos del padre de familia para darles ánimo con sus palabras, su hijo presentía que había una extraña energía, la cual se fue intensificando conforme recorrían las áridas tierras.
Mientras caminaban escucharon como retumbaban unas siniestras carcajadas, todos miraron a su alrededor y no encontraron a nadie cerca, pero cuando don Rodrigo preguntó quién andaba por ahí, desaparecieron de inmediato; el silencio se apodero del lugar y una ligara corriente de viento se dejó sentir. Entonces de la casa salió un anciano con un aspecto desagradable; tenía la piel opaca, los ojos hundidos y amarillentos y sonreía con una boca carente de dientes. Aquel hombre camino hacia donde estaban los españoles, diciéndoles que aquel viento venía del mismísimo infierno y que no iba a descansar hasta que la casa fuera destruida. Nadie se había atrevido nunca a enfrentarlo…
Don Rodrigo se volteó molesto hacia el anciano para reclamarle, pero al voltear, este ya había desaparecido de manera extraña, ¿A dónde se había ido?  Su esposa se acercó para calmarlo, haciéndole entender que era más importante buscar un lugar seguro para pasar la noche.
Al día siguiente salieron  muy temprano para buscar trabajadores dispuestos a labrar las tierras, pero éstos al ver el lugar del que trataba, salían corriendo como alma que lleva el Diablo. Don Rodrigo pensaba que estaban obsesiones, pero si hijo les daba la razón, pues sentía que aquella casa estaba maldita, aunque su papá no le creía. En ese momento se volvieron a escuchar las mismas siniestras carcajadas, y al volver sus miradas vieron como aquel anciano salía de una de las habitaciones en ruinas, pero ahora tenía un tic nervioso que lo obligaba a cerrar el ojo, y entonces les advirtió que por más que se esforzaran en levantar la casa, el viento del Diablo vendría a acabar con todo. Molesto don Rodrigo desenvainó su espada para correrlo, pero cuando volteó ya había desaparecido.
Los días siguientes fueron de trabajos pesados, pues al no encontrar gente que quisiera labrar las tierras, ellos solos tuvieron que levantar aquella casa en ruinas y sembrar las áridas tierras. Pocos meses después los meses después, los maizales crecieron en un hermoso color verde, que le daba un toque distinto a todo el lugar, todo se veía totalmente diferente.
Todo marchaba viento en popa, la familia iba a juntar suficiente dinero, sin embargo, cierta noche, cuando se disponían a dormir, una fuerte viento comenzó a soplar en los campos, que se volvió más violento a los pocos minutos. Así como llegó el viento, se detuvo de repente, dejándose escuchar después unos aterradores gritos, los cuáles parecían de alguien que estaba a punto de morir. Don Rodrigo despertó con sobresalto, y al mismo tiempo la puerta de la habitación se abrió violentamente; por la ventana se podía ver como el fuerte viento arrastraba la tierra.
Don Rodrigo quería encontrar alguna explicación a tal fenómeno, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos, cuando hijo entró a la habitación con un miedo que le helaba la sangre, él sabía que esto solo podía ser obra del Demonio; su padre no le hizo caso a los temores de su hijo. Entre los dos intentaron cerrar la ventana, pero el viento soplaba tan fuerte, que se los impidió; a los lejos se dejó escuchar otro desgarrador lamento, como si fuera el augurio de que algo terrible iba a suceder. Después se dejó venir un silencio sepulcral, seguido de un viento todavía más fuerte que arrancó el tejado de la casa, los corrales de los animales y el sembradío. De nada sirvió los fervorosos rezos de la familia, pues el viento sopló toda la noche.
Al día siguiente, todo estaba en ruinas como cuando llegaron, la esposa de don Rodrigo lloraba desconsolada, mientras su hijo trataba de convencer a su padre de que el anciano les había advertido claramente del peligro que ahí corrían, pero don Rodrigo molesto le dijo que por nada del mundo abandonaría la casa, de ser necesario lucharía contra el Demonio. La familia no intentó contradecirlo porque el señor era muy necio, y sabían que nada lo haría cambiar de opinión; así que con el rostro lleno de tristeza, ingresaron a la casa en ruinas.
Pasaron los meses y don Rodrigo con su familia volvieron a levantar la casa, construyendo los corrales y sembrando; las tierras pronto volvieron a reverdecer, todo volvía a ser como antes. Todos estaban inmensamente felices, hasta que escucharon aquella infernal voz que les dijo: “De nada os servirá tanto esfuerzo, porque esta noche el viento del infierno volverá”. Cuando la oscuridad llegó, los vientos violentos volvieron a soplar y los desgarradores lamentos se volvieron a escuchar; y como en  caso anterior, un silencio sepulcral invadió el ambiente, seguido de un viento todavía más fuerte. El techo comenzó a desprenderse, pero la señora trataba de luchar con rezos.  El muchacho angustiado y desesperado salió de casa, para tratar de detener a los animales que se escapaban, al ver que los corrales ya no estaban; como pudo tomó a uno de los caballos de las riendas, el cual lo arrastró hacia una colina. Los angustiados padres no sabían dónde estaba su hijo, pero aquella siniestra voz sí: “Busquen a su hijo en la Boca del Diablo”.
Los padres salieron en busca del muchacho, pero al parecer nadie sabía en donde estaba dicho lugar, entonces se dedicaron a recorrer cada rincón de los alrededores durante varias horas. Cuando encontraron a su hijo nada ya pidieron hacer por él, ya estaba sin vida, presentaba señales de tortura y al parecer su muerte había sido lenta y dolorosa.
Finalmente don Rodrigo comprendió que la propiedad estaba maldita. En ese instante aparece el anciano  para decirles que el espíritu de su hijo vagaría por aquellas tierras, hasta que el mal fuera expulsado. Don Rodrigo estaba molesto, ya había pensado irse inmediatamente a España, pero las palabras del anciano lo hicieron desistir.
Los días siguientes fueron pasando lentamente, hasta que una semana después se dejaron escuchar uno tristes lamentos de su hijo, pidiéndoles ayuda  a sus padres. Al abrir la ventana vieron con horror al espectro, que lloraba y se lamentaba por andar penando. El muchacho les advirtió que se tenían que ir porque cosas peores se venían; apenas hubo terminado de decir aquellas palabras despareció.
Al día siguiente esperaban con ansias que la noche cayera para poder ver a su hijo nuevamente y averiguar la forma de poderlo ayudar. La visión que se les hizo presente era mucho pero, pues ahora ya tenía sus carnes a medio consumir y se desprendía de él olor fétido; aun así su madre lo abrazó. El fantasma les dijo lo mismo de la noche anterior e igual volvió a desparecer.  La siguiente noche se volvió a aparecer para hacerles saber que la maldición del lugar desaparecería cuando alguien tomara una cruz y se parara en el centro de la casa, la tierra desvía tapar todo; era la única manera en el que muchacho podría obtener el descanso eterno. Era la última  vez que los padres verían a su hijo.
Al día siguiente fueron en busca de un sacerdote, pero ninguno se ofreció a ayudarlos.  Cuando creyeron que todo estaba perdido, encontraron en su camino a un fraile que sólo iba de paso, el cual traía un caballo que se comenzó a alocar y salió corriendo hasta la propiedad de los españoles; don Rodrigo trató de calmar al caballo, pero éste lo atacó causándoles severas heridas. Al fraile se le caía la cara de vergüenza por lo que había pasado, pero ya ni llorar era bueno por qué el hombre ya estaba muerto; su esposa lloraba destrozada.
Desesperada la mujer, le relató al fraile todo lo que había acontecido en torno a la casa maldita, y le pidió encarecidamente su ayuda; lleno de curiosidad el religioso se trasladó hasta la ciudad para informarse de lo que había pasado en ese lugar. Pregúntale preguntando, se enteró que unos brujos habían lanzado una maldición y está no puede romperse hasta que alguien fuera sepultado con una cruz por la tierra que volaba el viento, por lo que todos los ahí presentes creyeron que era el momento de que esta maldición llegará a su fin. Las personas que se ofrecieron ayudar, enterraron a don Rodrigo en forma vertical sin una cruz en su ataúd y rociado con agua bendita; al caer la noche todos estaban ansiosos por saber qué iba a ocurrir.
Cerca de la medianoche el viento comenzó a soplar, acto seguido el fraile colocó una cruz en el ataúd y el resto de los ahí presentes se refugiaron en las ruinas de la casa; todos empezaron a rezar, al mismo tiempo que el religioso buscaba refugio. Cuenta la leyenda que el espíritu de don Rodrigo salió de su tumba y empezó a luchar contra los vientos, después le pidió a su esposa que se fuera de aquel lugar, pues ahí se debió edificar una iglesia para terminar con la maldición de una vez por todas.

La última voluntad de don Rodrigo fue cumplida al pie de la letra, ya que al día siguiente su esposa se embarcó rumbo a España y la vieja Casa del Diablo, fue demolida y sobre estos terrenos fue levantada una pequeña iglesia, que con el paso del tiempo tuvo que ser reubicada.

domingo, 19 de enero de 2014

Los antiguos calendarios

Al igual que en la época actual, se acostumbraba publicar cada fin de año para el siguiente; muchos calendarios adquirieron gran popularidad, pero con títulos tan extravagantes como: Astrolabios, Pronósticos, Lunarios, Efemérides, Uranías, entre otros más.
Los autores eran personas distinguidas, astrónomos médicos, arquitectos, agrónomos, matemáticos, individuos instruidos como los bachilleres y doctores de la Real y Pontificia Universidad de México.
Fueron publicados en el siglo XVI, el Pronóstico por el Licenciado Brambila; en el siglo XVII el reconocido autor de las obras del desagüe, Enrico Martínez, un Lunario para el año de 1606; el famoso anticuario, don Carlos de Sigüenza y Góngora, una serie de Pronósticos, desde 1671 hasta 1690; y el doctor Juan de Saucedo otro Pronóstico para el año de 1677.
A principios del siglo XVIII, el doctor Manuel Alcibia arregló los Pronósticos, de 1707 a 1711, y las Efemérides mexicanas le tocaron don Pedro Alarcón, quien era médico, astrólogo, matemático  y a veces poeta. Para que alguien pudiera hacer un calendario tenía que cubrir una serie de requisitos, se requería entonces ser matemático para los cálculos, astrólogo para predecir el fututo, doctor en medicina para anunciar las enfermedades y prevenirlas, agrónomo para guiar a los agricultores, y poeta para dedicarle hermosas palabras a la Virgen de Guadalupe.
En esta misma centuria surgieron otros autores; el Dr. don José Escobar  y Morales (1714-1721),  el Dr. Miguel Mussientes y Aragón (1716-1735), don José Villaseñor (1738), don Miguel Francisco de Illarregui (1750), don Domingo Lasso (1776), con muy mala suerte este último, pues al parecer nunca le dieron la licencia para poder publicar su calendario; y el Lic. Ignacio Vargas, abogado de la Real Audiencia e individuo del Ilustre Colegio de esta Corte, que en 1791, dio a la prensas un Calendario Curioso  o Verdaderas Efemérides de Nueva España, dedicado al célebre conde de Revilla Gidedo, llamándolo “Padre de la Patria, benefactor, conservador y protector de cuanto es útil y glorioso.”   
Otro personaje importante es don Juan Antonio Mendoza y González, contador de la Santa Catedral de Puebla y profesor de ciencias matemáticas, que desde 1708 y hasta 1728, se dedicó a elaborar un meridiano de México, que era un Lunario con el nombre de “Uranía Americana Septentrional”, para el acierto de las ramas de la medicina, la navegación  y de la agricultura. Cada año este personaje imploraba al Santo Tribunal, la licencia para añadir un eslabón más a la cadena de favores que le otorgaban los Señores del Santo Oficio, a quienes siempre estuvo muy agradecido.
Los calendaristas más famosos del siglo XVIII, gracias a sus amplios conocimientos y por la utilidad de sus publicaciones, fueron don Felipe de Zúñiga y Ontiveros, quien era filo-matemático y Agricultor titulado de Tierras, Aguas y Minas de todo el Reino, y su hijo Marino de Zúñiga y Ontiveros, quien compartía con su padre la misma afición. Don Felipe estuvo trabajando desde 1752 hasta 1794; al morir el padre, don Mariano continuó con el trabajo desde 1795 hasta muchos años después de consumada la Independencia. Arreglaron los meridianos de México y Puebla, así como sus publicaciones que salieron a la luz en diferentes fechas: Calendario Manual, pequeño (bolsillo); Ephémeris (agricultores y enfermos); Calendario Manual y Guía de Forasteros (iglesia, ejército y políticos).
Ahora que ya tenemos una idea de cómo eran los calendarios que circulaban en la Nueva España, cabe destacar que estos autores incluían predicciones agrícolas, náuticas y médicas; además de futuros contingentes y casos que se ya dejaban a libre criterio (guerras, paces, motines). El Pronóstico que se preparaba en 1648 para el año de 1649, aseguraba que habría fiestas a morir, músicas y danza, que introducirían nuevas modas, que si el planeta Venus auguraba muchos casamientos, los mercados obtendrían buenas ganancias, que los negros e indios se entregarían a más borracheras, que si se harían peregrinaciones y romerías a los templos, etc.
Durante muchos tiempo dejaron pasar una serie de vulgaridades astrológicas, como el indicar las horas del día en que se podía tomar purga, tragar píldoras, bañarse, evacuar flemas, sangrarse cualquier parte de cuerpo, lavarse la cabeza, etc.; porque según ellos los planetas iban a influir de manera positiva o negativa. Pero también había Manuales de Medicina Doméstica, en que se indicaban las predicciones de cada mes:
  • Enero: dolores de pecho, costado y pulmones
  • Febrero: Fiebres, anginas, apoplejías y llagas en parte ocultas
  • Marzo: Irritaciones, sangre, laringitis y viruelas
  • Abril: Pulmonías y dolores de costado
  • Mayo: Mismas dolencias
  • Junio: Fiebres, dolores de cerebro y algunas viruelas
  • Julio: Convulsiones, dolores de costado y pecho
  • Agosto: Dolores de huesos
  • Septiembre: Fiebres y dolores de costado
  • Octubre: Mismas dolencias
  • Noviembre: Gripas y abortos
  • Diciembre: Mismas dolencias
¿Y porque todos estos horrendos augurios? Porque Mercurio  y la Luna andaban fríos, Saturno destemplado, Júpiter colérico, Marte displicente, Venus amorosa y el Sol andaba confabulándose con los signos de Zodiaco; para descargar sobre la pobre gente vientos, huracanes, granizos, neblinas, nevadas, relámpagos, y más desgracias.

domingo, 12 de enero de 2014

La novia fantasma (Sucedió en la hoy calle de Uruguay)

La siguiente historia, que los siglos han convertido ya en leyenda, figura en los anales antiguos y misteriosos de la Nueva España, tuvo lugar durante el siglo XVII…
Ahora vamos a tomar nuestra máquina del tiempo y nos vamos a trasladar a la Capital de la Nueva España al año en gracia de 1664. La gente comentaba con acres palabras la actitud escandalosa del virrey don Juan de Leyva y de la Cerda, Marqués de Leyva y Ladrada, conde Baños; desde la virreina, los hijos y las hijas, eran causantes de escándalos, así en la calle como en el Palacio.
En la casa de don Miguel Pérez de Valdivia se discutía un delicado asunto de bodas, pues la familia deseaba que el virrey apadrinara al joven matrimonio, pero su escandalosa vida hacia que el acontecimiento se tuviera que aplazar a cada rato, por lo que mejor se decidió esperar al próximo virrey que ya no tardaría mucho en llegar a tierras mexicanas.
El 15 de octubre de 1664, hizo su entrada solemne a la capital el nuevo virrey don Antonio Sebastián de Toledo, Marqués de Mancera, quien representó una esperanza para los ciudadanos, cansados de pleitos entre la Audiencia, Virreyes y Arzobispos. La llegada del virrey vino  a salvar el compromiso a don Miguel, ya que su hija doña Juliana, casó con el joven caballero don Juan Antonio Orduña y Gómez; como regalo de bodas, don Miguel les regaló la casa número 12 de la entonces calle segunda de San Agustín, hoy Uruguay.
Transcurrieron ochos días, sin que ningún incidente malo perturbara la iniciada felicidad del matrimonio, pero a la novena noche, don Juan Antonio se hallaba en la biblioteca, cuando creyó escuchar un gemido, y pensó que su mujer se hallaba enferma, entonces salió al corredor para distinguir cerca de la escalera una sombra; creyendo que era su esposa, decidió seguirla, pero al llegar al pie de la escalera, la sombra de mujer se había esfumado. Preocupado y deseoso de averiguar si había visto a su esposa, o más de la cuenta, se dirigió a la alcoba, y fue grande su sorpresa al encontrarla profundamente dormida.
La segunda experiencia tuvo lugar tres noches después, y toco la suerte a doña Juliana, cuando al filo de la media noche, creyó escuchar unos gemidos; y como si alguien la llamara por su nombre, vio hacia donde estaba su vestido de novia y descubrió una sombra a la cuál le preguntó quién era,  a lo que la mortal aparición respondió lanzado un profundo suspiro y se abrazó al blanco vestido de novia. Al darse cuenta la muchacha de que se trataba de una muerta, pegó un espantoso grito y en el acto se desmayó; al escucharla su marido despertó  y le habló de inmediato, doña Juliana despertó alterada y le contó todos sucedido con la sombra que había visto.
Durante tres noches no volvieron a oír no ver nada los esposos, pero a la cuarta noche don Juan leía y su esposa lo aguardaba dormitando, ya que por obvias razones tenía miedo de dormir sola. Al ver el joven que su mujer se estaba quedando dormida, decide dejar su lectura para el día siguiente, para después subir juntos las escaleras rumbo a su alcoba. Apenas trataba de conciliar el sueño, cuando oyeron ambos un gemido, y la esposa que ya sabía el sitio de la aparición, señalo hacia su vestido de novia, quedando ambos horrorizados al ver como la muerta abrazaba la prenda. Con la garganta anudada por el miedo, don Juan se dirigió a la muerta para preguntarle quien era, pero al no recibir respuesta le pide que en nombre de Dios se marche, al igual que doña Juliana, quien temerosa busca la protección de su marido mientras habla. Al invocar el nombre de Dios, la horrible aparición se desvaneció en las sombras.
Desesperados y angustiados por esta situación, al día siguiente doña Juliana se va a confesar, y mientras tanto don Juan va a hablar con fray Tereso de Santiago, quien  tenía fama de ser experto en cosas de ultratumba. El religioso lo escuchó con atención, y la terminar su relato, le contó que aquella casa fue de las hermanas de Solís y Covarrubias, la cual estaba en vuelta en un gran misterio, pues solo se sabía que algo espantoso había ocurrido en su interior, pero era difícil saber que fue porque la protagonista de la historia había muerto años atrás en un asilo de locos. 
Como lo prometió fray Tereso, se presentó tres noches después en la casa de los esposos para aguardar pacientemente a que el espectro hiciera acto de presencia en la alcoba; sin faltar a su cita, la aparición se manifestó al paso de la medianoche con un sepulcral gemido. Allí estaba la fantasmal mujer y el fraile se apresuró para hacerle frente para preguntarle quien era y el motivo de su penar. Por la horrible boca fétida de la muerta comenzó a salir una triste historia:

“Sabed que fui en vida doña Pilar de Solís y Convarrubias, y que está fue mi casa. Sabed que próxima estaba a desposarme con mi joven y apuesto galán, don Fernando de Peñalva, y yo no supe cuándo ni porque mi hermana mayor, Anunciación, comenzó a odiarme, y al parecer se enamoró de mi prometido que nada sabía de aquella pasión. Ajenos a todo cuanto de maldad había en el alma de mi hermana, cierto día pedimos su venia para casarnos, pero ella nos aconsejó que debíamos aguardar un año. Así dando vueltas y rodeos, fueron pasando los meses, hasta que un día mi prometido le hizo saber que ya no podía aguardar más para casarse. Grande fue su sorpresa cuando Anunciación le confesó que ardía de pasión por él, a lo que este le contestó que era algo monstruoso.  Pero lo más monstruoso iba a ocurrir noches después, cuando el alma perversa de mi hermana la impulsó al crimen: sorprendiendo mi sueño plácido, sin temores, me apuñaló sin piedad. Contenta por lo que me había hecho, abrió una oscura fosa  en el patio de esta casa y en ella me dio sepultura, cubriendo mi huesa con la losa, y después la disimuló sembrando hermosas flores que regaba con deleite.
Cuando días después se presentó mi enamorado, Anunciación le dijo que desconocía  mi paradero y que me había escapado con un galán criollo. El pobre y engañado Fernando salió acongojado y triste, y se fue a su casa en la calle de Vergara (hoy Bolívar), después de mucho llorar su desventura se ahorcó de una cuerda. Al día siguiente sus padres lo encontraron muerto, y maldijeron su mal amor”.

Así terminó la historia aquella muerta, que tenía llenos de pavor suspenso al fraile y a los esposos; entonces le preguntaron por qué perturbaba a los esposos y porque deseaba el vestido de novia. Volvieron a salir las voces tenebrosas de aquella boca amarillenta: el espectro le pidió a Dios no morir ni descansar su alma, sin antes vestir traje de desposada. Doña Juliana dijo entonces, que en nombre de Dios, ella le regalaba su vestido nupcial, si eso la quitaba de penar. La pesadilla ya había terminado para los esposos…
Ya estaba alto el Sol cuando el matrimonio despertó de una extraña suerte de sueño profundo, al principio creyeron que lo ocurrido a noche había sido solo una pesadilla, pero al darse cuenta de que el vestido no estaba ya en el perchero, vieron que todo había sido real. Es esos momentos una de las sirvientas llegó a confirmarles la realidad, avisándoles que la Justicia los buscaba; alarmado por aquel aviso, don Juan bajó para hallarse ante los representantes de la Alcaldía de Crimen, quienes traían una orden para excavar en el patio de la casa para exhumar un cadáver.
Una vez que explicaron a los esposos el motivo de su presencia, se dirigieron al sitio indicado, en donde fueron arrancadas las bellas flores sembradas años antes, para descubrir la fosa. Tras horas de excavar, pusieron el descubierto unos maderos, los hicieron a un lado y la mirar al interior, todos quedaron mudos de miedo… de asombro. ¡Sí! Porque en el fondo de aquella fosa, estaba el esqueleto de doña Pilar de Solís y Covarrubias, ataviado con el vestido de novia de doña Juliana.
Nadie podía explicar el misterio de una mujer que llevaba ya muchos años de muerta y enterrada, portara un vestido nuevo. Nadie explica las cosas sobrenaturales, cuyo origen se remonta a muchos siglos...